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Transcripción: El náufrago

El náufrago
Silvia Viñas
29 minutos

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Daniel Alarcón: Cuando estuve en El Salvador el año pasado, conversé con algunos amigos,  algunos colegas, e hice lo que suelo hacer: les pregunté cuál era la historia que teníamos que contar en Radio Ambulante, a qué personaje teníamos que conocer. Y varios, no unos pocos, sino varios, me mencionaron este nombre: Salvador Alvarenga. Un nombre que medio que me sonaba.

Noticias: “Hola, qué tal, muy buenas noches. La historia de José Salvador Alvarenga, el célebre náufrago salvadoreño”….“que pasó 438 días en el mar. Sí, 438 días.”…“Aquí le vemos con el pelo largo y la barba poblada, a su llegada a Majuro, la capital de las Islas Marshall”…“Descalzo, vestido con arapos, pelo largo y alborotado, y desnutrido…”

Daniel Alarcón: Fue una historia que dio la vuelta al mundo. El salvadoreño que sobrevivió en alta mar por más de un año. Pero mis amigos me decían, “No, no, no, ni te hagas a la idea, va ser imposible hablar con él”. Y bueno, ahí quedó.

Pero miren cómo es la vida. Un día, meses después, me invitaron a un programa de entrevistas en California, y mientras miraba la programación vi que el otro entrevistado era nada menos que Salvador Alvarenga.

Bienvenidos a Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón.

Ese mismo día hablé con Salvador y le propuse entrevistarlo. Pocas semanas después, nuestra productora Silvia Viñas estaba en camino a Los Ángeles…

Silvia Viñas: Para cuadrar una entrevista con Salvador hay que hablar primero con su abogado. En esos días en Los Ángeles Salvador estaba visitando a familiares, haciendo entrevistas con la prensa…Y ha contado su historia muchas veces, pero cuando se sentó a conversar conmigo, noté que para él todavía es difícil recordar lo que vivió en esos más de 400 días en el mar.

Su relación con el mar es bastante larga. Empezó cuando tenía unos 10 años.

Salvador Alvarenga: Empezaba yo a meterme en las lanchas, no más por probar, para ver cómo se sentía y como vivía en la playa pues, me gustó siempre.

Silvia: Salvador nació en Garita Palmera, un pueblo costero muy pequeño al suroeste de San Salvador. Su papá tenía un molino de harina, y su mamá estaba a cargo de un supermercado pequeño. Pero la mayoría de las personas que viven en Garita Palmera son pescadores. Y uno de ellos, al que le decían Inés el loco, le dio las primeras lecciones de pesca:

Salvador: Me llevaba para probarme si podía pescar, o si no vomitaba o no me mareaba, cosas así. A mi no me pasaba eso, me gustaba trabajar siempre.

Silvia: Por eso, Salvador decidió dejar el colegio y empezó a trabajar como pescador. Ganaba algo de dinero y se enamoró de una chica del pueblo. Poco después, tuvieron una hija, pero al mes de su nacimiento, Salvador se metió en una situación complicada. Estuvo involucrado en una pelea de bar y se tuvo que ir de Garita Palmera. Terminó en un pueblo chico de México que se llama Costa Azul, donde también trabajó en la pesca. Empezó como asistente de pescador y fue ascendiendo de a poco hasta convertirse en “tiburonero”.

Salvador: Éramos 37 tiburoneros. De esos no más éramos cuatro los más valientes pues, le voy a decir, porque nos metíamos mar afuera.

Silvia: Los tiburones que pescaban medían unos tres metros, y podían llegar a pesar 100, 140 kilos. Salvador y sus compañeros se metían 200 kilómetros mar adentro y pescaban por tres días y tres noches.

Silvia: ¿Por qué se metían tan adentro?

Salvador: Por lo mismo que le digo que nos gustaba, bueno a mi me gustaba la adrenalina, sentir la presión del mar, saber mis tiempos donde pescaba y todo lo hacía yo a mi manera, con mis navegadores, hasta donde alcanzaba a llegar, y entre más me metía más tiburón.

