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Transcripción: En este pueblo no hay ladrones

Daniel Alarcón: ¿Sabías que NPR tiene una app? Se llama NPR One y te ofrece lo mejor de la radio pública de Estados Unidos y más. Noticias, historias locales y tus podcasts favoritos. NPR One te acompaña este Thanksgiving, mientras haces un viaje o estás en fila o estás esperando a un amigo. Encuéntranos en NPR One (O-N-E) en tu tienda de apps.

Entonces, Camila, ¿cómo comienza todo esto?

Camila Segura: Comienza con una llamada. De David Roa a Álvaro Castillo. Dos libreros bogotanos.

David Roa: Yo cogí el teléfono, llamé a Álvaro. Álvaro me contestó y me dijo “¿qué hubo, David?”. Y yo le dije “oiga, Álvaro, se robaron sus Cien años de soledad”.

Daniel: ¿Su qué?

Camila: Su Cien años de soledad.

Daniel: ¿El libro?

Camila: Sí. Pero no cualquier ejemplar. Una primera edición, y además dedicada a Álvaro por García Márquez. Y cuando David le dijo esto, Álvaro…

Álvaro Castillo: Yo me quedé callado.

David: Por un minuto, por ahí.

Álvaro: Un buen rato.

David: O yo lo sentí una hora.

Álvaro: Yo le dije “ahora no quiero hablar” y colgué.

Daniel: ¿Esto cuándo fue?

Camila: Hace más de un año. En mayo del 2015. Y te explico un poco: David era el encargado de la librería Macondo, en la Feria del Libro de Bogotá. Y Álvaro, un coleccionista de libros usados. Ese año fue la primera vez que el país invitado era ficticio: Macondo. García Márquez se había muerto un año antes, en abril del 2014, y esa feria fue en su honor. Y el libro de Álvaro estaba exhibido con otros de su colección privada, en una exposición que estaba dentro de la librería que manejaba David.

Daniel: Bienvenidos a Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón.

Camila: Y yo Camila Segura. Y hoy te quiero contar la historia de ese libro. De ese robo. Y de lo que significó para todo el país.

Daniel: Dale.

Camila: Ok, entonces… Álvaro compró este libro en el 2006. Se acuerda bien. Fue en Uruguay.

Álvaro: Y en Montevideo me gusta mucho ir a una calle que se llama Calle Tristán Narvaja, que es una calle llena de librerías de libros usados.

Camila: Entró a una librería chiquita y preguntó por la sección de literatura latinoamericana. El librero le señaló dónde estaba.

Álvaro: Y cuando yo volteé la cara y miré, vi la primera edición de Cien años de soledad. Yo no lo podía creer…

Camila: Como es coleccionista, Álvaro sabía perfectamente cómo se veía la primera edición. Cogió el libro y miró el precio: 180 pesos uruguayos, que en esa época eran como siete dólares.

Álvaro: Y yo me decía a mí mismo “miércoles, ¿yo qué voy a hacer? Se van a dar cuenta cuando pase este libro que es la primera edición”.

Camila: Pensó…

Álvaro: Voy a pedir una rebaja.

Daniel: ¡No!

Camila: Entonces le dijo al librero…

Álvaro: …que si me podía hacer una atención. Entonces él me dijo “y bueno, te lo dejo en seis dólares”.

Camila: Sacó los seis dólares y le pagó al librero. Pero antes de irse pidió prestado el baño.

Álvaro: Entonces entré al baño, hice pipí, respiré, me sequé el sudor con el pañuelo.

Camila: Salió, y el librero, antes de pasarle el libro…

Álvaro: Se quedó mirándolo y me dijo “¿vos habías visto esta tapa?”. Y yo le dije “no”. Entonces lo eché en una bolsa, le dije “muchas gracias” y me fui. Y no lo podía creer.

Camila: Álvaro se llevó el libro a Colombia y este terminó siendo parte de esa exhibición que ya mencioné, la de la Feria del Libro, junto con otros 31 libros de su colección privada. Y fue David Roa el que le pidió a Álvaro que le prestara todos estos libros. David no sólo era el encargado de la librería sino el presidente de la Asociación de Libreros Independientes, la ACLI. Y era la primera vez que la ACLI estaba a cargo de la librería.

Daniel: No es poca cosa. O sea, yo he estado en esa feria. Es inmensa.

Camila: Sí, es inmensa. Y además la librería iba a quedar a la salida del pabellón de Macondo, que claramente era el más importante de toda la feria. De manera que todo el que entraba al pabellón veía la librería.

David: Pues yo estaba completamente feliz… y asustado.

Camila: Iban a pasar miles y miles de personas por ahí. Entonces, claro, la presión de que todo estuviera listo a tiempo y saliera bien era gigante. Un día, antes de la inauguración de la feria, cuando estaban montando la librería, Álvaro llegó con sus libros y los acomodó él mismo.

Álvaro: Prefería yo tener esa responsabilidad y no cargarlos con esa responsabilidad a ellos.

Camila: Las vitrinas donde estaban exhibidos los libros las habían montado los encargados del pabellón. Parecían del siglo pasado: tenían dos vidrios –uno se deslizaba– y estaban asegurados por una pequeña cerradura, una chapa con una sierrita.

Álvaro: Ahora que uno lo piensa, realmente, era una cerradura muy endeble. Pero en ese momento nadie pensó que fuera una cerradura chimbísima. Nadie. Ni yo lo pensé ni nadie.

Camila: Álvaro sencillamente los acomodó, e hicieron un compromiso verbal con David de que Álvaro era la única persona que podía tocar sus libros. Contrataron dos celadores que estaban encargados sólo de vigilar la librería y acordaron, además, que siempre iba a estar una persona del staff de ellos en esas vitrinas. Álvaro, además, fue el único que se quedó con las llaves. Los libros que exhibió…

Álvaro: Sólo eran primeras ediciones de García Márquez, que era como una especie de paneo general desde su primera publicación de un libro hasta el último. O sea, no estaban todas las primeras ediciones porque no cabrían, sino que era algo como representativo.

Camila: Esa primera edición de Cien Años no era la única que Álvaro había conseguido en su vida. De los supuestos ocho mil primeros ejemplares –supuestos porque en el ‘67, cuando fue publicado, esos conteos eran laxos, no como hoy–, Álvaro ha encontrado siete. Cuatro en Cuba, dos en Colombia y este en Uruguay. Todos los demás los ha vendido, pero este de la feria era especial pues había sido dedicado por Gabo.

