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Transcripción: El hijo

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Daniel Alarcón: La mamá de José Carlos Aguero se llamaba Silvia. Silvia Solórzano.

José Carlos Aguero: Mi mamá era chiquita. Mediría un metro cincuenta y tantos, no sé, cincuenta y dos. Le decían “La Flaca.”

Daniel Alarcón: Tenía el cabello negro, largo.

José Carlos Aguero: Se hacía una cola. Una mujer súper simple para vestirse, arreglarse. No se arreglaba, en realidad, ¿no? Una mujer muy liberada. De un carácter fuerte pero también increíblemente vital.

Daniel Alarcón: Silvia creció en Lima, Perú. Su mamá, es decir, la abuela de José Carlos, era costurera. Los tíos de Silvia cantaban música criolla en diferentes bares de la capital.

Y a Silvia le gustaba la música. Desde niña. José Carlos se acuerda que su mamá cantaba de todo. Constantemente. Baladas, boleros, valses, música criolla, huaynos, canciones de protesta. Mientras me contaba esto, desde su laptop, José Carlos había puesto a Johnny Pacheco, como música de fondo.

José Carlos Aguero: “Ma, tócate esta” le decíamos. Y ella cantaba las canciones, y su repertorio era amplísimo. Y su voz era… tal vez no soy quién para decirlo, pero creo que es de las voces más hermosas que he conocido de contralto. Muy clara, fuerte, proyectada. Linda.

Daniel Alarcón: Y en un momento, sí, lo que realmente quería era ser cantante. Cantante profesional. Era su sueño. Pero todo cambió con la llegada de un familiar.

José Carlos Aguero: Un tío suyo, comunista brasileño –bueno, peruano que vivía en Brasil y del Partido Comunista brasileño– vino cuando ella estaba joven y estaba empezando a hacer carrera musical, y iba a salir en la televisión. Y le dijo, “¿tú quieres ser puta? ¿Tú quieres ser puta? Porque eso es lo que vas a ser. Dedicándote a la música, ¿no? Yendo a estos programas de televisión. Tú no tienes que hacer eso”.

Daniel Alarcón: “Tú tienes que hacer otra cosa”, le dijo su tío. “Tienes que dedicarte a los demás. A la política. A la lucha”.

Y así fue. Nunca se hizo cantante. Y terminó, años después, en una playa de Lima, asesinada de tres balazos.

Bienvenidos a Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. Hoy tenemos la historia de Silvia Solórzano; la historia de una madre y su hijo, de una guerra y una ideología, de un país y una familia que se venía abajo.

Y la historia comienza aquí, con tres personajes claves.

La primera es Silvia, claro: Silvia Solórzano, la mamá de José Carlos. Limeña, un poco hippy. A comienzos de los 70 tenía unos 20 años y estaba estudiando para ser secretaria –y sigue el consejo de su tío. Ni bien se gradúa consigue un trabajo como secretaria de un alto mando del Partido Comunista. Esta es su manera de apoyar la causa. Va todos los días a las oficinas del partido en la Plaza Dos de Mayo, en el centro de Lima.

Segundo personaje: José Manuel Aguero. Un poco menor que Silvia. Carismático, buen hablador. Es provinciano, de Puno, pero llegó a Lima con su mamá y sus hermanos a estudiar ingeniería en la Universidad Nacional. Una carrera que nunca terminó. Como muchos de su generación, se metió en la política radical de la época. Se volvió dirigente estudiantil, y luego obrero en las fábricas de Lima, para acercarse a sus compañeros de trabajo y convencerlos de su ideología.

El tercer personaje clave es José Carlos, el hijo de Silvia y José Manuel quien ha estudiado toda esta historia, tratando de entender bien quiénes fueron sus padres, y cómo fue que terminaron ahí.

A comienzos de los 70s, Silvia había dejado su puesto en el Partido Comunista y se había ido a Junín, en la sierra central peruana, para hacer educación política. Lo mismo que hacía José Manuel para otro partido de izquierda, también en Junín.

José Carlos: Entonces trabajaban con gremios de obreros, de mineros, campesinos, y viajaban por todo el país haciendo esto para sus partidos.

