Antología colombiana | Transcripción
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Este podcast es propiedad de Radio Ambulante Studios. Cualquier copia, distribución o adaptación está expresamente prohibida sin previa autorización.
[Daniel A.]: Esto es Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón.
Estas semanas, mientras trabajamos en la próxima temporada, estamos volviendo a nuestros archivos y rescatando historias tempranas de Radio Ambulante, esas que publicamos en nuestros primeros años de existencia. Han llegado muchos oyentes nuevos desde entonces y nos parece un buen momento para compartir esos episodios iniciales en los cuales estábamos definiendo nuestro estilo y afilando nuestras habilidades.
Así que hoy vamos a escuchar tres historias sobre Colombia.
Empezamos con una sobre la violencia y las heridas que perduran y que publicamos apenas lanzamos Radio Ambulante: en julio del 2012. Aquí los dejo con el yo de ese entonces.
[Daniel A.]: Soy Daniel Alarcón. Hoy en Radio Ambulante: Ningún nombre. En el norte de Colombia hay un pueblo llamado Puerto Berrío. Allí desde los años 80, aparecen cadáveres flotando en el Rió Magdalena – cientos de cuerpos anónimos, víctimas del conflicto armado. La periodista Nadja Drost viajó a Puerto Berrío para investigar la relación que se ha formado entre los vivos y los muertos. Esta historia es narrada por Annie Correal.
[Julio Marín]: La mayoría del hombre siempre va boca abajo, el hombre. Y la mujer siempre va boca arriba.
[Annie Correal]: Cuando Julio Marín pesca en el Río Magdalena, no es extraño que se encuentre con un cuerpo en el agua, una persona más que ha padecido una muerte violenta.
[Julio Marín]: Yo digo que es como un cementerio flotante. Vos ves el envase… ¡Impactado! porque uno ve tantos cadáveres en el río. Encontrase en el río 7, 8 seguidos… muy berraco… y en la noche, y uno se dice “Uy, ¿qué está pasando?
[Annie Correal]: Le pregunto a Julio cuántos cadáveres ha visto.
[Julio Marín]: ¿En ese río? ¡Hmm! ¿Asesinados?, póngale poquitos, por ahí unos 200 asesinados en ese río. De una encontrar extremidades: “¿De quién será esa mano? Uy, ¿a dónde estará el otro cuerpo? ¿Y quién sería esa persona? ¿Por qué la volvieron así? ¿Quién se habrá…? Uy, ¿y de dónde vendrá?”
[Annie Correal]: Durante décadas los paramilitares botaban los cadáveres de sus enemigos – guerrilleros y civiles – al río, convirtiéndolo en un vertedero de cuerpos. Los gallinazos que sobrevolaban sus aguas anunciaban la llegada de un muerto más.
Es un día soleado en Puerto Berrío, un pueblo de unos 50,000 habitantes. El sepulturero, Ramón Morales, abre el cementerio municipal. Sus anillos y collares reflejan el sol, y las llaves del cementerio cuelgan de una cadena amarrada a su cinturón.
[Ramón Morales]: A ver, este pabellón es un pabellón que se compone de 3 bloques, el A, el B, …
[Annie Correal]: Ramón me lleva a un pabellón grande, del tamaño de un bus. Son más de trescientas cincuenta tumbas, una encima de otra. Esta es la sección del cementerio reservada para gente que no puede comprar una tumba – y para los cuerpos anónimos que llegan por el río. La mayoría de las tumbas están pintadas con las letras ‘N.N.’
[Ramón Morales]: Es un NN…
[Annie Correal]: Ningún Nombre.
[Ramón Morales]: Están enumerados…
[Annie Correal]: Las tumbas de los NN son las más decoradas del cementerio. Algunas tienen ramos de flores y figuritas, y están pintadas de colores alegres.
[Ramón Morales ]: Este por ejemplo: Guillermo Zapata. Escogido.
[Annie Correal]: Si, escogido. ‘Escogido’ significa que alguien ha seleccionado este cuerpo: lo ha adoptado. Cuando adoptan un cuerpo le dan un nuevo nombre. Lo bautizan, y rezan por su alma. A veces, hasta le inventan un nombre que corresponde a las letras NN.
[Ramón Morales]: Nevardo Nevado: NN. ¿Si? Narciso Naclares: NN.
[Annie Correal]: Le pregunto a Ramón qué sentido tiene rezar por un desconocido.
[Ramón]: Se cree, según dicen, que estas personas que no conocen, ni que están, están más desprotegidas, ¿si? que inclusive están desprotegidas que no se conocen ni el nombre, son los que más fácil hacen los favores. Es la creencia, ¿si? Bueno, entonces venga le muestro.
[Annie Correal]: Protección, empleo, reconciliación. Esos son los favores que se espera de los NNs. Según la gente de Puerto Berrío, hay unos habitantes que han usado la fecha del entierro de su NN para jugar a la lotería y han ganado. Ramón me muestra las pruebas de los favores escritas en muchas de las tumbas. Son placas grabadas con mensajes de agradecimiento.
[Ramón Morales]: Gracias, almas benditas por el favor recibido.
[Annie Correal]: No se sabe exactamente cuántos NNs se han enterrado en el cementerio de Puerto Berrío. Los registros son incompletos, y los cadáveres están en un proceso de movimiento constante: pasan de un pabellón a una bodega o en otros casos, a una fosa común. Lo que sí se sabe es que la violencia ha menguado en los últimos años, y ya no hay tantos muertos como antes. Buenas noticias para Colombia, sin duda. Pero, para los devotos a los NNs, esto trae una complicación: hay más demanda de NNs que cuerpos. A veces hasta hay que compartir.
[Annie Correal]: María Dilia Fajardo está cerrando su cantina en el centro. Lleva una toallita al hombro y se mueve entre las tres mesitas del lugar hasta que toma asiento. Me cuenta sobre su NN.
[María Dilia Fajardo]: Yo cuando la vi la puse María de los Ángeles.
[Annie Correal]: María visitaba a su NN cada lunes, sin falta.
[María Dilia Fajardo]: Pues al menos yo me imaginaba que era una mujer. Una mujer blanca, bonita, por ahí de unos 17 o 20 años si acaso, pelo mono, bonita.
[Annie Correal]: Pelo mono, es decir, rubia. Un día María se dio cuenta de que alguien más estaba visitando a la NN que ella había bautizado. Este alguien era Jair Urego.
[Annie Correal]: Jaír Urego está sentado en el jardín de su casa al otro lado del pueblo. Tiene unas fotos enmarcadas, todas de una tumba – la misma tumba que contiene la NN María de los Ángeles. Solo que Jaír le puso otro nombre: Gloria.
[Jair Urego]: Cuando yo llegué la primera que vi fue esa NN, una mujer, y le pedí fue una mujer. Y, además, yo una vez soñé con ella que era mona y ella era mona.
[Annie Correal]: Este cadáver desconocido tenía dos devotos, pero igual lograba brindarles favores. Para agradecerle, ellos juntaron dinero y le compraron un osario. ¿Y qué nombre pusieron en la tumba?
[María Dilia Fajardo]: Gloria María de los Ángeles.