Álvaro: Yo no fui amigo de García Márquez. Yo lo traté y él me trató y me puso el nombre “libroviejero”. Y después dijo “no, librovejero como ropavejero”.

Camila: Porque le conseguía libros viejos. En el 2007, la secretaria de Gabo le hizo el favor a Álvaro de llevárselo a México para que García Márquez se lo dedicara. La dedicatoria dice: “Para Álvaro Castillo, el librovejero, como ayer y como siempre, de su amigo Gabriel”.

En la feria Álvaro también tenía el stand de su librería, San Librario. Así que tenía que dividirse el tiempo entre este y el de Macondo, y ahí interactuar con los miles de visitantes del pabellón para explicarles con mucho detalle cada libro de su colección.

Y es que ese año la feria tuvo un número récord de visitantes. En los 14 días de feria se registraron 520 mil visitantes, casi 70 mil personas más que el año anterior. Y el sábado 2 de mayo, el día que se robaron el libro, y sólo tres días antes de que se acabara la feria, entraron alrededor de 73 mil personas.

Bueno, y aquí tengo que presentarte a dos personajes más.

Daniel: Ok.

Edgar Blanco: Mi nombre es Edgar Blanco

Lucía Buitrago: Mi nombre es Lucía Fernanda Buitrago Montañez.

Daniel: Ya. ¿Y ellos son…?

Camila: Los otros encargados de la librería Macondo, los que siempre estaban ahí. Entonces ese sábado por la tarde Lucía estaba ayudando en las cajas cuando llegó un amigo a visitarla y le preguntó que quién tenía las llaves de las vitrinas. Y ella le dijo “¿por qué?”.

Lucía: “Es que hay algo raro”, me dijo. Y volteo a mirar y veo que falta el libro. Como que se me bajó todo. Salí inmediatamente, me paré al frente de la vitrina y grité “¡Edgar!”.

Camila: Edgar estaba al otro lado de la librería y se apuró a ir donde estaba Lucía.

Edgar: Y llegué allá como a ver qué pasaba. Y Lucía inmediatamente lo que me dijo apenas yo llegué fue “nos robaron”. Yo miré la vitrina, miré que no había chapa. Cuando vi el hueco, en fracción de segundos lo que hice fue como hacer el paneo de los libros y me di cuenta que era ese libro: era Cien años de soledad.

Camila: Lucía estaba muy angustiada.

Lucía: Yo lo primero que pensé fue como “¿qué cara le voy a poner a Álvaro cuando lo vea?”. Era como lo peor que me hubiera podido pasar a tres días de que se cerrara la feria.

Camila: Edgar pensó que alguien de los que trabajaba ahí lo había sacado, pero Lucía le aclaró que Álvaro era el único que tenía la llave.

Edgar: Lo que hice fue correr a la puerta, pedirle a los celadores que desde este momento nadie podía salir sin ser requisado.

Camila: Edgar creyó que no había pasado mucho tiempo desde que se habían robado el libro y se habían dado cuenta. Entonces confió en que, tal vez, requisando podían encontrarlo. Edgar y el celador se pararon a la salida del pabellón y a todo el que fuera a salir…

Edgar: Le abría la maleta. Si tenía bolsas de otra librería se la hacía abrir.

Daniel: Pero dificilísimo requisar a tanta gente, ¿no?

Camila: Total. Casi imposible. Entonces empezó a armarse una especie de trancón.

Edgar: La gente que se me pasaba lo perseguía hasta la puerta antes de que saliera y le pedía que me abriera la maleta.

Camila: Había señoras que le decían “yo no soy ladrona, ¿qué es lo que quiere revisar?”.

Edgar: Y yo les decía “es que se perdió una primera edición de Cien Años de Soledad”.

Camila: Y ahí la gente colaboraba un poco más.

Daniel: Claro, todos entienden el valor de ese libro.

Camila: Bueno, quizá sea una exageración decir que todos, pero sin duda no es exagerado decir que Gabo es uno de los héroes culturales de Colombia. Tal vez el más grande.

Pero volviendo a la historia… Entonces, otro celador del pabellón se dio cuenta de que algo estaba pasando y se acercó. Edgar le explicó y le pidió que se comunicara de inmediato con los de seguridad de la feria. Entonces empezaron a llamarlos por radioteléfono. Mientras tanto, Edgar y el otro celador seguían requisando a todo el que trataba de salir. Pero el celador estaba un poco confundido y en un momento dado le preguntó “¿qué es lo que estamos buscando?”.

Edgar: “No, cualquier libro viejo, me lo muestra”. Y él incluso a veces me mostraba libros pues que yo le decía como “hombre, es un libro nuevo forrado en plástico. No, ese no. Puede que sí sea de acá, pero no me importa”.

Daniel: Claro, en este momento no vamos a parar a cualquier ladronzuelo de libros nuevos.

Camila: No, pues claro que no. Lo que le interesaba a Edgar era coger al cabrón que se llevó la primera edición de Cien años de soledad.

Edgar: Hubo muchas personas que consideré sospechosas. Incluso empecé a tener un poco de temor en el sentido en que abriera una maleta y lo encontrara. Como “bueno, ¿y qué? O sea, ¿qué voy a hacer? Y si se supone que es un ladrón pues estará listo para… algo, ¿no?”.

Daniel: ¿Listo para qué?

Camila: Ni idea, pero pues se imaginaba que podía amenazarlo o algo, ¿no? No sé.

Daniel: ¿Y a cuánta gente requisaron? ¿Cuánto tiempo estuvieron en estas?

Camila: Edgar calcula que alrededor de unas 300 personas, o algo así. Y duraron como media hora hasta que…

Edgar: Llegó un momento en que ya yo perdí la fe en que requisando iba a aparecer el libro.

Camila: A todas estas, David no estaba en la feria. Estaba en su propia librería, casi al otro lado de la ciudad, en la mitad de un evento con una escritora. Mientras Edgar requisaba, Lucía sabía que tenía que llamar a alguien, pero pensó:

Lucía: Yo no soy capaz de decirle a Álvaro. Yo llamo a David.

Camila: Pero Lucía es de las que no llama casi nunca.

David: Si Lucía me está llamando es porque es importante. Yo contesto, “¿aló?”

Lucía: Y le dije “David, te tengo como una de las peores noticias que podrías recibir en esta feria”.

