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Transcripción: Postal de San Salvador

Postal de San Salvador
Daniel Alarcón
17 minutos

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Daniel Alarcón: Bienvenidos a Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón.

Si han leído últimamente sobre la situación de El Salvador, quizá se hayan topado con un titular como este, que salió en el International Business Times. Decía así:

“El Salvador: el país más violento del mundo que no está en guerra”.

Es un frase un poco extraña, ¿no?

Hay algo ahí que juro que no entiendo. A ver, desde el año pasado, cuando se acabó la tregua entre el gobierno y las pandillas, la tasa de homicidios se ha disparado, aumentando más del 50%. En mayo del 2015 hubo más de 600 homicidios, en un país con poco más de 6 millones de habitantes –cifras que no se veían desde los 90. Más del doble de lo que se ve actualmente en Iraq. Más de 35 policías han sido asesinados en lo que va del año. Y parece que la cosa que va de mal a peor. El pasado domingo 16 de agosto, fue el día más violento del 2015, con más de 40 homicidios.

Entonces, la pregunta sería esta: si no es una guerra lo que está pasando en El Salvador, ¿qué es exactamente?

Todo el mundo ha sido tocado, directa o indirectamente, por este caos y violencia, y los salvadoreños de todas las clases sociales han aprendido a lidiar con ese constante sentimiento de inseguridad. Muchas de las personas con las que hablé me dijeron que no importa lo que se publique en los periódicos extranjeros. “Aquí”, me decían, “aquí estamos en guerra. Y tiene para rato”.

¿Pero entonces en qué consiste esa guerra? Como cualquier conflicto armado, hay muertos en cada lado. En este caso, las maras –o pandillas– y la policía. Y como en cualquier conflicto, los que en muchos casos se llevan la peor parte son los civiles, la gente que no tiene nada que ver. Es que la violencia desmesurada de El Salvador afecta todos los aspectos de la vida cotidiana. Y no siempre de la manera que te esperarías.

Esta es Iris. Por razones de seguridad, hemos decidido no usar su apellido.

Iris: Yo vivo en las orillas de la capital. Es una zona semi rural, podría decirse. Y la zona en donde yo vivo es como un trifinio.

Daniel Alarcón: Y esta es una palabra que yo nunca había escuchado.

Iris: Un trifinio es un punto de tres fronteras. Así conocemos esa palabra acá. Entonces el rollo es que yo vivo en un punto en que la zona que yo vivo exactamente es urbana, y alrededor hay bastantes zonas rurales que son comunidades y en las cuales lideran dos pandillas, o sea las principales de acá.

Daniel Alarcón: La Mara Salvatrucha 13, y el Barrio 18. Dos de las pandillas más temidas de América Latina.

Iris: Estoy en un punto en medio, donde cuando entro a mi casa paso por una línea del tren todos los días. Ese territorio es MS. Al terminar mi colonia ya es liderado por la pandilla 18.

Daniel Alarcón: Se calcula que hay unos 500 a 600 mil salvadoreños involucrados de alguna manera u otra con las maras. Digamos que un 10% de la población. Esa cifra viene del mismo Secretario de Defensa, David Munguía Payés.

Pongamoslo así: casi 10% de un país dedicado a la extorsión, la criminalidad, el narcotráfico y la violencia. Lo cual significa que una gran parte de la población, gente que no tiene nada que ver con eso, sin embargo tiene que convivir con la maldad. No tienen ni opción, ni salida.

Gente como Iris.

Iris: Se escucha siempre: si tu no te metes con nadie, no tienen por qué hacerte algo. Parte cierto, parte no.

Daniel Alarcón: Y ella, como muchos salvadoreños, vive tratando de evitar problemas. Y por lo general lo ha logrado. Tiene un buen trabajo, le va bien en la carrera. Los mareros no le prestan mucha atención, y ella misma tiene una teoría de por qué.

Iris: Quizás porque de alguna manera yo ya salí del como el mercado que quieren los pandilleros. Te lo digo porque les gustan las chicas tipo 17, 15 años. Y yo ya tengo 25, entonces como que ya no soy muy atractiva, más que uso lentes, entonces es como que menos…y un poco gordita también, entonces como que tienen un perfil ya.