[Jair Urego]: …Urrego Mena.
[Annie Correal]: Hasta celebran el aniversario del entierro.
[Jair Urego]: Yo llego y le compro una torta, pequeñita, le compro un ramo de flores, y se lo llevo al cementerio y le prendo una vela.
[Annie Correal]: Colombia es un país con más de 50,000 desaparecidos, el resultado de cinco décadas de conflicto armado. En Puerto Berrio, esa violencia es una realidad que no se puede desconocer. Casi todos han perdido a un amigo, a un vecino, a un familiar.
[Annie Correal]: Me encuentro con Nuri Bustamante en su casa. Tiene dos fotos laminadas en las manos: una de su hijo y otra de su hija. Las usa para abanicarse mientras un sol fuerte entra por la ventana.
[Annie Correal]: Nuri tuvo nueve hijos, y un NN. Según ella, su mala suerte comenzó cuando su NN fue trasladado a una fosa común. Poco después, su hijo, de 21 años, desapareció. Y luego, su hija Lizeth, de solo nueve, salió a la tienda de la esquina… y nunca regresó.
[Nuri Bustamante]: Y que hace poco tuve un sueño, me pareció muy lindo, donde yo me vi hablando con una jovencita y yo le dije, “Usted es Lizeth”, y me dijo, “Si Mami, soy yo”, y nos abrazamos y lloramos.
[Annie Correal]: El sistema judicial es lento, y encontrar un desaparecido en Colombia es supremamente difícil. Entonces Nuri y miles de personas en su misma situación saben que necesitan un milagro para hallar a sus seres queridos. Sin restos, y sin respuestas, se confían a los NNs.
[Nuri Bustamante]: Cuando los adoptamos les ponemos nombre, porque nosotros esperamos que así, como nosotros les damos una nueva identidad a ellas, las bautizamos de nuevo, en alguna parte alguien llega a encontrar otra personita así, haga lo mismo con ella. Porque no sabemos si en algún lado están los nuestros, nuestros hijos, nuestros hermanos, cualquier ser querido de nosotros.
[Annie Correal]: Cada noche de noviembre, el mes de las almas en el calendario católico, los devotos de Puerto Berrío marchan por el pueblo después de la medianoche. El desfile comienza en el cementerio, donde les espera un animero.
[Annie Correal]: El animero, Hernán Montoya, es una persona que supuestamente ayuda a las almas en el purgatorio a que descansen en paz. Es un hombre delgado, con una cara simpática, que parece haber vivido más de sus 57 años. Fuma un cigarrillo para calmarse antes de convocar a la gente. Luego se pone una manta negra, de plástico.
[Hernán Montoya]: Ya cuando me pongo la tuanda soy como el policía de respeto, o como el cura de respeto.
[Hernán Montoya]: Buenas noches.
[Seguidores]: Buenas noches.
[Hernán Montoya]: El que no sea devoto a las almas de purgatorio, o no crea en ellas, que vaya con recocha, no me sigan… Por eso les digo, con las almas de purgatorio no se juega.
[Annie Correal]: Hernán hace sonar una campana para llamar a las almas inquietas, para que salgan de sus tumbas. Luego, la gente sale al pueblo. Muchas llevan velas en la mano. Dos horas después, regresan al cementerio donde la gente ha dejado vasos de agua en las tumbas para refrescar las almas que están en el limbo.
[Annie Correal]: Puerto Berrío no es el único lugar en Colombia con cientos de muertos anónimos atascando el cementerio. Hay muchos – demasiados – pueblos que viven la misma cruda realidad. Y en esos pueblos los NNs no son tema de conversación. Pero Puerto Berrío es diferente. Aquí, la gente no podía confiar en la vida, entonces optaron por confiar en los muertos.
[Annie Correal]: Un día, visitando a Nuri, la madre que tiene a dos hijos desaparecidos, me dice que nunca volvió a adoptar otro NN después de que el primero se le perdió.
[Nadja Drost]: ¿Usted ha querido tener un otro NN?
[Nuri Bustamante]: Sí. Porque sigo pidiendo [risas]. Ahora tengo que seguir pidiendo por mi hija.
[Annie Correal]: Cuando la escucho me acuerdo que una tarde en el cementerio el animero me mostró un grupo de cinco tumbas de NNs, escondidas detrás de un muro. Tal vez Nuri pueda tener el NN que tanto añora. Le cuento sobre las tumbas.
[Nuri Bustamante]: ¿Verdad?
[Annie Correal]: Entonces, nos vamos. La voz de Nuri tiembla cuando me pregunta si nos podemos desviar unas cuadras. Me explica que siempre evita la esquina donde desapareció su hija.
[Annie Correal]: Le muestro unas bóvedas detrás de un muro con las letras NN, y le pregunto si prefiere un hombre o una mujer.
[Nuri Bustamante]: A mi me dicen que me va mejor con un hombre.
[Annie Correal]: Nuri inspecciona las tumbas. Finalmente escoge una, tocándola para llamarle la atención al NN.
[Nuri Bustamante]: Yo me comprometo contigo. Que me regales lo que te pido. Necesito dos favores muy grandes…
[Annie Correal]: Nuri le pide empleo para un hijo, y ayuda con una plata que debe. Luego, saca una brocha que trajo de su casa y comienza a pintar la tumba. Escoje un color bonito, alegre: un azul celeste.
[Nuri Bustamante]: Tu pides por mi, que yo rogaré por ti.
[Annie Correal]: Con esas palabras, Nuri hace su pacto con un muerto, y otro NN asume una nueva vida.
[Daniel A.]: Esta historia fue narrada por Annie Correal. Annie es reportera del New York Times y cubre México, Centroamérica y el Caribe. La investigación y la escritura son de Nadja Drost. Nadja es periodista independiente.
Ya volvemos.
[Daniel A.]: Estamos de vuelta. La siguiente historia se llama Nohemí y fue producida por nuestra Directora Editorial, Camila Segura, en el 2013. Aquí la historia.
[Nohemí]: Mi primer recuerdo que yo tengo de pequeña fue cuando yo llegué a Bogotá. De antes no tengo nada. Yo tuve que haber llegado con alguien, pero mire que no me recuerdo de la otra persona que me trajo.
[Daniel]: Esta es Nohemí, y este recuerdo es de cuando tenía 7 u 8 años. Venía a Bogotá desde lo que creemos era su pueblo natal, en el Tolima, un departamento en el centro-occidente de Colombia.
[Nohemí]: Yo seguramente nunca había montado en un bus, porque eso olía muchísimo a gasolina y yo me mareé. Yo trasboque, o sea, yo venía muy mal.
[Daniel]: Hoy: Nohemí. Camila Segura, Editora Principal de Radio Ambulante, investigó y produjo esta historia.
[Camila Segura]: Nohemí no se acuerda de mucho más. No tiene memoria alguna de su mamá, de su papá o de algún familiar. Años después se enteraría de que un supuesto tío la había entregado al que, en ese entonces, en el año 63 o 64, era el alcalde militar de Anzoátegui, un pueblo del Tolima. Un señor llamado Vitaliano Sánchez. Vitaliano se la entregó a su suegra, Doña María.