David: Me dice “David, pasó lo peor. Te tengo la peor noticia que puedas imaginarte. La peor de todas. La peor, la peor”. Y dijo “lo peor” 80 veces. Y yo pues ya estaba destrozado. Decía “¿cómo lo peor? Pues lo peor que le pueda parecer a Lucía tiene que ser lo peor de lo peor de lo peor”.

Lucía: Y pues David como “¿cómo así? ¿qué pasó?”. Y eso que uno no quiere decirlo, pero le toca, es como “ay, no…”.

David: Y cuando me dice “se robaron el Cien años de soledad de Álvaro”…

Camila: David se bloqueó.

David: Es de esos momentos en que uno se pone en tercera persona y dice “¿y ahora? Yo debería decir ¿qué? Debo decir algo y hacer algo que sea muy significativo para que parezca que yo estoy haciendo cosas”. Es como muy absurdo porque era como “esto no, esto está más grande que yo y no tengo ni idea qué voy a hacer”.

Camila: Sabía que ya no había nada que hacer. Tanto así que ni siquiera le preguntó muchos detalles a Lucía. Lo único que alcanzó a pensar fue “no quiero que nos roben más libros de la colección”. Entonces le pidió a Lucía que quitara todos los libros de Álvaro y los guardara. Pero Lucía se acordó que el compromiso era que Álvaro era el único que podía manipular los libros.

Lucía: Entonces yo no los quité ni abrí la vitrina.

Daniel: O sea, ¿no siguió las órdenes de David?

Camila: No, le pareció que era más importante seguir el acuerdo que habían hecho con Álvaro. En esas llegaron dos personas del equipo de logística del pabellón. Enfrente de las vitrinas pusieron una especie de cinta amarilla, como esas de escena de un crimen, y la orden fue que no se movieran hasta que no llegara Álvaro.

David colgó con Lucía y se tomó como 10 minutos para llamar a Álvaro.

David: Yo tenía mucha mamera de hacer esa llamada con Álvaro. Pero mucha. Mucha.

Camila: Pero por otro lado tenía claro que no quería que Álvaro se enterara por otra persona.

David: O sea, eso no se hace. Era incorrecto. Lo correcto era que yo lo llamara y le dijera porque era a mí a quien se los había prestado.

Camila: Y, bueno, ya sabemos cómo fue esa llamada.

Cuando colgaron, Álvaro, en shock, salió a caminar y no le dijo nada a nadie por un buen rato. Llamó a su mamá pero no le contestó. Decidió irse a Macondo. Sentía que todos los de la librería lo miraban con una cara de…

Álvaro: Como de vergüenza, de incredulidad, de azore, de miedo. Yo no sé qué cara yo tenía porque pues no me la podía ver, pero yo sé que no era una cara de furia. Era una cara de “yo no entiendo lo que está pasando”.

Camila: Edgar vio cuando entró.

Edgar: Se paró frente al mueble, vio que faltaba el libro, se agarró la cabeza. Lo que sí noté es que le causó un profundo dolor porque tenía los ojos aguados, le temblaban los labios. Pues yo estaba como a la expectativa de si se iba a poner a decir groserías, si iba a putear, si iba a gritar, si iba a ser violento. Pero más bien estuvo muy controlado.

Camila: Prácticamente no hablaron nada.

Edgar: No entramos como en detalles de explicar cómo fue. Tampoco recriminó que quién estaba ahí, nada.

Álvaro: Edgar no me hablaba nada. Callado me miraba así, con una cara de terror, pero no me hablaba.

Camila: Álvaro le dijo a Edgar que se iba a llevar todos sus libros, que le trajera una caja. Sacaron todos los libros de la vitrina y los empezaron a guardar. Y Álvaro le dijo:

Edgar: Que ese libro no tenía precio pero que la ACLI tenía que responder. Yo lo único que le pude decir fue “fresco”, que sí, que tengo que responder. Yo pensaba como “no sé cómo, pero tengo que responder”.

Daniel: O sea, pagar el libro.

Camila: Claro, pero el libro no estaba avaluado, no tenía un precio.

Edgar: Y él dijo “a mí me devuelven el libro o me lo pagan”. Pues yo obviamente no me iba a poner a discutir con él diciéndole “no, ¿qué le pasa?”. Sino que le dije que sí, que claro.

Camila: Sin saber qué iba a hacer, Edgar guardó la caja en la bodega y dio la orden de que nadie la tocara. Álvaro salió de Macondo y se fue para su stand.

En algún momento llegaron varios hombres de seguridad de la feria y también llegó el encargado del pabellón. Edgar se encargó de explicarles bien lo que estaba pasando.

Edgar: Él me dice “ahorita viene la policía para que pongan el denuncio”.

Camila: El ánimo de todos los de la librería estaba por el piso.

Edgar: Cabezas gachas. Hubo otra chica que también se puso a llorar, otra de las libreras, sin razón aparente porque no tiene nada que ver, pero era como de ver toda la conmoción. También la tuvieron que acompañar afuera, a que llorara afuera. Sí, se volvió todo melodramático.

Camila: Álvaro siguió sin contarle nada a nadie. Ya como a las ocho de la noche fue por sus libros a Macondo. Llevaba un morral para guardarlos, pues pensó que si salía con la caja iban a decir que el ladrón era él. Los libros tenían unas tarjetas con información bibliográfica, y Álvaro empezó a sacar cada una y a tirarlas en el escritorio.

Álvaro: Creo que fue la única manifestación brusca que yo tuve. Fue sacar las tarjetas, como que me sabían a mierda, y dejarlas en el escritorio.

Camila: Cogió el morral y se fue. Ya estaban a punto de cerrar la feria y la policía nunca llegó.

Álvaro llegó a su casa. Tenía mucho dolor de cabeza. Pensó poner algo en Facebook pero decidió que mejor no. Casi no durmió esa noche. Al día siguiente un amigo vino a visitarlo a la feria y Álvaro le contó del robo.

Álvaro: Me dijo “no lo puedo creer. ¿Qué se puede hacer? ¿Pero cómo así? ¿Qué pasó?”. Y yo: “Pues yo no sé”. Entonces él dijo “¿Te parece que te dé el email de “Teléfono rosa” de El Tiempo?”.

Camila: Explico: El Tiempo es uno de los periódicos más importantes del país y “Teléfono rosa” es una sección de “noticias” –más bien como chismes– de la farándula nacional que sale una vez por semana, cada domingo.

Daniel: Pero ese día era domingo, ¿verdad? O sea que la noticia no iba a salir por otros siete días.

