La ciudad de la memoria y otras historias del Perú | Transcripción

La ciudad de la memoria y otras historias del Perú | Transcripción

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Este podcast es propiedad de Radio Ambulante Studios. Cualquier copia, distribución o adaptación está expresamente prohibida sin previa autorización.

[Daniel A.]: Esto es Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón. 

Mi padre, Renato, nació en Arequipa, en el Perú. Ahí se crió hasta los 20 años. Eso fue antes de mudarse a Lima a estudiar el tercer año de medicina, antes de conocer a mi mamá, antes de emigrar con mis hermanas y yo a Estados Unidos. Y se pueden decir dos verdades aparentemente contradictorias sobre él y su relación con Arequipa. Se contradicen, pero al mismo tiempo son ciertas. Primero: que no ha vuelto a vivir en Arequipa desde que se mudó a Lima en el año 1962. Y segundo: que, en cierto sentido, nunca se ha ido de su ciudad natal. 

Me explico. De niños, creciendo en un suburbio gringo en el estado de Alabama, muy lejos de Arequipa, mis hermanas y yo aprendimos a usar palabras arequipeñas que no aparecen en ningún diccionario. Por ejemplo: arreconchúmense, nos decía mi padre, para que los niños le abrieramos espacio en el sofá. Si algo se rompía, se descuajeringaba. Si quería asegurarse de que comprendía, me preguntaba ¿entendikichu

Y bueno, mis hermanas y yo aprendimos el himno de la I, el Colegio Nacional de la Independencia Americana, donde terminó la secundaria. 

También aprendimos los nombres de sus tres volcanes emblemáticos de Arequipa: el Chachani, el Pichu Pichu, y por supuesto el legendario Misti. No es por nada que se nace al pie de un volcán, dijo un intelectual arequipeño en 1891, una frase que nosotros, un siglo después, memorizamos. Crecimos seguros de que la pregunta, ¿cuál es la ciudad más bella del mundo?, tenía solo una posible respuesta: Arequipa. Es decir, la distancia geográfica de un lugar a otro se puede medir en kilómetros o en miles de kilómetros. Pero esa cifra no tiene nada que ver con la cercanía emocional, que puede ser tan potente que se logra transmitir, incluso a través de las generaciones. Uno recibe recuerdos tan nítidos, tan especiales, que hasta cree haberlos vivido.

De niños íbamos cada vez que se podía, y de adulto también he visitado para ver a familiares, pero sin la regularidad con la que vuelve mi viejo, claro. Para él, es como si volver a ver el Misti una vez al año, por lo menos, fuera algo necesario para su bienestar. 

Todo esto es un preámbulo, para contarles lo que pasó hace unos pocos meses cuando fui a Arequipa con mi familia, y coincidimos con mi padre. Una tarde, mientras Carolina y Eliseo descansaban, le propuse a mi viejo caminar hacia su viejo barrio, Miraflores, a buscar la casa donde creció. Desde nuestro hotel en el centro no era tan lejos, una media hora a pie, quizás, y la idea le gustó. Caminamos lento, observando cada esquina, y él me hablaba de su infancia y adolescencia, de sus amigos, de las rutas que tomaba al estadio, a su colegio, a la iglesia. Las calles donde jugaba fútbol, las casas de sus primos, de sus primeras novias. Se le notaba la emoción en su voz porque, claro, detrás de la ciudad de hoy, esa ciudad que cualquiera puede ver, está otra ciudad, escondida y casi invisible. La ciudad de la memoria, en la que algunos seres privilegiados todavía alcanzan a distinguir sus recuerdos. 

Entonces, pasamos por la calle Tarapacá, por la avenida San Martín. Llegamos al Parque Mayta Capac, que cruzamos en diagonal. Es importante notar que este parque no existía cuando mi viejo nació, y él recuerda cuando se plantaron los árboles, flaquitos y débiles. Ahora son grandes y frondosos. Finalmente, llegamos hasta la calle Jorge Chávez, hasta el número de la que era su casa. No se parecía la casa de sus recuerdos, me dijo, pero pasan los años, y pasan las décadas, y por supuesto que uno se olvida de los detalles. No lo veía tan convencido, pero nos tomamos la foto igual, contentos por haber logrado la meta. Habíamos encontrado la calle y el número que él recordaba. Y ya. Pero en vez de regresarnos por donde vinimos, le propuse seguir hasta la siguiente esquina, y voltear por ahí, hacia el centro. 

Así que seguimos caminando y ahí, a mitad de cuadra, cambió todo. Por casualidad o suerte o destino, no lo sé, pero mientras caminábamos, mi viejo me contó que la reja de su casa tenía inscritas las letras R. G. Las iniciales de su mamá. De mi abuela. Rosa Guzmán. Y mientras me lo contaba, ambos mirábamos las rejas de las casas vecinas. Y de pronto las vimos: tres casas más allá, las letras R. G. grabadas, en una reja oxidada. 

Nos emocionamos. Nos acercamos rápido, curiosos, dispuestos a tomar fotos de la fachada, y me di cuenta de que, a solo unos metros, había un hombre, que nos miraba extrañadísimo. Tenía unas llaves en la mano, y estábamos parados delante de la reja, claramente su reja… La casa de mi padre, pero con un número diferente.