[Mónica Sánchez]: Mi padre la trajo fue para mi abuela. Un regalito que le trajo por allá de donde estaba.
[Camila]: Esta es Mónica Sánchez, la nieta de Doña María y la hija de Vitaliano. Ella es una de las protagonistas de esta historia. Pero volvamos a Nohemí y a lo que se acuerda después de haber llegado a Bogotá…
[Nohemí]: Cuando llegué, yo llegué al barrio Los Alcáceres, y vi a la bruja esa. Esa señora era terrible, era una… bruja, era una bruja.
[Camila]: La bruja a la que se refiere Nohemí es Doña María, la abuela de Mónica. Es de la primera persona de la que Nohemí se acuerda en su vida, y esa casa inmensa, el primer lugar que recuerda claramente. Ese día, Doña María le explicó a Nohemí que ella iba a encargarse de las labores de la casa y que tenía que levantarse entre las 4 y las 4 y media de la mañana.
[Nohemí]: Me recuerdo muy bien que en esa casa, el primer día que yo llegué, yo me oriné. Entonces, claro, pues, imagínese, toda la cama vuelta nada, llena de miaos. Entonces lo primero que hicieron fue levantarme y meterme dentro de la alberca. Y tome porque cochina y que cochina y que… que por qué me tenía que orinar y no sé qué… Uich, Doña María me daba a mi unas tundas, Dios mío.
[Camila]: Tundas. Lo cual significa golpes. Nohemí recibió, desde el primer día, golpes. Porque se orinaba, porque no hacía bien el oficio, por cualquier cosa. En esta casa duró como un año, pero no siempre vivía ahí. Doña María solía prestarle a Nohemí a familiares que no tenían empleada. Mónica me cuenta:
[Mónica]: Ella fue la que empezó con, con el relajo de prestarla, entonces ella se la prestaba a un tío que, que no tenía muchacha o a las hermanas de ella que eran unas otras viejitas. Ellos se la prestaban, era una esclavita colectiva.
Hasta que llegó a nuestra casa, hasta que mi madre dijo, “esto es mío”.
[Camila]: Llegó un momento, entonces, en que ya Nohemí pasó a vivir definitivamente con los Sánchez: Vitaliano, su esposa Eunice y, en ese momento, sus 6 hijos. Todos eran más chiquitos que Nohemí, que tenía como 9 años. Mónica debía tener entre 1 y 2 años.
[Mónica]: Ehm, para mí Nohemí siempre estuvo ahí… Nohemí está en mis recuerdos desde siempre.
[Camila]: Nohemí se volvió como una hermana mayor de los niños, sobre todo de las más chiquitas.
[Nohemí]: Yo era la que las cuidaba, las que les daba el tetero, las que la cambiaba, las que la lidiaba.
[Camila]: El primer día, Eunice, la mamá de Mónica, le explicó lo que tenía que hacer.
[Nohemí]: Usted tiene que ayudarme con las niñas, a yo hacer el oficio. Tiene que madrugar… Que los teteros, que la comida, que…
[Camila]: A pesar de que el trabajo era duro y tenía la responsabilidad de cuidar a los 6 niños, para Nohemi el cambio no fue tan malo, pues ya no era la única niña de la casa.
[Mónica]: Nohemí era una niña juguetona, alegre, divertida, “mamagallista”, cariñosa. Era como… como una más de nosotros, sobre todo entre las mujeres. Era una amistad.
[Nohemí]: De pronto como yo no… no tenía a nadie, no tenía… nada en la vida, de pronto los niños para mí fueron mi familia. O sea, ya pues conviviendo con ellos de día, de noche, todo, pues ya yo… Para mí ellos se convirtieron en lo mío.
[Camila]: Mónica sentía que Nohemí, de alguna manera, era su hermana. Pero desde muy temprano en su vida se dio cuenta de la diferencia en el trato que Nohemí recibía por parte de sus padres, pero especialmente de su mamá, Eunice.
[Mónica]: Mi madre, nadie más. Mi madre la trató mal. Ese es el recuerdo que tengo: que siempre recibía unas muendas terribles, que… que mi madre entraba en unas cóleras santas por cualquier cosa, porque algo había salido mal o porque sí.
A nosotros nunca nos pegaron, pero Nohemí recibía golpes todos los días de la vida. Y había escenas dantescas, pues, de… de un maltrato inhumano.
[Camila]: Nohemí se acuerda que la mayoría de los niños la ayudaban en lo que podían para evitar que Eunice le pegara.
[Nohemí]: Pues cuando ya más o menos presentíamos que ya iba a llegar doña Eunice, pues los chinos, ellos pues, ellos mismos corrían a ayudarme a… a guardar las ollas, a esconderlas para que no las fuera a ver sucias o… o todo el reguero que teníamos a meterlo debajo de la cama para que… Ellos se convirtieron en cómplices míos.
[Camila]: Y es que, según Nohemí, Eunice nunca perdía una oportunidad para herirla. Si no era maltrato físico, era abuso verbal:
[Nohemí]: “Es que usted es una no sé qué recogida y su mamá es una no sé cuántas que trabaja en la calle”.
[Camila]: A Nohemí le repitieron miles de veces que ella estaba en esa casa, con ellos, porque su mamá era una puta, una vagabunda, alguien que la había abandonado porque no la quería.
[Nohemí]: Yo le cogí mucho odio a mi madre biológica, o sea, yo… con ella… a metros. ¿Por qué? Porque entre más tiempo iba pasando yo iba entendiendo más en la situación en la que yo estaba. Y yo le eché toda la culpa a mi madre biológica de que por culpa de ella estaba viviendo esa situación.
[Camila]: Pero Nohemí se acuerda bien el día en que su madre biológica fue a preguntar por ella a la casa de Mónica. Nohemí llevaba como 2 años viviendo con ellos. No sabemos exactamente su edad, pero se puede calcular que tenía unos 10 años.
[Nohemí]: Yo lo supe porque doña Eunice me dijo: “Y vino su tal por cual no sé qué madre”. Yo sí alcancé a escuchar la voz de ella, mientras que estaba hablando con esta señora.
[Camila]: La oyó, pero no la vio. Nohemí estaba lavando una ropa en la ducha. Me cuenta que no se atrevió a salir del baño. Le tenía demasiado miedo a Eunice. Pero sí logró escuchar lo que Eunice le decía a su mamá:
[Nohemí]: Pero si es que la niña es una hija mía más, está como una reina… Ella tiene todo lo que usted no ha… no le puede dar. Ella está estudiando, es la princesita de acá de la casa… Claro, pues esta señora yo creo que se fue convencida de que ese era el cuento, de que era así.
[Camila]: Pero ya sabemos que no era tratada como una princesa. Abuso psicológico, golpes, trabajo incesante… Y violaciones. Varias personas. Varias veces.
[Nohemí]: El primero fue Vitaliano, el papá de Mónica. Él a mí me violó pequeña, él me tuvo que haber violado a mí por ahí como de 9 años.