Daniel Alarcón: Se viste bien, cuida su aparencia. Desde que era muy joven había algo que le gustaba mucho hacer: teñirse el pelo.

Iris: Yo comencé con un color café chocolate, le dicen, después pasé por rubio, rubio platino, rubio con verde, después llegué a rojo borgoña, a rojo cereza, todavía más fuerte, a rojo intenso.

Daniel Alarcón: Es parte de su look, parte de su identidad. Esta historia se trata de eso. Porque la violencia, la inseguridad que producen las maras, no solo se trata de lo que se lee en los titulares. Balacera aquí, atraco allá. No. También tiene que ver con los detalles, con roces. Instancias en las que la maldad se aparece delante tuyo, o a tu lado.

Instancias como esta.

Iris: Yo iba en un Coaster, o sea un microbús, y una muchacha se sentó a la par mío. Una muchacha un poquito más gordita que yo. Andaba las cejas súper delgaditas, el pelo bien maltratado, pintado.

Daniel Alarcón: Color rubio. La boca delineada con rojo, pantalones de lycra estampados con piel de leopardo. Según Iris, este tipo de vestimenta, en El Salvador, es un código.

Iris: Y por la forma como comenzó a hablar sabía que no era una muchacha normal, sino que quizá a lo mejor era la mujer de un pandillero.

Daniel Alarcón: Iris me aclaró que no se considera de esa gente prejuiciosa, que juzga a los otros por su apariencia. Pero, me dijo, una vez que has aprendido a leer estos códigos, ya difícilmente los ignoras. Entonces Iris iba muy alerta, tensa, incluso más de lo normal.

Y aquí hay otro detalle para tomar en cuenta: los buses en El Salvador son peligrosos, porque las pandillas han infiltrado el transporte. Los pasajeros corren el peligro de ser asaltados, robados. A veces las pandillas exigen renta de las compañías de transporte. Y si no pagan, las maras pueden matar a los choferes. En otros casos, los mismos choferes son cómplices de los pandilleros. Es una situación complicadísima.

Entonces, una muchacha, con pinta de marera, se sienta al lado de Iris, y claro, ella se preocupa.

Iris: Poco a poco me fue haciendo plática, me dijo, y me dijo que yo, de quién era jaina.

Daniel: ¿Qué significa eso?

Iris: Jaina es ser mujer de un pandillero. Y yo le dije que no. Luego me preguntó dónde vivo. No le contesté. Porque una de las formas en cómo un pandillero detecta si eres contrario o no, es por los territorios, ¿ya? Entonces yo hasta hace un año, yo no manejaba eso.

Daniel Alarcón: Pero desde que Iris se monta en un bus cada día, para viajar una hora y media al centro de la capital, ahora sí le toca entender estos códigos. Y bueno, por si había alguna duda sobre la identidad de la chica a su lado…

Iris: Ella me enseñó una cicatriz que andaba en el estomago. Y me dijo, “Mirá, estas son heridas de guerra. Esta es de la calle y demuestra el valor que tenemos nosotros”.

Daniel Alarcón: Nosotros. Es decir, la mara. Y luego, la muchacha vino con esto:

Iris: Me dijo: “Mirá. Cambiáte el pelo. Porque si yo te vuelvo a ver en esta ruta o uno de los motoristas te ve en esta ruta, ya vas a quedar fichada, porque aquí todos nos conocemos. Y como no me quieres decir dónde venís, cuidáte. Y cambiáte el pelo”.

Y yo me quedé helada.

Fue como…por Dios, ¿qué hago?

Había un rumor acá ¿verdad? que si tu andabas de pelo rojo eras de cierta pandilla, y que si tu tenías pelo rubio pertenecías a otra pandilla.

Daniel Alarcón: Algo que Iris no había tomado en cuenta cuando decidió teñirse el pelo. No le respondió a la muchacha. No le preguntó por qué, no intentó argumentar.

No dijo nada.

Iris tenía un periódico en la mano, y lo miraba, nerviosa.