Ahora sabemos que la confusión fue porque, hace unos años, cambiaron la numeración de las casas de la calle Jorge Chávez. Por eso era que la casa que llevaba el número que mi viejo recordaba no cuadraba con la casa de su memoria. 

Entonces, el señor se acercó, un poco confundido, como quiénes son estos tipos, y de una le pregunté si era el dueño. Me dijo que sí. Que sus padres habían comprado la casa a finales de los años 80, cuando él era niño, y había vivido ahí desde entonces. Mi padre no podía creer la coincidencia. Y yo tampoco. Pero no lo dudé. Inmediatamente expliqué quién era mi padre, y ahí, con demasiada confianza, le pregunté si podíamos entrar. Nos miró un poco raro, pero luego creo que vio nuestras caras llenas de emoción y decidió confiar. Nos dejó pasar.

[Papá de Daniel]: ¿Así que usted conoció a mi hermana Vilma? 

[Dueño]: Sí. Ella es [ininteligible] Y también justo mi mamá le llamó porque falta no sé qué, qué cosas de…

[Daniel A.]: Para entonces ya estaba grabando con mi teléfono. El hombre nos abrió la puerta. 

[Papá de Daniel]: Mira esto. Es típica de la puertecita. 

[Daniel A.]: Sí.

[Papá de Daniel]: Déjame decir esto. En mi tiempo, esta era la sala. 

[Dueño]: Sí, esta era nuestra sala también era. Sí, sí, sí. Este es el dormitorio de mis papás. 

[Papá de Daniel]:  Y este era el dormitorio no me acuerdo que era en mi época. 

[Daniel A.]: Es una casa de cuatro cuartos, y un patio central, chiquito bajo un solar. Se le nota el paso de los años, todo con una capa de polvo, los pisos gastados. Parte de la casa ya no se usa, nos explicó el dueño, porque se inundó. Parece que el techo se cayó con las últimas lluvias. 

[Papá de Daniel]: Este era el hall… 

[Dueño]: Pero le cambió los vidrios para que no entre el agua. Porque entraba. 

[Daniel A.]: Claro. 

[Daniel A.]: Mi papá, incapaz de contener su emoción, examinaba cada esquina y detalle de esa casa tan golpeada por el tiempo como si fuese el palacio de Versalles. Totalmente maravillado. Cada rincón traía un recuerdo. 

[Papá de Daniel]: Aquí era… la llamábamos despensa porque poníamos cosas ahí para…. 

[Dueño]: Yo también lo tengo como para guardar. Ahí vivía mi abuelito. Un tiempo.

[Papá de Daniel]: Después, al fondo de la cocina. Ajá. Y luego el patio. ¿El patio está?

[Dueño]: La huerta.

[Papá de Daniel]: Ah, ahora es huerta.

[Daniel A.]:  Y todo fue más significativo porque aunque la casa ha resistido durante años, si volvemos en 4 o 5 años, es probable que no la encontremos ahí. O sea incluso en esta visita, casi no la encontramos, claro.

[Daniel A.]: Con la rapidez en la que Arequipa –como muchas otras ciudades de Latinoamérica– está cambiando, no me extrañaría que pronto el dueño venda la propiedad para que se construya un edificio de apartamentos… Y ese lugar que fue el escenario de décadas de recuerdos ya no exista. 

Terminamos la visita en el patio, la huerta… Un área grande al aire libre.

[Papá de Daniel]: Mira, wow. 

[Dueño]: La huerta. 

[Papá de Daniel]: Esto ha cambiado totalmente. 

[Papá de Daniel]: ¿Pero ya sabes cómo era esto, Daniel?

[Daniel A.]: ¿Cómo? 

[Papá de Daniel]: Tierra. Todo tierra. Y ahí había un hueco. Un huecazo.

[Daniel A.]:  Ese día, el pasto y las plantas se habían apoderado de la huerta. Me imaginé de inmediato a mi papá jugando con sus hermanos, mi tía Vilma, mi tío Javier. Parado ahí, mi papá miraba todo a su alrededor y sonreía. Sonreía como si hubiese vuelto a casa después de un largo viaje. Me pidió que le tomara una foto con el dueño, a quien nos habíamos olvidado de preguntarle el nombre por la emoción. Se llama Juan Carlos. Luego, nos despedimos. De Juan Carlos y de la casa… 

Y nada. Les cuento esto como invitación, porque reencontrarse con el pasado, aunque sea por unos minutos, puede ser una fuente infinita de alegría en un mundo incierto y en cambio constante.

Estas últimas semanas en Radio Ambulante hemos estado haciendo justamente eso. Reencontrarnos con nuestro pasado. Llevamos 15 años contando historias, cientos de episodios… Y aunque siempre miramos hacia adelante, visitar las primeras historias de este proyecto, nuestro nacimiento y primeros pasos, también es importante. Nos da perspectiva, nos recuerda cuánto hemos caminado. 

Entonces, hoy nos quedamos en Perú y les traemos tres historias que esperamos que les guste. Y en estos momentos nos vamos al inicio. La primera historia que produjimos. Los Polizones.

[Daniel A.]: Y empieza con este hombre.

[Mayer]: Mi nombre es Mayer.