Daniel: Pero sus respectivos partidos colapsaron y ambos terminaron en la casa de una familia izquierdista de la zona. Se conocieron ahí y se enamoraron.

Volvieron a Lima y formaron una familia. Tuvieron tres hijos. José Carlos es el segundo, y nació en 1975. Tiene una hermana mayor, y un hermano menor.

Vivían en un barrio de clase obrera, y Silvia y José Manuel seguían militando en partidos de izquierda radical. Su casa…

José Carlos: Siempre estaba llena de gente. De gente que entraba, salía, reuniones sindicales, dirigentes sindicales, ¿no?

Daniel: Pero ojo, en esa época ellos formaban parte de la izquierda legal. Pero eso estaba a punto de cambiar. Para el 82, cuando José Carlos tenía 7 años…

José Carlos: Era obvio que estaban metidos en algo que no era normal. Era menos normal que antes.

Daniel: Cambiaban las rutinas. A veces sus padres no llegaban a casa. Había secretos. Y José Carlos lo confirmó un día, mientras revisaba los bolsillos de la chaqueta de cuero que usaba su papá. Siempre encontraba volantes políticos. Y aunque no leía muy bien, José Carlos sabía identificar algunas letras. Un día le dijo a su viejo…

José Carlos: “Tú eres del PPC”, le dije. De tanto… confundí las siglas. El Partido Popular Cristiano. Y él me dijo, “no, no, no, no, no. Soy del PCP”. Me dijo, “te voy a explicar qué es el PCP”.

Daniel: El PCP. Partido Comunista del Perú. Pero no en el que había trabajado Silvia hacía años. Este era otro…un partido mejor conocido como Sendero Luminoso. El grupo terrorista más notorio y sangriento de América Latina

Y eso cambió todo.

Pero para entender todo esto, un poquito de historia…un poco no más: En 1980 un grupo maoísta empezó una guerra armada contra el Estado peruano. Se autodenominaban el Partido Comunista del Perú, pero se los conocía popularmente como Sendero Luminoso. Se imaginaban un estado dominado por el proletariado, una economía rígidamente centralizada. Y eran violentos, dispuestos a derramar sangre por cualquier motivo. Todo comenzó en Ayacucho, un departamento en el sur del país, pero la violencia no tardó en llegar a Lima, la capital.

Y sí, la respuesta del estado peruano fue brutal; una represión letal que también cobró miles de vidas. Hubo grupos paramilitares y matanzas de parte del estado. Muchas. Cuando nos referimos a los peruanos que vivían en las zonas rurales en los 80s, generalmente estamos hablando de gente inocente, atrapada entre dos fuegos: el de Sendero, sembrando terror sin piedad, y el del ejército. Y así, miles de desplazados llegaron a Lima.

Esto es, a grandes rasgos, lo que estaba pasando en el país.

Pero aquí vamos a hablar de un solo caso. Una familia: Silvia, su esposo José Manuel y sus tres hijos.

En 1983 un cuadro de Sendero cayó en manos de la autoridades y delató a varios compañeros. Entre ellos, a los padres de José Carlos. Entonces, a ambos –a su papá y a su mamá– los metieron varios meses a diferentes cárceles de Lima. Y mientras tanto José Carlos y sus hermanos se fueron a vivir con su abuela paterna.

A ambos los soltaron por falta de pruebas, y luego de descansar unas semanas con la familia, su papá pasó a la clandestinidad. De ahí en adelante pasaba muy poco por la casa. Era demasiado peligroso.

Y no sabemos mucho de lo que hacía para el partido, aunque podemos suponer que ya no era solo cuestión de reunirse con gente y hablar. Eran muy probablemente acciones militares, acciones violentas. Total, era un militante ya de confianza, y Sendero le había declarado la guerra al estado peruano. En zonas rurales bajo su control masacraban pueblos enteros por la mera sospecha de que se oponían a su ideología. Y en la ciudad, volaban torres eléctricas, mataban policías, ponían coches bomba..

