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Transcripción: La fuga del Cabildo

La Fuga de la cárcel de Cabildo
Leonel Martínez
14 minutos

 

Daniel Alarcón: En algunos casos, un solo nombre no basta.

Gricelda: Los nombres que tuve fueron Ximena, Sonia, Mabel, Marisa, Berta, Ilda, y Gricelda… Claro, mi nombre Gricelda.

Daniel Alarcón: La historia detrás de estos múltiples nombres comienza en Uruguay, a finales de los años sesenta. Gricelda se unió al Movimiento de Liberación Nacional, Tupamaros, un grupo de izquierda radical, que con el paso del tiempo, se convirtió en una guerrilla. Llegó un momento en que Gricelda tuvo que escoger entre una vida normal y una vida clandestina. Uno de sus hijos, Leonel Martínez, nos cuenta la historia.

Leonel Martínez: En 1971, un mediodía de marzo, en una calle a las afueras de Montevideo, mi madre y un compañero salieron en busca de una camioneta para robar.

Leonel Martínez:  Mi madre había pasado de la protesta estudiantil y universitaria, a una militancia más comprometida. Tenía solo 23 años.

Gricelda: En ese momento, el movimiento había resuelto que todos participáramos en algún tipo de acción militar. Entonces ahí, me pasaron un arma.

Leonel Martínez:  Hasta ese momento, mi madre se encargaba de hacer los contactos con futuros miembros del MLN, y era parte activa del equipo de sanidad. Estudiaba enfermería, y por lo tanto su labor principal era cuidar a los compañeros heridos en enfrentamientos con la policía, con los militares. Pero este mediodia de marzo, su tarea era otra, y marcaría un cambio importante en su vida. Mi madre y su compañero debían robar un auto, que luego sería utilizado en un secuestro.

Gricelda: Nos acercamos a la camioneta, abrimos la puerta, nos sentamos al lado de él.

Leonel Martínez: Es decir, al lado del hombre que conducía el auto.

Gricelda: El otro compañero se quedó en la ventana, y ahí, le mostramos las armas, y le dijimos que necesitábamos el vehículo, que se quedara tranquilo, que no iba a pasar nada, que íbamos a caminar con él durante un tiempo, y que después se lo íbamos a devolver.

Leonel Martínez:  Pero no salió así. Un comerciante vio el asalto, y llamó a la policía. En cuestión de horas mi madre estaba en la comisaría [sonido de sirenas], siendo interrogada en una celda, y negándolo todo. Pero no había nada que hacer, ni manera de predecir cuánto tiempo se quedaría en la cárcel.

Gricelda: Lo que hacían, sí, era pegarnos, era… y hacernos tortura psicológica Para tratar de manipularte. Yo mientras estaba en la celda yo lo único que hacía era estar con los ojos cerrados y trataba de dormir… porque no comía, ni tomaba agua, ni nada. De ahí te sacaban para los interrogatorios, o para los sopapos, o para el piñazo, o para lo que viniera, ¿verdad?, y después te tiraban de vuelta a la celda.

Leonel Martínez:  Mi madre tuvo suerte, en cierto sentido. Un juez, que era amigo de la familia, ordenó su traslado a la cárcel de Cabildo. Ahí estaría más segura, y tendría menos probabilidad de ser torturada. Y en esta cárcel, estaba ya entre sus compañeras del MLN, separadas de las presas comunes.

El pabellón del MLN se mantenía limpio y organizado, con dos dormitorios grandes, conectados por un pasillo largo. Tenían sus propios baños, y las militantes organizaban talleres y estudiaban para pasar los días. Pero quizá lo más importante es que tenían contacto con los compañeros de afuera, por parte de familiares, que traían mensajes los días de visita.

Gricelda: O sea el contacto se hacía por píldoras que llevaban a dentro hojillas de armar cigarrillos escritas con una lapicera muy finita. Y se iban comunicando con los compañeros que iban organizando la fuga desde afuera.
Leonel Martínez: Sí, la fuga.