[Daniel A.]: Fue en agosto del año 2011, en un gimnasio en Los Ángeles, donde conocí a Mayer Olórtegui. Tiene 73 años y practica boxeo tres veces por semana. Se le nota. Es bajo, fuerte, musculoso a pesar de su edad, de sonrisa fácil y un toque vanidoso. La verdad es que Mayer es un luchador en todo el sentido de la palabra. De niño, su lucha fue por la supervivencia en las calles del Callao, en Perú. Así fue como conoció a su mejor amigo Mario.

Mario le enseñó a Mayer a robarse puñados de arroz en las mangas de la camisa. Se iban juntos al puerto a limpiar barcos de pesca, ganándose 10 centavos por barco y alguito de comer. Era una vida dura. De niños desafiaron el hambre, pero de grandes les tocó desafiar la muerte. Nancy López les va a contar la historia de estos dos amigos y la aventura que marcaría sus vidas.

[Nancy López]: Es una tarde calurosa en el Callao, 1959. Dos amigos se vuelven a encontrar después de varios años. Mayer, de 18, era estibador y ya había cruzado el Atlántico un sinfín de veces. Su amigo Mario, de 25, nunca había salido del barrio humilde donde ambos crecieron. Después de los abrazos se ponen al día. Mario escucha las aventuras de Mayer atentamente. Y se anima a hacerle una propuesta.

[Mayer]:  “Ey, allá hay un barco que va a salir”, me dice, “¿porqué no nos vamos ahí escondidos en el barco?” Yo le dije, “No, me da miedo”. Me dijo, “Vamos, yo conozco”. Entonces yo me animé

[Nancy López]: Esta historia me la cuenta Mayer en una de sus siete tiendas en Los Ángeles. Esta rodeado de vestidos de quinceañera de todos los colores. Y aunque han pasado más de cincuenta años desde ese viaje, lo recuerda como si fuera ayer.

[Nancy López]: Mayer se sienta detrás del mostrador, toma una hoja de papel color rosita que está ahí a la mano, agacha la cabeza y empieza a dibujarme un mapa. La ruta hacia el norte que los llevaría a Estados Unidos.

[Mayer]:  Ok, Callao…Para acá Nueva York. Aquí. New York aquí.

[Nancy López]: El barco salía de Perú para Nueva York, subiendo por la costa de Ecuador, Colombia, cruzando el Canal de Panamá por el Golfo de México hasta al Atlántico. Mayer, que ya había navegado esa ruta, calculó que serían unos 13 días.

[Mayer]:  Trece días. Eso es lo que yo tenía pensado. Y nos preparamos. Preparamos conservas de tuna, preparamos agua, preparamos pastillas para el dolor de cabeza, medicina, otras cosas, un cuchillo grande llevamos, llevamos una flashlight también…y nos subimos…

[Nancy López]: La noche antes de que partiera el barco…se escondieron en la última bodega.

[Mayer]:  Tu sabes que el barco tiene unos hoyos que de ahí ponen una soga que esta en el muelle, está amarrado. Entonces nos subimos por aquí, por la soga. Y ahí nos quedamos.

[Nancy López]: Al día siguiente, el barco emprendió su camino. [Sonido de barco] Llevaba toneladas de carga de fruta, de verdura. Llevaba 200 estibadores de más de una docena de países…y dos jóvenes peruanos, bien escondiditos en la última bodega. Mayer y su amigo Mario, cada quien acostado, agarrado de una tabla de madera, en la oscuridad total.

[Mayer]: No se veía nada, no más que el flashlight lo usábamos para comer, para mirarnos, para preguntarnos cosas y la apagábamos y así. Y sentíamos siempre el pun pun de la mar, ¿no?, y el movimiento del barco, pues, pun pun pun pun pun. Eso siempre lo sentíamos.

[Nancy López]: De vez en cuando platicaban, de la incomodidad del viaje, del sacrificio. Pero a fin de cuentas eran dos amigos pasando una aventura juntos. Si bien era difícil, no era imposible. O por lo menos así lo veían. Después de una semana, la oscuridad y el movimiento del barco se volvieron insoportables.

[Mayer]: Estás sintiendo los golpes, ¡pa, pa! El barco se levanta así. Hay oleajes de 40 pies de alto que tapan el barco, ¿me entiendes? El barco a veces sube así, así y así y después cae, pun, pun, así…Todo es oleaje, todo es ruido, pues no se sabe ni los días que uno está ahí. Porque no puedes ver la luz del día. Solamente ves oscuro. Es horrible, es horrible…Muchas veces llorábamos también.

[Nancy López]: Y así pasaron trece días.

[Mayer]: Ya no teníamos comida. Entonces ahí empezamos a buscar en las cargas: manzanas, melones, sandías.

Nancy López: Pero algo no cuajaba. Si habían pasado los trece días, deberían estar ya en Nueva York. A la incomodidad del viaje se suma una incertidumbre aterradora. Y es así que un viaje difícil se convierte en una verdadera tortura.

[Mayer]: Mi amigo me pregunta, “¿Dónde estamos?”, como estamos en la última bodega, yo le dije, “Panamá”, ¿no?, porque yo pensé que el barco había ido así. Dije, “Yo creo que es Panamá, pero tal vez Colombia”. Yo le dije, “Pues ey, no sé, no sé, no sé qué cosa ha hecho el barco”. Solamente tratábamos de sobrevivir.

