Contra los biopiratas | Transcripción

Contra los biopiratas | Transcripción

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Este podcast es propiedad de Radio Ambulante Studios. Cualquier copia, distribución o adaptación está expresamente prohibida sin previa autorización.

[Daniel Alarcón]: Esto es Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón.

En Ayacucho, Perú, la mañana del 3 de agosto de 1982 el teléfono en la casa de los Valladolid empezó a sonar muy temprano. Desde la cama, Andrés, de 14 años, escuchaba la voz de su papá, Julio, que hablaba en tono grave, como preocupado. 

[Andrés Valladolid]: Me desperté y escuché unas conversaciones serias y entonces fue es donde yo salgo pues y lo veo a mi papá pues todo triste, ¿no?

[Daniel A.]: Triste y sorprendido, como impactado. Este es Julio:

[Julio V.]  Yo me enteré por las autoridades. Me dijeron “Ingeniero, acaba de llegar un campesino. Me dicen que han destruido todo Allpachaka”. 

[Daniel A.]:  Allpachaka, una sede de investigación de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga, en la que trabajaba como profesor de agronomía y genética vegetal. Quedaba en una pequeña comunidad indígena a un par de horas de Ayacucho. Allí, Julio y sus colegas conservaban cientos de semillas y tubérculos andinos tradicionales. 

Al terminar la llamada, Andrés vio cómo la figura de su papá, un profesor entusiasta que a veces lo llevaba a las excursiones que hacía con sus alumnos, se derrumbaba con el teléfono aún en la mano. 

[Andrés V.]: Ese fue, creo, la primera vez  en mi vida que vi a mi papá llorar.

[Julio V.]: Yo decía no, no, no, No puede ser… no podía creer, no?

[Daniel A.]:  Andrés recuerda cómo, de golpe, los ánimos en su casa se ensombrecieron.

[Andrés V.]: Era como estar en un velorio. O sea, todo mundo cabizbajo, pensativo, obviamente muy, muy preocupado. ¿No, porque ya eran señales pues de que la violencia estaba avanzando más.

(Sound bite de archivo)

[Periodista]: Un comando de SL tomó la carcel de Ayacucho para liberar a los presos por  el delito de terrorismo. Aquí fallecieron 2 policías y 10 homicidas…

[Guerrillero]: Sabemos navegar en aguas turbulentas, no nos arregla el peligro, no nos detiene el riesgo, nuestra vida es lucha, mas lucha, mas lucha…

[Daniel A.]:  Después de esa llamada, Julio partió con otros colegas hacia Allpachaka. Quería hablar directamente con los campesinos y ver con sus propios ojos cuánto de todo el trabajo que habían hecho había quedado en pie. 

Andrés lo vio irse, angustiado, preocupado. Es que el trabajo que se hacía en Allpachaka era así de importante: la protección de un conocimiento ancestral, legado y herencia de un pueblo y de un país. Era el lugar donde él y sus colegas  imaginaban la agricultura peruana del futuro rescatando técnicas del pasado. 

María Paula Rubiano nos cuenta la historia. 

[María Paula Rubiano]: Julio reaccionó tan mal al enterarse del ataque porque para él, Allpachaka era mucho más que un proyecto laboral. Era un proyecto al que llevaban dedicados casi veinte años. 

Desde el principio, su historia con Allpachaka estuvo entrelazada con la historia de Sendero Luminoso. Julio entró a trabajar en la Universidad de Huamanga en 1965. Tres años después, un desconocido filósofo llamado Abimael Guzmán entró a trabajar como profesor allí.

En ese tiempo, mientras el Partido Comunista Peruano se dividía y Guzmán se integraba al grupo que luego se conocería como Sendero Luminoso, Julio y sus colegas llegaban a Allpachaka para investigar cómo trabajaban la tierra los campesinos de esa región de Ayacucho y cómo podían ayudarles a mejorar sus cultivos.

Para eso, la universidad había comprado casi 1.500 hectáreas a una familia poderosa de la zona. Era una hacienda que había funcionado como en los tiempos de la colonia: dentro de los terrenos vivían 16 familias campesinas que trabajaban a cambio de coca, alcohol, cigarro, y, algunas veces, dinero. Cuando compró los terrenos, la universidad contrató a buena parte de esos campesinos para trabajar en la nueva sede de investigación. 

Julio recuerda que por esos años algunos estudiantes y profesores de la universidad se sumaban a Sendero Luminoso, que hablaba de construir un estado nuevo con ayuda campesina. Se reunían en aulas y laboratorios vacíos, fuera de las horas de trabajo. Pero en la universidad, Sendero ganaba tantos adeptos como opositores. Julio era uno de ellos. 

