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Transcripción: Somos fabricantes


Daniel Alarcón: ¿Sabías que NPR tiene una app? Se llama NPR One y te ofrece lo mejor de la radio pública de Estados Unidos y más. Noticias, historias locales y tus podcasts favoritos. NPR One te acompaña mientras haces un viaje, estás en fila o estás esperando a un amigo. Encuéntranos como NPR One (eso es O-N-E) en tu tienda de apps.

Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Como ahora formamos parte de NPR, queremos volver a nuestras historias favoritas para presentárselas a nuestra nueva audiencia. Comenzamos entonces hoy en Cavanagh, Argentina, es un pueblito, en una zona rural del estado de Córdoba…

Elio Zampelunghe: Soy Elio Zampelunghe, nací el 2 de abril del año 33. Mi profesión es agricultor. Al estudio… llegué a tercer grado, tercer grado de primaria.

Daniel Alarcón: Elio y su hermano, Jorge Zampelunghe, crecieron durante los años 30, y allí, en medio de la nada, se dedicaron a inventar máquinas.

Nuestros productores Ariel Placencia y Luciano Daniele visitaron a Elio, que hoy tiene más de 80 años y vive en la misma casa y tiene el mismo taller de siempre. Luciano Daniele nos cuenta más.

Luciano Daniele: Cuando llegué a la casa de Elio, él estaba a punto de salir para misa. Me pidió que lo esperara, y me dijo que ahí quedaban su casa y su galpón abiertos, que me sintiera en libertad de mirar y agarrar lo que quisiera…

Sin dudarlo, me metí en el taller y me encontré con el resumen de lo que había sido la vida de los hermanos Zampelunghe: no sólo los inventos y artefactos que habían construido desde que eran chicos, sino, además, miles de pedazos de hierro, de madera, poleas, muchas herramientas —unas oxidadas y otras no—, y ese motor rústico pero fiel que le dio forma a muchos de los inventos.

Cuando Elio volvió de misa, me encontró examinando todo el taller e intentó explicarme que esa misma curiosidad fue la que lo inició en el camino de los inventos. A pesar de su timidez, cuando le pregunté sobre su infancia, me empezó a describir este pueblo en el que creció.

Elio: Era muy muy muy muy despoblado, había pocas casas, había muy pocas, después se agrandó más. Un pueblito lindo, muy tranquilo, a mí me gustó siempre Cavanagh.

Luciano: En el campo donde vivían no había luz eléctrica. El pueblo está más o menos a dos kilómetros. Vivían —y aún hoy— de la agricultura y la ganadería. Ni siquiera hoy en día hay agua potable —la sacan de un pozo— y en esa época no tenían acceso a la radio. Muy de vez en cuando les llegaba uno que otro periódico de la capital de Córdoba.

Eran los comienzos de los años 40. El único contacto con el mundo exterior era la pequeña escuela a la que iba Elio con su hermano.

Al no tener con qué entretenerse, Elio pasaba su tiempo acostado en el pasto viendo cómo pasaban los aviones fumigadores… Se obsesionó con los aviones:

Elio: Cuando tenía siete u ocho años, bueno ahí, se me metió en la cabeza de que quería hacer el avión. La pasión más grande mía era hacer el avión, no era tanto el deseo de volar, sino de hacerlo y de verlo volar. Y cuando mi hermano era más grande, bueno, le comenté y él tenía mucho más entusiasmo él de hacer el avión que yo, que lo había empezado.

Luciano: Los hermanos se enteraron que existía una revista gringa que se llamaba ‘Mecánica Popular’ y le rogaban a sus padres que se la consiguieran. Esta revista existió desde 1902, y su idea era introducir a los lectores en el ‘hágalo usted mismo’, enfatizando en cómo la ciencia y la tecnología se podían aplicar a la vida diaria.

La versión latinoamericana se comenzó a conseguir en Argentina desde el 47 y fue uno de los pocos materiales de lectura que llegaba a manos de los hermanos Zampelunghe:

Titulares: “Modernícese, fabrique un avión”,

“El avión metálico que usted puede construir”,

“Usted también puede viajar al espacio”;

Luciano: Titulares como estos dispararon la inventiva que Elio reconoce tener desde chico y que le fue transmitiendo a su hermano…

Pero esa afición por las hélices y las turbinas no fue fácil de poner en práctica. Tuvieron que aprender todo ellos mismos. La construcción del avión tuvo varios retos, pero uno principal: el dinero. Los Zampelunghe lo resolvieron abriendo un pequeño taller mecánico en su chacra.