[Nancy López]: Sobrevivir, y no perder la esperanza. Pero poco a poco el cuerpo les iba fallando. Siempre sentados, con la espalda contra la pared, les dolía todo, los pies, las piernas, la espina dorsal. Apenas se podían mover. Llegó un momento en que Mario ya no podía pararse.

[Mayer]: Entonces yo le traía la comida a él. Y tienes que sentir así a tu amigo es horrible, horrible.

[Nancy López]: Poco después cayó Mayer.

[Mayer]: Ya faltando yo pienso unos cuatro días ya no podía subir para allá para la otra bodega a sacar, traer comida. Me sentía bien débil.

[Nancy López]: No había más que hacer sino esperar.

[Mayer]: Mi amigo me decía, ya que nos agarren, que nos boten, que hagan cualquier cosa con nosotros. Yo le decía, no Mario, ten fé. Ya de ahí solamente sentimos que el barco se paró.

[Mayer]: Yo agarré el cuchillo porque yo pensé que todavía estábamos navegando, que nos podían botar a la mar. Entonces los que nos alumbraron nos dijeron, “No, no, no, no, no”. Ahí nos preguntaron de donde veníamos… Yo le dije al hombre, y al hombre le salió las lágrimas…

[Nancy López]: Había un estibador griego que hablaba algo de español. Le pregunto a Mayer la fecha que se subieron al barco.

[Mayer]: Él fue a averiguar con los oficiales de ahí, él vino, él nos dijo, “El barco salió del Callao esa fecha, se fue para Chile, no fue para Panamá, fue para Chile, después volvió al Callao, de Callao ya vino para acá ya regular”, me dice.

[Nancy López]: O sea que el viaje no fue de 13 días, ni de 15, ni de 20.

[Mayer]: 26 días nos dijo el griego.

[Nancy López]: 26 días de hambre, de oscuridad, de miedo, pero llegaron, vivos, finalmente a Nueva York. Los estibadores los limpiaron a manguerazos y les dieron de comer. A las 5 de la tarde, los sacaron del puerto escondidos en unos vagones. A Mayer le dolía todo. Pero Mario estaba peor. Él apenas podía caminar.

[Mayer]: Nos dejaron en una esquina en la calle que se llama Columbus, Columbus and 26th. Y nos pusieron cinco dólares en la bolsa a cada uno. “Buena suerte”.

[Nancy López]: Horas después de salir del puerto, Mayer y su amigo Mario se encuentran en el vestíbulo de un edificio en Brooklyn, tomando sopa con las manos. Una señora les ha dado un par de suéteres de mujer para que se abriguen, y no saben qué hacer. Hasta que Mario tiene una idea, otra propuesta… que sin querer… le marcaría la vida a Mayer.

[Mayer]: Hacemos una cosa, me dice, “Miras la puerta, ¿para dónde te quieres ir, para la derecha o para la izquierda? Yo le digo, no sé Mario. Me dijo, yo me voy para la izquierda y tu te vas para la derecha. Algún día nos vemos, me dijo. Tu sabes, me dijo, yo soy más vivido que tú, ¿no? Por eso te dije que escojas para dónde. La derecha es mejor. Y así fue. Nos separamos, y justo a la derecha había una entrada al subway.

[Mayer]: Fue muy triste porque, pues, pasar cosas asi juntos ¿no? Y  así es el destino pues, mija.

[Daniel A.]: Los dos amigos no se volverían a ver por diez años. Para entonces, sus vidas ya había ido por dos caminos muy diferentes. Así lo cuenta Mayer:

[Mayer]: Estoy entrando a la deli y Mario iba saliendo con un six pack. Me mira así, yo lo miro a él. “¡Mayer!”, me dice. Yo, “¡Mario! Y nos abrazamos. ¡Hijole qué encuentro!

[Daniel A.]:  Nancy López fue la primera productora paga de Radio Ambulante y ahora es productora senior en el podcast Snap Judgment. Esta historia fue editada por mí. El diseño de sonido es de Martina Castro. 

Ya volvemos.

[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. 

[Flores Simbrón]: Nada, nada, sé que así normal ¿no?. Claro yo sabía que había ahí jóvenes, adultos ¿no? que había ciegos ¿no? pero no sabía qué cantidad había… 

[Daniel A.]: Este es Flores Simbrón y vive en Parán, un pequeño pueblo en los Andes peruanos. Cuando se mudó aquí, hace 20 años, pensó que sería un buen lugar para vivir y no le dio importancia a lo que algunos comentaban: que en este pueblo vivían muchos hombres ciegos. 

[Flores Simbrón]: Porque acá, abunda la ceguera. Después no hay agua. O sea que Parán en la Biblia habla que Parán ha sido un desierto. No crece nada, nada. Roca pura..

[Daniel Alarcón]: Hoy, la historia de un pueblo aislado y una ceguera que nadie podía explicarse. Nuestros productores son Marco y Annie Avilés. 

Aquí Marco. 

[Marco Avilés]: Desde su fundación, a comienzos del siglo pasado, Parán ha sido un pueblo aislado. Queda a solo 4 horas de Lima, entre montañas altas, y los habitantes se dedican principalmente a cultivar melocotones. Aparte de la cosecha que va hacia la costa, el pueblo no tiene mucho contacto con la gente de afuera. 