[Julio V.]: La gran mayoría de la mayoría de los profesores y los alumnos, nos oponíamos contra esa situación. Y fue un duro enfrentamiento al interior de la universidad. La universidad no estaba para convertirse en la base de una opción política. Sino en cumplir pues su misión que es atender las necesidades o hacer trabajo de investigación. 

[María Paula R.]: A eso se dedicó Julio en Allpachaka: a investigar las condiciones del suelo y el agua, y las técnicas y métodos de cultivos. La mayoría de los habitantes eran campesinos con raíces quechua que vivían en casas pequeñas de piedra y barro, techadas con las hojas secas de la palma de ichu y repartidas por las colinas. A esas casas empezaron a llegar los primeros senderistas anunciando un gran cambio. 

Mientras Sendero Luminoso crecía, los investigadores de Allpachaka seguían trabajando y buscando financiación. En 1977, obtuvieron fondos de cooperación internacional para crear un Centro de Capacitación Campesina allí. Con dinero suizo, instalaron unos galpones donde tenían vacas lecheras y elaboraban quesos. 

En ese momento, los campesinos de Allpachaka se dedicaban a sembrar papa, quinua, haba y otros cultivos para autoconsumo. A Julio le recordaban a sus abuelos maternos, que vivían en una pequeña comunidad con raíces quechua llamada Aza, a las afueras de Huancayo. 

[Julio V.]: Yo crecí en la ciudad, pero cuando me iba a la chacra ahí pasé buenos años de mi infancia, los recuerdos más bonitos de mi infancia los tengo en esa vida apacible, tranquila, ahí en cierta forma nació pues mi inclinación por la chacra para poder yo seguir en la agronomía.

[María Paula R.]: De alguna manera, quería ayudar a otros campesinos como sus abuelos. Y uno de sus primeros experimentos en Allpachaka tuvo ese objetivo: acompañar a la comunidad en la búsqueda de formas de cultivo más eficientes.

El experimento fue así: Julio y sus colegas sembraron una pequeña parcela con semillas mejoradas en laboratorios y les aplicaron herbicidas y pesticidas. Al lado, los campesinos sembraron una chacra, una forma de cultivo en la que se combinaban distintas variedades de granos como maíz, quinoa y kiwicha con otras especies, como calabazas. Los resultados a largo plazo sorprendieron a Julio. 

[Julio V.]: Cuando había regularidad de las lluvias y no había mucha granizada, muchas heladas, entonces la producción de la parcela que llevamos nosotros era muy superior a la de ellos. Pero, cuando sucedía al revés, qué es lo más frecuente que ocurre en los Andes, entonces ahí muchas veces de la parcela que habíamos puesto nosotros, no quedaba prácticamente nada. En cambio, de los campesinos, sí…

[María Paula R.]: Con estos resultados, empezó a estudiar esos cultivos y a darse cuenta de que esas mezclas de especies y variedades supuestamente poco eficientes, tenían una razón de ser.

[Julio V.]: Unas son más resistentes a sequías, otras son más resistentes a excesos de humedad. Y de tal manera que sea año con mucha lluvia o año con poca lluvia, siempre van a tener ellos cosecha.

[María Paula R.]: Quizás, pensó en ese momento, él también tenía algo que aprender de ellos y no solo al revés. 

A menudo, Julio llevaba a su hijo, Andrés, a las salidas de campo que hacía con sus estudiantes en Allpachaka. Se montaban muy temprano en un bus de la universidad y recorrían una vieja carretera sin asfaltar.

[Andrés V.]:   Viajábamos dando tumbos. no podía dormir. Pero la emoción misma hacía también pues que no me duerma y esté atento a las conversaciones de los alumnos.

[María Paula R.]: Cuando llegaban, Andrés veía cómo su papá le daba las instrucciones a los estudiantes  y él, aunque todavía era un niño,  también participaba…

[Andrés V.]:   Recuerdo que una de las actividades era medir el tamaño de las hojas, entonces yo salía con mi regla, mi papel y hacía prácticamente lo que hacían el resto de estudiantes. 

[María Paula R.]: A Andrés le gustaba ver de primera mano lo que hacía su papá y también se sentía orgulloso cuando en su casa lo veía empacando para irse al extranjero. Es que Julio quería compartir con otros colegas lo que había descubierto trabajando con las comunidades. Por eso iba a todos los congresos internacionales de genética vegetal y agronomía a los que lo invitaban.