Silvia: Una mañana de noviembre del 2012, Salvador se despertó como cualquier otro día y se preparó para salir a pescar con su compañero, al que le decían “Rey Pérez”.

Salvador: Llevaba yo ropa, cobija, navegador…. este, radio, teléfono, comida, cigarros, cosas.

Silvia: Salvador era el capitán de la lancha y con Rey trabajan muy bien. Ya llevaban años pescado juntos.

Salvador: Pescábamos. Él hacía su trabajo, yo manejaba los motores, él encarnaba, mataba pescado. Todo, este, bien pues; todo, este, tranquilo. No andar peleando, siempre andar… sabiendo que íbamos a ganar.

Silvia: Esa mañana navegaron 6 horas hasta un sitio donde sabían que la pesca era buena. Pescaron, y de madrugada decidieron hacer el viaje de vuelta a tierra para bañarse, comer, reaprovisionar el bote, y salir de nuevo. Pero cuando llegaron a Costa Azul, Rey le dijo a Salvador que tenía que ir a firmar unos papeles. Le pidió que lo esperara, que ya venía, y que podían salir a pescar de nuevo. Salvador le dijo que lo esperaría hasta las 11. Pero llegaron las 11 y Rey no llegaba.

Salvador no quería esperar más. Un amigo consiguió que un joven de 22 años, Ezequiel Córdoba, lo acompañara. Ezequiel y Salvador no se conocían mucho. Habían jugado fútbol unas semanas antes, pero nunca habían ido a pescar juntos.

Antes de salir, Willie, el dueño de las lanchas, le advirtió a los pescadores que se venía la tormenta a la que llaman “el norte”. Pero Salvador estaba tranquilo. Si la tormenta hubiera estado demasiado cerca Willie no los habría dejado salir a pescar:

Salvador: Pero como ese día faltaban cuatro días para que se entrara el norte, pues yo sabía que iba y regresaba.

Silvia: Salvador salió con Ezequiel y aunque el mar estaba muy agitado -más de lo que esperaban- lograron atrapar bastantes peces. Pero Ezequiel no lo estaba pasando bien. Vomitó todo lo que había comido. Tenía miedo. No tenía tanta experiencia como Salvador, recién estaba aprendiendo y no estaba acostumbrado a navegar en esas condiciones. Pero Salvador sí.

Salvador: Muchas tormentas y mal tiempo pues, lluvias fuertes aires. Feo. Tumbo tras tumbo tras tumbo…

Silvia: Con las olas -o “tumbos”, como dice Salvador- y el peso de los pescados, era casi imposible controlar la lancha. Salvador tuvo que tomar una decisión:

Salvador: Tiré 600 kilos de pescado, porque si no tiro eso me hundo.

Silvia: No les quedaba otra que tratar de regresar a tierra. Pero el regreso a la orilla, bajo las condiciones en las que estaba el mar, era complicadísimo. Les esperaba un viaje de unas 5 horas, navegando por una tormenta que se ponía cada vez peor. No sabían bien dónde estaban; el agua que entró en el bote había mojado el GPS. Y para empeorar las cosas…

Salvador: Pues, este, yo venía manejando los motores así, cuando empiezan a hacer tstststststsss, y se apagaron. Y dije, “¿Qué pasa? ¡halémosle, halémosle!” y no, nada. Me hice ampollas en mis manos aquí, halando esos motores, que no se imagina. “Imposible”, dije yo.

Silvia: Llamó a Willie, su jefe, con el radio -que todavía funcionaba- para avisarle que los motores de la lancha se habían dañado.

Salvador: “Estoy frente boca al cielo”, le dije, “búsqueme aquí a 30 grados”. “No, pero es imposible”. Y después me habló: “¡Imposible!” cuando eso estábamos hablando cuando fuooooooj cayó la ola y se llevó radios, se llevó cobijas, se llevó ufffff.

Silvia: Se llevó todo. Y casi se lleva a Ezequiel, que con el impacto de la ola se cayó al mar.

Salvador: Al impacto del tumbo cayó, y yo lo levanté del pelo.

Silvia: Lo metió de nuevo a la lancha, pero Salvador me contó que Ezequiel después le decía: “Hubieras dejado que me muriera…ahora no estaría sufriendo”.