Más o menos en los años setenta, un problema empezó a notarse. Muchos hombres, antes de cumplir los cincuenta años, se volvían ciegos. El mal los afectaba desde niños. Las madres notaban que sus hijos se tropezaban o caían. Y era peor conforme crecían. Y nadie sabía exactamente porqué.

[Jessica Palomares]: Pero en el caso de mi hijo, sí, yo me daba cuenta, no, porque cuando empezó a caminar mal, quería caminar, y se tropezaba, se chocaba con las cosas. 

[Marco]: Esta es Jessica Palomares, y su hijo ahora tiene diez años. Es flaco, tiene el pelo negro y lacio y unos dientes grandes de conejo. Se llama Lucho y tenía sólo tres años cuando comenzó a tropezarse de noche.

[Jessica]: Y yo decía “¿por qué mi hijo?” “¿Qué tienes hijo, no te ves?” Y él no me quería avisar: no mamá, no. Tú me has chocado, me decía así… Entonces yo me daba cuenta que él metía su manita a la olla, que se agarraba a la vela…

[Marco]: Así pasaba todo el tiempo. Todas las noches Lucho tropezaba, se caía, chocaba con las cosas. Eran pequeños accidentes, pero frecuentes. El esposo de Jessica no era de Parán y la situación lo desesperaba.

[Jessica]: Yo le dije: no, si vamos a estar juntos hay que tenerle paciencia porque ya mi mamá me dijo, hija, tu hijo es de hecho que va a salir así, por tu tío, me dijo eso. 

[Marco]: Es que Jessica tenía tres hermanos hombres que se estaban quedando ciegos. Su marido pensaba que era un problema de alimentación, pero ella sabía que no. Jessica sentía que su marido no la apoyaba. Se sentía sola, dolida y molesta. 

[Jessica]: Entonces yo tomé una decisión, no. Yo dije: yo qué futuro voy a tener con este hombre, no entiende a mi hijo, no… claro que de por pegar no me pegaba, pero era, era un, un… como te digo, no era como un buen padre ¿no? Por eso fue que yo me separé de él, no me comprendía, ¿no?

[Marco]: Jessica se volvió a casar a los 23 años. Ahora tiene casi 30 y se gana la vida vendiendo comida en un puestito al lado de la nueva carretera. Se ríe mucho y le gusta bromear con la gente.

Hablamos con Jessica en la casa de su madre. Nos invitó a sentarnos en el que, según ella, es el lugar más cómodo de la casa: el cuarto de sus hermanos que se están quedando ciegos. 

Había un colchón, algunos sombreros de paja decorados con claveles de plástico y una foto de una pequeña niña en un portaretrato de metal.

Nos sentamos. Jessica intentó explicar cómo es la vida de un niño que con los años se volverá ciego, su hijo Lucho. 

[Jessica]: Lo que ellos no ven es en la noche… Cuando entra el sol ya, ya los chiquitos, los que no ven se preocupan,  ya vienen de lejos, ya dónde están, ya están viniendo, corriendo a su casa…

[Marco]: Porque para los niños como Lucho la oscuridad es más espesa. Después del atardecer, los ojos de los otros pequeños se ajustan bien a las bombillas de luz. Pero para Lucho, y niños como él, las cosas que puede ver durante el día se vuelven invisibles desde que cae la noche. Incluso cuando se encienden los faros de la calle, da lo mismo, sus ojos no ven. Y todos los lugares donde juega durante el día de repente se vuelven peligrosos. 

Parán es un conjunto de casas levantadas en medio de montañas y precipicios inmensos en el filo de los Andes. Las calles corren entre laderas empinadas y rocosas. Es difícil caminar por allí para alguien que ve. Imagínense cómo es cuando tus ojos no funcionan. 

Sin saber bien lo que ocurre – y sin ninguna solución -, los padres como Jessica entrenan a sus hijos para que regresen a sus casas antes de que se haga de noche. No es para menos. La gente cuenta historias de ciegos que han muerto tras caer al fondo de los precipicios. 

[Jessica]: Yo, cuando entra ya, me preocupo. “¿Dónde estará mi hijo? ¿No llegará a mi casa? O ¿dónde se habrá oscurecido porque estuvo cuando se oscureció? Porque eso como son niños, ¿no? los amiguitos los entretienen, se quedan jugando y ya no pueden llegar a la casa entonces yo me preocupo…. A veces yo bajo, vengo rápido, caminando, viendo a ver donde ha oscurecido mi hijo habrá llegado, no habrá llegado, o por ahí se habrá caído… tengo que venir rápido a ver si ha llegado o no ha llegado… y, si no, tengo que ir a buscarlo por allá… 

[Marco]: Así eran las cosas. Algunos jóvenes empezaban a quedar ciegos, y el pueblo se adaptaba. Y nadie sabía por qué. Hasta el año 2012, cuando todo cambió.  

Una compañía minera comenzó a explorar los cerros que rodean a Parán. La empresa quería congraciarse con la gente del pueblo. Contrataron una ONG para averiguar qué podían necesitar los vecinos. Un médico de esa ONG notó que muchos niños del pueblo necesitaban gafas así que pronto llevó a algunos oftalmólogos a Parán. Pero cuando los doctores revisaron a los niños, descubrieron que no era una simple miopía lo que les impedía leer el pizarrón en las escuelas. No. 