Iris: “Dame ese diario”, me dijo. Y lo sacó y lo primero que decía, primera plana decía, “Policía muerto en….” no me acuerdo en qué. Y ella comienza a reír. Y le dice al motorista: “Eh, mirá vos”, dijo. “Qué original. Ya mataron a otro cerote”, dijo. “Y la verdad, para que sepan quién manda”, y comenzó ella y siguió, siguió, siguió. O sea yo venía helada, helada, helada y arrepentida de haberme subido en ese microbus.

Daniel Alarcón: Era una muchacha, marera, con ganas de intimidar.

Iris: “Cómo ves la cejas”, me dijo. “Yo las veo bien”, le dije yo. “Le van con tu cara”. “Así te las deberías hacer vos”, me dijo.

Daniel Alarcón: Y luego le preguntó dónde se bajaba. “La plaza”, dijo Iris, aunque iba para su casa. Se refería a un centro comercial lleno de gente. Pensó, “pues ahí estaré más segura”. Y añadió un detalle más: “voy a encontrarme con mi novio”, dijo Iris. “Para ir al cine”. Pero…

Iris: Yo no tengo novio.

Daniel Alarcón: Y la muchacha dijo, “bueno, pues yo te acompaño”.

Iris: Cuando me dijo, “me voy a bajar con vos”, se me fue el aire. Se me fue el aire.

Daniel Alarcón: Iris metió la mano dentro del bolso.

Iris: Y marqué el número de mi mamá. O sea, marqué el número de mi mami, porque igual yo dije, “si no deja bajarme, o algo, por lo menos que escuche…por lo menos que escuche lo que está pasando”.

Me sentí como… acechado. Porque el motorista era pandillero. O sea iban hablando iguales. Entonces yo marqué el número de mi mamá, y no le pude dar send. No le pude dar send. Quizá los nervios y todo. Y de repente me dijo, “¿y qué tanto te buscás?”, me dijo. Y yo le dije, “no nada, solo estoy viendo si ando monedas”, le dije yo. “Solo estoy viendo si ando monedas”. Y me dice, “ah ya, entonces nos bajamos en la plaza”, me dijo.

Daniel Alarcón: Venían por el bulevar. Estaba muy congestionado. La mujer le dijo al chofer:

Iris: “Ey men, a saber qué pasa ahí vale”, le dijo. “¡No te hagás! acordate lo que vimos hace rato”, le dijo. “Ah simón”, le dijo. “El descabezado”, le dijo.

Daniel Alarcón: Ese día un marero había asesinado a un chofer de otra línea de bus, de otra ruta. La muchacha se lo contó a Iris, orgullosa.

Iris: “Yo no sé de qué me está hablando”, le dije. “No, es que mirá, fijáte, sacá la cabeza, sacá la cabeza por la ventana”, me dijo. “Ahí adelante hay un bus de la 113”, me dijo, “en donde le han disparado a un motorista”, me dijo. “Yo conozco el cabrón que le disparó”, me dijo. “Ah ya”, le dije. O sea, sí verdad. Entonces pasamos la escena y yo me quedé viendo al bus, y en efecto, estaba el señor medio abajo a la ventana, el motorista, y abajo un gran charco de sangre. Rojo, rojo, rojo.

Daniel Alarcón: En esas, comenzó a llover. A pringar, como se dice en El Salvador. Una llovizna.

Iris: Y te digo, yo amo el invierno. Amo la lluvia. Y creo que nunca dí más gracias que lloviera. Porque me dice, “Puta, mirá”, me dice. “Ya está lloviendo”, me dice. “Sí, ya está comenzando a pringar”, le digo. Y me dijo, “ya no me voy a bajar con vos”, me dijo.

Daniel Alarcón: Ya estaban cerca del destino, de La Plaza, el centro comercial.

Iris: No sé cómo es que agarré mis cosas, y traté de ni siquiera tropezarme con ella pues, y de no darle la espalda, ¿ya?

Daniel Alarcón: Y la muchacha tuvo un último mensaje para Iris:

Iris: “Te cuidas entonces, mami”, me dijo. “Que no te vaya pasar nada, y le das saludos a tu novio”. Y yo: “Que te vaya bien”.

