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Transcripción: Fealdad


Daniel Alarcón: ¿Sabías que NPR tiene una app? Se llama NPR One y te ofrece lo mejor de la radio pública de Estados Unidos y más. Noticias, historias locales y tus podcasts favoritos. NPR One te acompaña mientras haces un viaje, estás en fila o estás esperando a un amigo. Encuéntranos como NPR One (O-N-E) en tu tienda de apps.

Gabriela Wiener: Me llamo Gabriela Wiener. Soy peruana, soy escritora. Tengo una hija y un bebé. Y dos novios: un chico y una chica. Mmm… y eso.

[Risas]

Gabriela: ¿Qué?

Camila Segura: Súper normal.

Daniel Alarcón: Lo más convencional posible.

Gabriela: ¿Algo más? No sé qué tipo de… más. ¿Digo más cosas?

Daniel: No, está perfecto…

Gabriela es amiga mía desde hace más de una década. Es bajita  —mide metro 62—, es morena…  

Gabriela: Y tengo los ojos pequeños. Tengo una boca dibujada como, no sé, como de los cómics.

Daniel: Tiene el pelo muy largo y negro y liso, y desde que la conozco nunca se he cambiado el peinado.

Gabriela: Y tengo un poco de barriga, que siempre he tenido, como de si estuviera embarazada de cuatro meses. Y soy un poco corpulenta, creo. Y nada: me como las uñas y hago esas cosas.

Daniel: Siempre me ha parecido que Gabriela es una de las personas más seguras de sí mismas que he conocido. Siempre he sentido que cuando entra a una fiesta se puede ir a casa con cualquiera. Hombres y mujeres.

Por eso me sorprendió enterarme de que siempre se ha considerado una mujer fea. ¿Fea? Pero si tiene no uno sino dos novios: Jaime y Rocío. ¿Eso no es ser exitoso? Entonces, bueno, le pregunté.

Gabriela: Sí, la verdad es que incluso mi novio como que es considerado guapo dentro de la norma, ¿no? Y mi chica también es bastante guapa y… también pienso que soy, simplemente, a veces, una afortunada o que es una ironía de la vida.

Daniel: Bienvenidos a Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Camila Segura y yo hablamos con Gabriela para entenderla un poco más, para que nos explicara mejor de dónde viene esa sensación y cómo la ha afectado.

Gabriela: Mis amigas y yo, las tres, niñas de primaria, estábamos enamoradas del hijo de la directora. Era enano, o sea, era como el primero de la fila porque era el más pequeñito, tenía el pelo un poco castaño… Supongo que era como el blanquito. Tenía una cara dulce y era tímido y callado.

Daniel: Otra gente probablemente no le daría tanta importancia a estas cosas. Pero para Gabriela…

Gabriela: En cambio, yo me puedo acordar todavía de esto y todavía cuando lo cuento, probablemente, hay algo ahí que me resuena, ¿no? Un ruido, ¿no?

Daniel: ¿Te acuerdas cuándo te sentiste fea por primera vez?

Gabriela: Sí, completamente. Yo era una niña, desde muy pequeña, que rendía muy bien en sus clases, ¿no? Muy inteligente, etcétera. También fui durante toda la primera una niña bastante popular, pero al mismo tiempo —paradójicamente— era una niña bastante maltratada. Y siempre por lo mismo: por el tema de mi color de piel.

Y era curioso, porque me llamaban negra. O sea, cualquiera que me ve me identificaría más con un tema indígena o mochica, no con una negra, ¿no? Pero los niños me decían negra, me decían mona, etcétera. Y eso me frustraba. Eso para mí significaba ser feo, ¿no? Eso significaba estar en el lado triste y fracasado de la vida. Y entonces me volví una niña muy introvertida y muy tímida.