Camila: Sí, pero igual Álvaro le dijo…

Álvaro: Pues bueno, sí, para que digan algo, ¿no?

Camila: El amigo le dio el email.

Álvaro: Pero yo no tengo ni plan de datos en el celular y en la feria el internet no tenía wifi y esas cosas.

Camila: Entonces pensó “de aquí a que yo llegue a mi casa y mande el email pues va a ser un día perdido”. Entonces se le ocurrió llamar a una amiga periodista que trabaja en El Tiempo.

Álvaro: Para pedirle el teléfono del encargado de “Teléfono rosa”.

Camila: Ella le dice:

Álvaro: “Usted… ¡¿usted está loco?! Esto no es una noticia para ‘Teléfono rosa’. Además, el ‘Teléfono rosa’ es una vez por semana. ¡Usted está loco, cómo se le ocurre!”.

Camila: Su amiga le pidió que le contara todo con detalles. Le dijo que ella misma iba a escribir la noticia y que la iba a mandar a eltiempo.com. A eso del mediodía, la amiga lo volvió a llamar.

Álvaro: Y me dice “Álvaro, usted no se imagina el mierdero que se formó. La noticia está en todo el mundo”.

Presentador: Y nos llegan informaciones desde la página cultural que no son muy alentadoras que digamos. Un ejemplar de la primera edición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, fue robado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Presentadora: Parece otro suceso típico de un país mágico e insólito como Macondo, pero es la realidad.

Presentadora 2: Un ladrón entró a Macondo y su robo empañó la más exitosa de las Ferias de Libro de Bogotá. Su botín fue un ejemplar de la primera edición de 1967.

Álvaro: Y comenzó a sonar el celular. “Lo estamos llamando desde no sé dónde, desde no sé dónde”. Entonces me llamaban de México, de Argentina, de Europa, de Francia, de España. De todas partes del mundo.

Daniel: Y a estas alturas, ¿David qué?

Camila: Pues no había pisado la feria desde el robo. Estaba en un evento en su librería cuando se enteró que la noticia estaba en todas partes.

David: Yo sabía que estaba con un problema muy tenaz, pero [lo que] me preocupaba era el tema institucional.

Camila: O sea, estaba preocupado no sólo por cómo iba a responder por el libro sino cómo iba a quedar la asociación. Pero ni siquiera había pensado en los medios.

David: O sea, ahí me angustié mucho más, y tenía mucho afán de ir a averiguar qué había pasado policialmente con el tema porque me angustiaba que eso se volviera como una cosa mediática muy fuerte, y ni siquiera habíamos puesto un denuncio.

Daniel: ¿Cómo así que no habían puesto un denuncio?

Camila: Tal cual. No habían puesto un denuncio. Y te explico: es que Edgar y Lucía les habían avisado a los de seguridad de la feria sobre el robo. Pero…

Edgar: Según el proceso regular de seguridad, ellos tendrían que haberle avisado a la policía.

Camila: Ellos, es decir, los de la feria. Pero no lo hicieron.

Lucía: Llegaron primero los medios antes que la policía.

Camila: Cuando David se enteró que la noticia ya estaba en todos los medios, se consiguió el teléfono del de seguridad de la feria, un coronel retirado. Y cuando llegó al stand…

David: Había un grupo como muy diligente de la policía. Había una mayor, había un coronel, había un capitán de Patrimonio, había un funcionario de la SIJIN, de la DIJIN.

Daniel: No, pues, Camila, me estás hablando en colombiano.

Camila: [Risas] Sí, yo sé. Eso de la DIJIN y la SIJIN es muy confuso incluso para nosotros. Pero básicamente lo que hay que entender es que la SIJIN es local y depende de la DIJIN, que es nacional.

Pero bueno, más allá de estos tecnicismos, cuando Álvaro llegó al stand se impresionó mucho al ver toda esta gente, incluidos los de criminalística, que estaban haciendo levantamiento de huellas.

Álvaro: Eran como CSI’s, una cosa así. Todo era… era una cosa muy rara.

Camila: La policía empezó a interrogar a todo el mundo.

Álvaro: Le preguntaban a uno “¿dónde consiguió el libro, cuánto le costó, cómo se lo dedicó García Márquez, por qué se lo dedicó a usted, usted dónde estaba, quién tenía las llaves?”. Y yo “yo, yo soy el único que las tenía”. “¿Usted cómo sabe que usted era el único?”. “Pues porque me dijeron que era el único”.

Camila: A Álvaro, a David, a Edgar, a Lucía y a otras dos mujeres que estaban a cargo de cuidar las vitrinas se los llevaron a la oficina de seguridad de la feria. Allá les tomaron a todos las declaraciones.

Álvaro: Fueron como cuatro o cinco horas, una cosa desesperante que no se acababa. Y uno comienza a sentirse como un ladrón, como que el culpable es uno, por el interrogatorio, y le preguntan y ponen en duda todo lo que uno dice. Entonces uno se siente muy, muy mal.

Camila: Cuando salieron del interrogatorio ya era prácticamente de noche. A Álvaro y a David los seguían llamando de docenas de medios nacionales e internacionales. Pero llegó un momento en que David decidió no dar más entrevistas.

David: Porque ya empezaba a degenerarse un poco la cosa. Como que la gente empieza a inventarse unas teorías bastante locas y a veces muy irrespetuosas, casi ya. Como decir que Álvaro se había autorobado, que me parece la cosa más mezquina que podría pasar.

Camila: Ya para el lunes, esta era la noticia del día en todos los periódicos, emisoras y noticieros.

Juan Vicente Valbuena: La fiscalía ha considerado que el hurto que ha sucedido sobre la obra de Gabriel García Márquez realmente es un atentado muy serio contra el patrimonio cultural.

Daniel: ¿Y quién es este señor?

Camila: Este es el vicefiscal general de la época, Juan Vicente Valbuena. Hizo una rueda de prensa sólo para hablar del hecho. Dijo que ya la Policía Nacional estaba investigando y que había que aclarar que no solamente eran responsables quienes se robaron el libro, sino también quienes lo compraran.

Juan Vicente Valbuena: … sino adicionalmente quienes lo adquieran. Para quienes pudieron hurtarse esta obra, las penas podrían oscilar entre seis a 20 años, e igualmente para quienes cometan el delito de receptación, es decir, adquirir este bien robado, también irían de cuatro a 12 años de prisión.

Daniel: Momentito. ¿20 años de cárcel para el ladrón de un libro?