Elio: Cuando hicimos unos pesos salimos en búsqueda del motor. Fuimos a un aeroclub. El que nos atendió no sé si era el Presidente del aeroclub o el dueño del motor, y nos pregunta: “¿En qué lo va a utilizar?”. “Queremos hacer un avión”. “¿Pero —dice— ustedes son ingenieros?”. “Nah, qué ingenieros”. “Y si lo hacen, ¿no pretenderá que vuele?”. Bueno, salimos desde ahí bastante desanimados.

Luciano: Esa experiencia empezó una relación complicada con el avión y su futuro… Los hermanos se dieron cuenta que, al contar la verdad de sus planes, la gente se burlaba de ellos. Así que decidieron decir mentiras y decir que el motor era para construir una lancha.

Elio: Y ahí lo pudimos conseguir más fácil. Pero el que nos vendió el motor no estaba muy convencido. Se quiso llegar hasta la chacra nuestra, y ahí comprobó que estábamos haciendo un avión, no una lancha.

Luciano: Hasta logró convencerlos de que dejaran su obra. Y así fue por un par de años, hasta que un buen día decidieron seguir con la construcción. Los problemas de la falta de recursos, de la energía eléctrica y hasta la ausencia de planos fueron resueltos poco a poco.

Elio: No había plano, no había nada de eso. Eso, pero revistas sí, pero no, medidas, todas esas cosas, no había nada. Cuánto largo de un avión no lo tenía yo; eso todo lo hacíamos el cálculo nosotros: tiza en el suelo o sino por medio de palos y marcaba la forma que era el avión, nada más que eso.

Luciano: La noticia de que los hermanos Zampelunghe habían vuelto al proyecto del avión no demoró en correr por el pueblo…

Elio: Y cuando íbamos por el pueblo la gente, algunos, nos cargaban, decían: “¿Con una tenaza y un martillo pretenden hacer un avión? No es posible.” Bueno, pero cómo nos desanima la gente, estarían en su acierto, no sé, pero nos desanimaba cualquier cantidad, eso. “Que no iba a volar, que no iba a volar.”

Luciano: Graciela Bártoli, una vecina de los hermanos, se acuerda bien de las opiniones divididas que tenía la gente:

Graciela Bártoli: Sí, recuerdo que fue todo un alboroto, un… No era simple decir: “bueno, hizo un avión y va a salir volando”. Gente le creía y gente decía: “bueno, no, eso aterriza a tierra, viene a pique”. Y otros, bueno, conociéndolos como eran ellos dos apostaban a que sí.

Luciano: Después de dos años de duro trabajo, la nave estaba terminada. Elio tenía 30 años y Jorge 20.

Elio: Pero venía el gran problema: ¿quién lo volaba? Nosotros, ni uno ni otro éramos pilotos.

Luciano: Tenían entonces que encontrar a alguien dispuesto a correr el riesgo de volar un avión hecho en casa. Según Elio…

Elio: Se enteran dos pilotos de una localidad vecina, era José Araya y Líbero Biondi, y se vinieron. Cuando lo vieron, lo vieron tan bien terminado, que se tenían mucha fe de que iba a volar bien.

Luciano: Líbero Biondi, piloto de profesión, todavía recuerda ese momento, aunque en su versión, los Zampelunghe fueron quienes lo buscaron a él y lo convencieron de pilotear el avión.

Líbero Biondi: Y no había muchos aviadores en aquella época, era uno de los pocos. Así que vinieron a buscarme y me convencieron. Un día me invitaron para comer un asado y de paso volar el avión. Y me dijeron que estaban esperanzados que el avión volara, que querían ver si volaba o no volaba.

Luciano: Líbero, ni lento ni perezoso, se animó a aceptar volarlo.

Líbero: Recuerdo que le dije “Mirá—digo—, Zampelunghe, yo no me hago responsable si al aterrizar lo rompo”.