Como sus compañeros en Costa Azul ya sabían que Salvador y Ezequiel estaban en problemas, enseguida empezaron a organizar un plan de rescate. Rey fue uno de los pescadores que se ofreció como voluntario para salir en esa primera búsqueda. No los encontraron, y el mar seguía muy agitado. Durante los siguientes días, mientras el clima se calmaba, salieron más pescadores y autoridades locales a buscarlos tanto por mar como por aire.

Salvador: Siete días en avión, una semana, y no me encontraron.

Silvia: Mientras los buscaban, Salvador y Ezequiel seguían lidiando con la tormenta.

Salvador: Puras lluvias, puros nortes, puros… mojados, fríos.

Silvia: Así estuvieron casi una semana, hasta que por fin acabó la tormenta.

Salvador: Cuando terminó eso, me sentí yo feliz, porque quedó el mar así de bien tenso. “¡Dios mío!”, dije, “ya pasó lo malo”. Y todo era así, silencio.

Silvia: Con los motores dañados, sabían que ya no había manera de regresar a Costa Azul. Salvador no tenía idea en ese momento, pero ya estaban a unos 450 kilómetros de la costa de México.

Salvador y Ezequiel sentían que era un milagro estar vivos y que la lancha siguiera entera. Ahí Salvador decidió cambiarle el nombre a su lancha, de Camaroneros de la Costa #3 a Titanic:

Salvador: No la vi que rompió hielos ni nada pero topó nortes, topó tumbos, topó cosas que la podían quebrar. Rompió record mi lancha.

Silvia: Pero su Titanic no tenía techo, y durante el día hacía un calor terrible. Para protegerse del sol se metían dentro de una hielera, donde apenas cabían los dos. Peor aún, no tenían nada de comida ni agua, y sus cuerpos ya empezaban a sentir los efectos.

Salvador: Doliente, estresado, dolores, sin comer, este, tortillas o una fruta; sin comer nada, ni un calcio o algo de vitamina, pues feo.

Silvia: Alrededor de la lancha empezaron a ver cocos flotando. La tentación de saltar y agarrarlos era enorme, pero Salvador sabía lo peligroso que era meterse al agua…

Salvador: Bueno, si te caes al agua te comen los tiburones, o pirañas, o los cochitos que son unos pescados muy violentos.

Silvia: Empezaron a ver más actividad de peces cerca de la lancha, pero también basura, residuos de frutas…botellas de plástico que alcanzaron a agarrar y con las que planeaban recolectar agua cuando por fin lloviera. No tenían nada con que armar un anzuelo, así que Salvador empezó a tratar de pescar con las manos. Al principio se le escapaban los peces, pero con la práctica perfeccionó su técnica.

Salvador: Topaba los pescados muy cerca a la lancha y  al rato es que trrrrrr los pescados. ¡Dios mio! ya, bendición. Tenía un cuchillo, dos cuchillos andaba, los abría, me comía las tripas, me comía los ojos, me comía todo, no despreciaba yo nada. Cuando se me iba un pescado lloraba porque sabía que se me iba.

Silvia: Ya habían pasado unos diez días desde que se les había dañado el motor. En esos días vieron un avión y luego un barco a la distancia, pero nadie los vio a ellos…Y seguían sin agua. Los pescados ayudaban un poco, pero todavía tenían mucha hambre. Una noche escucharon un golpe. Era una tortuga parlama -una tortuga marina- que había chocado contra la lancha. Salvador la agarró, la mató con su cuchillo y usó un tubo del motor como pajita… para tomar la sangre. Ezequiel al principio no quería comerse la carne de la tortuga. Salvador lo tuvo que convencer, y finalmente comió; pero nunca se atrevió a tomar la sangre.

Salvador: Me tomaba mi orina, tomaba sangre de parlama, de pájaro, de pescado, cosas así. Cosa que mi amigo no lo hacía porque le daba asco.

Silvia: Salvador estaba dispuesto a todo con tal de sobrevivir.

Jonathan Franklin: Es una combinación del cuerpo perfecto y la mente perfecta para este tipo de sobrevivencia.