Lo que el pueblo ya consideraba normal — la ceguera de tantos de sus hombres — era para el médico algo extraordinario. 

Los médicos tomaron muestras y después de hacer exámenes de ADN entendieron que se trataba de una enfermedad genética llamada Retinitis Pigmentosa. Es causada por la mutación del cromosoma X –de manera que las mujeres portan la enfermedad, pero los hombres sufren los síntomas. Por eso solo ellos se vuelven ciegos. 

Las personas que sufren de Retinitis Pigmentosa nacen viendo correctamente. Pero con el correr de los años, el tejido de la retina se atrofia. Las células de la retina empiezan a morir lentamente, como si fueran pixeles que se borran de la pantalla de un computador. Si imaginamos que la retina es un círculo, las células van muriendo de afuera del círculo hacia dentro. El campo visual se reduce como si fuera un túnel. O cómo esas series de televisión en blanco y negro que terminaban convirtiéndose en un punto en la pantalla. La ceguera nocturna es el primer signo… Y a medida que progresa, el campo visual desaparece hasta que la gente ya solo ve blanco. No negro sino blanco. Como si estuvieran atrapadas en medio de nubes.

Lo que sucede en Parán es muy raro. Debido a su aislamiento, uno de cada diez hombres tiene el mal. 

Para decirlo de otra manera: Parán es el lugar con más alto índice de esta enfermedad en todo el mundo. 

[Astedia]: Es una descendencia, según dicen pues. Nada. No es que grandecitos se hubieran vuelto así. No, o sea no…. no. Ellos son de nacimiento.

[Marco]: Esta es Astedia, la madre de Jessica. La abuela de Luchito, el niño que se está quedando ciego. Y así entiende lo que le pasa a su nieto.

[Astedia]: Es como… una vena que corre, se hurta ¿no? Eso, eso es… como una descendencia porque por eso es que está aumentándose bastante. Así explicaron ellos.

[Marco]: Con ellos, se refiere a los médicos que pasaron alguna vez por Parán. Y está claro que estos profesionales no lograron explicarle bien al pueblo las razones detrás de la ceguera. Pero lo que Astedia – y el resto de la gente de Parán– sí entendió es que las mujeres son las que cargan la enfermedad. Son ellas quienes transmiten el mal a sus hijos. 

[Astedia]: Bonito el pueblo y todo, pero ¿de que vale no? que nuestra descendencia aca… Triste, la verdad, lamentable, claro. Penoso… por que nuestros hijos, nuestra descendencia, por ejemplo, mis nietos que van a seguir siendo así, es triste también…

[Marco]: Astedia, y muchas mujeres del pueblo, sienten que quizá era mejor no saber. Mejor no tener explicación. Ahora, dice ella, sienten culpa.

[Marco]: La noticia de que Parán era el “pueblo de los ciegos” llegó a Lima y la gente, consternada, decidió enviar ayuda en forma de provisiones. 

[Flores]: Fideos, arroz, leche, frazadas…

[Marco]: Este es Flores, el esposo de Astedia. 

[Marco]: Aunque suene inverosímil, fueron las provisiones las que causaron muchos problemas en Parán.

Todo el mundo quería su parte. Ciegos o no, muchos habitantes de Parán necesitaban una cobija. Los vecinos se habían acostumbrado tanto a la ceguera de sus paisanos que no entendían por qué no se repartían las provisiones de una manera equitativa…. 

[Flores]: Entonces como ya se empezaron a juntar en la misma calle, todas las señoras hicieron su cola. Ya pues.  Hay una tía, justo su hija trabaja ahí, una gordita que está de polo rojo, hacieron un laberinto, pues me dijo: “Si van a dar, dan a todos sino a nadie,”dijo. Pero yo le dije “tía, le dije, esto viene solo para inválidos”….   

[Marco]: Las cosas se pusieron tensas. Había un pastor encargado de distribuir todo. Usaba gafas. Flores cuenta que una mujer se le acercó al pastor y le dijo que o se iba de ahí o ella le quitaría las gafas. 

[Flores]: Entonces le dije “Tía, ya tienes eso, ¿qué quieres más?”, le dije yo así… Entonces en esas ella misma me empujó, de donde estoy me empujó así…

[Marco]: Flores cayó encima de otra mujer. Y a partir de ahí todo terminó en caos. La gente de Parán se refiere a ese día como el “del incidente de las provisiones”. Y puede que no suene como un gran altercado pero para este pueblo, generalmente pacífico, sí lo fue. Se convirtió en un momento crucial. 

Desde entonces, nadie ha vuelto a Parán a ayudar. No volvieron los doctores, tampoco llegaron más provisiones. Nada. El doctor Ricardo Fujita, uno de los médicos que visitó Parán, nos dijo que los doctores no han vuelto porque no tienen recursos. Pero la gente de Parán lo ve de otra manera.  Se siente abandonada. 

La mayoría de vecinos del pueblo son evangélicos. Flores, también. Y cree que si él y su mujer demuestran que de verdad tienen fe, Dios enviará la cura. 

