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Una maniobra afectiva que casi la lleva a la prisión

Conocí la historia de Jazmín por un comunicado de prensa de la Policía Municipal de Tijuana. Los medios regionales publicaron la versión oficial de la historia prácticamente íntegra, sin cuestionamientos. El semanario de periodismo investigativo donde yo trabajaba me pidió indagar un poco más este caso. El expediente de la policía tenía el número telefónico de Sonia Reyes, la madre de Jazmín, así que llamé para pedir una entrevista con su hija.

Jazmín, que hasta hacía unos días estaba bajo custodia, accedió a verme en un restaurante abarrotado del centro de Tijuana: rodeada por decenas de desconocidos, en un lugar público, se sentía más segura. Me dijo que su madre –quien de alguna manera había también protagonizado esta historia– vendría con ella, básicamente, porque no me conocía, y porque todo lo que había pasado en las últimas semanas le habían provocado muchísima desconfianza. Las reconocí porque estaban sentadas en medio del restaurante, visiblemente nerviosas. Se giraban constantemente hacia otras mesas, como intentando reconocer entre los comensales ajenos algún agente de seguridad o algo por el estilo. Pero creo que al verme se relajaron, y entonces me contaron su versión de los hechos.

El contraste con lo que afirmaban las autoridades era total: los policías aseguraban que Tanisha King les había dado 200 dólares para que cuidaran de los dos niños, y tanto Sonia como Jazmín lo negaban rotundamente. Los ojos de Jazmín expresaban una combinación de miedo, coraje e impotencia. Allí, sentada con sus seis meses de embarazo, no daba la impresión de ser una ‘presunta traficante de indocumentados’, tal como los medios regionales la habían calificado. Más bien, en el tono de su voz, en la forma en que se expresaba, yo pude ver que Jazmín era una persona con un interés realmente genuino por el porvenir de los dos hermanitos nigerianos, que su preocupación no estaba motivada por dinero ni poder.

Insistían una y otra vez, a lo largo de la entrevista, que querían ver a los niños, querían saber cómo estaban, que los extrañaban. El hijo de Jazmín, más o menos de la edad de los hermanitos nigerianos, se había acoplado muy bien con ellos. Dormían en la misma habitación, compartían juguetes, salían juntos a patinar, daban paseos por la playa, jugaban al fútbol. Él también los extrañaba. Se había acostumbrado a tener dos nuevos amigos, y los hermanitos nigerianos también se habían acostumbrado a la vida en familia con Jazmín y Sonia. Ellas afirman que los niños no querían volver a Nigeria, que tenían un presentimiento que las cosas no saldrían bien para ellos si regresaban. Que los matarían, como habían matado a su padre en Belice. Estaban asustados. Pero Jazmín no tenía idea de todo lo que habían atravesado en su recorrido desde África.

Fue entonces cuando apareció el médico de cabecera, amigo de la familia. Él, que hablaba inglés, fue el primero en conocer realmente la vida de los niños. Fue entonces que decidieron acercarse a las autoridades, y ahí la historia dio un giro inesperado.

Lo último que supe de los hermanitos fue que, después de un par de meses en el albergue para menores de Tijuana, los repatriaron a Nigeria, porque ahí tenían una abuela que se haría cargo de ellos. De Jazmín y su madre no supe nada más.

*Jorge D’Garay es periodista y ha escrito para medios como Etiqueta Negra y Semanario ZETA. Jorge es el productor del episodio Los huérfanos de Radio Ambulante y actualmente vive en Berlin.

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