Además de viajar, con otros colegas empezó a recorrer Ayacucho para hablar con los campesinos y recolectar raíces y semillas. Tenían entre manos un nuevo proyecto para conservar los cultivos andinos. 

Eran pocos, porque para la mayoría de los agrónomos esas variedades no eran otra cosa que, entre comillas, “comida de indios”…

[Julio V.]: Ese término despectivo. Y como era comida de indios, nadie se interesaba en su mejoramiento. 

[María Paula R.]: Nadie salvo Julio y algunos más, claro, que creían que cuidar y estudiar esa supuesta comida de indios, especialmente las semillas y tubérculos, era clave para el futuro de la agricultura de la zona. Recolectaron más de 2.000 ejemplares, a los que, científicamente, llamaban “germoplasma”, y guardaron todo en un cuartito semienterrado que construyeron en Allpachaka. Una especie de bóveda para preservar todo eso que, en su mirada, era como un tesoro. 

Mientras tanto, Sendero Luminoso ya se había transformado en un grupo armado y se expandía por todo Ayacucho. Para ese momento, finales de los setenta, su discurso se había vuelto totalitario: definía a sus opositores como “venenos y purulencias” que había que destruir. Como Allpachaka recibía fondos de cooperación internacional, lo veían como una vía de infiltración extranjera. Lo llamaban un “enclave imperialista en los Andes”. 

En ese contexto, Julio y los otros investigadores eran considerados, directamente, enemigos. Y, como enemigos estaban amenazados. 

[Julio V.]: Tuve la mala suerte, digo yo, de ser miembro del Consejo Universitario, en mi calidad de director de investigación de la universidad por toda esa labor ya yo recibía llamadas así, decía: Cuide a su familia. Nada más. Y colgaba. O decía “Cuide a su hijo” y colgaban.

[María Paula R.]: Julio logró mantener a Andrés y sus otros hijos lejos de esas amenazas hasta la mañana del 3 de agosto de 1982, cuando Allpachaka fue atacado. La llamada telefónica con la que empezamos esta historia. 

Las noticias llegaron hasta la casa de Julio gracias a un campesino que trabajaba como capataz en el centro de experimentación. 

[Julio V.]:  Era un joven campesino bien fuerte y muy buena persona. De un corazón muy noble. Cuando nosotros no íbamos, él estaba encargado del cuidado y la atención del material que guardábamos.

[María Paula R.]: Había caminado durante horas a través de la tundra para avisarles que Sendero Luminoso había llegado a la madrugada y había atacado a la comunidad y al centro de experimentación. 

Julio y algunos otros profesores salieron rápido para allá. Cuando llegaron, los campesinos los estaban esperando.

[Julio V.]:  Apenas llegamos nosotros comenzaron a llorar todos. A contarnos, llorando. 

[María Paula R.]: Les contaron que en la madrugada, unos cien encapuchados habían rodeado las casas. Plantaron banderas rojas en los cerros y los reunieron en la plaza central. Allí había más hombres y mujeres con la cara cubierta ondeando banderas. Les anunciaron que a partir de ese momento todo iba a cambiar. Después, entraron al centro de experimentación. 

Julio escuchó el relato un poco en shock: mientras unos encapuchados destruían el colegio, otros, con fusiles y puñales, entraban a los galpones de las vacas lecheras. Mataron a las 18 vacas y a los 4 toros, en medio del  llanto de las mujeres, que abrazaban a los animales y preguntaban a gritos por qué no las mataban a ellas también. 

Julio entendía lo que le contaban pero no podía procesar lo que veía. 

[Julio V.]: Habían dinamitado el local de capacitación campesina. Habían destruido los galpones, el tractor de la universidad también lo habían incendiado… 

[María Paula R.]: No quedaba nada en pie. Pero igual, mientras recorrían el lugar, Julio tenía la esperanza de que las semillas y tubérculos enterrados se hubieran salvado. Tal vez  fue entonces, cuando llegaron a esa cámara semienterrada que habían construido, que terminó de entender la dimensión del daño que Sendero había hecho… 

[Julio V.]: El lugar donde almacenamos nosotros habían habas donde teníamos la semilla, la habían sacado, la habían incendiado. El germoplasma que teníamos ahí que a nadie le hacía daño. Toda, toda la colección de tubérculos andinos ahí metido en jabas no guardaditos. Las semillas para volver a ser sembradas. Y dije no, seguramente no creo que lo hayan destruido y no es así, pues lo habían también quemado todo.