[Camila]: Y dos hermanos de Eunice: Julio y Edgar. Le pregunto que si le parece horrible hablar de esto y me dice que no…
[Nohemí]: Para nada… No porque, a ver, a mí no me parece horrible, ¿sabe por qué? Porque para mí todo eso era como un juego. Siempre fui la sirvienta de todo el mundo, entonces para mí eso fue como si alguien me hubiera querido. O sea, en ese momento yo lo veía así, obvio que ya de adulta cuando yo ya empecé a entender la vida, obvio que eso ya entendí que era malo.
[Camila]: Aquí debo confesar algo. Cuando me contó esto, no pude aguantarme, y se me salieron las lágrimas. Y pasó algo hasta absurdo: Nohemí terminó consolándome. Hasta me ofreció agua antes de seguir, y a ella también se le quebró la voz.
[Nohemí]: [Llorando] A ver, yo tenía momentos ahí también bonitos. Entonces, ellos tenían una finca en Anolaima llena de frutas y… y había un… un… un, eh, un río, un arroyito, y pues era la… era mi único como desfogue, ¿no?, de ir y sentarme allá y estarme un rato y… Ya estaba un poquito más grandecita y como poder… poder uno llorar… Y me sentaba a pensar, y yo pensaba que por qué me daba… me tocaba a mí esa vida tan dura. Pero bueno, pensaba que eso era la vida… pensé que esa era la vida normal de cualquier ser humano…
[Camila]: No tenía nada con qué comparar. Esa era la vida: a ella le pegaban. Y la violaban. Así pasaron los años. La mayoría de la gente del barrio donde vivían —todos militares como el señor Vitaliano— se habían dado cuenta del maltrato al que era sometida Nohemí. Nadie había dicho nada, hasta que un día, una niña vecina, hija de uno de los militares, se le acercó.
[Nohemí]: Ella me dijo un día, me dijo: “Ay Nohemí, ¿usted va a seguir toda la vida soportando esta vida?”. Le dije yo: “Pero, hmm, ¿yo qué?… ¿Yo qué más hago?”, si… Yo no sabía ni coger un bus, nada, nada… Me dijo: “Nohemí, ¿usted se quiere ir para donde una tía mía a trabajar?”. Le dije, “¡pues sí, de una!”.
[Camila]: Nohemí tenía 14 o 15 años. En esa época, Eunice pasaba temporadas largas en la finca y dejaba a Nohemí encargada de la casa…
[Nohemí]: Yo decía: “Dios mío, pero si yo me voy… mis chinitas”, y con ese amor que yo les tenía a ellas…
[Camila]: Todos los niños estaban en el colegio…
[Nohemí]: Dios mío, yo… yo no hacía sino imaginarme cuando esas criaturas llegaran y la casa… desocupada. Eso sí: yo les dejé todo, yo me levanté temprano, yo les dejé almuerzo hecho, ropa lavada, todo todo. Yo dejé todo todo impecable como para… por si me encontraban por ahí no me fueran a pegar. [Risas]
[Camila]: El chofer de la vecina la recogió a la una de la tarde y así fue como Nohemí se escapó de la casa de los Sánchez.
[Mónica]: Eso fue un alivio más bien. Yo en esa época debía tener como 10, 11 años y… pasó a ser como una anécdota del pasado, ¿no?
Pues, eh, pretendimos como olvidar todo eso, y… y yo pues pensé que lo había olvidado, pero… es… eso es algo que… que… que se me quedó adentro, que se nos quedó adentro a todos, estoy segura…
[Camila]: Mónica creció, ya sin su amiga, su semi-hermana, y se convirtió en la rebelde de la familia. Se peleaba con sus papás todo el tiempo, y cuando se emborrachaba —sola o con amigos—, le salía todo el rencor y la rabia. En sus 20s, se fue de Colombia, a Europa, para hacer su vida lejos de su familia. Pero nunca se olvidó de Nohemí.
[Mónica]: Siempre tenía ese mugre en el fondo de mi corazón y siempre surgía en los momentos más… más increíbles… No era… no era muy a menudo, era muy de vez en cuando, era algo que siempre terminaba confesando: esto fue lo que hicimos en mi familia, esto fue lo que hizo mi madre y… y esto fue lo que hicimos nosotros, después. Que dejamos eso así. Eso, esa confesión, siempre volvía…
[Camila]: Mónica se alcoholizó durante años, hasta que un día decidió dejar de tomar…
[Mónica]: Y después de… después de la desintoxicación, viene la terapia y ya hay que sacar el mugre. Y ahí, en ese proceso, que duró varios años, llegó un momento en el que se hizo evidente que el asunto de Nohemí era el asunto más grave de mi vida. Era lo que yo tenía que resolver… [Llorando] Eso hice… ehm, pedí que me dieran el número, mi madre tenía el número y… de ella, y…
Camila Segura: Y la llamó.
[PAUSA]
[Camila]: Devolvámonos un poco. Durante años, entonces, Mónica sintió una gran culpa por lo que pasó con Nohemí. Creció viendo cómo su mamá insultaba a Nohemí y le pegaba por cualquier cosa. Y claro, Mónica nunca hizo nada porque tenía solo 9 años cuando Nohemí, de 15, logró escaparse.
Pero cuando Mónica ya era grande, después de haber hecho terapia, volvía al tema con su hermana Marta. Eran conversaciones telefónicas de horas. Hablaban de sus papás, de sus hermanos, y muchas veces de Nohemí.
Marta era la única de los 7 hermanos que había hablado con Nohemí un par de veces, así que Mónica le pidió el teléfono.
Mónica vivía en Montreal y Nohemí en Soacha, cerca de Bogotá. Era un día del 2004 cuando sonó el teléfono de Nohemí.
[Nohemí]: Yo llegaba de trabajar cuando cuando, “ring ring ring”. Contesté yo: “Aló”. “Hola, Mico”, a mí solamente me dicen Mico ellos. Le dije yo: “¿Con Martica?”, y como la voz de ellas se parecen, me dijo: “No, mamita, hablas con Mónica”. Y yo: “¡Ay!, no”… ¡Ay! si había tenido días malos, ese fue el día más hermoso de mi vida.
[Camila]: Hablaron como 4 horas, y Nohemí le contó todo lo que le había pasado después de escaparse de su casa. Al año de estar donde la tía de la vecina, el señor de la casa la botó a tiros a la calle porque Nohemí había hecho una fiesta. Durante meses vivió en los parques cercanos hasta que un día se fue con un tipo que le pagaba un hotel y la obligaba a acostarse con él.
Cuando el hombre dejó de pagar el hotel la botaron a la calle. Ahí consiguió su primer trabajo pago en una panadería, y en ese mismo lugar —un par de meses después de prostituirse—, conocería al papá de sus 3 hijos: un hombre bueno, con el que no funcionó el matrimonio, pero que le pagó la primaria y le ayudó a conseguir trabajo.
Nohemí le contó todo esto y más. Le compartió uno de sus dolores más grandes: cuando su primer hijo tenía 16 años, una bala perdida lo mató en el colegio.
Siguieron hablando de todo, y Mónica le dijo:
[Mónica]: Que yo era consciente de lo que había pasado, y del maltrato que ella había recibido. [Llorando] Y… Y que eso no se hacía. Era la primera vez que le… lo decíamos… claramente.