Silvia: Este es Jonathan Franklin, un periodista norteamericano que escribió un libro sobre la odisea de Salvador. Pasó meses con él y un año investigando su historia. Jonathan dice que fue una combinación de muchos factores la que ayudó a que Salvador sobreviviera: era joven -estaba en sus treintas- pero tenía experiencia, era fuerte, y no era muy grande -debe medir un metro 60, y en ese tiempo pesaba unos 60 kilos… así que no necesitaba tanta comida y agua como una persona más grande.

Jonathan: Entonces su cuerpo estaba muy ideal para esto, y su mente tenía una fijación con lo positivo. Es muy, muy optimista. Él está tan seguro que se puede sobrevivir, que cualquier desafío que se enfrentaba durante sus 14 meses él tenía como 5 ideas y soluciones.

Silvia: Unas dos semanas después de quedarse sin los motores, por fin llovió.

Salvador: ¡Bendición de Dios! Llovió como unos 10 minutos quizá. Agarramos agua en la hielera, la cosa de los motores, una capotas. ¡Qué rica el agua! Sentía yo más vida, sentía yo: “¡Dios mío, qué bueno!”. Después, como a los siete días, volvió a llover. Ya tenía ahí unas botellitas y ahí las llenaba de agua llovida y las guardaba.

Silvia: Racionaban el agua y la comida para que les durara más tiempo. Para pasar el rato conversaban, imaginando que estaban en otro lado. Jugaban a que Salvador iba a la tienda a buscar comida. Eran como niños. Pero estos juegos les ayudaban. En las noches…

Salvador: Contábamos las estrellas, contaba yo hasta 400, aquel hasta 1000 cosas así… “Quién contaba más”, le decía yo.

Silvia: Pero a pesar del optimismo de Salvador, era difícil mantener el buen ánimo.

Salvador: Es un estrés, pero no toda la gente soporta ese estrés ahí. Siempre íbamos pensando en la muerte y en uno…se pone a pensar uno muy feo las cosas.

Silvia: Para Ezequiel era particularmente difícil…

Salvador: El niño lloraba mucho, extrañaba a su mamá, a sus hermanos…

Silvia: Salvador hacía lo posible para ayudarlo, pero un día Ezequiel tocó fondo. A su dieta de pescados y tortugas habían agregado pájaros, que obviamente se comían crudos. Un día, Ezequiel no se dio cuenta de que el pájaro que había escogido para comer estaba verde por dentro. El pájaro se había comido una culebra.

Salvador: La culebra ya estaba disolvida en el pájaro va, no más quedó el puro esqueleto. Él lo comió, no se dio cuenta hasta despuecito. Ya al siguiente día ya no quiso comer, como se estresó, cosas de vomitar...

Silvia: Ese incidente con el pájaro empeoró el ánimo de Ezequiel, que ya estaba por el suelo. Salvador seguía tratando de animarlo.

Salvador: “Platiquemos algo, aunque sea de mentiras, algo así”. “Yo creo que ya me voy a morir”, me decía. Palabras duras. “No digas eso,” le decía, “porque vamos a sobrevivir algún día.” “No, yo no quiero, que jueputa…” Salía loco golpeandose en la lancha y queriéndose matar él mismo. Y yo, “calmate”, le decía.

Silvia: La mañana del 15 de marzo del 2013, después de 118 días en el mar y a unos 4,600 kilómetros de la costa de México, Ezequiel falleció.

Salvador: Murió por hambre, murió por sed, murió por estrés, lo más seguro.

Silvia: ¿Cómo fue quedarse solo después de la muerte de Ezequiel? ¿Cómo te sentías?

Salvador: Pues, este, solo, llorando que mi amigo se murió. Y decía yo, “¿Y yo con quién hablo?” y no más con Dios..

Silvia: Salvador sentó al cuerpo de Ezequiel en una banquita del barco, y por varios días le siguió hablando.

Salvador: “Buenos días”, le decía yo, “¿cómo amaneciste Ezequiel?”, entre mi mente pues,  “bien”, y cosas así, va.  Y luego le preguntaba cómo era la muerte, si estaba sufriendo… Después me dio la idea de que me andaba yo como, este, haciendo loco hablando con un muerto, y dije, “lo voy a tirar al agua, así cabal”.