Camila: Sí, hasta 20 años. Para mucha gente fue absurdo. En las redes sociales se leían cosas como:

Usuario 1: “Por eso este país está al revés. El que roba millones de millones le dan ocho años de prisión y el que robó un libro de Gabo le dan 20. Es increíble.”

Camila: O…

Usuaria 2: “Este país es muy charro. 20 años de cárcel para el que se robó el libro de Gabo y ocho para el que cometió crímenes de lesa humanidad. Qué país.”

Daniel: ¿Charro? ¿Qué es eso?

Camila: Charro. En este contexto algo así como ridículo.

Ese lunes era el último día de la feria. Esa mañana Álvaro se estaba alistando para dar una entrevista para televisión en la plaza central de la feria cuando entraron docenas de niños, estudiantes de algún colegio.

Álvaro: Y un niño de entre 10 y 12 años se me acerca y me dice “oiga, ¿usted no fue al que le robaron el libro?”. Yo le dije “sí, soy yo”. Y el niño me dio un abrazo y me dijo “lo siento mucho, ojalá el libro aparezca”. Y yo me puse a llorar.

Camila: Álvaro necesitó un momento para poder empezar la entrevista. La primera pregunta que le hicieron fue “¿y cómo se siente ahora?”. Y Álvaro contestó:

Álvaro: En este momento me siento diferente porque ya me di cuenta que esto no sólo me pasó a mí, sino nos pasó a todos los colombianos. Y eso me da mucha tristeza porque se robaron el libro, pero me da mucha paz y tranquilidad y orgullo de saber que pues que hay gente que puede sentir una desgracia mínima ajena, comparada con muchas desgracias que hay en la vida y que suceden en este país, como suya. Y eso nos prueba que los colombianos, como dice García Márquez, somos capaces de lo peor pero también de lo mejor.

Daniel: Una pausa y volvemos.

–CORTE INTERMEDIO–

Daniel: Gracias por escuchar Radio Ambulante. Antes de volver a nuestra historia les quiero contar de otro podcast de NPR, de música, que se llama Alt.Latino. Lo presenta Felix Contreras. Y Felix sirve de guía en el mundo de la cultura y las artes latinas. Se trata de una forma alternativa de abordar a la música tradicional. Entrevistas con íconos culturales como Rita Moreno y Carlos Santana, pero también con artistas más del momento como Calle 13 o el autor Junot Díaz. Encuentra Alt.Latino en la app de NPR One o también en a página web: npr.org/podcasts

Hola, soy Daniel Alarcón. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Antes de la pausa, Camila nos estaba contando sobre el robo de una primera edición firmada de Cien años de soledad, en la Feria del Libro de Bogotá. Y nada, esa feria se acabó el lunes y…

Camila: Todo fue volviendo a la normalidad. Pero el viernes, seis días después del robo, Álvaro estaba en su librería, trabajando, cuando lo llama un amigo y le dice:

Álvaro: Hermano, ¿que apareció el libro?

Camila: Y Álvaro: “no…”

Álvaro: “Es que mi papá lo escuchó. Escuchó la noticia en La Luciérnaga”. Yo le dije “no, pues si es en La Luciérnaga están mamando gallo”. Y hace unos días había salido una noticia…

Camila: La Luciérnaga es un programa de radio donde hablan de la actualidad nacional. Pero aparecen personajes y noticias ficticias que se burlan de lo que está pasando en el país. Entonces, claro, para Álvaro, si había salido la noticia en La Luciérnaga, seguro que era un chiste.

Álvaro: Y vi que en el Facebook alguien puso “¡Alegría! El libro apareció”. Y yo dije “¿pero cómo así que el libro apareció si a mí nadie me llama?”. Y de repente suena el celular.

Camila: Lo estaba llamando el asistente del General Palomino, el director de la policía.

Álvaro: “Estaba llamándole para informarle que el libro apareció”.

Camila: Y que el General Palomino quería entregárselo en persona.

Daniel: ¿En persona? Es un poco exagerado, ¿no?

Camila: [Risas] ¡Sí! Pero además le dijeron…

Álvaro: Ya vamos a mandar una patrulla por usted.

Camila: ¿Qué sentiste con esa llamada?

Álvaro: Incredulidad total. Alegría y una incredulidad muy grande, muy grande.

Camila: Apenas colgó con el de la policía, llamó a David.

Daniel: Este es el director de la Asociación de Libreros Independientes, ¿verdad?

Camila: Exacto. Al que le había prestado el libro.

David: Le dije “Álvaro, usted no me lo va a creer pero yo creo que estoy más contento que usted”. [Risas]

Camila: Al momentico llegó un policía en una patrulla a recoger a Álvaro. Era viernes, hora pico, había muchos trancones y al pobre policía lo llamaban por radioteléfono.

Álvaro: “Oiga, que le apure, que le apure, que lo están esperando”. “Hay trancón”. “Pues ponga la sirena”. Entonces el carro iba a toda velocidad.

Camila: Y, Daniel, ¿sabes qué es Transmilenio?

Daniel: Sí, sí, los buses exprés que hay en Bogotá.

Camila: Sí, esos. Que tienen un carril exclusivo. Álvaro me contó que la patrulla iba a toda velocidad por el carril del Transmilenio para evitar el trancón.

Daniel: Como si fuera una ambulancia o algo así.

Camila: Como si fuera de vida o muerte la entrega de un libro. [Risas]

Álvaro: Yo decía “esto es muy chistoso”. Ya me daba risa.

Camila: Llegaron a la dirección de la policía y el director, Palomino…

Álvaro: Se me acercó muy amablemente y me dijo “usted no sabe el orgullo que sentimos nosotros de haberle recuperado su libro”. Y en el escritorio de él había una caja de cartón de un router. Y él abrió la caja y ahí estaba el libro. Me dijo “¿ese es su libro?” Entonces abrió la página de la dedicatoria y dije “sí, ese es mi libro” y me puse a llorar. Fue la segunda vez que lloré. Esa es una llorada de alegría.

Camila: Ahí le dijeron que tenía que ir a la rueda de prensa. Primero habló Palomino. Era una victoria para la policía haber encontrado el libro en tiempo récord: sólo seis días después del denuncio.

Rodolfo Palomino: Hemos logrado algo muy importante, muy importante. Pero tenemos que cerrar este círculo con la captura de los responsables. Hay algunos detalles que seguramente, por ahora…

Camila: Y es que se encontró el libro pero no al ladrón.

Daniel: ¿Y qué dijo de la recuperación del libro?