[María Paula R.]: Décadas enteras de estudios científicos reducidas a cenizas. 

[Julio V.]: Cuando vi la destrucción de Allpachaka decía: ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer que destruyan un centro que estaba destinado a ayudar justamente a los más pobres? 

Yo no podía creer. Decía ¿Cómo? Si todos saben que eso es para beneficio de todos. ¿Cómo es posible que hayan hecho eso?

[María Paula R.]: Ese día triste fue la última vez que Julio visitó Allpachaka. Siempre quiso volver pero, después del ataque, era demasiado peligroso. 

El ataque a Allpachaka fue un punto de quiebre: era la primera vez que Sendero atacaba un centro universitario de investigación. Después de ese atentado, también destrozaron centros en Chuquibambilla, en Puno, en Cusco, en Ucayali y también las instalaciones del Centro Internacional de la papa en Junín. 

La violencia contra las comunidades indígenas se intensificó. En Allpachaka, Sendero asesinó a varios líderes comunitarios que no colaboraban, acusándolos de ser representantes de lo que ellos llamaban “el viejo estado”. Además, les prohibieron a los campesinos comercializar sus productos y los obligaban a entregar parte de su producción al “ejército popular”. Fue un proceso de destierro: para 1985 apenas quedaban 20 familias en el pueblo, de unas 70 que había en 1980.

Julio recuerda que una vez, después del ataque en Allpachaka, mientras regresaba de otra comunidad, vio un bus quemado en la carretera. Estaba lleno de papas, maíz y otros alimentos que los campesinos llevaban a la ciudad para vender. Veían la destrucción, tan innecesaria, y no comprendían. 

[Julio V.]: Ellos hablaban de qué clase de personas pueden, no con qué corazón pueden incendiar a estas pobres criaturas. 

[María Paula R.]: En ese momento, dice, supo que Sendero jamás se ganaría el apoyo de los campesinos.

[Julio V.]: Porque Sendero no entendió la cosmovisión andina. No entendieron que para los campesinos la papita es una persona, y en Huancayo a la papita le llaman, en quechua huanca le llaman akshu, akshu tatay, padre Papa. No entendieron que el Papa en el corazón de los campesinos sentían un cariño como si fuese su padre. No es un decir no más ¡Lo sienten! cuando ven esa clase es como si al padre le hubiesen quemado… 

[María Paula R.]: No pasó mucho tiempo para que la Policía entrara a Allpachaka y las zonas aledañas; y unos años más tarde, el Ejército. También empezaron a crearse grupos de autodefensa por todo Ayacucho. 

La casa donde vivían los Valladolid fue atacada tres veces. El objetivo era, sobre todo, un familiar, que era el prefecto de Ayacucho y vivía con ellos. En la universidad, las cosas también se ponían cada vez más complicadas para Julio. Una mañana, las paredes amanecieron cubiertas de carteles de Sendero Luminoso con una lista de “los 100 que debían ser eliminados”. Entre ellos estaba él.

[Julio V.]: Entonces, viendo esta situación, la familia se desesperó. Yo lo quería seguir enfrentando. A mí no me acobardaron. Pero entendí que yo no era solo, sino era la familia también.

[María Paula R.]: Tal vez, en ese momento, el miedo más grande era que Sendero estaba reclutando a jóvenes como Andrés en las calles de Ayacucho. Si bien todos estaban en riesgo, él era el más expuesto. Por eso decidieron que, con 17 años, lo mejor era que se fuera para Lima. 

[Andrés V.]:  Yo no quería irme. No quería dejar a mi mamá, no quería dejar a mis hermanas, no quería dejar a mis amigos del colegio pero las circunstancias, te explotaban en la cara prácticamente…

[María Paula R.]: Así que se fue. Julio y el resto de la familia se quedaron.

Lejos de Ayacucho, ya en Lima, Andrés encontró la manera de volver a conectar con eso que su papá le había enseñado en los laboratorios de la universidad y en Allpachaka. Y así, con un pie en el pasado, dio el primer paso hacia el futuro. 

[Daniel A.]:  Una pausa y volvemos. 

[Daniel A.]:  Estamos de vuelta en Radio Ambulante. María Paula Rubiano nos sigue contando. 

[María Paula R.]: Era 1986 y Andrés, con 17 años, llegó a la casa de unos tíos en Lima. Pero su cabeza seguía en Ayacucho, con su familia.