Archivo: “Exactamente a las 6 de la mañana elementos terroristas han hecho detonar varias cargas explosivas frente a la séptima comisaría, ubicada en la cuadra trece de la Avenida Alfonso Ugarte”…. “No podemos contabilizar en estos momentos cuántos los heridos y cuántos los muertos se han producido a raíz de este atentado producido contra el local de Canal 2”.

Daniel:  José Carlos, sus tres hermanos y su mamá volvieron a la casa de la madre paterna, a otro barrio.

José Carlos: Muy pobre, muy pobre. Vivíamos en una casa muy precaria.

Daniel: Y los vecinos no tardaron en darse cuenta de que la mamá de José Carlos estaba metida en algo peligroso.

José Carlos: No se puede mantener un secreto así en un barrio como en el que nosotros vivíamos. Todo el mundo sabe lo que está haciendo el otro.

Daniel: Los papás de José Carlos nunca fueron altos mandos del partido, ni nada por el estilo. Al contrario, eran simples soldados, carne de cañón. Creían en una ideología perversa, violenta, pero se imaginaban un futuro mejor. Algo dificil de comprender, porque esos años, los 80s, eran años de sangre, guerra, y hambre.

Al papá lo veían muy de vez en cuando. Mientras tanto, Silvia se las ingeniaba para sobrevivir. No tenía un trabajo fijo, porque tenía como antecedente esta acusación de terrorismo. Hacía trabajitos simples, cualquier cosa para mantener a sus hijos, y además reclutaba a personas para el partido, involucrando poco a poco a la gente en la labor de Sendero.

José Carlos: Y lo que hacía mi madre con mucha habilidad era tocar el lado sensible de la gente. Es un proceso de seducción interesante. Lo que ellos llamaban “trabajo de masas.”

Daniel: Y a José Carlos le parecía incomodísimo. Silvia identificaba gente que podría servirle al partido y les pedía cositas, pequeños favores.

José Carlos: “Guárdeme esto”, “si me regalas tal cosita”, “si le das de comer a tal persona”, cosas pequeñas, ¿no?

Daniel: Y la idea era que esas cosas pequeñas llevarían a otras más grandes. Más comprometedoras.

José Carlos: Nunca me gustó. Nunca me gustó. Y yo lo veía. Estaba con ella y veía, y me daba pena básicamente la gente.

Daniel: Pena porque intuía, incluso siendo niño, que iban a terminar mal, que su mamá los estaba metiendo en algo muy oscuro. Y tenía razón. De la gente que él veía venir por la casa…

José Carlos: Murieron todos. Y los que no murieron fueron encarcelados.

Daniel: Como su papá. Cuando José Carlos tenía 9 años su padre fue arrestado por segunda vez. Fue a finales del 84. Pasó así: él y cuatro militantes más atacaron un puesto policial en el centro de Lima. Intentaban robar armas, pero fueron sorprendidos por agentes de seguridad. Hubo cruce de fuego y los senderistas mataron a un policía. El padre de José Carlos y los demás se fugaron, y hubo una persecución.

Esta vez no lo iban a soltar. Al padre de José Carlos lo llevaron a una cárcel que se conocía como el Frontón.

José Carlos: Impresionante era el Frontón. Impresionante.

Daniel: Estos recuerdos son bastante nítidos para José Carlos. Era una isla penal. Para llegar…

José Carlos: Tomábamos una lancha en el muelle de Arcena en el Callao, junto a otro montón de familiares. Llegábamos temprano, hacíamos cola…

Daniel: A veces iban con su mamá. Otras veces iban solo José Carlos y sus hermanos, y esas veces se hacían pasar por los hijos de otros adultos, pues los menores de edad no podían entrar solos al Frontón.

José Carlos: La gente iba cantando. Los familiares iban cantando música de Sendero. Sendero adaptaba canciones populares, y le cambiaba las letras y la volvía “revolucionarias”, entre comillas.

Daniel: Los reos de la isla también recibían a sus visitas cantando. Sendero se había apoderado de la isla. Era — es — una isla rocosa y seca, polvorienta y desolada. Por muchos meses del año está envuelta en neblina. Pero a pesar de lo inhóspito, para finales del 85, los senderistas –incluyendo el papá de José Carlos– habían hecho de esa prisión su casa.