Camila: No mucho. No dio muchos detalles de cómo fue la operación. Contó que lo habían encontrado en una caja, en el barrio de La Perseverancia, en el centro de Bogotá. Lo que sí dijo fue que habían descubierto que el libro estaba listo para ser vendido.

Palomino: Sabemos que lo iban a comercializar por más de 120 millones de pesos.

Daniel: ¿Y eso cuánto es en dólares?

Camila: Como 40 mil dólares. Estamos hablando de mucha plata. 174 veces el salario mínimo y con lo que se podría comprar uno, no sé, un apartamento chiquito en el sur de Bogotá.

Y bueno, Palomino le hizo entrega oficial del libro a Álvaro frente a todos los medios de comunicación, y después le dieron la palabra. Álvaro dio las gracias y estaba claramente conmovido. Se le escucha en la voz.

Álvaro: Que este libro ya no me pertenece a mí. Que este libro le pertenece a mi país y que se lo voy a donar a la Biblioteca Nacional de Colombia porque desde el momento en que gran parte de los colombianos manifestaron su repudio por esta acción, pasó a ser patrimonio de todos.

Camila: Esa noche la noticia salió en todos los medios nacionales e internacionales. Pero me llamó la atención que hubo versiones ligeramente diferentes sobre dónde se encontró el libro.

Daniel: ¿Cómo así?

Camila: Es que en algunos noticieros, por ejemplo, dijeron que lo habían encontrado dentro de una casa, y en otros que en una venta callejera. A Álvaro tampoco es que le han dado muchos más detalles. Guatibonza, el director de la policía de Bogotá, le dijo que cuando supieron del robo…

Álvaro: Pusieron todas las alertas y detectaron, no sé cómo, que el libro lo iban a sacar del país. Y que se decidieron infiltrar el mercado negro, donde se estaba hablando eso.

Camila: Le dijeron que habían detectado que alguien tenía el libro y que esa persona se había puesto una cita con un posible comprador. Y que, finalmente, el vendedor…

Álvaro: Se dio cuenta que era una trampa. Y que lo tenían ya chequeado, interceptado, y que el man abandonó el libro y que ellos cogieron el libro en una tienda. Eso es la versión que a mí me dieron, esa es la versión que está en la prensa. Es la única versión que yo tengo de lo que pasó.

Daniel: ¿Y esa cifra, de que lo iban a vender por 120 millones de pesos, o algo así?

Camila: También le pregunté a Álvaro qué sabía de eso.

Álvaro: ¿De dónde sale esa cifra? No sé… Pero yo no sé nada.

Camila: Pasó el fin de semana y a Álvaro lo seguían llamando para entrevistas. Estaba cansado, no dormía bien y todo el tiempo oía que el celular le sonaba, así nadie lo estuviera llamando. Quería que todo esto se acabara así que a principios de la semana llamó a Consuelo Gaitán, la directora de la Biblioteca Nacional, y le dijo:

Álvaro: “Por favor, yo quiero hacer esta donación rápido, rápido, rápido. Yo quiero salir de esto rápido”. Y le dije yo, jodiendo, “si el jueves no se ha decidido, si el jueves no se ha hecho eso, yo el viernes se lo dono al Museo Nacional”.

Camila: Acordaron que, entonces, la donación iba a ser el jueves 14 de mayo a las cuatro de la tarde. Yo me encontré con él ese día en la puerta de la biblioteca.

Empleada: Por acá, por favor.

Camila: Subimos a la oficina de la directora y ahí me mostró las ocho cajas de primeras ediciones, otros libros y revistas y recortes de periódicos que iba a donar.

Daniel: O sea, no sólo el libro recuperado.

Camila: No, donó varias cosas más. Gran parte de su colección sobre García Márquez que llevaba años reuniendo. Nos sentamos y me mostró el libro.

Álvaro: ¿Entonces quiere ver el libro? Así me lo entregaron, en esta cajita. Así, en esta misma caja.

Camila: Me mostró la dedicatoria y además me mostró otra cosa.

Álvaro: …Y a este libro yo le agregué una nota que le escribí, que se la dejé en la primera página, que dice: Este ejemplar de ‘Cien años de soledad’ lo compré en Montevideo, Uruguay.

Camila: Ahí escribió los hechos: cuándo fue robado, recuperado… y termina con esto:

Álvaro: Se lo entrego hoy, mayo 14 de 2015, a la Biblioteca Nacional de Colombia para que permanezca y sea un testimonio de gratitud para…

Camila: Poco después bajamos a la rueda de prensa donde había varios medios. Álvaro quiso que fuera así, un acto público y oficial.

Ahí empezó a hablar la directora.

Consuelo Gaitán: Bueno, nada, esto es sencillamente una… un encuentro que tuvo un origen infortunado pero un final afortunado.

Camila: Bueno, no se escucha muy bien, pero le agradeció a Álvaro, obviamente, y dijo que este libro era el inicio de una gran colección que la biblioteca quiere formar, y que este libro en particular es importante no sólo por el valor patrimonial sino por todo lo que su robo significó para el país.

Consuelo: …todo lo que significó para el país la pérdida de este libro.

Camila: Álvaro habló corto y se dio por finalizada la donación.

Daniel: Bueno, final feliz, entonces.

Camila: Más o menos. O sea, sí, apareció el libro y muy bien. Pero creo que muchos nos quedamos con varias preguntas. Como con la idea de que había algo raro en toda esta versión. ¿Cómo así que no cogieron al ladrón? Lucía, por ejemplo, me dijo esto:

Lucía: Pues uno no se explica cómo la policía, sabiendo quiénes eran, pues no los culparon de nada, ¿no? Sino que pues sería como un acuerdo que si entregan el libro, pues ya.

Camila: Algo parecido me dijo Edgar:

Edgar: Que no haya aparecido el responsable pues le da a uno la sensación de que las cosas se hicieron un poco… como que no fue tan limpio el asunto.

Daniel: ¿Entonces te pusiste a investigar?

Camila: Sí. Y comencé por el lugar más obvio: la Policía Nacional.

Policía: Línea de la Policía Nacional, muy buenos días. ¿En qué le puedo servir?

Camila: Buenos días. ¿Me puede comunicar con la sección de prensa de la policía, por favor?

Policía: Ya, un momento.

Camila: Y, Daniel, no te puedo explicar lo difícil que fue el proceso de dar con alguien en la policía que quisiera o pudiera hablar. Mi primer intento fue en junio del 2015.