[Flores]:  Claro, pero como te digo, tienen que tener fe, hay que tener fe bastante, y el señor nos sana. Prácticamente hay que llorar bastante, llorar pidiendo al señor que nos sana. Y por eso digo yo ahorita le digo a mi esposa hay que orar bastante y hay que ayunar bastante. Pero ahorita como te digo yo voy a hacer todo lo  posible de entrevistarme con alguien del congreso, para pedir ayuda.

[Marco]: Pero lo que está claro es que con la visita de los médicos, las cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Los periodistas hacían reportajes en diarios, radio y televisión.

La voz corrió y llegó a pueblos vecinos. Las historias sobre la ceguera no siempre se contaron de buena manera. En los reportajes, Parán era un pueblo maldito, castigado por Dios y hasta se daba a entender que la enfermedad se debía a que allí se casan entre hermanos y primos.

Estos rumores han hecho que la gente de otros pueblos empiece a menospreciar a Parán. 

Algunos incluso se rehúsan a comprar los duraznos que este pueblo produce pues están convencidos de que se van a quedar ciegos si se los comen.

Otros, evaden a cualquiera que sea de este pueblo. Y los chismes no paran. 

Esta es Jessica: 

[Jessica]: A veces por la comunidad, por el distrito, nos toca hacer campeonatos acá… un juego, un evento acá y vienen de distintos pueblos y nos discriminan a los chiquitos. Dicen ese no ve, dicen así, nos discriminan más que todos ellos…  

[Marco]: Incluso Flores piensa así, a pesar de que parece que quiere mucho a Parán. Sus hijos están perdiendo la vista y él, de alguna manera, ha aceptado la ceguera… Pero ha empezado a pensar que el lugar está maldito. Nos mencionó una sequía reciente que afectó el huerto de duraznos… y, según él, todo está conectado…. 

[Flores]: Porque acá abunda la ceguera. Después no hay agua. O sea que Parán en la Biblia habla que Parán ha sido un desierto. No crece nada, nada. Roca, pura. Antes seguro había alguna cosa acá. Por eso como dice ya llegó ese castigo por acá.   

[Marco]: Durante nuestro último día en Parán, Jessica vende comida al lado de la carretera… En el pueblo, su hijo Lucho juega con su primo Abiel. 

Hace poco encontraron un nido y sacaron a un pajarito recién salido del huevo… Su abuela Astedia, los obligó a devolverlo al nido. Ahora estamos tratando de adivinar qué tipo de pájaro es. 

[Lucho y Abiel]: Como una águila, halcón, gallinazo, condor, condor come carne podrida… 

[Marco]: De repente, Lucho se pone de pie, sale corriendo y desaparece en la esquina.

[Abiel]: Lucho se está yendo cantando… 

[Marco]: ¿Ya se fue él? 

[Abiel]:  Sí, se está yendo cantando… Llámalo, llámalo… 

[Marco]: Pero Lucho ya salió corriendo para su casa. Mientras hablábamos sobre el pájaro, la luz del día empezó a disminuir y con ella la visión de Lucho. Hizo lo que le enseñó su mamá: correr a casa para tratar de llegar antes de que se oscurezca por completo, cuando ya no puede ver nada.  

Abiel ahora corre detrás de Lucho. Cuando los alcanzamos, los dos niños están enfrente de la casa de Jessica, escondidos debajo de una carretilla. 

Luego suben a ella y miran hacia las montañas. A medida que se oscurece, Lucho va dejando de hablar. Le preguntamos lo que alcanzaba a ver…

[Lucho]: No veo nada, solo veo el cerro que está pintadito negro, negro… 

[Marco]: ¿Ves ese balde?

[Lucho]: Blanco no veo, puro blanco… 

[Marco]: ¿Me ves a mi?

[Lucho]: Sí… pero su rostro no más… No te veo tu cara… 

[Marco]: No… 

[Marco]: Lucho mira perdidamente hacia las montañas mientras el último rayo de luz desaparece. Parece perdido en la oscuridad. Su primo Abiel, en cambio, se vuelve más inquieto y empieza a hablar. Sabe que lo que nos ha traído a Parán ha sido la ceguera. Y trata de ayudarnos. Aunque no tiene ningún problema con sus ojos, de pronto los cierra y dice que él tampoco puede ver. 

[Daniel]: Cuando originalmente lanzamos esta historia en el 2014, aún se pensaba que la Retinitis Pigmentosa era una condición irreversible. Pero ahora eso podría cambiar. La Universidad de Pennsylvania está desarrollando un tratamiento para ayudar a niños como Lucho, que aún no han perdido la vista por completo. El tratamiento está en fase experimental.

Marco Avilés es periodista peruano y profesor en el Mount Holyoke College y doctor en literatura por la Universidad de Pensilvania. Annie Avilés es periodista y editora de podcasts. Esta historia fue editada por Camila Segura y por mi. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. 

Una pausa y volvemos con la última historia. 

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Y en la última historia de hoy volvemos a Arequipa con mi papá. A esa infancia que recordamos mientras caminábamos por las calles del barrio Miraflores. Es una historia sobre amores que él me heredó y compartimos hasta el día de hoy: el fútbol y la radio… 

[Daniel]: Mi padre Renato creció en Arequipa, Perú, en los años cincuenta. Como casi todos los niños de esa época, él estaba obsesionado con el fútbol. Pero mi viejo era diferente. Lo que más le gustaba no era jugar si no retransmitir los partidos. El fútbol en estos tiempos se vivía en todas partes.