[Andrés V.]:   Yo pensaba más en lo que les pasaba a ellos, que me pasaba a mí. La violencia en Ayacucho era constante. No había día en que no amanezcan muertos, heridos, amenazados.

[María Paula R.]: Andrés vivía con una zozobra permanente y, además, conectarse con su familia no era tan fácil. Sus tíos no tenían teléfono así que los domingos le tocaba ir a la casa de otro familiar que sí tenía y de ahí llamaba a sus papás.    

En una de esas llamadas, Julio le preguntó qué iba a estudiar después. Andrés no lo tenía muy claro. Había pensado en ser piloto militar, como unos primos mayores a quienes veía como super héroes. O tal vez arquitectura, porque le gustaba dibujar. Pero en el teléfono, sin pensarlo mucho, dijo otra cosa.

[Andrés V.]:   Agronomía y lo dije más un poco para que salir del paso, pero cuando lo dije me puse a pensar y dije: verdad, ¿y por qué no? Ahí me quedé. Ya no tuve ninguna duda.

[María Paula R.]: No era una vocación que saliera de la nada, claro. Todo lo que había visto y aprendido de niño gracias al trabajo de su papá estaba dentro suyo Así que se inscribió en la universidad y empezó a recorrer el mismo camino académico que él. 

Para Julio, en cambio, la vida universitaria estaba terminada. En parte, porque los hostigamientos en su contra nunca cedieron.  A mediados de los 80, dejó sus cargos como profesor y creó, junto a otros agrónomos, la ONG Proyecto Andino de Tecnologías Campesinas, Pratec. Querían combinar el conocimiento tradicional andino con el conocimiento occidental moderno.  Un trabajo hecho a la medida para Julio. 

En el Pratec Julio trabajaba con otros dos colegas, con los que recorría la selva, la costa y la alta montaña peruana. 

En esos viajes, Julio y sus colegas registraban todo lo que les explicaban los campesinos. Por ejemplo, que además de sembrar muchas variedades en distintos terrenos, sembraban en distintos momentos observando las fases de la luna, la floración de ciertas plantas silvestres, el aullido o el cambio de color del pelaje de ciertos animales; el vuelo de ciertas aves, el brillo de las estrellas, el sabor de las primeras lluvias y el olor de la tierra.

Estos conocimientos tradicionales con los que Julio se familiarizaba tienen un nombre: saberes de crianza de la chacra. Van desde entender cómo drena el agua en un terreno hasta los rituales para preparar la tierra antes de la siembra. Por ejemplo, en algunas comunidades andinas, cuando una familia va a sembrar,  todos se ponen su mejor vestimenta y frente a la chacra se quitan los zapatos en señal de respeto… Julio lo observó cientos de veces.

[Julio V.]: Y ahí piden a la Pachamama, piden a los apus o sea a los cerros tutelares, piden al sol, a la luna, a las nubes, a todos, piden que las papitas o lo que estén sembrando le vaya bien.

[María Paula R.]: En esos viajes, y sobre todo en esas charlas con los campesinos, Julio pudo entender mejor algo que ya había intuido años atrás, cuando trabajaba en Allpachaka.  

[Julio V.]: Ellos tenían una, una sabiduría que no me enseñaron en la universidad. 

[María Paula R.]: Con el Pratec, Julio se dedicó a formar investigadores indígenas y campesinos, quienes recogieron y documentaron más de 4.000 de estos saberes de crianza de la chacra en cientos de comunidades. El trabajo con ellos lo transformó por completo. 

[Julio V.]: Cuando comencé ya a ver las cosas desde otra cosmovisión, no desde la cosmovisión de la ciencia y la técnica moderna, sino desde la cosmovisión andina. Ya, pues ahí surgió una riqueza grande de conocimientos que antes pasaban invisibilizados.

[María Paula R.]: Era todo un sistema de conocimientos que recién ahora podía apreciar. 

[Julio V.]: Entendí que tenían también otra manera de ver las cosas, que no era como nosotros los técnicos que veíamos a la planta como un agente transformador de energía. Ellos no. Para ellos la planta, por ejemplo, de maíz, era Sara, mamá, madre, maíz y como es su madre, hay que tratarla con cariño, hay que conversar con ella, hay que alegrarla, hay que cuidarla para que ella también nos críe a nosotros, es decir, nos alimente.

[María Paula R.]: Y Andrés notaba estos cambios en su papá. Se dio cuenta de que ese científico que él recordaba, el mismo que lo llevaba al laboratorio y le hacía preguntas sobre la clorofila después de la cena, se había convertido en una persona muy diferente.