Daniel: Lo cual, para los que conocemos a Gabi, parece inverosímil.  Su imagen pública es todo lo contrario. Pero…

Gabriela: Entonces recuerdo muy bien, muy pequeña, volver a casa como con mucha tristeza, llorando, con mi madre, y diciéndole las cosas que me habían dicho durante las clases, en el patio. Y cuando volvía a casa y lloraba, pues mi mamá intentaba convencerme de que yo era una niña bonita. Siempre me decía: “No, pero si tú eres linda”.

Mis padres me mandaban ese mensaje y yo todo el tiempo pensaba que me mentían. Entonces crecí un poco con esa idea, un poco en la contradicción, de lo que te dicen [en] el mundo de afuera, en lo público, y lo que te dicen en privado.

Y mientras… eso, no tenía un novio o alguien que me lo dijera, pues… Yo necesitaba encontrar el reconocimiento de fuera. No me servía lo de dentro.

Yo creo que es recién cuando empiezo a encontrarme linda, es cuando alguien más me lo dice, ¿no? O sea, con los primeros novios, ¿no? Pero que yo de repente tuviera un novio o de repente apareciera un chico que le gustara, o lo que sea, siempre me sorprendió. No deja de sorprenderme: ahora que me has preguntado “oye, tienes dos parejas…” y todavía me parece un poco sorprendente.

Gabriela: Hola, Rosi.

Rocío: Hola.

Gabriela: Oye, quería hacerte una pregunta.

Rocío: A ver…

Gabriela: Ayer entrevisté a Jaime y a Rocío. Y los dos, pues, dijeron un poco lo predecible, ¿no?

¿Pensaste que era bonita cuando me conociste?

Rocío: Sí. Me recuerdo perfectamente cuando nos conocimos. Cuando te acercaste al grupo en el que estábamos pensé que eras muy bonita, muy atractiva.

Gabriela: Que desde el primer día les había parecido bonita, ¿no? Que les gustaba todo de mí…

Jaime: Siempre he sido un gran, gran fan de tus tetas, por ejemplo. Pero también de tus piernas, de tus ojos, de tu boca: la forma de tu boca me parece preciosa. Y tu pelo también es espectacular…

Gabriela: Que no me cambiarían nada…  

Rocío: Ay, nada. No hay nada que no me guste.

Daniel: Bueno, casi nada…

Rocío: Bueno, igual que fueras un poco más alta.

Gabriela: Te parezco pequeña.

Rocío: No, no… Tampoco pequeña.

Gabriela: Somos casi del mismo tamaño.

Rocío: Bueno, yo qué sé, por decir algo.

Gabriela: ¿Qué es lo que menos te gusta de mí? Si pudieras cambiar algo de mi cuerpo o cara, ¿qué cambiarías?

Jaime: Yo creo que si dijera que cambiaría algo de ti, pues dejarías de ser tú. Entonces no podría cambiar nada de ti porque eso podría causar una catástrofe en algún lado de mí.

Gabriela: Me parece que en las preguntas que te he hecho como que no me has convencido del todo. Como si no lo hubieras dicho como si realmente lo sintieras o… o realmente te pareciera así de bonita. No sé, como que no te creo. No sé, siento que no te creo.

Pffffff…

Jaime: Esa es una de las risas más feas que he escuchado en mi vida, por ejemplo. Bueno, tú sabes que…

Daniel: Una pausa y volvemos.

–CORTE INTERMEDIO–

Daniel: Gracias por escuchar Radio Ambulante. Antes de volver a nuestra historia les quiero contar de otro podcast de NPR, de música, que se llama Alt.Latino. Lo presenta Felix Contreras. Y Felix sirve de guía en el mundo de la cultura y las artes latinas. Se trata de una forma alternativa de abordar a la música tradicional. Entrevistas con íconos culturales como Rita Moreno y Carlos Santana, pero también con artistas más del momento como Calle 13 o el autor Junot Díaz. Encuentra Alt.Latino en la app de NPR One o también en la página web: npr.org/podcasts

Bueno, antes del break estábamos conversando con Gabriela Wiener. Quizás algunos de ustedes la hayan leído. Quizás no. En fin. Lo que pasa es que en 2008 publicó un libro llamado Sexografías. Son crónicas, retratos de gente que persigue el placer y que no tiene pudor. Gente como ella misma. Y cuando salió el libro, hizo un blog con el mismo nombre: Sexografías.