Silvia: Después de 6 días, decidió tirar el cuerpo de Ezequiel al agua. Y después, se desmayó.

Cuando despertó empezó una etapa muy diferente para Salvador. La soledad a veces era tan terrible que varias veces pensó en suicidarse…

Salvador: Me tiraba de la lancha y algo como para ahogarme. Luego me arrepentía y me regresaba a la lancha. No me comía ni un tiburón. Era un peligro. Yo estaba metido al agua para ver si algo me come. No, no, nunca me tocó nada. Yo le pedía gracias a Dios, le decía, “Dios mío dame direcciones, que me quite los malos pensamientos de matarme.”

Silvia: Y así siguió, flotando por el océano pacífico otros 300 días, sobreviviendo a punta de peces y pájaros crudos. Solo. Jonathan, el periodista que mencioné antes, me dijo que lo que más le sorprendió fue que Salvador no se hubiera vuelto loco.

Jonathan: Que era capaz de sortear emocionalmente todas estas situaciones. Él conversaba con el mar. Conversaba con las nubes. Siempre estaba dando gracias a su barco por llevarlo.

Silvia: El 15 de enero del 2014, 424 días desde que se dañaron los motores de la lancha, Salvador empezó a ver unas luces muy a lo lejos. Las vio durante días, y temía que su lancha, con la corriente del mar, pasara de largo. Dos semanas después, empezó a ver muchos pájaros…

Salvador: Tas tas tas y sólo se caían a la lancha, y yo, “¡Padre mío, cuánta comida”, decía yo. Miro yo, árboles, ¡Dios mío! y costa. Estoy alucinando dije yo.

Silvia: Salvador calculó que estaba a unos 20 kilómetros de la orilla. No tenía fuerzas para nadar esa distancia, y sabía que podía toparse con tiburones. Así que siguió en la lancha, esperando que la corriente lo llevara a la orilla.

Salvador: Me dormí media hora, después de ver la costa va. Quedé bien lleno, sabroso, tomé un poco de agua… Cuando despierto, “¡Dios mío, me salvé ya!”, dije.

Silvia: Estaba muy cerca a la orilla. Agarró su cuchillo y se lanzó. El agua le llegaba a la cintura, pero no podía caminar; tenía los pies hinchados y le ardían, así que gateó hasta llegar a la arena seca. Era una isla deshabitada. No veía personas, ni edificios, solo playa y vegetación. Colapsó del cansancio y se quedó dormido. Cuando despertó siguió gateando, moviéndose hacia adentro de la isla.

Había llegado a una islita pequeña que es parte de Ebón, un conjunto de 22 islas en las Islas Marshall. Si visualizan en su mente un mapa del mundo, las Islas Marshall se ven como un montón de puntitos muy chiquititos al noreste de Australia –entre Australia y Hawaii.

Salvador seguía gateando, paraba y descansaba, se dormía, se volvía a despertar, comía cocos que encontraba en el camino y que cortaba con su cuchillo, seguía avanzando, y así. Se quedó dormido, y a la mañana siguiente vio algo rojo que al principio le costó reconocer. Estaba lejos, del otro lado de un canal. Y después escuchó un gallo.

Caminó hacia la mancha roja y se dio cuenta que era una camiseta colgada de una cuerda. Tenía que parar a cada rato para descansar. Llegó a la orilla del canal, y del otro lado vio la camiseta y una casita pequeña, una choza…

Salvador: Grité: “Auxilioooooo oooooooo…”

Silvia: Desde la casita, una mujer, Emi, estaba desayunando cuando escuchó a Salvador y lo vio al otro lado del canal. Russel, su esposo, se asustó al verlo. Salvador estaba casi desnudo, flaco, con el pelo largo y con barba. Pero Emi insistió en que tenían que ayudarlo. Así que salieron de su casa y se empezaron a acercar al canal. Salvador estaba del otro lado.