José Carlos: Entonces, la isla como es de piedras, lo que hicieron fue convertirla como en un lugar hermoso.

Daniel: Con el permiso y la complicidad de las autoridades, por supuesto. Una de las primeras cosas que lograron fue…

José Carlos: Que no le cerraran la reja del pabellón. Luego habían logrado que el torreón –había un torreón, de vigilancia– quedara libre, que ya no hubiera más vigilancia. Luego les habían… habían ganado acceso a la playa. Y finalmente lo ganaron todo.

Daniel: Por la noche dejaban que los guardias pasaran para cerrar la puerta del pabellón. Pero aparte de este gesto, dentro de la isla estaban libres.

Decoraron las paredes con murales, y crearon ambientes agradables para que los niños pudieran pasar un lindo día con sus padres.

La última vez que José Carlos vio a su viejo, él le advirtió que algo iba a pasar. Era junio de 1986.

José Carlos: Nos dijo, mi papá, nos dijo que estuviéramos pendientes, que no nos preocupáramos, y nos despedimos en la práctica también. O sea, no solo nosotros. Todos los presos se despidieron de sus familiares. Todos… mi hermana y mi hermano, éramos como niños viejos siempre. Estábamos… gente muy enterada. Y sabíamos que iba a pasar algo.

Daniel: El 18 de junio los reos senderistas de tres cárceles de Lima, incluyendo el Frontón, se amotinaron, tomando como rehenes a algunos guardias y a tres periodistas.

Horas después el estado contraatacó, retomando –a la fuerza– el control de los penales.

Archivo: El gobierno cumplirá con restaurar el orden nacional perturbado

Daniel: Y en el Frontón la marina peruana y la guardia republicana atacó. Después de unas horas los senderistas se rindieron, y según el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, más de 200 internos acusados o sentenciados por terrorismo fueron ejecutados de manera extrajudicial por agentes del estado. Y entre los muertos estaba el padre de José Carlos.

Ahí comenzaron los años más duros. La mamá de José Carlos no tenía trabajo. Vivía de lo que se llama en Perú, “el cachueleo”. Trabajitos. Favores. Improvisaciones económicas. Tenían que salir a buscar agua, traerla en baldes a la casa. Se robaban la electricidad de los postes de luz. Pero bueno…

José Carlos: Aunque fuera una choza igual se volvió un centro de activismo de Sendero Luminoso, era así. Creo que ese era un poco el rol de mi madre. Y llegaba muchísima gente a dormir, a comer, a lo mismo de siempre.

Daniel: Pero para José Carlos y sus hermanos no todos los que llegaban de visita eran bienvenidos de la misma manera. A algunos los querían más que a otros. O sea, con algunos se hicieron más amigos que con otros. Se acuerda bien de uno en particular.

José Carlos: Casi todos eran, como te digo, jóvenes, jóvenes. Pero él, no sé, me parecía entonces mayor, pero yo me imagino que tendría 30, ¿no? Y era diferente, porque era muy amable. O sea, muy, muy tierno. Él era más tímido, cariñoso.

Daniel: En 1988 Silvia consiguió un trabajo vendiendo lapiceros y cartulinas en un puesto en la Universidad de San Marcos. Y parecía que las cosas iban a mejorar. Pero un día llegó a la casa con una noticia: el militante al que tanto querían…

José Carlos: “Ha sido detenido. Ha caído,” decía. “Ha caído tal.”

Daniel: Lo tenía la policía. El ejército. Lo deberían estar interrogando en ese instante. La familia de José Carlos no tenía mucha opción si quería sobrevivir.

José Carlos: Sabía lo que tenía que hacer. Fue levantar nuestros pocos bártulos que teníamos –eran algunos, que no eran muchos– e irnos de la choza. Cerrar y largarnos.

Daniel: ¿Por qué? Pues por razones bastante claras.

José Carlos: Lo que le hacen a la gente, lo que le hacían a la gente, era torturarla.

Daniel: Y la mamá de José Carlos, viuda de un senderista muerto en el Frontón, no podía quedarse quieta a ver qué pasaba. Esperar a ver si su compañero era capaz de resistir o no a la tortura. Tenía tres hijos.

