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Transcript: The Commune

The Commune (ficción)
Guadalupe Nettel
13 minutes

 

Daniel Alarcón: Soy Daniel Alarcón, el productor ejecutivo de Radio Ambulante. Antes de comenzar el programa de hoy, quiero agradecerles por el apoyo que nos han dado en los últimos meses. Somos un equipo muy pequeño y dependemos de la generosidad de Uds., nuestros oyentes, para seguir avanzando y creciendo. No es fácil mantener un proyecto como el nuestro, trabajando con productores en tantos países, con tan pocos recursos, pero lo hacemos porque creemos en el impacto que este tipo de periodismo puede tener.

Si les gusta lo que oyen y quieren ayudarnos a seguir con este proyecto, por favor visiten nuestra página web, radioambulante.org. Ahí encontrarán un enlace para hacer una donación. Cualquier cantidad es bienvenida. En serio. Todo ayuda. Gracias. Ahora, continuamos con el show.

[Música: House, Johnny_Ripper]

Guadalupe Nettel: El propósito de nuestras vacaciones, eso nos lo explicó mi madre, consistía en saber si éramos capaces de adaptarnos lo suficiente a ese programa como para mudarnos ahí.

Daniel Alarcón: Esta es la escritora mexicana Guadalupe Nettel, leyendo de su novela “El cuerpo en que nací.”Estamos en la ciudad de México, a finales de los años 70. Una familia, una madre y sus dos hijos, salen del DF, para ensayar una nueva vida en el estado de Sonora.

Guadalupe Nettel: Nos llamaban los nuevos y al escuchar esas palabras yo sentía calambres en el estómago pensando que nuestro futuro próximo podía desembocar en ese lugar tan extraño.

Daniel Alarcón: Bienvenidos a Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Hoy, La Comuna, un texto de ficción por Guadalupe Nettel. Aquí, Guadalupe.

[Música: Morir un poco, Nano Vicencio]

Guadalupe Nettel: Debo decir que tras su separación, mis padres hicieron todo lo posible por preservar la unidad familiar. Por lo menos una vez a la semana comíamos juntos en casa y muchas veces viajamos en familia durante el verano. Con ambos también pasamos estancias más o menos largas en nuestra casa de campo. Ese simulacro de felicidad era bastante extraña. Al final nos quedaba siempre una sensación de nostalgia por lo que podíamos haber sido y no habíamos llegado a ser. Pero era mejor que nada. No fueron muchas las vacaciones que mi hermano estuvimos solos con mi madre y entre estas recuerdo muy particularmente un viaje que hicimos con ella al estado de Sonora. En esa época a mi madre le interesaba particularmente la vida en comunidad. Quizás pensaba como el esquema tradicional del matrimonio no le había resultado efectivo otros sistemas más novedosos o más arcaicos, todo depende de como se mire, podrían conducirla a una vida satisfactoria. Por eso visitamos una comuna conocida como Los Horcones, ubicada en el estado de Sonora. viajamos en avion hasta Hermosillo y en el aeropuerto rentamos un coche para desplazarnos por el desierto hasta dar con el lugar. Llegamos de noche a la hora de la cena. En cuanto escucharon el motor del coche uno de los miembros más antiguos salió a saludarnos y nos hizo pasar al comedor en el que estaban sentadas unas 60 personas alrededor de largas mesas de madera. La comida era sencilla pero tenía buen sabor, frijoles charros, guisado de res en caldo de tomate, tortillas de harina. Habíamos llegado hambrientos después de 5 horas de viaje en carretera y comimos vorazmente.

[Música: Railroads Whiskey Co, Jahzzar]

Durante la cena nos explicaron sus reglas de convivencia. Escribo aquí las que más marcaron mi recuerdo.

Regla número uno – no había propiedad privada, los objetos no eran de nadie, ni el cepillo de dientes, ni la ropa interior, ni los zapatos, ni la comida o las camas de ese lugar tenían un dueño sino que eran comunitarios

Regla número dos – los hijos también eran comunitarios. Todos los adultos tenían la responsabilidad de cuidar a cualquier niño como si fuera propio

Regla número tres – cada persona tenía una tarea que cumplir dentro de la granja, generalmente los niños pequeños se ocupaban de ordeñar las vacas.

El propósito de nuestras vacaciones, eso nos lo explicó mi madre, consistía en saber si éramos capaces de adaptarnos lo suficiente a ese programa como para mudarnos ahí. La primera noche, después de cenar, nos acompañaron a Lucas, que a partir de ese momento dejaba de ser mi hermano, y a mi, a una habitación enorme donde los niños dormían sin tener por supuesto una cama asignada.

Debo admitir que en un principio la idea me parecía entusiasmante. En mi corta experiencia cada vez que se nos permitía dormir solos con más de dos niños había diversión garantizada, batallas de almohadones, el juego de las escondidas, escalada de cortinas. Aprovechábamos de todas las maneras posibles los recursos que ofrecían la habitación. Esta vez éramos mas de 15 y era de esperar que la fiesta durara toda la noche. Sin embargo las cosas ocurrieron de otro modo. En cuanto abrieron la puerta para dejarnos entrar los niños se quitaron la ropa y sin lavarse los dientes o lo cara entraron en estampida para apoderarse de las mejores camas y una vez en ellas no hubo poder humano que los desplazara. Diego y María, dos adolescentes como de 12 años, los mayores de la habitación, se encargaron de verificar que no faltara nadie y de apagar la luz. Ni una sola broma se escuchó aquella noche en medio del silencio campestre lleno de grillos y de cantos de lechuza. Los niños se durmieron de inmediato. Perdido en esa multitud enpillamada mi hermano debía de estar tan sorprendido como yo. Sabía aproximadamente en que cama se encontraba sin embargo con la luz apagada era imposible localizarlo para comentar lo que estaba sucediendo. Además corría el riesgo de que alguien aprovechara para ocupar mi lugar.