[Camila]: Hablaron del abuso que sufrió a manos de la mamá de Mónica, Eunice, y Mónica sintió la necesidad de pedirle perdón por lo que su mamá le había hecho.
[Nohemí]: Le dije: “Mire, todo lo que ella me hizo yo ya se lo perdoné”. Me dijo: “No, Mico, no es justo que ella hubiera hecho contigo lo que hizo”. Y pues como ellas sí se daban cuenta de todo eso, fue lo que a ellas las fregó tanto.
[Camila]: Durante mucho tiempo, Mónica había sospechado que Nohemí había sido maltratada también por su papá. Era una duda que no la dejaba en paz, así que en esa primera llamada, se atrevió a preguntarle.
[Mónica]: Y ella me dijo: “No, nena, no, tu papi es muy buena gente…” y no sé qué y… y no… Y… Y bueno, entonces, pues, yo… le creí.
[Camila]: A partir de esa llamada, Mónica y Nohemí empezaron a hablar frecuentemente por teléfono. Mónica estaba cansada de vivir en Canadá. Se sentía sola, culpable y soñaba con volver a Colombia.
[Mónica]: Pues, cuando uno está lejos, uno idealiza todo, ¿no? Entonces, eh, yo empecé a hacerme un… una escena, pues, divina en la que todos íbamos a estar otra vez juntos, a vivir felices y a comer perdices, y nos perdonábamos todo.
[Camila]: Compartió la idea con Nohemí pues el plan la incluía a ella:
[Nohemí]: Ella quería, en Cartagena, hacer un condominio. Y a cada uno hacerle una cabaña. Y que nos fuéramos todos y nos reunieramos allá. Entonces, yo le llevaba la idea, pero yo sabía que eso nunca iba a ser posible. Empezando porque, ¿yo con ellos cómo voy a vivir? O sea, no. Ahí sería nuevamente la esclava de ellos, y yo esclava ya no soy.
[Mónica]: Empecé a… a hacer un plan en mi cabeza que era… ir a vivir con ella cuan… pues cuando ya estuviéramos viejitas, y ya sería yo quien la consintiera y quien le devolviera un poquito todo el amor que yo había recibido de ella.
[Camila]: En el 2008, Mónica vendió todo y volvió a Colombia después de vivir más de la mitad de su vida en el extranjero. Llegó a donde su mamá, en Bogotá, aunque su prioridad era ver a Nohemí, así que un par de días después de su llegada se fue para la casa de ella. Me cuenta sobre este primer encuentro después de más de 30 años.
[Mónica]: Una emoción, una… una… una alegría muy grande, y además una familiaridad muy grande. Ahí me contó más cosas de mi mamá. Cosas que yo no… no recordaba. Me contó la escena dantesca en la que mi madre le arrancó el cabello con… con un cepillo, de una manera increíble. Ella se sentaba, le cogía una mecha y la enrollaba en el cepillo, y, cuando la estaba cerca de… del cuero cabelludo, tenía y jalaba.
[Nohemí]: Hasta que me dejó toda la cabeza llena de sangre.
[Camila]: El nivel de maltrato contra Nohemí fue atroz. Sorprendente incluso para Mónica, que creció en la misma casa. Y había algo más, quizás lo más perturbador: a pesar de todo, Nohemí no solo tendía a culparse a sí misma, sino que se sentía agradecida con Eunice por todo lo que le dieron, por enseñarle a cocinar, por darle casa y comida. A pesar de que nunca le pagaron. Mónica quedó espantada.
[Mónica]: Hágame el favor, y que mentira que le dieron nada, ¡no le dieron nada, le quitaron todo y no le dieron nada!
[Nohemí]: Entonces ella me decía: “Usted no tiene que agradecerle nada a mi mamá. ¡Nada!”.
[Camila]: Mónica pasó los siguientes años en Colombia, intentando reconciliarse con su pasado. Primero con su mamá, y no lo logró. Después con su papá, y esta quizás fue la sorpresa más dura de su vida adulta. Se fue a la costa a vivir con él, y se encontró con un hombre agresivo, cruel. Pero además, él empezó a contarle historias de borracheras y mujeres, como si estuviera hablando con un amigo del cuartel. El padre del que ella se acordaba era otro, y ahora, tenía más dudas que nunca.
Lo conversó con sus hermanas, y ellas le confirmaron recuerdos de escenas violentas. Así que volvió a llamar a Nohemí, para resolver su duda de una vez por todas.
[Nohemí]: Entonces, ella un día me llamó y me dijo: “Mico”… Me dijo: “Mico, yo necesito que tú me digas una cosa: ¿mi papá te violó?”.
[Mónica]: Me dijo: “Sí, nena”. Me dijo: “Él me hizo eso, él me violó, él fue el primero que me violó”.
[Camila]: Este fue un punto de quiebre para Mónica.
Su pregunta —y la mía— a Nohemi fue: ¿y por qué nunca los denunció?
[Nohemí]: ¿Su merced cree que a una pobre idiota —sin nombre, sin nada— le van a parar bolas? ¿Quién va a creer que yo voy a ir a denunciar a un prestigioso capitán de la Armada?
[Mónica]: Entonces yo le dije: “Bueno, pues ahora me tienes a mí, y si quieres los denunciamos, y yo contigo hasta el fondo, pero vamos… pero a fondo.”
[Camila]: Y así fue. Comenzaron con algo simple: un reclamo en forma de carta a los papás de Mónica, recopilando la historia de Nohemí, incluyendo todos los maltratos. Así empieza la carta:
[Mónica]: Mamá, papá:
Llega el día en que consideramos inaceptable continuar guardando silencio sobre aquel asunto que destrozó nuestras vidas.
Me refiero a aquella niña que tú, papá, arrebataste a su madre y tú, mamá, esclavizaste miserablemente. Al parecer se llamaba María…
[Camila]: Mónica les mandó a cada uno de sus papás una copia de la carta por entrega certificada. Y esperó, a ver qué reacción había.
[Mónica]: No hubo ninguna respuesta a la carta. Ninguna.
[Camila]: Al día siguiente de haberles mandado la carta, Mónica le mandó un correo electrónico a todos sus hermanos, a sus hijos, a sus cuñados, a su ex-marido. Envió la copia de la carta que les mandó a sus padres y una explicación de sus razones:
[Mónica]: Que ya era tiempo, pues, de que… de que asumiéramos esa culpa que tenemos todos. Eso fue lo que aprendí en mi terapia: hay que mirar las cosas de frente, ir a buscar la verdad y sacarla. Y la ropa sucia no se lava en casa, sino se lava afuera, y se pone al sol, y se abre, y se pone para que se vaya todo lo malo.
[Camila]: Sus hermanos no reaccionaron bien. Según Mónica, pensaban que era injusto tener que pagar.
[Mónica]: Lo que les preocupaba era lo que eso podría costar.
[Camila]: Pero no solo era la plata, sino la reputación, el nombre de la familia, lo que angustiaba a sus hermanos.