Daniel: Hace más de un año.

Camila: Sí. Hablé con jefes de prensa, comandantes y tenientes. Nadie quería dar declaraciones. Unos me decían que ya habían dicho todo lo que podían sobre el tema. Otros que no podían hablar porque se suponía que estaban a punto de coger a la banda que se había robado el libro. Hacía llamadas prácticamente todas las semanas. Hasta que finalmente en abril del 2016 me dieron una cita con el teniente que había estado a cargo del caso. Entonces me fui para las oficinas de la SIJIN.

GPS: Has llegado a tu destino.

Daniel: Los que se encargan de investigar crímenes en Bogotá.

Camila: Sí. La SIJIN queda en el puro centro de Bogotá. Es un edificio decrépito. A las paredes se les está cayendo la pintura y a veces la sensación que uno tiene es que está en un edificio abandonado. Me recibió un funcionario que me llevó a una oficina chiquita pero llena de cubículos vacíos.

No había nada. Ni un computador ni un teléfono ni una foto. Casi ni un papel.

Mi guía me presentó a otro funcionario pero ninguno de los dos sabía yo por qué estaba ahí. Les expliqué la historia que estaba haciendo y que quería entrevistar al teniente. Estaba esperando que me llevaran a su oficina…

¿Y el teniente no tiene una oficina?

Funcionario: No, es ese escritorio.

Camila: Ah, ¿es ese escritorio?

Funcionario: “Aquí somos pobres y vivimos lejos”, decían en el pueblo mío.

Camila: El escritorio del teniente era igual a los otros. Completamente vacío. Y el teniente nada que aparecía. Los funcionarios me llevaron donde un mayor y ahí volví a echar todo el cuento: que Radio Ambulante, que el robo, que la autorización. Y el protocolo sigue. El mayor llama a la jefe de prensa y le traduce todo el rollo.

Mayor: ¿Será que nosotros podríamos hacer eso? ¿Cómo sería el tema?

Jefa de prensa: Mi mayor, ¿pero el libro que habían robado la vez pasada en la Feria del Libro?

Mayor: Pues hasta donde yo sé el único libro que se han robado de García Márquez fue ese. No me asuste que hay otro por ahí.

Camila: Y bueno, te cuento todo esto, Daniel, porque estuve casi dos horas ahí y me pareció inverosímil el nivel de burocracia. Es que incluso después de decenas de conversaciones con el teniente y de una autorización firmada que yo llevaba impresa, en un momento dado llegué a pensar que iba a salir de allí sin ninguna entrevista.

Daniel: ¿Pero…?

Camila: Pero finalmente el mayor me dice que bueno, que entreviste al funcionario que me llevó a su oficina, que él fue el que hizo toda la operación. Nos fuimos a un carro y nos metimos en un parqueadero que quedaba en un sótano.

Intendente: Al sótano.

Camila: ¿Cómo le va?

Intendente: Buenos días.

Camila: El funcionario pidió que no usáramos su nombre.

Intendente: Soy investigador del grupo contra-atracos de la SIJIN. Ostento el grado de intendente. Investigamos todo tipo de delitos que tenga que ver con el hurto a personas en sus diferentes modalidades.

Camila: Me contó que todos los lunes por la mañana los casi 1.300 hombres de la SIJIN se forman en una plaza de armas ahí en el centro y hacen lo que él llama “verificación de novedades”, es decir, los ponen al día con las investigaciones de esa semana.

Ese lunes, después del robo…

Intendente: Entonces nos dijeron: “Oigan, pilas porque por ahí hay un caso recomendado. Ustedes que se la pasan por allá en el centro, y en esas librerías se robaron un libro de Gabriel García Márquez, entonces para que ustedes de pronto lo encarguen con sus fuentes”.

Daniel: ¿Y qué es un caso recomendado?

Camila: Pues oye bien lo que me dijo:

Intendente: Un caso relevante es cuando roban a una persona y la persona ostenta algún nivel de importancia dentro de la misma sociedad. Entonces aquí roban un senador, roban un ministro, le roban a la secretaria privada del ministerio de no sé qué, le roban el celular en la oficina… Entonces eso para nosotros son casos recomendados, pues.

Camila: Básicamente lo que está diciendo es lo que todos los colombianos ya más o menos sabemos: que la policía le da prioridad a los casos de la gente más importante, la gente con plata, la gente famosa.

Daniel: O sea, al libro valioso, al escándalo mediático…

Camila: Exacto. Entonces, bueno, el caso del libro claramente era recomendado. Y es que este intendente se la pasa caminando por el centro de Bogotá porque es donde más robos hay.

Intendente: Tenemos mucho diálogo con cualquier cantidad de comerciantes, digámoslo, entre comillas, “buenos y malos”.

Camila: O sea, gente que “vende cosas de dudosa procedencia”. Esa fue la frase que usó el intendente. En esa zona del centro hay varias cuadras llenas de casetas que desde hace años venden libros, en su mayoría usados.

Intendente: Entonces yo me la paso mucho con ellos porque ellos en algún momento también son víctimas de estas bandas que operan en el centro. ¿Por qué? Porque eso genera inseguridad.

Camila: Y claro, esos comerciantes no quieren que a sus clientes los roben. Pero es mejor como me lo dijo el intendente. Oye:

Intendente: Entonces si usted quería comprar un libro y sabe que en la décima con trece le roban las medias sin quitarle los zapatos, pues usted se va para otro lado, ¿sí me entiende?

Daniel: Perdón, ¿qué dijo?

Camila: Que usted no va donde le roban las medias sin quitarle los zapatos. Así que el intendente empieza a pasar por todas las casetas de libros de la zona y a decirles a los comerciantes:

Intendente: “Oiga, hermano, por ahí se robaron un libro, huevón. Y eso es mejor que si de pronto sabe o lo vienen a ofrecer, llámenos”.

Camila: Les dijo que nadie se iba a quedar quieto hasta que ese libro apareciera.

Intendente: Pasaba tipo ocho y media, nueve de la mañana. Cuando salgo a almorzar también pasa uno ahí por la librería. “Oiga, huevón, ¿no ha sabido nada?”. “No, parce”.

Camila: Les insistía en la importancia del libro. Hasta que el viernes, como a las dos de la tarde, volvió a pasar por una de las librerías de la 13 con décima.

Intendente: Cuando me dijeron “oiga, venga, sargento”. “¿Qué pasó, huevón?”. “Por ahí están ofreciendo ese libro”. “¿Cómo?”. “Sí”. “¿Y quiénes son?”. “No, son unos manes por allá de la Perseverancia”.