José Carlos: Y nosotros nos fuimos. Nos fuimos.

Daniel: Y no volvieron a la casa por un par de semanas. Hasta que finalmente regresaron al barrio…

José Carlos: Para recuperar algunas de las cosas que no habíamos podido llevarnos. Igual, cosas sin importancia real, pero para nosotros sí tenían algún valor. Ollas. Cosas así. Ropa.

Daniel: Y cuando llegaron se dieron cuenta que todo había sucedido tal cual lo habían previsto. Que sí, que la policía había ido a la casa, y que habían revolcado todo y habían interrogado a todos los vecinos.

José Carlos: En ese momento lo que se produce es un robo, pues, ¿no? Basicamente. O roba la policía, o roban los que están por ahí.

Daniel: Y esta es la parte interesante.

José Carlos: Los vecinos –nuestros vecinos de años, ¿no?, gente de la cual… con la cual habíamos convivido por mucho tiempo– habían tomado diferentes actitudes respecto al hecho.

Daniel: A pesar de que todos eran pobres, había estratos. El que tenía casa de tablas era diferente al que vivía en casa de esteras. Y esas diferencias se manifestaron de la manera más inesperada.

José Carlos: Lo que a mí después me dejó pensando por toda la vida es lo que hizo la vecina del costadito.

Daniel: La vecina era una de esas personas que no se sabe bien de qué vive. No tenía trabajo pero tenía dos bebés. Estaba llena de problemas. Muchas veces la mamá de José Carlos había ayudado a esta señora con comida, con dinero. Y sin embargo…

José Carlos: Nos contaron los vecinos que nos fueron a recibir ese día que ella fue de las que nos acusó con más saña, ¿no? Diciendo ,“esa era la lideresa,” ¿no? “Lideresa es. Es terrorista, es mala,” que no sé qué. Pero lo decía con rabia, ¿no?

Daniel:  Y hay que tener claro, que este no es el tipo de barrio — ni el tipo de país — donde la gente suele ayudar a la policía. Y menos con entusiasmo. Esa rabia, para José Carlos, tiene una explicación muy clara.

José Carlos: El pobre no es tonto, simplemente es pobre, ¿no? Tú sabes que no tienes. Y sabes que posiblemente tampoco…que… que eres poca cosa. Y que quizás nunca salgas de eso, y tus hijos tampoco.

Yo creo que ella sintió en ese momento, cuando la policía llegó, que podía haber alguien más abajo que ella en esta escala de miserias, digamos.

Daniel: Por fin. Alguien más abajo que ella. Peor que todos.

José Carlos: Alguién que no solamente era miserable, y pobre, sino apestado, ¿no?

Con mi mamá fuimos por muchos años grandes amigos. Ya no solamente mamá e hijo. Lo que más interesante es, es cómo mi madre se va desencantando de su guerra, de su revolución.

Daniel: Para comienzos de los 90, José Carlos ya era adolescente y se daba cuenta de que algo había cambiado. Como si su mamá estuviera cansada. Para estas alturas José Carlos y sus hermanos habían dejado de creer…

José Carlos: …como habíamos creído infantilmente en la revolución, ¿no? Al contrario, ya en ese momento éramos totalmente enemigos del partido, y la queríamos sacar.

Daniel: Como fuera. Odiaban el partido. Lo odiaban. Por su violencia y su hipocresía. Unos argumentos que son obvios para los miles de peruanos que habían vivido aterrorizados por Sendero. Pero si uno creció en ese ambiente, es más dificil reconocer el partido por lo que era. Y es que José Carlos ya se había dado cuenta…

José Carlos: …que eran contrarios a lo que predicaban. Que mataban gente. Mataban gente inocente.

Daniel: Y él y sus hermanos empezaron a usar cualquier recurso para convencer a su mamá de que se saliera.

José Carlos: El chantaje emocional, la pataleta, la pelea, el argumento filosófico, el argumento político. Todo utilizamos para sacarla.

Daniel: Pero nada funcionó.