[Mónica]: Eso es lo que les da vergüenza: que los vecinos se enteren. ¡Como si no se hubieran enterado! Allí está la niña zarrapastrosa, eh… maltratada, golpeada, siempre en harapos. Que no estudia, que no… que no tiene atención médica, que se le están pudriendo los dientes. Todo el mundo vio eso.
[Camila]: Después de toda la reacción negativa de sus hermanos, y dado que ya era evidente que ni Vitaliano ni Eunice iban a responder al reclamo de la carta, Mónica le preguntó a Nohemí si quería que pusieran una tutela.
La tutela es un mecanismo legal que pretende garantizar la protección judicial inmediata de los derechos fundamentales. La palabra clave aquí es “inmediata” por lo que normalmente hay un tema de prescripción, es decir, del tiempo que puede pasar desde que se vulneran los derechos.
Cuando Mónica le preguntó, Nohemí dijo:
[Nohemí]: “Pero nena, y ¿qué?… ¿o qué?… o sea, yo no tengo ni idea de eso”. Dijo: “No, tú no te preocupes por nada de eso”.
[Mónica]: Y… Y ya, teniendo mi testimonio y mi… y mi colaboración, ya… ya es otra cosa. Me dijo: “Si tú me ayudas, pues claro que sí, yo los denuncio”. Yo le dije: “Yo creo que sí deberías hacerlo, y eso es lo que te ofrezco: que yo te apoyo”.
[Camila]: Mónica contactó a varios abogados que rechazaron el caso.
[Mónica]: Por lo que la historia, pues, era tan vieja. Pero entonces me pareció evidente que no… no era una historia vieja —lo que… lo que le hicieron sí, de robársela, pues, y… y esclavizarla, y maltratarla, eso es viejo—, pero lo que le siguen haciendo hoy, eso es un derecho fundamental que le están violando: es el derecho a conocer la verdad.
[Camila]: La verdad a la que se refiere Mónica es a la verdad de la historia de Nohemí, de su identidad, de sus orígenes. Es un poco confuso, pero intentaré explicarlo de la manera más clara posible.
Los Sánchez siempre le contaron que un tío de ella había mediado para que su mamá se la entregara en adopción a Vitaliano. Pero el único documento de esta presunta adopción lo encontró Nohemí en la casa de los Sánchez. Y a pesar de que aparece ahí la que creemos es su mamá —una mujer llamada Rosario Arias— entregándola a la abuela de Mónica, el papel no está firmado por la mamá, sino por el tío. Y la niña que figura ahí, ni siquiera se llama Nohemí.
[Camila]: Cuando Nohemí tenía como 23 años se fue para su pueblo, y con este documento, con el nombre de su mamá que aparecía ahí, fue capaz de encontrar en la iglesia su partida de bautismo.
[Nohemí]: Cuando encuentro la partida de bautismo, oh sorpresa que mi nombre no es Nohemí por ningún lado, sino María Arias.
[Camila]: Mónica se sentía obligada a ayudar a Nohemí a descifrar su historia, así que siguió insistiendo por todos los lados posibles. Se metió a Internet, sacó un modelo de tutela, y se encargó de hacer ella misma un borrador. Un poco después dió con una abogada, Ximena Castillo, que, cuando vió la tutela que había escrito Mónica, no dudó en tomar el caso. Corrigió lo que había hecho Mónica y la radicó. Esta es Ximena:
[Ximena Castillo]: No pretendíamos revivir términos judicialmente fenecidos por el delito de tortura, de violación, de tráfico de personas. Sino reivindicar a Nohemí como un ser humano con derecho a una identidad y a una familia, al igual que sus hijas. Es decir, porque Noemí no termina en Nohemí, Nohemí sigue y las hijas de Nohemí también tienen derecho a saber de dónde vienen.
[Camila]: Pasaron la tutela a un juez municipal. Nohemí, Vitaliano y Eunice declararon. La abogada me contó que estuvo presente sólo en la declaración de Vitaliano.
[Ximena]: Y Vitaliano no tiene ninguna aceptación de esos hechos, ni ningún asomo de arrepentimiento.
[Camila]: Traté de hablar con Vitaliano, con Eunice o con alguno de los hermanos de Mónica, pero me dijeron que su abogado preferiría que no dieran declaraciones.
En los testimonios que dieron Eunice y Vitaliano a la corte, la frase “obra de caridad” se repite varias veces. Eunice declara que no la puso de empleada porque —y abro comillas— “¿quién pone a una niña de 5 o 6 años o 7 a manejar una estufa de gas para que estalle?” —cierro comillas—. Y cuando a Eunice le preguntan cómo disciplinaba a Nohemí, dice: «Como castigaba a mis hijos: una palmada, un zangoloteado en el brazo”.
Cuando le preguntan a Vitaliano cómo eran las condiciones de Nohemí en su casa, responde: “A ella se le consideraba una empleada del servicio, no empleada, sino pues alguien especial que estaba criándose con nosotros».
Así se defendieron los Sánchez, y, en esta primera tutela, ganaron. El juez dijo que los delitos ya habían prescrito.
Nohemí apeló y volvió a perder en un juzgado superior, en donde se argumentó que su demora en reclamar demostraba su falta de urgencia a la hora de amparar sus derechos. Ximena me explicó estos fallos en los siguientes términos:
[Ximena]: Hubo un problema de… de apego a la formalidad y de pereza de los funcionarios judiciales que tuvieron, eh, el caso bajo su conocimiento.
Hubo… abulia, indolencia, como suele suceder en este país, donde es frecuente que la ley sea para los de ruana. Pero no para favorecerlos, sino para discriminarlos.
[Camila]: La abogada presentó una insistencia y esta pasó a la Corte Constitucional, la cual, el 12 de diciembre del 2012, le dió la razón a Nohemí.
La corte ordenó que Vitaliano y Eunice tienen que indemnizar a Nohemí con plata. Pero además, le ordenó al Ministerio del Interior encargarse de buscar a la familia de Nohemí y actuar para evitar que esto ocurra con otros menores de edad.
El fallo de la corte fue noticia en todos los medios colombianos…
(SOUNDBITE DE NOTICIEROS)
[Periodista]: La Corte Constitucional condenó a una familia de Anzoátegui, Tolima, a decirle…
[Periodista]: Esclavitud en pleno siglo 21. Mucha atención, porque la Corte Constitucional ordenó…
[Periodista]: El Ministerio del Interior deberá encontrar a los padres de una mujer que desde los 6 años de edad fue sacada de su hogar en Anzoátegui, Tolima, y esclavizada por una familia…
[Camila]: Pero es que, aunque trágica e indignante, la historia de Nohemí es mucho más común de lo que quisiéramos creer. Solo en Colombia, hay 750 mil personas que trabajan como empleadas del servicio doméstico, y todos los días se reciben cientos de denuncias de abuso de todo tipo.
En este contexto, las acusaciones de Nohemí tal vez no sean demasiado sorprendentes. Lo sorprendente es el tipo de fallo que hizo la corte que muchos describieron como “histórico” por la forma como supera el obstáculo de la prescripción.