Daniel Alarcón: Esto sucedió hace un par de meses. Cuando yo conocí a Iris, ya tenía el pelo teñido de negro. Le pregunté si le había costado hacer ese cambio.

Iris: Me dolió. O sea, me dolió. Me costó volver a verme de cabello negro, tantos años que la había querido tener tinturado. Pero, ¡ni modo! O sea una cuestión externa vino. Ni siquiera es mi gusto. Ahora pues, ni modo, ya me acostumbré. Es como que, ah ok, ya me toca el retoque, me lo tengo que hacer.

Daniel Alarcón: Un pequeño acto de expresión, prohibido por las maras. Y claro, cuando uno compara este acto con lo que se lee en los periódicos, no parece tan importante. Pero sí lo es. Cuando las maras se imponen hasta en aspectos tan intrascendentes de la vida cotidiana, es una manera de decirle a la población: “Oye, nosotros somos los que mandamos acá. No ustedes. No el gobierno. No la policía. Nosotros”.

Y no es la única vez que a Iris le ha tocado entender esto.

Le pregunté qué piensa de las maras. Iris es una chica educada, tranquila. Mientras me contaba la anécdota de la marera en el bus, me pidió permiso hasta para repetir las palabras vulgares que la chica le había dicho a ella. Y sin embargo, esta fue su respuesta:

Iris: Que los quemen a todos. Ya. O sea, como salvadoreños no son mis hermanos. Yo fui criada bajo el evangelio, bajo el cristianismo, y no los veo como hermanos. Nunca los voy a ver como hermanos. Así que si los pueden envolver en una sola hoguera como holocausto, ¡que les den! Que les den fuego.

Daniel Alarcón: Es un argumento que escuché una y otra vez. Que los maten. Que maten a sus familias. A sus novias. A sus hijos. Que los maten a todos.

No es difícil entender esa rabia. No sólo oí las historias de Iris, sino la de muchos otros, y confieso que en un momento dado empecé yo también a sentir la furia. ¿Pero realmente se pueden crear políticas a partir de la ira?

Cada vez que oía cómo se proponía esta solución, me sentía completamente desanimado. Dejando de lado la ética, el asesinato colectivo sencillamente no es posible, ni en términos políticos ni prácticos.

Repetí este argumento varias veces y después, cuando ya estaba solo, volvía a las conversaciones sobre el tema y mi papel en ellas y me deprimía más y más.

Quizás eso es lo que se tiene que entender sobre la situación en El Salvador hoy en día. Una ciudadana normal, que ni siquiera es sangrienta por naturaleza, propone que la única solución es un genocidio. Y para disuadirla, terminamos hablando de por qué esa solución no es práctica.

Esta historia fue escrita por mi, Daniel Alarcón, y editada por Camila Segura, y mezclada entre los dos, con el apoyo de Martina Castro.

Un agradecimiento enorme a Iris por compartir su historia con nosotros. Una versión en inglés de esta entrevista se publicó en la revista del New York Times. Tendremos un link en nuestra página web.

Estuve en El Salvador con Luis Trelles, productor de Radio Ambulante, quien me ayudó a procesar bastante de lo que vimos y escuchamos en esos días. Gracias también a los buenos amigos de El Faro, el excelente periódico digital publicado en El Salvador, en especial a Sergio Arauz, Oscar Luna, Jose Luis Sanz, Oscar Martinez, y Karla del Carballo. Ojo, El Faro está pronto a lanzar una campaña de crowdfunding, y necesitarán todo nuestro apoyo para seguir su valioso trabajo.

Además de los que ya he mencionado, el equipo de Radio Ambulante incluye a Martina Castro, Silvia Viñas, Clara González Sueyro, David Leonard, Dennis Maxwell, Diana Buendía, y David Pastor. Claire Mullen dirige Unscripted, nuestra serie de entrevistas en inglés. Vanesa Baerga dirige el blog, Alejandra Quintero Nonsoque y Caro Rolando son pasantes de producción. Le damos la bienvenida esta semana a Barbara Sawhill, directora de educación en español. Y como siempre, Carolina Guerrero, es la directora ejecutiva.

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Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Para escuchar más, visita nuestra página web, radioambulante.org. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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