José Carlos: No entiendo a mi mamá. Realmente, no, no entiendo su conducta de esos años, de ese año. De ese año final.

Daniel: Del ‘92

José Carlos: Del ‘92. No lo entiendo.

Daniel: Según José Carlos, para el 92 su mamá ya ni siquiera creía en el partido. Porque no era tonta, ¿no? Y ya se sabía que esa guerra no iba para ningún lado. Pero no había marcha atrás.

José Carlos: Yo creo que ella era consciente de que hacer lo que estaba haciendo era estar ya jodida.

Daniel: Y lo veía como su destino. El suyo. No el de sus hijos. Por ejemplo, cuando un compañero de ella trató de reclutar a José Carlos, Silvia se puso furiosa y le dijo:

José Carlos: “Yo me voy a joder en esta guerra. Yo. No tú,” me dijo.

Daniel: Pero es que, además, para todos estaba claro que tarde o temprano la iban a matar.

José Carlos: No nos quedaba duda. O sea, a ninguno nos quedaba duda que la iban a matar, ¿no? Como mínimo la iban a meter presa veinte años, ¿no? Pero era muy posible que la mataran, porque digamos, era para los dos lógico pensarlo. Y lo sabíamos todos. Eso era lo loco, lo sabíamos.

Daniel: ¿Y ella tambien?

José Carlos: Pero claro que lo sabía. Lo sabía tanto, que cuando yo…le pedíamos que se fuera del país. Le pedíamos que se fuera. Y yo se lo pedía cada vez que en el carro regresábamos a la casa, discutíamos, y ella no… no me hacía mucho caso.

Daniel: Y a pesar de toda la presión de sus hijos, Silvia se quedó en Lima. Se quedó en el partido. Hasta hizo un plan para dejar claro qué pasaría con sus hijos en caso de que muriera. Cuál hijo se iría con cuál tío. Quería que todos terminaran de estudiar, incluso si ella no estaba.

José Carlos: Me parece lo más increíble del mundo. Porque también pudo irse. O sea, las mismas, el mismo tiempo que se tomó en esas precauciones, se lo pudo tomar en largarse del país.

Daniel: Y no lo hizo.

José Carlos: Y no lo hizo. Y no sé porqué.

Daniel: Varias cosas sucedieron ese año, el 92. El presidente peruano de ese entonces, Alberto Fujimori, disolvió el Congreso en abril. Fue un autogolpe que inauguró casi una década de un gobierno autoritario.

Mientras tanto, la violencia en Lima era una vaina despiadada. Sendero explotó un coche-bomba en Miraflores, en la calle Tarata, en medio de un barrio emblemático de la clase alta limeña. Murieron veinticinco personas.

Y también fue el año en que José Carlos entró a la universidad pública, a San Marcos. Estaba acostumbrado al lugar, tanto por la tiendita de su mamá como por el ambiente político. La universidad había sido el punto de encuentro para Silvia y José Carlos durante años. A veces ella dormía en otra parte, pero siempre se veían ahí.

Pero un día de mayo, la mamá de José Carlos no llegó a la casa. Y tampoco a San Marcos. José Carlos abrió el puesto, y poco después apareció alguien, un señor que no conocía.

José Carlos: Muy seco. Muy parco. Me preguntó, “¿acá trabaja la señora Silvia Solórzano?”

Daniel: José Carlos estaba muy preparado para este tipo de conversaciones. Le dijo que sí. Supo inmediatamente que el desconocido que tenía delante era un enviado de Sendero.

José Carlos: “Bueno, ella ha muerto”. “Muy bien, muchas gracias”.

Daniel: “Muchas gracias”. Eso respondió. Nada más.

Los de al lado, los que vendían en las otras tiendas, se acercaron  inmediatamente. Parecía que ya todos sabían. Todos menos José Carlos. Uno de ellos le dijo que había visto a su mamá en la televisión. Es que José Carlos no tenía tele.

José Carlos: Pero había aparecido su imagen, su nombre, un poco deformado, ¿no? El apellido un poco mal, pero ella…

Daniel: Es decir, su cadáver. Asesinada de tres balazos.