Luciano: Pero Líbero nos asegura que él no aceptó el desafío por valiente…

Líbero: No, siempre fui más vale cobarde. Era la edad que era joven, la edad del pavo, tal vez. Y entonces en aquella época a uno le gustaba cualquier cosa. Y habré tenido 25, 27, 28 años, habré tenido…

Daniel: Después del asado llegó el momento clave. Hacemos una pausa y cuando volvamos sabremos si el avión voló o no…

–CORTE INTERMEDIO–

Daniel: Gracias por escuchar Radio Ambulante. Antes de volver a nuestra historia les quiero contar de otro podcast de NPR, de música, que se llama Alt.Latino. Lo presenta Felix Contreras. Y Felix sirve de guía en el mundo de la cultura y las artes latinas. Se trata de una forma alternativa de abordar a la música tradicional. Entrevistas con íconos culturales como Rita Moreno y Carlos Santana, pero también con artistas más del momento como Calle 13 o el autor Junot Díaz. Encuentra Alt.Latino en la app de NPR One o también en la página web: npr.org/podcasts

Antes de la pausa nos quedamos en un momento crucial para los hermanos Zampelunghe. Si el avión que habían construído volaba o no… Y bueno, aquí Líbero, el piloto…

Líbero: Bueno, este, en verdad que no fue tan fácil porque había un potrero de cerdos y para levantar vuelo sacaron alambrado. Y al levantar vuelo, el primer intento se plantó el motor. Y vuelvo otra vez y la segunda también. Entonces me di cuenta de que tenía, por ejemplo, 10 litros de nafta o 15, y al cambiar de posición para levantar vuelo no entraba nafta al carburador, y se plantaba y caía.

Luciano: Entonces decidieron echarle 20 litros de nafta a ver qué pasaba…

Líbero Biondi: Y ahí sí anduvo, sí.

Elio: Lo agarraron y lo sacaron afuera, y lo llevaron a la punta del potrero y allá lo aceleraban. ¡Qué alegría nosotros cuando lo vimos en el aire!…

Pero el miedo era muy grande…

Líbero: No, cuando estaba arriba estaba un poco preocupado. Tenía miedo de romper el avión cuando aterrizaba, así que no tuve tiempo de mirar por dónde iba…

Y sí, miedo sí…

Di una vuelta grande y me acuerdo que, cuando quería doblar, el avión se iba, y entonces andaba un poco preocupado; así que di una vuelta y apunté ahí, al potrero, y lo pude aterrizar con mucha suerte sin romper el avión, el tren, nada.

Elio: Cuando aterrizó es una cosa que no se puede contar…

Líbero: Claro, los Zampelunghe, para ellos fue un día espectacular, porque lloraban. Después venía gente de este pueblo, Cavanagh. Y venían y me felicitaban por el viaje que hice sobre Cavanagh. Y resulta que me lleve una sorpresa: yo ni sabía que pasé sobre Cavanagh, de la preocupación que tenía para poder aterrizar y no romper el avión, ni sé por dónde pasé. Y ahí me enteré de que sí, que había volado sobre Cavanagh.

Luciano: Los recortes de periódicos que todavía decoran el galpón de los Zampelunghe reviven la hazaña. “¡Y encima vuela!”, fue el título del diario más importante de la región. Era marzo del 64 y los pocos medios de la época cayeron a los pies de Elio y Jorge.

Para la gente de Cavanagh fue un gran acontecimiento. Pero no todos los habitantes creían que el avión de los hermanos hubiera volado. Así que exigieron un segundo vuelo.

Elio: Entonces al año viene un piloto de la ciudad de Venado Tuerto. Y le dije yo: “De una vuelta al pueblo así lo ven todos”.

Luciano: Venado Tuerto, dijo él. Así se llama la ciudad de donde venía el piloto. Todos vieron volar el avión que había construído Elio junto a su hermano.

Llegar a este momento había consumido todo en las vidas de Elio y Jorge. El sueño que tuvo Elio cuando apenas tenía siete años se materializó a los 30. En un lugar como Cavanagh, en los años 60, un hombre de su edad ya tenía esposa e hijos. Elio ya se sentía demasiado viejo.

Elio: Mirá si tendría pasión de hacer el avión que tenía miedo de casarme, ponele que alguna chica se le da por mirarme. Pero si digo, si tengo alguna mujer que va contra el avión, se terminó el sueño. Después a los 30 años, voló el avión, bueno, vamos a buscar novia, y ya qué: ya no me miraba nadie. Y tuve que seguir solo.