Unos días después del veredicto, los hermanos de Mónica sacaron un comunicado en el que dicen que, para ellos, “las acusaciones no tienen sentido alguno”, y que “esta situación resulta terriblemente dolorosa por sus orígenes y consecuencias”, ya que se ven “en la desagradable obligación de tener que sacarla a la luz pública “. Y añaden que el “origen real de todas estas acusaciones es la brillante capacidad intelectual, elocuencia, y, al mismo tiempo, graves problemas mentales de nuestra hermana Mónica».
Ximena, la abogada, responde así:
[Ximena]: Pues a mí me encantaría que en Colombia hubiese varios enfermos mentales como Mónica. Personas tan inteligentes, tan solidarias y tan valientes. Y con tanto sentido de su responsabilidad. Me encantaría que este fuera un país lleno de ese estilo de mentes.
[Camila]: Ahora a Nohemí le queda esperar el resultado que dé el juez en una corte civil del monto con el cual será indemnizada. Y sin duda, para una mujer en su situación, ese dinero puede llegar a cambiar su vida. Pero hay algo aún más emocionante:
[Nohemí]: [Llorando] O sea, yo como quisiera tener acá a mi mamá y abrazarla, y tenerla aquí acostada y darle mucho besitos y quererla, y a mí sí me gustaría encontrarla. Me encantaría encontrarla y trae… si ella de pronto estuviera así en mala situación o algo. No importa lo que haya pasado, ¿ya… ya qué?… ¿Ya qué importa? Pero como me encantaría tenerla, tener un hermano. O sea, la sangre mía.
[Camila]: Y es que, en últimas, el caso legal de Nohemí se trató de eso, de una niña que nunca tuvo la oportunidad de conocer a su mamá, de saber nada sobre su familia biológica. Y ahora, con ese reporte que deben darle los del Ministerio del Interior, tal vez, algún día no tan lejano, podrá saber algo sobre su historia.
[Daniel A.]: Nohemí —con la ayuda del Ministerio del Interior— logró dar con el paradero de su mamá biológica. Se conocieron en agosto del 2014. Lastimosamente, el encuentro no fue lo que ella había esperado. Y no siguieron en contacto.
Según una orden judicial, la familia Sánchez debía pagarle una indemnización a Nohemí, pero hoy, más de 10 años después, ese dinero aún no le ha llegado.
Después de la pausa, la última historia.
[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. La última historia que les traemos hoy en esta antología es un poco diferente a lo que siempre hacemos pues, después de la introducción, sólo oirán una voz: la del protagonista. Se llama Christian Martínez. Aquí los dejo con Instrumentos de guerra.
[Christian Martinez]: Nosotros estábamos acostumbrados a viajar mucho y siempre habían retenes militares por parte de la guerrilla, por parte del ejército nacional, por parte de los paramilitares. Pero siempre que nos detenían, nosotros decíamos que éramos músicos, y ellos nos dejaban pasar. Pero ese día fue diferente.
[Daniel A.]: Este es Christian Martínez. Cuando tenía 21 años tocaba como bajista en la orquesta tropical de su pueblo natal Aguachica, a unos 600 km al norte de Bogotá. La orquesta tenía 16 músicos y tocaban en fiestas por toda la zona. En esa época – estamos hablando del 2003 – la guerra entre el ejército colombiano, la guerrilla y los paramilitares seguía en pleno auge.
Un día la banda de Christian fue a tocar a las fiestas patronales de un pueblo en las montañas a cinco horas de Aguachica. La fiesta terminó a eso de la una de la mañana, y todo un éxito. Apenas se acabó, se montaron en el bus para volver. Pero no llegarían esa madrugada. Algo pasó.
[Christian Martinez]: Nos pusimos de acuerdo y prometimos que esto tenía que quedar entre nosotros. Que nunca podíamos hablar de esto.
[Daniel A.]: Bienvenidos a Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Hoy, Instrumentos de guerra. Recuerden: estamos en el norte de Colombia, en una carretera solitaria, a la una de la mañana. Aquí Christian.
[Christian Martinez]: Yo estaba cansado del viaje, del toque. Muchos compañeros ya estaban durmiendo. Otros estaban todavía despiertos, pero las luces del bus estaban apagadas. Y a mitad de camino, después de un par de horas, el bus se detuvo.
Yo entre dormido escuché las voces de unas personas que se montaron al bus. Esas personas eran uniformados, que estaban con armas, y dijeron que eran de la guerrilla, que eran del Ejército de Liberación Nacional, el ELN. Y nos estaban pidiendo identificación.
Y ellos dijeron, “bueno, bájense del bus, porque esto es una requisa.” Ahí fue cuando yo me puse más nervioso, porque anteriormente solamente nos pedían la identificación y pasábamos.
[Christian Martinez]: Pero esta vez nos hicieron bajar del bus, poner las manos en alto, nos requisaron los cuerpos, requisaron dentro del bus, requisaron los instrumentos.Entonces las cosas se veían más complicadas de lo que yo pensaba.
Y yo pues estaba pensando en que no tenía que haber ningún problema porque yo sabía que nosotros no portábamos ningún arma, no teníamos drogas, solamente los instrumentos.
Después que nos requisaron ellos dijeron, “Ahora súbanse al bus porque ustedes tienen que ir con nosotros”.
Ahí fue cuando yo sentí que el mundo se me había hundido porque eso sonaba prácticamente a un secuestro.
[Christian Martinez]: Mis manos se me colocaron frías. Todos estábamos súper pálidos. Nos subimos al bus y nos dijeron que nos teníamos que cubrir los ojos, que nos colocáramos unas camisas, camisetas, cualquier cosa, para que no viéramos el camino donde íbamos a ir.
Yo escuchaba a mis compañeros orando en voz alta, todos estábamos prácticamente que llorábamos, que nos hacíamos en los pantalones. Yo creo que el bus se tuvo que haber desviado por otra vía, porque cuando el bus se detuvo después de unos 30 minutos de camino, estábamos prácticamente en la selva.
[Christian Martinez]: El bus se detuvo, nos hicieron quitar las camisetas de los ojos y nos dijeron, “Bueno, ahora prepárense porque tienen que caminar. Tienen que caminar por el monte con nosotros, y tienen que traer sus instrumentos”.
Y yo pense, “¿Qué?”. Y allí fue cuando ellos nos dijeron que su comandante estaba de cumpleaños y nosotros teníamos que tocar la fiesta.
Por un lado me alegraba escuchar que estábamos siendo secuestrados solamente para tocar. Pero a su vez, todavía seguíamos secuestrados.
[Christian Martinez]: Empezamos a bajar los instrumentos del bus, pero luego surgió otro problema: si estábamos en la oscuridad, en lo alto de la montaña, ¿cómo hijuemadres íbamos a cargar todas las cosas? Y allí fue cuando escuche a unos guerrilleros decir, “Hey, pásame el tambor que yo lo llevo”. Entonces con el arma a un lado empezaron a cargar las congas, los platillos etc, y nosotros los seguíamos.
Todos caminamos en una fila. Estaba haciendo frío y no había luz, en lo absoluto. Solamente un guerrillero que nos estaba liderando con una linterna.
[Christian Martinez]: Caminamos por el monte como aproximadamente unos 20, 25 minutos, cuando a la distancia se alcanzaba a escuchar la música. Y cada vez que nos acercábamos más pues se escuchaban las voces y se veía un poco de luz. Hasta que finalmente llegábamos al campamento.