Leonel Martínez: Un día, dos de las dirigentes se acercaron a mi madre, y le contaron del plan. Le dijeron que no se sabía la fecha, ni cómo sería exactamente, pero…

Gricelda: Todavía no está claro en qué momento, pero en estos días, nos vamos a ir. Y queríamos saber si vos te vas, o si querés pensarlo, darnos después una respuesta, y yo inmediatamente les dije que sí, que yo me iba.

Gricelda: Y claro, después fue pensar lo otro, significaba ahí si, la clandestinidad cerrada.

Leonel Martínez:  Ahora lo cuenta de manera muy natural, como si fuera la decisión más simple. Pero participar en este intento de fuga, incluso si fuera un éxito, representaría un cambio de vida absoluto. Sin marcha atrás. No ver más a sus padres. No volver al barrio. No retomar su trabajo, sus estudios. Dejar de ser Gricelda. Lograría salir de la cárcel, sí, pero lo que le esperaba afuera no era necesariamente libertad. Era lanzarse a una vida de tensión e intriga, una trayectoria que la llevaría—que nos llevaría—al exilio…

Pero todo eso vendría después. Primero había que salir del Cabildo. Y solo había una ruta: por las cloacas de Montevideo.

Gricelda: A las cloacas había que hacer un túnel. Entonces, cuando veíamos que las compañeras subían la radio y demás, entonces nosotros ahí comenzábamos a cantar, a reírnos, a hacer chistes, a jorobar, y todo lo demás, a subir el ruido, porque pensábamos que de pronto estaba muy cerca, y que estábamos tapando el ruido que se podría sentir del túnel abajo que estaban haciendo los compañeros.

Leonel Martínez:  Mi madre pasó unos cinco meses en la cárcel. Dos días antes de la fuga, mi abuela Victoria fue al Cabildo, a visitar a mi madre.  y Le trajo su guitarra.

Gricelda: Y yo… ¿Cómo que le iba decir que no quería la guitarra? Y no le podía decir nada. Entonces tenía que hacerme la que… qué suerte, qué bien, qué bárbara, me trajiste la guitarra, que bien por vos… ¿Viste? Y por otro lado, decía pucha, se la voy a dejar a los milicos. Entonces yo miraba la guitarra con un cariño, pero, bueno, era la historia… Al final se quedó ahí. La guitarra y mis libros de Mafalda.

Leonel Martínez:  Ese mismo día de visita, las compañeras dirigentes del MLN recibieron la noticia del día y la hora de la fuga. Se enteraron a través de mensajes en clave, notas que se referían a palabras sueltas en un libro de “Don Quixote.”

Gricelda: Ponían con números la hoja, el renglón, la palabra, y uniendo todo eso, vos llegabas a la comunicación, no. Entonces ahí, la fuga era el 31 de julio, de noche.

Nos dicen las compañeras que hay que armar los muñecos con la ropa para quedarnos en la cama, que tenemos que ponernos zapatos acordonados, porque… para poder caminar y correr en las cloacas, que tenemos que ponernos un pantalón, una pollera toda arremangada en la cintura, con un cinturón, y un pañuelo blanco. Y un gorro.

Gricelda: Y bueno, llegó esa noche. Y como a las 10 de la noche, más o menos, empezamos a prepararnos, como mentalmente.

Leonel Martínez:  Y poco después, se abre el hueco en uno de los dormitorios.

Gricelda: Ahí sentíamos que había gente que se movía, que había movimiento, que había chistidos, que había susurros, ¿verdad?

Gricelda: Entonces, de pronto, yo veo que Yessy estaba en el canto de la puerta, del corredor donde nosotras teníamos que ir para ir al otro cuarto, con un arma, con lo cual confirmo que ya las compañeras estaban saliendo.