Luciano: Ese ‘seguir solo’ de Elio es en realidad continuar codo a codo con el hermano; pasar los días en la chacra con sus padres, la agricultura y principalmente en el taller, dedicándole muchas de sus horas a nuevas criaturas mecánicas.

Elio: Hicimos una turbina, más de 20 años para perfeccionarla. Cuando vimos que más o menos tenía fuerza para empujar, bueno, la agarramos, le diseñamos un carruaje de cuatro ruedas y lo pusimos ahí arriba; daba 40 o 50 kilómetros, daba, pero el ruido era muy grande, el ruido. Y una noche se nos da por pasearlo en el pueblo, y la gente no estaba enterada de que nosotros habíamos hecho esa turbina. Y era alta noche y casi que ya estaban todos durmiendo, se levantaban de la cama y salían afuera, empezaban a mirar para arriba creyendo que era un avión pero no, no era un avión.

Luciano: Hoy, hay dos helicópteros que inventaron que aún descansan en el galpón, pero estos sí que nadie se animó pilotearlos. Sin embargo, Elio no quiso quedarse con la duda y recuerda que, por su cuenta, resolvió atar el helicóptero a un árbol y, como si fuese una marioneta, manejó a distancia los controles, y logró hacerlo despegar.

Elio: Uno sí, subí arriba y lo manejé, pero no lo largué, no lo pude largar. Primero para probarlo lo ataba afuera [gallo canta] y lo manejaba todo por cuerdas, ¿no?, y ahí lo aceleraba y lo levantaba”.

Luciano: La afición de Elio por los inventos siempre lo mantuvo un poco aislado de la comunidad. Se peleaba constantemente con todos pero siempre tenía a su hermano de su lado. Elio y Jorge contra todos los que les decían que no podían lograr sus metas, desde que eran chicos.

Hoy, a Elio, con sus 80 años, le toca batallar con uno de sus más crueles oponentes: la soledad de sus días. Porque hace un año su hermano Jorge falleció…

Elio: Es mucha amargura, sí. Pero duele, duele una locura. No, pero… en la vida de uno no hay que quererse tanto. No sé si en un catecismo dice: “Hay que quererse mucho más”. No, no creo eso; porque si vos no te querés tanto, no lo sentís tanto. Pero cuando lo querés, sí…

Luciano: Pero Elio sigue trabajando en su taller, y sigue soñando con sus máquinas. Combate el dolor de su artrosis trabajando, y aunque no nos adelanta mucho sobre su nuevo proyecto, nos deja saber que está haciendo una carroza y que quiere sorprender una vez más a Cavanagh.

Elio: Si anda, va a ser muy lindo. Yo la quiero pasar en el pueblo. La agarro así, un día domingo, y paso la calle…

Luciano: Son las seis de la tarde cuando le digo a Elio que ya es hora de que me vaya, pero Elio parece querer demorarme y que nuestro domingo se extienda. Y me dice:

Elio: Yo tengo un instrumento…

Luciano: Está hablando de un acordeón que le regaló su padre cuando tenía 30 años. Me cuenta que después que el avión voló, tomó clases particulares. Lo saca y me sorprendo cuando esos dedos toscos que han manipulado un martillo de hasta cinco kilos empiezan a hacerlo sonar.

Elio se guardó para el final la última gran sorpresa: los únicos acordes que recuerda de memoria son los de un vals que se llama “El Aeroplano”.

Daniel: Luciano Daniele y Ariel Placencia son periodistas y viven en la ciudad de Rosario, Argentina.

Esta historia fue editada por mi, Daniel Alarcón, y Camila Segura. Muchas gracias a Sokio de Punk Productions.

El equipo de Radio Ambulante incluye a Silvia Viñas, Fe Martínez, Luis Trelles, Elsa Liliana Ulloa, Barbara Sawhill y Caro Rolando. Nuestros pasantes son Emiliano Rodríguez, Andrés Azpiri y Luis Fernando Vargas. Carolina Guerrero es la CEO.

Conoce más sobre Radio Ambulante y sobre esta historia en nuestra página web: radioambulante.org. Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

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