El campamento era una finca. Había una fiesta con comida, porque estaban hasta cocinando sancocho, se alcanzaba a oler la sopa de pollo.
[Christian Martinez]: La fiesta estaba pues amplificada con sonido. Tenían hasta parlantes y micrófonos y un mixer. Tenían preparado ya el lugar donde íbamos a tocar y nosotros nos dirigimos directamente a ese lugar, afinamos los instrumentos, conectamos los instrumentos y nos dedicamos a tocar.
[Christian Martinez]: Queríamos hacer un buen show porque queríamos que estuviesen contentos con nosotros. No queríamos ponerlos de mal genio porque sabíamos que nuestras vidas estaban en sus manos.
Cuando empezamos a tocar, nosotros estábamos disimulando el temor. Estábamos pretendiendo que estábamos bien, pero estábamos muy mal.
Yo me sentía súper nervioso, las manos frías, sudando frío, pálido. Un compañero estaba que se vomitaba del susto. Fue como una pesadilla.
Pero empezamos a tocar y algo pasó.
[Christian Martinez]: La gente empezó a disfrutar de nuestra música y empezó a bailar y a sonreír. Y nosotros nos miramos y empezamos a sonreír también por primera vez. Se nos olvidó dónde estábamos, con quiénes estábamos, qué tan mal nuestra noche había sido y por un momento empezamos a disfrutar el instante.
Todo estaba muy bien, cuando se escucharon los disparos… ¡Papapapa!
[Christian Martinez]: ¡Wow! Muchacho, cuando yo escuche esos tiros yo lo que quise fue tirar ese bajo para el cielo y empezar a correr. Pero yo no pude porque así me quedé yo, congelado; y muchos de los músicos de la banda también se quedaron pasmados. Unos se agacharon, y yo lo primero que pensé fue que el ejército se metió. Fue una emboscada del ejército y estábamos en medio de la balacera, y nos iban a matar acá. “¡Nos mataron!” dije yo.
Pero no, lo que había pasado era que un guerrillero que estaba bailando borracho agarró su arma y empezó a hacer tiros al aire, así de locura.
[Christian Martinez]: Nosotros ya no queríamos seguir tocando porque ya la cosa estaba fea. La verdad es que todo fue una experiencia muy extraña. Ellos tenían las armas y ellos nos hacían hacer lo que ellos quisieran. Pero a su vez ellos nos estaban tratando como invitados; nos ofrecieron comida, nos ofrecieron licor – hasta nos pagaron dinero después que tocáramos el toque. Entonces fue como dormir con el enemigo.
[Christian Martinez]: Entonces cuando estábamos comiendo aprovechamos la oportunidad de hablar para preguntarle a nuestro director qué estaba pasando. Y el director nos dijo que no nos preocupáramos, que ellos estaban contentos, que solamente querían que siguiéramos tocando y que posiblemente después de una tanda nos podíamos ir.
[Christian Martinez]: Un compañero de la banda se le ocurrió la idea de que empezáramos a tocar, después de comer, canciones no tan alegres, como más aburridoras, para que ellos se sentaran, para formar un ambiente así pesado y los guerrilleros empezaran a darle sueño y a sentarse y nos dejaran ir.
Nos montamos a la tarima y empezamos a tocar esas canciones. El plan estaba funcionando. Yo veía a la gente así como acatada, como que ya no querían bailar, como que los borrachos se empezaron a sentar.
Después de seguir tocando un par de canciones más, nuestro director nos dijo que paráramos, que ya no teníamos que seguir tocando más, que ellos querían seguir escuchando otra música de la que ellos tenían en CD. Entonces dejamos de tocar, empezamos a empacar los instrumentos, y a retirarnos.
Caminamos el mismo recorrido. Todavía estaba oscuro, pero el cielo se veía como amaneciendo un poco. Yo escuchaba los cantos de los pájaros en los árboles y no se oía casi nada más, todos estábamos con un silencio profundo. Yo creo que la gente estaba orando. Fue como un momento como de reflexión, para serte sincero. Solamente caminamos y después de unos 30 minutos llegamos al lugar donde estaba el bus.
Nos montamos al bus, montamos los instrumentos y nos fuimos.
Ya después de que estábamos relativamente lejos de esa zona fue cuando todos empezamos a gritar y a reírnos y a decir, “¡somos libres! ¡somos libres!” Fue un momento de alegría que nos dimos cuenta que gracias a Dios habíamos salido sanos y salvos, que estuvimos muy cerca de estar conversando, comiendo y tomando con la muerte.
Y el director nos dijo que teníamos que prometer que lo que había pasado tenía que quedarse allí, que esto no podíamos hablarlo ni comentarlo con nadie más en nuestras casas o nuestros amigos.
Donde nosotros vivíamos, nuestro pueblo, había más presencia paramilitar que guerrillera, y los paramilitares eran los enemigos de la guerrilla. Entonces si los paramilitares escuchaban que nosotros habíamos estado tocando para la guerrilla ellos iban a pensar que nosotros éramos guerrilleros, o que éramos colaboradores de la guerrilla, y nos iban a tratar como guerrilleros. Nos podían hacer daño, nos podían matar. Entonces todos pues nos pusimos de acuerdo, y prometimos que esto tenía que quedar entre nosotros. Que nunca podíamos hablar de esto a nadie más.
[Christian Martinez]: Sin embargo, después de muchos años ahora quiero hablar de esto por muchas razones. Quiero compartir mi historia porque quiero que la gente que esté por fuera del país sepa que la mayoría de los Colombianos, como yo, no quieren ser parte de este conflicto. No elegimos patrocinar a ninguna de las partes involucradas, pero aún así estamos bloqueados en el medio de esta guerra. Y por ese motivo, vivimos con el miedo de hablar, porque hablar en contra de la guerrilla, los paramilitares, o en contra de la corrupción gubernamental, presenta un gran peligro para todos nosotros. Estoy cansado de esta situación. Y estoy cansado de que seamos silenciados por el miedo.
[Daniel Alarcón]: Christian Martínez sigue tocando música y ahora vive en los Estados Unidos. La canción que están escuchando se llama “Muerte” y la compuso él.
Una versión en inglés de esta historia salió originalmente en uno de nuestros podcasts favoritos: Snap Judgment. La productora, Nancy López, formó parte del equipo cuando lanzamos Radio Ambulante hace ya más de una década. Ahora es productora senior en Snap Judgment. ¡Muchas gracias, Nancy! Y gracias a Glynn Washington, el productor ejecutivo de Snap. En nuestra página pueden encontrar un enlace a la historia en inglés.
Esta versión en español fue producida por la periodista de radio independiente Jennifer Dunn, que también es la esposa de Christian. La historia fue mezclada por Martina Castro y Andrés Azpiri, y editada por Camila Segura, Silvia Viñas, Martina y yo.
El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Emilia Erbetta, Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Sara Selva Ortiz, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, Juan Pablo Santos, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas, Franklin Villavicencio y Mariana Zúñiga.
Carolina Guerrero es la CEO.
Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Studios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.
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