[Música: Pretty Melody]

Lucas y yo nos levantamos al alba como los demás y fuimos por las cubetas de metal con las que ordenaba las vacas. Creo que nunca en toda mi vida había estado tan cerca de uno de esos animales, menos aún de su rugosas ubres. Alguien nos explico como debíamos apretarlas para obtener la leche y nos dejo a mi hermano y a mi a merced de la vaca que ante nuestra torpeza empezaba a desesperarse. Salimos de ahí con una cubeta semi vacía que provocó una expresión de disgusto en la cara de los encargados pero como no teníamos practica nadie se atrevió a criticarnos.

Nos llamaban los nuevos y al escuchar esas palabras yo sentía calambres en el estómago pensando que nuestro futuro próximo podía desembocar en ese lugar tan extraño. Todo dependía de una simple decisión de mi madre que a todas luces encontraba en esa época algo desorientada acerca de su proyecto de vida.

[Música: Lullaby]

Después de la ordena pasamos al comedor donde nuestro desayuno estaba casi listo excepto por la leche que era necesario hervir antes de poder beberla. En nuestra mesa estaba Diego, el chico que había apagado las luces la noche anterior. Nuestra vida en la ciudad de México le despertaba una curiosidad morbosa. Nos preguntó detalles acerca del colegio, del olor en las calles, del transporte público. Le habían dicho que la capital olía a mierda y que la gente era de lo más abusiva. Al menos cada uno sabe cual es su cama, le respondí yo, y nadie nos la arrebata en el dormitorio.

Pasar un día ahi me bastó para comprender la actitud tan desconcertante que demostraban por la noche. La jornada de labor en el establo lustrando zapatos, fregando pisos, o lavando platos era tan exhaustiva que en la noche nadie tenía ánimos ni fuerza para jugar. Volvimos a ver a nuestra progenitora después del desayuno, nos abrazó como si nada hubiera cambiado entre nosotros y sin fijarse en las normas del comportamiento nos llamó como siempre, mis tesoros, mis pedacitos de cielo. Uno de los jefes de aquel lugar, un hombre altísimo y corpulento con el pelo negro y lacio como el que suelen tener los indios Yaqui pero vestido de Menonita demostraba una simpatía particular por nuestra madre y nos propuso esa mañana una visita guiada por los alrededores.

La comuna era muy extensa, además de las vacas, tenían borregos, cerdos y gallinas, también se cultivaban verduras en hidroponia para el consumo de los 63 habitantes. Sin embargo, la verdadera función de aquel lugar, la que le había dado cierto prestigio en la región y también cierta protección del gobierno local se llevaba a cabo en una casa distinta de donde habíamos pernoctado. Se trataba de una escuela para niños y adolescentes con síndrome de down, algunos mexicanos, pero sobre todo estadounidenses cuyos padres no podían, o no querían, cuidar, y que pagaban grandes cantidades de dinero con tal de que otras personas los mantuvieran en medio del desierto. El granjero que miraba a mi madre con evidente admiración erotica nos explicó que las personas que se encargaban de esos niños con problemas se habían formada para ello en escuelas nacionales y de San Antonio, Tejas.

[Música: Rarified, Podington Bear]

Nos detuvimos en una banca de jardín para mirar los actuar durante uno de sus momentos de descanso. Se veían contentos y amigables, mucho más que los niños con los que habíamos pasado la noche. Al verlos correr sobre la yerba muertos de risa, abrazarse y hacerse cariños en el pelo me dije que si alguien tenía un problema ahí no eran ellos sino todos los demás. Era la primera vez que me enfrentaba a la segregación de personas diferentes, o como suele decirse ahora, con algún defecto. Me dije que quizás de haber nacido en esa comuna a mi también me hubieran puesto en una casa aparte, lejos de esos otros niños, los normales, que trabajaban como bestias para integrarse a su sociedad, esos niños que desde mi llegada a la granja no habían dejado de preguntarme que me había pasado en el ojo y por qué motivo tenía en su centro una nube tan densa como de aguacero. Esos niños que en el fondo de mi alma compadecía desde la certeza de que tarde o temprano mi madre entraría en razón y nos llevaría de vuelta a casa.

[Musica: Autumn Leaves]

A pesar de la sensación de eternidad que genera el calor y las condiciones tan diferentes de vida se que no permanecimos mucho tiempo en la comuna. Al tercer día una mujer enloquecida probablemente involucrada con el granjero Yaqui increpó a mi mamá en medio del desayuno y la acusó de estarle robando a su hombre. Por lo visto, aunque en aquel lugar los niños no tenían dueño, los padres de estos si. La mujer se veía tan alterada y violenta, que nadie, ni el propio Yaqui, se atrevió intervenir. Cuando a gritos nos aconsejo que regresáramos a la cloaca urbana de la que habíamos salido mi madre se levantó de la mesa y nos llevó hasta el coche donde estaban nuestras maletas.

[Música: South of the Border, Jason Shaw]

Mientras el automóvil se adentraba por la carretera que cruza el desierto yo bendecía a los cielos sonorenses por habernos sacado para siempre de la vida en comunidad y devuelto a la jungla salvaje si se quiere, pero al menos conocida, del capitalismo.

Daniel Alarcón: Guadalupe Nettel es escritora mexicana. Este texto viene de su novela “El cuerpo en que nací”, publicada por Anagrama en el 2011. Su más reciente  libro de cuentos se llama El matrimonio de los peces rojos.

Esta historia fue editada por mi, Daniel Alarcón, y producida por Silvia Viñas y Camila Segura.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Para escuchar más, visita nuestra página web, radioambulante.org.

 

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