Gabriela: Entonces yo iba colgando aquí todas las notas de prensa, críticas… Bueno, yo estaba muy emocionada porque era mi primer libro, ¿no? Y…

Daniel: Y de vez en cuando ponía su nombre en Google, a ver qué aparecía y si valía la pena subirlo al blog.  

Gabriela: Pero jamás me imaginé que me iba a encontrar, en efecto, con el colegio, pero convertido en el infierno y en, directamente, el maltrato y el insulto más crudo y violento. Una violencia terrible tirada en mi cara y por las mismas razones por las que me habían dicho cosas cuando era niña.

Daniel: A lo que se refiere son los llamados trolls. Esa gente anónima, cobarde, que se dedica a atacar a la gente en internet. Y Gabi se convirtió en coleccionista de los comentarios más atroces.

Gabriela: A ver, si entras a mi blog, yo ahí escogí algunos y los puse… Mira, pon “sexografiasblogspot”…

Daniel: Le pedí que leyera algunos. Y quiero advertirles que van a oír unas de las cosas más feas que se puedan imaginar.

Gabriela: A ver, espera… Blogspot…  

“Pobre cholita sudaca que sólo sabe ser una reputa”.

“Qué vergüenza que da el Perú y sus indios cuando se ponen a hacer huevadas”.

“Qué fea esa huevada, esa cojuda. Sólo la tiran con una bolsa en la cara”.

“Esa Gabriela está arrecha porque, con esa cara, ni mi perro se la quiere agarrar”.

“Zorra, mostrita, mostra de mierda, feita y cuadrada para remate. Una cosa es que te encante el sexo, otra que seas promiscua. Jamás me la tiraría. Qué tipa tan fea”.

“La chica necesita una buena cirugía de los pies hasta el cerebro”.

Las mismas cosas que me habían hecho llorar, digamos, ¿no? Que si eres india, que si eres fea, que si eres puta. Lo de siempre.

Daniel: Quiero pedirte disculpas por haberte obligado a releerlos… O sea, qué cosa más asquerosa.

Gabriela: Sí. Bueno, la verdad es que ya, en el 2009, estas cosas me tumbaban. Realmente me hacían llorar. Y ahora estoy como mucho más endurecida ante estas cosas y creo que muchísimas mujeres [a las] que nos van dejando comentarios en Twitter o en Facebook o… ya estamos bastante, no sé, vacunadas contra los trolls y contra estas cosas. Pero siempre duele, no te lo voy a negar. Siempre duele, ¿no?

Daniel: Claro que duele. Si me duele a mí, como su amigo. Y bueno, toda esta historia empezó porque hace poco leí un ensayo muy conmovedor que escribió Gabi sobre este mismo tema y de ahí vino la idea de traerla al estudio. Así que nos pareció bien compartir un fragmento del ensayo con ustedes. Acá va:

Gabriela: Sufro trastorno dismórfico corporal. Es decir, me preocupo obsesivamente por algo que considero un defecto en mis características físicas. Lo más perturbador de una enfermedad así es que ese defecto pues puede ser real o imaginario. No está claro quién o qué determina lo que es evidencia o producto de la fabulación. Es algo así como que si entre los monstruos de nuestras pesadillas, en medio de los niños de dos caras, de los bebés que nacen con sus hermanos en el vientre y los gatos con seis patas, estuvieras tú. El mal existe, como la deformidad y la putrefacción.