Gricelda: En ese momento, los militares abren la mirilla, que tenían donde miran, ellos miraban la pieza, verdad? Ahí nos quedamos todos congelados, porque…. Por suerte Yessy se quedó en el corredor. Yo lo primero que hice fue mirar a Mirta, que era la compañera que estaba en la cama al lado de la mirilla, y nos quedamos todas así en suspenso. Yo lo pensé estos tipos se dieron cuenta. Nosotros ya tenemos las armas acá. Ya hay compañeras en el túnel. Acá se arma.

Leonel Martínez: Pero inesperadamente el militar se da vuelta, y se aleja por el pasillo. Pasa el susto, y ahora mi madre y sus compañeras vuleven al plan

Gricelda: Cuando llegamos al otro cuarto, lo primero que vemos es el boquete. En el piso. Y nos tiramos p’abajo. Porque ya habiendo visto el milico que se iba, yo lo único que quería era salir de ahí.

Leonel Martínez: El boquete, el hueco, lleva a un túnel, y de ahí…

Gricelda: Cuando llegamos al final de ese túnel, que serían unos metros, media cuadra sería, algo así, teníamos que darnos vuelta, y de cola, tirarnos para abajo, a la cloaca. Y ahí, la cloaca que se extendía un metro treinta, porque teníamos que ir agachadas. Entonces ahí íbamos agachadas, y así tuvimos que hacer unas 12 cuadras, más o menos.

Gricelda: Los compañeros nos esperaban en la cloaca, y ahí nos decían, vamos guachas, vamos, vamos arriba, y ¡salimos como cohete!

Leonel Martínez:  Por la cloaca, llena de barro, resbaladiza, con un poderoso olor a humedad. Una tras otra, las reclusas del Cabildo, se escapaban. Los compañeros, habían conectado otro túnel, que daba a una casa del
MLN.

Gricelda: Estábamos todas así, con la adrenalina al mango y riéndonos, y contentas, nos abrazábamos…

Leonel Martínez: Pero no era el momento para celebrar. El MLN había preparado una muda de ropa y botas para cada compañera fugada. Las sacaban en pequeños grupos a diferentes lugares de Montevideo, lejos de la cárcel, lugares más seguros. Mi madre salió con una compañera más.

Gricelda: Estaba lloviendo, y tuvimos que caminar así, mirando para abajo con unas terribles ganas de mirar para arriba y ver las casas, y los árboles, y todo lo demás, pero no podíamos, porque así íbamos a saber dónde estábamos, y no podíamos saber dónde estábamos.

Leonel Martínez: Cruzaron un Montevideo desolado, vacío, dormido, tiradas en el piso de un coche. No se hablaban.

Gricelda: Y ahí, nos llevaron hasta la casa donde íbamos a estar. Y eso sería después de la medianoche. Como a las 2, 3 de la mañana llegamos ahí, donde habían unos compañeros. Estaba Tío Quique, el Chino, nos estaban esperando con el mate pronto, y tomando mate prendimos el informativo de las 6 de la mañana, y estaban dando la noticia de la fuga. Y ya hacía tres horas que estábamos desayunando, tomando café, tomando mate, y conversando con los compañeros ahí. La fuga de la estrella fue la acción mejor coordinada del MLN.

Leonel Martínez: ¿Y a partir de ese momento, quién pasaste a ser?

Gricelda: Sonia.

Leonel Martínez:  Mi madre tuvo decenas de identidades falsas a lo largo de la siguiente década. No recuperaría su verdadero nombre, Gricelda, hasta llegar a Suecia, como refugiada política en junio del 1976. Ahí crecí yo, hasta que volvimos a Uruguay, cuando se restauró la democracia en el 85.

De todas las militantes que se fugaron esa noche, solo mi madre y una compañera suya, se salvaron de regresar a la cárcel.

Hoy mi madre vive en Montevideo, y trabaja en el hospital de Clínicas.

De vez en cuando se encuentra con algún compañero de aquella época…

Y algunos todavía le dicen Sonia.

Daniel Alarcón: Leonel Martínez es periodista freelance, y trabaja para la emisora 94.3 en Carolina del Norte, Estados Unidos. Vive en Montevideo.

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