[Renato]: En las calles, en los callejones de los barrios, en cambios de tierra, en campos de pasto mal crecido, en algunos colegios que tenían un campo deportivo más o menos grande, en las escuelas, en los colegios secundarios, en la universidad, en las fábricas…  

[Daniel]: Y en estadio Melgar, donde iba con mi abuelo todos los domingos.  En el descanso se acercaba al palco de prensa, se asomaba para escuchar a los comentaristas.

[Renato]: Entonces los escuchaba y prácticamente empecé a imitarlos, imaginando partidos con mis compañeros en el patio de primera, en el patio de juegos de la escuela. 

[Daniel]: Pasaba las tardes después del colegio con un micrófono conectado a una pequeño parlante, narrando los partidillos que jugaban sus amigos. Poco a poco se hizo conocido. Sus relatos le daban cierto glamour a lo que no era más que un simple partido de barrio. Y si crees que es fácil, inténtalo. Andá al estadio. Trata de describir cómo se posicionan 22 jugadores en un campo inmenso. Trata de predecir hacia dónde va una jugada. Trata de compartir, con sólo palabras, el desespero de un tiro del palo. Mi viejo lo hacía bien. A veces, hasta se inventaba partidos.

[Renato]: Ya yo era una especie de entretenimiento para los adultos de la familia el que yo transmitiera partidos en la casa. 

[Daniel]: Hay una escena de esos años, una que tengo grabada. Pasó en el Cine Teatro, de Mollendo, Perú. Eso es un balneario a unas cuatro horas de Arequipa. Ahora imagínate una noche de verano, de 1955. El hermano de mi abuelo, el tío Juan Castor, había organizado lo que él llamaba una velada literaria musical. 

[Renato]: Iban a ver grupos musicales, grupos de danzas, cantantes, poetas… Y mi tío, Juan Castor, me dice: Renato, o Renatito, yo quisiera que como parte del espectáculo tu transmitas un partido. Un momentito, le dije. ¿Cómo es eso?  

[Daniel]: Simple. Como lo hacía a la hora del té. Como lo hacía en el campo, detrás del colegio. Sólo que ahora, su tío quería que se inventara un partido delante de más de 300 personas. Algo que nunca había hecho, que ni siquiera había considerado.

[Renato]: En la audiencia, estaban mis padres, mis hermanos, amigos de mis tíos y, por supuesto, estaba repleto. Y metidos ahí, no había nada más en el escenario, solamente un micrófono. Y yo entré, me puse en frente del micrófono y empecé a retransmitir un partido…  

[Daniel]: Si todo esto te parece muy fantasioso, tienes que recordar los tiempos. No había televisión. Si no estabas en el estadio, dependías de un locutor de radio. Estaban acostumbrados todos a disfrutar del fútbol a ciegas.

[Renato]: Pierde el equilibrio…

[Daniel]: En ese auditorio lleno, silencioso, de Mollendo, todos siguieron  la jugada que se inventaba este niño, mi padre, como si fuera real.

[Daniel]: Y entonces, cuando llegó el momento clave de ese partido imaginario…

[Renato]:  Castillo a Rivera. Rivera a Drago. Drago a Gómez Sánchez. Dispara Gómez Sánchez. Pelota al centro. Salta… Palomita Rivera y gooooool. Goooooool peruano. ¡Goooooooool!

[Daniel]: El público entero se puso de pie, niños y adultos gritando este lindo gol peruano. La gente se abrazaba y se daba palmas, se felicitaban entre ellos.

[Renato]: Para mi lo más extraordinario de eso fue que al momento de decir el gol, el público en la audiencia gritó como si estuvieran en el estadio. 

[Daniel]: Y cuando se bajó del escenario, ahí estaba el tío Juan Castor, llorando de la emoción.

[Daniel]: La pieza que acaban de escuchar se llama Fútbol imaginario, y fue escrita por mí. En nuestra página web les vamos a dejar un video viejito de mi papá, Renato, narrando en vivo un partido de fútbol imaginario. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri con música de Ana Tuirán y Andrés. 

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Emilia Erbetta, Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Sara Selva Ortiz, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, Juan Pablo Santos, Bruno Scelza, Camila Segura, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas, Franklin Villavicencio y Mariana Zúñiga. 

Carolina Guerrero es la CEO. 

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

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Y bueno, las próximas semanas no publicaremos episodios los martes. Volvemos en septiembre con nuestra temporada 16. Desde ya les puedo decir que los episodios que estamos trabajando están increíbles. Ya queremos que los escuchen.

Mientras tanto les pido un favor: si les gustó este episodio o cualquiera de la temporada, por favor compártanlo con un amigo, con un familiar, con su pareja… todo eso nos ayuda a seguir creciendo nuestra audiencia. 

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Créditos

PRODUCCIÓN
Nancy López, Marco Avilés, Annie Avilés, Daniel Alarcón


EDICIÓN
Daniel Alarcón y Camila Segura


DISEÑO DE SONIDO
Andrés Azpiri y Martina Castro


MÚSICA
Andrés Azpiri y Ana Tuirán


ILUSTRACIÓN
Diego Corzo


PAÍS
Perú


TEMPORADA 15
Episodio 42


PUBLICADO EL
7/21/2026

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