[Andrés V.]:   Se volvió una persona muchísimo más espiritual. Cuando hablaba de la cosmovisión andina, del respeto y la veneración hacia los Apus, los cerros protectores, las deidades y todo eso no lo hacía de una manera, digamos, automática, o porque lo había escuchado, sino porque ya lo estaba sintiendo.

[María Paula R.]: Mientras Julio se alejaba de los libros técnicos, Andrés se metía de cabeza en montañas de estudios científicos e investigaciones. Recién graduado de una maestría en Genética Vegetal, terminó en la unidad de Bioinformática del Centro Internacional de la Papa, el CIP, un centro de investigación que guarda miles de variedades de tubérculos andinos en uno de los bancos genéticos más grandes del mundo. 

De algún modo, era una versión monumental de ese pequeño banco de semillas que su papá creó y que Sendero destruyó.

Con este trabajo, Andrés empezó a pensar en otras maneras de recuperar el conocimiento tradicional, distintas o complementarias a las de su papá.

Así, durante los 90, sus caminos profesionales avanzaron en paralelo pero sin cruzarse. Esto hasta que en 2003, a Andrés lo convocaron a un enorme proyecto para conservar los saberes relacionados con once cultivos andinos nativos en más de 150 comunidades de Perú. Se juntaron seis instituciones, entre públicas y privadas. Una fue el Pratec, donde trabajaba Julio. 

Allí, Andrés se encargó de monitorear la diversidad genética que iban descubriendo. Su trabajo ya no era estar sentado frente a un computador, sino ir a las comunidades y acompañar la recolección de semillas y tubérculos. En esas salidas, lejos del escritorio, entendió por qué después de unirse al Pratec su papá había cambiado tanto. 

Es que ese trabajo también comenzaba a transformarlo a él. 

[Andrés V.]:   Fue una experiencia súper enriquecedora y fue, digamos, mi primer y mayor acercamiento a lo que es el conocimiento tradicional…

Era otra, otra forma de ver la vida, otra forma de concebir la vida, otro tipo de relaciones muy diferentes a lo que uno puede ver en la ciudad.

[María Paula R.]: Durante tres años, Andrés y su papá trabajaron juntos. Viajaron por Ayacucho, Cajamarca y Puno, se sentaron en la misma oficina, asistieron a las mismas reuniones. Hasta que en 2006, Andrés recibió una llamada con una oferta de trabajo inesperada. 

Él lo tomó como un desafío laboral más, pero para su papá, era una señal clara del destino que los Apus, las deidades de los cerros, tenían preparado para Andrés.  

[Andrés V.]:   Mi papá siempre me dijo, siempre dice, hasta ahora, que los Apus sabían lo que hacían cuando entraste a al CIP y a trabajar al Pratec porque te estaban preparando para tu trabajo de ahora. 

[María Paula R.]: Un extraño trabajo en una oficina única en el mundo. Ahora él estaría encargado de defender conocimientos tradicionales andinos y los recursos genéticos peruanos, como siempre había hecho su papá. Pero en su caso, contra una amenaza global y mucho más sofisticada: los biopiratas.

[Daniel A.]:  Una pausa y volvemos. 

[Daniel A.]:  Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Acá María Paula. 

[María Paula R.]: Ese trabajo para el que Julio creía que los Apus habían preparado a Andrés era un puesto en la Comisión Peruana contra la Biopiratería. Había sido creada unos pocos años antes, en 2004, cuando Perú estrenó la ley 28.216 que protege la diversidad biológica peruana y los conocimientos colectivos de los pueblos indígenas del país.  

Desde entonces, Andrés es uno de los tres cazadores de biopiratas que existen en el mundo. Las otras dos son compañeras suyas en la Comisión. Es que Perú es el único país que tiene una institución de ese tipo.

No hay parche en el ojo, ni pata de palo. Un biopirata es mucho más discreto. 

[Andrés V.]: Un biopirata justamente es alguien que pretende apropiarse de algo que no le pertenece. Relacionado con plantas, animales y conocimientos tradicionales.

[María Paula R.]: Por ley, en Perú cualquier científico o empresa que quiera explotar y vender especies peruanas debe pedir permiso al gobierno y a las comunidades y repartir los beneficios con ellos. Una forma de la biopiratería es saltarse esa regla y simplemente recolectar semillas y plantas con un fin económico sin pedir permiso. 

Un ejemplo concreto de esto es el de la maca. 