Camila: Se los describieron como un muchacho joven de piel trigueña que medía como un metro 60 y una mujer joven de pelo rubio.

Intendente: “Pero, huevón, ¿cómo se llaman los manes? El número, el teléfono”. “No, esos manes vinieron a ofrecerlo pero los manes están pidiendo mucho”.

Daniel: ¿Cuánto se suponía que estaban pidiendo?

Camila: Según lo que me contó el intendente, 50 millones de pesos. O sea, casi 20 mil dólares.

Daniel: Pero el director de la policía dio otra cifra.

Camila: Sí, 120 millones. Más del doble de lo que me dijo el intendente.

Daniel: Qué extraño.

Camila: Muy. Y nadie me ha podido aclarar de dónde viene esa cifra. Pero bueno, el intendente empezó a averiguar en otros locales para ver si también lo habían ofrecido.

Intendente: Llegamos a otro lado. Llegamos y dijeron “oiga, por ahí como que había un man interesado pero se los va a comprar allá en la Perseverancia porque los manes están cabreados y no quieren venir pa’cá porque saben que está como delicado el tema del libro”.

Daniel: [Risas] En mi perra vida había escuchado a nadie hablar tan rápido.

Camila: Yo sé, habla rapidísimo, casi que ni toma aire.

Daniel: Buenísimo. ¿Entonces?

Camila: Le soltaron un dato.

Intendente: Y nos dan las indicaciones más o menos por donde se reúnen los manes.

Camila: Les dicen que en un puente peatonal que queda cerca del barrio. Y entonces, claro, lo primero que hace el intendente es llamar al jefe a contarle que tiene esa información. Y el jefe de él llama a su jefe a contarle. Y decidieron actuar.

Intendente: Ya nos organizamos todos y nos arrancamos en tres carros.

Camila: Iban ocho policías. Cuando van por la carretera, llegando al barrio, uno de los policías dice:

Intendente: “Ahí hay unos manes allí abajo”.

Camila: Los policías saltan de los carros, y me dice que eran como cuatro o cinco tipos que, cuando vieron a los policías, empezaron a correr.

Intendente: Cuando salen a correr se escuchan disparos. “Quietos, quietos, que están disparando”.

Camila: De los ocho policías, algunos persiguen a los tipos. Otros, incluyendo el intendente, se dan cuenta que habían botado algo al piso: una caja.

Intendente: Cuando verificamos la caja pues lo primero que hacemos es mirar qué es lo que está en la caja. Entonces mi mayor: “Aquí está el libro, aquí está el libro”. “¿Y los manes?”. “No. Tiraron la caja y salieron a correr”.

Camila: Pidieron apoyo de policías del sector.

Intendente: Y llegaron como unas cuatro o cinco motos. Empezamos de vueltas pa’ arriba, de vueltas pa’ nada.

Daniel: O sea, no los cogieron.

Camila: No. Según el intendente, no los cogieron.

Daniel: ¿Y ahí terminó todo?

Camila: Pues no del todo. En abril de este año, 2016, casi un año después de la recuperación del libro, a Álvaro le llegó una notificación de la fiscalía. Decía que la denuncia del robo había pasado a lo que se llama un archivo provisional.

Daniel: ¿Eso qué quiere decir? ¿Que cerraron el caso?

Camila: Pues justamente eso quería saber. Le pregunté al intendente si eso significaba que no seguían buscando a los culpables. Me contestó esto:

Intendente: No, la investigación sí sigue, pues. O sea, de eso hay que ser claro. Ese tipo de casos no se cierran.

Daniel: O sea, no se cierran, ¿pero sí se archivan?

Camila: Exacto.

Daniel: ¿Y la diferencia es…?

Camila: Lo que entendí es que no está abierto porque no están buscando activamente a los culpables, pero no está cerrado porque no los han encontrado.

Daniel: ¿Pero entonces cuándo se cierra, supuestamente?

Camila: Pues mira lo que me dijo:

Intendente: O sea, pasarán mucha cantidad de años pero el caso no se va a cerrar.

Camila: Se cierra sólo en el momento en que lo capturen.

Intendente: Archivo provisional, sí. Ah, sí.

Camila: Pero si lo capturan ya lo cierran.

Intendente: Sí lo cierran, sí. Pero si se captura uno y los que fueron a ofrecer el libro son dos y el tercero era un comprador, se cierra el día en que cojamos a los tres.

Daniel: Bueno, ¿y hoy, Camila, dónde está ese libro?

Camila: Hoy está en el área de colecciones, junto a los libros más valiosos de la Biblioteca Nacional. Cualquiera puede consultarlo pero siempre vigilado por uno de los funcionarios de la sala.

Daniel: Y en cuanto al precio, ¿pudiste averiguar al fin cuánto realmente podría costar?

Camila: Pues traté por todos los medios de averiguar de dónde había sacado Palomino esa cifra de los 40 mil dólares, pero no hubo respuesta. Hablé con un avaluador que me dijo que él no creía que este libro se hubiera podido vender por más de 10 mil dólares, 12 mil, si mucho. Pero creo que lo del precio igual no importa tanto.

Lo que realmente importa, y lo que yo me llevo de todo esto, va más allá del libro. En realidad tiene que ver más con Colombia que con García Márquez o con cualquier primera edición robada. Es esa misma sensación que le quedó a Edgar.

Edgar: De que tiene que haber un jefe gritando a alguien, diciéndole “eso aparece porque aparece”. Entonces ahí sí actúo..

Camila: Eso es lo que está mal. Es decir, ojalá todos los casos de la policía fueran recomendados y hubiera esa misma eficiencia para atender el robo de un ciudadano común y corriente.

Daniel: Camila Segura es la editora principal de Radio Ambulante. Vive en Bogotá. Gracias a la Productora Sónica, a Sandra Acero y a José Luis Peñaredonda.

Silvia Viñas yo editamos esta historia con la ayuda de Martina Castro. La música es de Luis Maurette. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Luis Trelles, Fe Martínez, Elsa Liliana Ulloa, Barbara Sawhill y Caro Rolando. Nuestros pasantes son Emiliano Rodríguez, Andrés Azpiri y Luis Fernando Vargas. Gracias a Gustavo Martínez por su ayuda. Carolina Guerrero es la CEO.

Conoce más sobre Radio Ambulante y sobre esta historia en nuestra página web: radioambulante.org. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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