Salvador: Me vieron peludo, desnudo, y con el cuchillo. Y yo quería abrazarlos, pero como había un canal donde tenía que pasar, me daba miedo el agua, volver al agua, meterme. Decía, “Dios mío yo no puedo…”

Silvia: Russel le gritaba en inglés que tirara el cuchillo. Salvador no entendía inglés, pero entendió las señas, y no quería deshacerse de su cuchillo –había sido clave en su supervivencia. Pero se resignó y después de tirarlo al agua se arrodilló y empezó a rezar. Ahí, Russel se acercó.

Salvador: Me abrazó y me dio una camisa, me levantó como…bien flaquito yo.

Silvia: Emi y Russel lo vistieron y lo llevaron a su casa. Salvador estaba aterrado. No había visto a otro ser humano por más de un año, y no tenía ni idea de dónde estaba. Pero Emi y Russel le dieron comida, agua, ropa, y poco a poco Salvador empezó a sentirse más cómodo.

Trataba de comunicarse con ellos a través de señas. Le pasaron un lápiz y un papel para que escribiera. Ellos no hablaban español, pero Russel agarró el papel y navegó hasta la isla principal de Ebón. Ahí Russel le pasó el papel a un niño, y el niño se lo llevó a la alcaldesa quien entendió algunas palabras del mensaje, como “amigo”, “mamá”, y “papá”.

Los rumores de que había llegado un náufrago a una de las islas de Ebón ya estaban rondando por ahí. Un grupo de tres personas -la alcaldesa, un policía y un antropólogo- se organizaron y se fueron en bote hasta la casa de Emi y Russel. El plan era averiguar más sobre Salvador, ver cómo estaba y llevarlo de vuelta a la isla principal de Ebón. Pero, claro, el viaje a esa isla era en bote.

Salvador: Yo me quería correr, yo no me quería subir. “Uy, otra vez al mar”, decía yo. Pero los capitanes me sentaron en una silla y me dijeron que no me preocupara. Me pusieron una cosa como salvavidas, pues para que no pasara mal yo.

Silvia: Llegaron a las oficinas municipales de Ebón, y mientras los oficiales se comunicaban con Majuro -la capital de las Islas Marshall y la ciudad más grande- no paraba de llegar gente para ver a Salvador…

Mientras tanto, Salvador estaba desesperado de estar ahí, en Ebón, rodeado de esa gente, sin entender nada y sin recibir la asistencia médica que necesitaba.

El 31 de enero, dos días después de que llegó a tierra, salió el primer artículo sobre Salvador. Y unos días después por fin llegó un bote oficial de la policía para recogerlo y llevarlo a Majuro.

Ese es el momento que todos vimos en las noticias: Salvador saliendo de un barco, con ropa que le queda grande, con una lata de coca-cola en la mano, barbudo y tambaleándose mientras lo ayudan a caminar por la rampa que sale del barco. Afuera lo esperaban periodistas y personas de la isla que querían ver al ya famoso náufrago. Y ahí empezó el acoso de los periodistas.

Salvador: Quebraban ventanas para que yo les dijera así como estás ahorita, y yo no quería hablar nada pues.

Silvia: Había muchas dudas sobre la veracidad de su historia.

Noticias: “El relato del náufrago plantea todavía muchas interrogantes”… “Con trece meses a la deriva en el mar”…

“Trece meses. No estar comiendo las tres comidas, cuatro comidas diarias, y mirá cómo está el hombre” … “Lo dudo porque, o sea, estando en una lancha, en el medio del mar, ¿cómo, cómo agarra una tortuga?”.

Silvia: Mientras Salvador estaba en el hospital de Majuro recuperándose para poder volver a El Salvador, autoridades y periodistas trataban de corroborar que lo que contaba era verdad. Para muchos, como Jonathan, el hecho de que Salvador quisiera no tener nada que ver con la prensa demostraba algo.

Jonathan: Si tú vas a hacer un fraude, tú quieres manipular a la prensa, no evitar a la prensa. Entonces, para mi era buena señal que él no quiso dar ninguna entrevista. Casi un comprobante de que algo verdadero estaba pasando.

Silvia: Unos meses después, ya estando en El Salvador, confirmarían su historia usando un polígrafo.