[María Paula R.]: Esta raíz, que parece un rábano arrugado, es conocida como “el viagra natural” por sus propiedades estimulantes de la fertilidad. Aunque las comunidades indígenas de Junín usan su raíz con fines afrodisíacos y para la memoria desde hace al menos 2000 años, en los noventa surgió un interés internacional por la planta. De hecho, fueron varias patentes sobre la maca, incluyendo la que le otorgaron a una empresa llamada PureWorld Botanicals en 1999 las que impulsaron la creación de la Comisión contra la Biopiratería en Perú.

El apetito por la maca siguió creciendo y llegó a su pico entre 2013 y 2014. En esa época, legiones de empresarios chinos llegaron a la meseta de Bombón, en el centro del Perú, y se llevaron raíces, semillas y hasta tierra que cargaron en camionetas. Pagaron en efectivo a precios exorbitantes. Y hoy, la provincia china de Yunnan reemplazó a la provincia peruana de Junín como la mayor productora de maca en el mundo. 

La segunda modalidad de la biopiratería es cuando alguien reclama como propios conocimientos tradicionales ante oficinas de patentes. Es un poco complicado así que para explicarlo, Andres pone un ejemplo.

[Andrés V.]:   Imagínate que una persona X está caminando por el campo y le da un calambre, se sienta, acalambrado y viene un campesino y le dice “mira, sabes que para ese calambre, tómate este juguito de esta plantita x el señor se lo toma y efectivamente le cura el calambre. Entonces el señor dice “ajá, esto puede ser un muy buen negocio”. Entonces voy a patentar este juguito que la señora me ha dado.

[María Paula R.]: Y es justamente cuando solicitan la patente, que Andrés y sus colegas tienen la oportunidad de, entre comillas, empezar su cacería. Alrededor del mundo, los que buscan patentes están obligados a publicar sus solicitudes, para que un tercero pueda dar su opinión, o hasta oponerse. 

Y bueno, en este caso, ese tercero es Andrés. Cada día se sienta frente a su computador, y escarba, una a una, las solicitudes de patente de nuevos descubrimientos en las oficinas de propiedad intelectual de todo el planeta. No busca a ciegas: su equipo tiene una lista de 276 especies endémicas de Perú que son su prioridad.

[Andrés V.]:   Buscamos aquellas que estén utilizando estos recursos o estén basadas en estos recursos. Y al identificarlas procedemos a analizar si eventualmente están utilizando conocimientos tradicionales.

[María Paula R.]: Y si es así, para oponerse, desarrollan un documento técnico que demuestra que la solicitud no cuenta ni con nivel inventivo ni con novedad, dos de los requisitos clave para otorgar una patente. Luego, la embajada peruana envía este documento a la oficina de propiedad intelectual del país donde se solicita la patente, que decide si es aprobada o denegada.

[Andrés V.]:   A la fecha hemos logrado identificar 473 casos de biopiratería en el sistema de patentes, de los cuales 170 se han resuelto favorablemente. Ahora, hay casos que se han resuelto en un mes y hay casos que se han resuelto en siete años.

[María Paula R.]: Ha peleado con empresas de cuatro continentes. 

En 87 ocasiones, fue contra empresas que querían patentar el uso de la savia del árbol de Sangre de grado, una resina que se usa como vendaje líquido porque ayuda a cicatrizar heridas. En 2006, después de descubrir unas solicitudes en la oficina de patentes de Japón, empezó una pelea para proteger las bolitas jugosas y rojas del camu camu, un fruto amazónico que es parte de la dieta de muchas comunidades indígenas en la región. Las solicitudes buscaban patentar un agente antioxidante de la fruta, sin especificar cuál. Pero el análisis demostró que el antioxidante más abundante en el camu camu era el “ácido ascórbico”: o sea, la vitamina C. Absurdo. 

Pero tal vez el caso más representativo para Andrés es el del Sacha Inchi, un árbol que crece en toda la selva amazónica, pero cuya mayor diversidad genética está en el Perú. Las semillas de esta planta tienen muchísimos ácidos grasos y por eso las mujeres chayahuitas, boras y huitotos las utilizan para hacer una crema humectante. Andrés descubrió que dos empresas francesas querían la patente de esas semillas para fines cosméticos. Desde la Comisión advirtieron que no deberían otorgarse.

[Andrés V.]:   Básicamente porque estaban basados en conocimientos tradicionales de pueblos indígenas.

[María Paula R.]: Una de las empresas retiró la solicitud. La otra siguió adelante y la oficina de patentes francesa sí se la dio. La Comisión empezó a llamar a periodistas y activistas. El caso hizo eco en Francia, en donde, gracias a una ONG de ese país, llegó hasta la portada de los periódicos.