Nadie podrá despreciarme mejor que yo, creo. Esa es mi conquista. La voz interior es siempre un recuento de catástrofes y barroquismo. Mis dientes torcidos. Mis rodillas negras. Mis brazos gordos. Mis pechos caídos. Mis ojos pequeños clavados en dos bolsas de ojeras negras. Mi nariz brillante y granulienta. Mis pelos negros de bruja. Mis gafas. Mi incipiente joroba y mi incipiente papada. Mis cicatrices. Mis axilas peludas y abultadas. Mi piel manchada pecosa y lunareja. Mis pequeñas manos negras con las uñas carcomidas. Mi falta de cintura y curvas traseras.

Mi culo plano. Mis cinco kilos de sobrepeso. Los pelos hirsutos de mi pubis. El pelo de mi ano. Los pezones grandes y marrones. Mi abdomen descolgado y estriado. El tono de mi voz. Mi aliento. El olor de mi vagina, mi sangre, mi fetidez. Y aún me falta hacerme vieja. Y descomponerme.

En una época me dibujaba. Construía collages con fotografías recortadas. Unía partes de mi imperfecto cuerpo con recortes de cuerpos de modelos increíbles. En uno de mis autorretratos tengo un rubí en el pezón y mi cuerpo es el de una heroína de cómic erótico de los setenta. Soy una muñeca recortable y tricéfala a la que le he cortado el cuerpo y le he dejado los vestidos.

Nadie quiere ser simpático. Ninguna mujer quiere ser sólo agradable. Hay pocas cosas tan en desuso como la belleza interior. Algunas veces me he aplicado el ejercicio de juzgar estéticamente a otros, como una gran entendida. Todos sabemos que para la gente realmente hermosa este no es un tema de conversación. Los guapos de verdad ni se dan cuenta de lo guapos que son. Pero para la gente fea tampoco. Para ellos no es un tema: es el único tema. De hecho, alguien que no hable del físico de los demás, aunque no sea una persona guapa, sólo por la abstención ya puede considerarse un poco guapa. En cambio, a alguien regular, incluso alguien semi-guapo, le afea bastante hablar de la belleza o la fealdad de los otros.

¿Estoy loca? Creo que poca gente se siente atraída por mí a primera vista. Tanto que cuando ocurre me sorprende, y esto puede ser muy molesto en un mundo donde casi la mitad de la población tiene una anécdota acerca de un amor fulminante. Y claro, cuando me conocen sí ven mis cualidades, también físicas, como mis pechos grandes, mi cabellera negra y brillante, mi boca pequeña y dibujada con ese punto de exotismo e indefensión. Sobre todo desnuda parezco una nativa amazónica recién capturada. Eso da morbo, morbo colonial. Sí, eso dicen mis amantes o mis amigos, que a veces son genios feos.

Considero que si mis amantes o mis amigos son feos, también es un problema mío. Me afean más. Me pasa lo mismo con lo que escribo: lo que escribo siempre me afea. No hablaré aquí del odio que le tengo a las escritoras que, además de escribir bien, son portentos femeninos. Tengo a una enterrada en mi jardín. La belleza mata.

Ser un hilo de conversación, un tema, un post para el escarnio público. En la foto que alguien colgó en un blog anónimo, yo estaba sentada en el suelo comiéndome un plátano. A continuación hay 395 comentarios en los que me llaman fea o en los que se explayan —sobre todo los hombres— que supuestamente me tiré estando casada y lo puta que soy en general. Lo de puta nunca me ha dolido particularmente; no perdamos el tiempo en eso. Pero lo otro, lo otro, es evidencia.

Alguna vez, yo también me odié de esa manera. Si la dismorfia corporal es una enfermedad mental, ¿me lo estoy imaginando todo? ¿Soy fea? ¿Soy en realidad bella? Y si me lo estoy imaginando, ¿por qué hay gente hablando de eso? Escribiendo sobre mi fealdad. ¿Por qué es un tema? ¿Por qué me ama entonces un hombre bello? ¿Debería ser bella? ¿Querrían que fuera bella para así justificar su dolor, su apetito, su virulencia? ¿Tiene, en ese caso, que ver más con mi impureza moral que con la física? ¿No que era linda, como decían mamá y papá? ¿Será la mezcla de ambas cosas? ¿Estoy loca si me hago estas preguntas? ¿Nadie más se las hace?