Después de 11 días en las Islas Marshall, los doctores dijeron que ya estaba lo suficientemente bien para viajar y regresar a El Salvador. En el video de su llegada se ve a Salvador ya afeitado, con el pelo corto, saliendo en una silla de ruedas, empujado por unos funcionarios. Se ve el flash de las fotos. Detienen la silla frente a un micrófono, se lo dan, pero Salvador no puede hablar. Coge el micrófono, suspira, mira para abajo y se escucha muy bajito que dice, “No hallo qué decir”; trata de nuevo, pero no puede, y después empiezan unos aplausos. Un funcionario toma el micrófono y le pide comprensión a los periodistas y a la gente que está ahí esperando. Pero después se escucha a periodistas acosándolo cuando le gritan, “¿cómo te sientes en tu país?”, y una funcionaria exigiéndole, “¡saluda! ¡saluda!”.

Ya en el hospital, cuando lo entrevistaron del Ministerio de Salud, Salvador pidió que lo dejaran tranquilo.

Entrevistadora: La población quiere saber cómo se encuentra.

Salvador: Me encuentro bien. Quisiera de que me dejaran tranquilo, no más preguntas ni más fotos, ni más…Quiero estar solo con mi familia, pasar yo bien, y no más eso. Ya…

Entrevistadora: Muchas gracias.

Silvia: La recuperación ha sido larga, y mientras trata de sanarse física y mentalmente, ha tenido que lidiar con muchas cosas. Algunas felices, como reencontrarse con su hija Fátima, que no veía desde que era una bebé, y con sus padres. Pero también ha tenido que pasar por cosas muy difíciles. Quizás una de las más duras fue regresar a México para ir a ver a la mamá de Ezequiel. Durante esos primeros días, cuando estaban en el barco, se habían hecho una promesa: si uno de los dos moría, el que sobreviviera tenía que ir a ver a la familia del otro.

Salvador: Un encuentro muy duro, yo le dije a la señora,“¿Está preparada pa lo que le voy a decir?”, y me abrazó. Le dije, “Lo siento, pero su hijo se quedó no sé en qué país, no le puedo decir”.

Silvia: Salvador dice que la mamá de Ezequiel se desmayó. Él, a pesar de todo, se sentía tranquilo por haber cumplido su promesa.

Tal vez han escuchado los rumores de que la familia de Ezequiel estaba demandando a Salvador porque supuestamente se lo había comido. Eso pasó después de que entrevisté a Salvador, así que le pregunté a Jonathan al respecto. Y me dijo que él muchas veces le preguntó a Salvador esto mismo.

Jonathan: Y él siempre tiene una respuesta muy clara. En ese tiempo tenía mucha comida, tenía un par de tortugas, pescado…Entonces él no hablaba mucho de una cuestión moral, él hablaba que simplemente no fuera necesario.

Silvia: Lo de la demanda no está claro. Pero la mamá de Ezequiel dice que a ella nadie le había dicho nada sobre esto y, lo más importante: que no tiene ningún resentimiento hacia Salvador.

Cuando hablé con él se habían cumplido casi dos años desde que apareció en las islas Marshall. Y desde entonces su vida ha cambiado radicalmente. Le pregunté si le gustaría que llegue el día en que nadie le pregunte más sobre sus 438 días en el mar.

Salvador: Imposible, que siempre la gente me va a preguntar, hasta que me muera quizá, siempre la voy a escuchar.

Daniel Alarcón: Silvia Viñas es productora y editora de Radio Ambulante.

Un agradecimiento especial a Jonathan Franklin. Muchos de los detalles de esta historia los conocimos gracias a su libro “438 días”, que saldrá a la venta en español en octubre del 2016 por la editorial Planeta. Y gracias también a Alejandra Quintero y a Diana Buendía por su ayuda con esta historia.

Esta historia fue editada por Camila Segura, Martina Castro y por mi. Martina se encargó del diseño de sonido. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Luis Trelles y a Barbara Sawhill. La directora ejecutiva es Carolina Guerrero.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Para escuchar más, visita nuestra página web, radioambulante.org. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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