José Carlos: Con un cartel en la playa. Un cartel que decía: “así mueren los soplones, los traidores”.

Daniel: José Carlos supone que el cartel fue puesto por el ejército o el grupo paramilitar que la mató, para confundir.

Poco después llegó un tío, el que realmente era dueño de la tiendita, y José Carlos le contó lo que le habían dicho. El tío se fue a buscar más información, y José Carlos se quedó. Esperando.

José Carlos: Entonces a mi lo que me correspondía era regresar a mi casa, nada más. Nada más podía hacer. Y es un largo trayecto. Está lejísimos. En esa época eran como dos horas de viaje en transporte público. Y fui retrasando la llegada, porque no quería hablar con mi familia, esa es la verdad.

Daniel: Le esperaba una escena difícil, y José Carlos no tenía muchas ganas de enfrentarla.

José Carlos: Me senté al fondo del micro y me quité los lentes. Tenía unas gafas todas chuecas, ¿no? Viejas. Lo que sentí cuando me quité los lentes es que de pronto yo me había vuelto invisible. Ver todo borroso…no es que el mundo estuviera borroso…es que yo, de pronto, me había vuelto… estaba al margen. Estaba en mi lugar solo, digamos, en ese micro.

Y luego lo que sentí inmediatamente fue alivio. Pero un alivio físico, físico. O sea, la cosa más concreta del mundo que se pueda sentir.

Daniel: Suena terrible, pero es que ya.

José Carlos: Ya por fín se murió mi mamá. Era eso. Por fín. Ya. Es que yo había estado esperando que se muera. En algún momento la van a matar, y estás esperando.

Daniel: Y una vez que está muerta ya no le pueden hacer nada. Lo peor que pudo haber pasado, ya pasó. Por eso. Alivio, e inmediatamente después la culpa. Como un golpe.

José Carlos: Pero yo amaba a mi madre. O sea, era, era la persona que más he amado en mi vida. Entonces, el alivio que sentí –egoísta, ¿no?– al mismo tiempo me generó la culpa más grande que he podido sentir también.

Daniel: Conversamos largo, José Carlos y yo. Y nuestras vidas y experiencias no podrían ser más diferentes. Pero entendí que esa culpa la carga siempre, todo el tiempo. Aunque no se la merece.

José Carlos: O sea, yo sé que no tengo culpa, que no pedí la carga, ¿no?, de ser hijo de senderistas. No quise sentir alivio por la muerte de mi madre. Pero son cosas que sí ocurrieron.

Daniel: Le dije que hasta me parecía cruel darse palo por sentir ese alivio. Y me respondió así:

José Carlos: Yo te entiendo. Estoy hasta de acuerdo. Lamentablemente, estar de acuerdo no es suficiente.

Archivo: “Probablemente la noticia que ustedes van a escuchar enseguida es la noticia más esperada del siglo. Esta noche, según versiones policiales, la DINCOTE capturó en Lima al principal enemigo del Perú, Abimael Guzmán Reinoso, el terrorista causante de la muerte de 25,000 personas…”

Daniel: Cuatro meses después de que fue asesinada Silvia Solórzano, en septiembre del 92, Abimael Guzmán, el fundador y líder de Sendero Luminoso, fue arrestado en Lima. Esto marcó el principio del fin de la guerra.

Según el informe de la Comisión de la Verdad, 69,000 peruanos murieron durante el conflicto interno. Entre ellos, José Manuel y Silvia, los padres de José Carlos. Se calcula que Sendero Luminoso es responsable de la muerte de más de 30,000 peruanos.

El libro de José Carlos Aguero se llama ‘Los Rendidos’, y recomiendo que se lo lean. Él vive en Lima.

Esta historia fue producida y escrita por mi, Daniel Alarcón, con edición de Camila Segura y Silvia Viñas, y diseño de sonido de Martina Castro. Gracias a Caro Rolando por su apoyo a la producción. La música es del compositor Luis Maurette. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Luis Trelles, y Barbara Sawhill. Nuestra directora ejecutiva es Carolina Guerrero.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Para escuchar visita nuestra página web. Radioambulante.org.

Gracias por escuchar.

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