Hay un dibujo. Una pequeña viñeta que hice a partir de una frase que me dijo un día alguien que me ama a pesar de mis trastornos, de mis complejos, o precisamente por ellos. Me dijo: “Me hubiera gustado conocerte de niña y decirte que eras la niña más bella del mundo”. En mi dibujo él viaja al pasado, me encuentra, me siento en sus rodillas, y como él es el hombre más bello que yo he visto nunca, me dice esa frase al oído y yo le creo. Y nunca más se me olvidará. Así, en esa historia alternativa de mi vida, yo creceré sin el trastorno y no me haré más preguntas.

Daniel: Me parte el alma escuchar esto. Porque, claro, como Gabi, ¿cuántas mujeres hay que se sienten así? Pero también le pregunté si había habido algunos momentos en que se ha sentido bonita.

Gabriela: Lo típico: también te sientes bonita cuando te dicen que has adelgazado después de una gastroenteritis o después de una depresión o una tristeza. También te sientes bonita por temas así de banales, ¿no?

Hay un momento en el que siempre me siento bonita, y es más o menos como a la cuarta copa, o quinta, y entro al baño y me veo en el espejo y me veo preciosa. Es más, ese es el momento en que me quito las gafas ya definitivamente porque ya no veo tan bien —ni con gafas ni sin gafas— y me veo y vuelvo al bar sintiéndome una triunfadora total. Y realmente me veo hermosa. No sé por qué. Es una especie de… el alcohol, también, de embellecedor. Supongo que tiene que ver con eso, con la seguridad, pero yo diría que es una cosa comprobable, ¿sabes? O sea, hay fotos. Hay fotos. Hay fotos. Hay fotos de ese momento y sí, estaba hermosa.

Daniel: Ok, —le dije— ¿pero y sin alcohol?

Gabriela: Bueno, me he sentido muy bonita cuando me he sentido muy amada.

Daniel: Lo que puede ser peligroso, ¿no?

Gabriela: Por un lado es increíble la experiencia de verte en los ojos de la otra persona y verte embellecido por ese amor. Pero por otro lado es una trampa porque es como la dependencia de algo externo para confirmarte como alguien apreciable, atractivo, ¿no? Pero también me parece muy humano y me parece muy lógico que esto ocurra, ¿no? Creo que pasa todo el tiempo.

Daniel: Y claro, tomando eso en cuenta, la única solución duradera es la de un proceso interno, de creérselo uno mismo, de aprender a apreciarte como eres. Y quizás lo más alentador de nuestra conversación con Gabi fue esto que me contó: que sí es posible, que uno puede llegar a hacer las paces con la cara y el cuerpo que te tocó.

Gabriela: Nada, he dejado cosas de las que dependía muchísimo y que me daban esa seguridad de sentirme bonita, que eran cuatro cosas. No, dos: eran mi rizador de pestañas, porque tengo las pestañas súper pequeñas y finas y para abajo, y un poco de polvos a lo Michael Jackson para uniformizar pues mis marcas, manchas, sudores y brillos.

Daniel: Y aunque no parezca, algo tan simple puede ser revolucionario.

Gabriela: Porque a veces como que uno empieza a depender de unas cosas que crees que te dan la belleza total, y de repente dejas de usarlas y estás igual, ¿no?

—–

Daniel: Gabriela Wiener es cronista peruana y vive en Madrid. Su libro más reciente es Llamada Perdida.

Camila Segura, Silvia Viñas y yo editamos esta historia. La música es de Luis Maurette. El equipo de Radio Ambulante incluye a Fe Martínez, Luis Trelles, Elsa Liliana Ulloa, Barbara Sawhill y Caro Rolando. Nuestros pasantes son Emiliano Rodríguez, Andrés Azpiri y Luis Fernando Vargas. Carolina Guerrero es la CEO.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Para escuchar más, visita nuestra página web radioambulante.org. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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