[Andrés V.]:   Salió en el diario Le Monde, en varias publicaciones salieron y también se organizó el primer Encuentro Internacional contra la Biopiratería en Francia. 

[María Paula R.]: Andrés asistió al encuentro, que se hizo en una sala del Congreso Francés. 

[Andrés V.]: Y lo primero que me llamó la atención al llegar fue que había mucha prensa, cámaras de televisión, equipos, este, gente grabando, tomando fotos. Sería una sala como para 100 personas quizás un poquito más. Y estaba completamente lleno. Ahí me di cuenta de la magnitud del evento.

[María Paula R.]: Además de Andrés, hablaron activistas y campesinos de Ecuador, de Guyana y de algunos países africanos sobre casos de biopiratería que habían ocurrido en sus países. 

[Andrés V.]: Pasó, creo, una semana o dos semanas máximo, y la empresa que tenía esta patente envió una comunicación a la Embajada del Perú en Francia informando que retiraba su patente.

Fue muy, muy gratificante. Pues no fue una…. Una alegría especial, es un logro. Ya, era más o menos como meter un gol en el Mundial.

[María Paula R.]: En 2014, entró en vigencia el Protocolo de Nagoya, que es un acuerdo internacional, ya ratificado por 142 países y que, entre otras cosas, establece que el uso de los recursos genéticos tiene que beneficiar tanto a los países e investigadores como a las comunidades de origen.

Pero a pesar de este tipo de acuerdos, hoy la lucha contra la biopiratería se enfrenta a desafíos nuevos, propios de los avances tecnológicos: y es que ahora los científicos pueden descifrar el código genético de cientos de miles de especies y compartirlos en enormes librerías virtuales. Si antes los biopiratas tenían que ir a recolectar una planta física para extraer sus compuestos, hoy simplemente pueden crear esos mismos compuestos de forma sintética usando estas bases de datos. 

Desde que Andrés empezó su trabajo contra la biopiratería, Julio siempre le insistió con un tema: que nunca olvide que estos códigos genéticos no existirían sin el trabajo de siglos de las comunidades indígenas. 

Él dice mira, nosotros no tuviéramos estos recursos si no hubieran sido criados con mucho cariño por los campesinos. Entonces eso siempre hay que, hay que resaltarlo, no es así nada más. No es que los recursos están ahí y ya. No, eso han sido criados con mucho cariño por los campesinos nativos indígenas y hasta la fecha los tenemos por esa razón.

[María Paula R.]: Es que Julio, que sigue de cerca el trabajo de su hijo, cree que hoy los debates en torno a la biodiversidad solo se enfocan en el valor económico.

[Julio V.]: Ahora todos están obnubilados por defender el conocimiento tradicional, vinculado aquellas plantas que tienen valor económico, bien sea porque son alimenticias para gente exclusiva o que tienen principios activos que pueden ser utilizados en las grandes industrias farmacéuticas…

[María Paula R.]: Pero reconocer solo eso, dice Julio, no es suficiente. 

[Julio V.]: También tenemos que cuidar la diversidad de saberes, de crianza. Y quienes tienen estos saberes de crianza son los campesinos. Entonces, hay que cuidar a los campesinos también.

[María Paula R.]: Esos campesinos de hoy, descendientes de los campesinos con los que Julio trabajó algunas décadas atrás. A los que se acercó para ayudar y de los que, finalmente, terminó aprendiendo. 

[Daniel A.]:  María Paula Rubiano es periodista de medio ambiente y vive en Medellín. Esta historia fue editada por Camila Segura, Emilia Erbetta y por mí. Bruno Scelza hizo el fact checking. El diseño de sonido y música son de Andrés Azpiri.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Sara Selva Ortiz, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, Juan Pablo Santos, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas y Mariana Zúñiga. 

Carolina Guerrero es la CEO. 

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

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Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Créditos

PRODUCCIÓN
María Paula Rubiano


EDICIÓN
Camila Segura, Emilia Erbetta y Daniel Alarcón


DISEÑO DE SONIDO
Andrés Azpiri


MÚSICA
Andrés Azpiri, Rémy Lozano y Ana Tuirán


VERIFICACIÓN DE DATOS
Bruno Scelza


ILUSTRACIÓN
Laura Carrasco


PAÍS
Perú


TEMPORADA 15
Episodio 28


PUBLICADO EL
4/14/2026

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