A seis mil metros de altura | Transcripción

A seis mil metros de altura | Transcripción

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[Daniel Alarcón]: Esto es Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón.

[Gabriela Cavallaro]: El Tupungato es muy duro. Yo siempre por ahí recomiendo ir al Aconcagua primero y después que vayan al Tupungato, por más que sea más bajo en altura, ¿no?

[Daniel A.]: Ella es Gabriela Cavallaro, guía de montaña en Mendoza, Argentina. Y el Tupungato es un volcán de unos 6.570 metros de altura en la cordillera de los Andes, un gigante de hielo y piedra que tiene medio cuerpo en Chile y medio en Argentina. 

[Gabriela C.]: Acá estamos solos. Mirás alrededor, kilómetros a la redonda, no hay nadie. Estamos absolutamente solos.

[Daniel A.]: Y ahí, en esa inmensa soledad, estaba Gabriela con otro guía y dos turistas, una tarde de enero de 2024, cuando empieza esta historia.

Llevaban varios días de travesía guiados por un arriero y acompañados por un par de mulas. Habían comenzado el ascenso en Chile, por la cara norte del volcán, la más usada para subir, pero al cuarto día se encontraron con que el lugar por donde tenían que avanzar estaba bloqueado. 

[Gabriela C.]: Había habido aludes y se llevó parte de la cara por la que teníamos que subir y era inaccesible para las mulas. 

O sea, bueno, el arriero que iba un poco más adelante no le encuentra pasada. 

[Daniel A.]: Y ellos, Gabriela, el otro guía y los turistas, tampoco sabían por dónde seguir. El arriero, que conocía bien el volcán, les propuso ir por otro camino que los llevaría hasta la cara oeste.

[Gabriela C.]: Entonces, bueno, dijimos si el arriero lo conoce, si se puede acceder hasta ahí, sigamos hasta ese lugar. Y bueno, y desde ahí vamos a tener que leer la montaña por donde vamos a subirla. 

[Daniel A.]: Leer la montaña. Descifrar sus señales, anticiparse al peligro, domar el miedo. Cosas que Gabriela ha aprendido en los 15 años que lleva subiendo y bajando miles de metros en Mendoza y en otras partes de Argentina, de Latinoamérica y del mundo. 

Pero cuando llegaron hasta allí y tuvieron ante ellos la cara oeste, ya a 5.400 metros de altura, supieron que era imposible. 

[Gabriela C.]: La veíamos realmente impracticable. Era una cara, con roca, con partes, con nieve, con hielo. Entonces decidimos rodear la cara oeste. Irnos en travesía, en travesía significa ir como recto, digamos, sin ganar tanta altura. Desde la oeste a la sur. 

[Daniel A.] Sabían que allí, en la cara sur del volcán, había una ruta conocida, ya varias veces transitada. Era un camino difícil, algo hostil. 

[Gabriela C.]: El tema es que por la sur uno se mete a un glaciar. Y cuando te metes un glaciar hay que respetar ciertos horarios por las condiciones de la nieve, del hielo. No podés… No podés… meterte tan tarde porque las condiciones empiezan a cambiar. Empiezan a caer cosas de arriba porque se empieza a derretir. Entonces a veces quedan… caen piedras, caen bloques de hielo…

[Daniel A.]: Igual iban a intentarlo. Con cuidado. Pero cuando llegaron a los 6100 metros de altura, ya no tan lejos de la cumbre, uno de los turistas comenzó a perder el ritmo.

A esa altura, con frío extremo y poco oxígeno, el cuerpo entra en modo supervivencia.  Seguir adelante, sin condiciones favorables, puede ser muy peligroso. Así que decidieron parar para tomar algo caliente, descansar y calcular los pasos siguientes. Fue entonces cuando el otro guía señaló algo que veía a lo lejos. 

[Gabriela C.]: Entonces me llama, me acerco a donde está él y me dice ¿Qué ves ahí? 

[Daniel A.]: Gabriela miró hacia donde señalaba: unos 30 metros más arriba de ellos, sobre el glaciar…

[Gabriela C.]: Y se veía una mochila con algo amarillo que en ese momento parecía, no sé, parecía piel, realmente. En la primera impresión parecía una mano, una cabeza…

[Daniel A.]: Tal vez han escuchado sobre las historias de cuerpos encontrados en los caminos de montañas como el Everest o el Aconcagua. No es algo insólito en el montañismo, menos en lugares tan extremos. Para Gabriela fue, en principio, perturbador, pero desde donde estaban no podían realmente ver bien de qué se trataba. Y aunque le daba mucha curiosidad, tampoco podía acercarse. 

[Gabriela C]: Y para poder ir a ese lugar porque estaba como apoyado en el glaciar. Yo ahí ya iba a tener que sacar una cuerda, ponerme… No era tan accesible.

[Daniel A.]: Así que tomó unas fotos desde lejos y marcó el lugar en el GPS, mientras el otro guía seguía camino hacia la cumbre. Ella ya había decidido bajar con la otra turista, que estaba muy cansada. Cuando volvieron a encontrarse en uno de los campamentos unas horas más tarde, él tenía más información. 

[Gabriela C.]: Ahí me dice mirá, era una mochila y lo amarillo que vimos no es ningún cuerpo, es un aislante amarillo.

[Daniel A.]: Un aislante para poner en el suelo, debajo de la bolsa de dormir, para protegerla del frío. En la mochila, le dijo,  había algunas cosas más: unas herramientas, una cámara de video, algo de ropa, pero ninguna identificación. Nada que, a simple vista, indicara de quién era ni cuánto hacía que estaba ahí. 

[Gabriela C.]: La mochila queda allá. ¿Por qué? Porque imagínate esta mochila era una mochila de expedición pero  a simple vista ya se la veía, era muy grande y eso por lo menos más de 20 kilos pesaba. Era imposible bajarla.

[Daniel A.]: Y aunque no hubiera ningún cuerpo, era obvio que detrás de esa mochila perdida en el Tupungato quién sabe desde cuándo, había una historia. Y Gabriela quería averiguarla. 

Nuestra productora Emilia Erbetta nos sigue contando…

[Emilia Erbetta]: Gabriela tardó tres días en bajar del Tupungato y unos más en llegar a su casa en Mendoza. En el camino, no conseguía pensar en otra cosa que no fuera la mochila. Le intrigaba saber de quién era y cuánto tiempo llevaba ahí. 

Así que cuando ya estuvo de vuelta en su casa, empezó a hacer algunas averiguaciones. 

[Gabriela C.]:  Bueno, ya digo, habrá que investigar. Y sí, por supuesto, con reserva, porque no sabemos de quién ha sido, no sabemos de qué se trata. Esto por supuesto que hay una familia detrás, seguro.. Así nada fue ahí como tenerlo bastante en reserva 

[Emilia E.]: Con la poca información que tenía empezó la búsqueda. 

[Gabriela C.]: Esta mochila pareciera que es de los 80, de los 90. Bueno, quiénes han ido por esta cara que no han regresado, que no han vuelto? ¿Qué pasó? Entonces empezás a hablar con gente que conoce muchísimo la historia del montañismo y preguntarle “mirá, encontramos esto. ¿Vos qué pensás que es?”

[Emilia E.]:  Aunque la mochila había quedado en la montaña, el otro guía sí bajó ciertas cosas: una cámara de video Super 8, unos rollos de película, y una piqueta de hierro, esas que se usan para romper el hielo. Aunque el metal estaba algo oxidado por el viento, el frío y los años, aún era posible distinguir un nombre tallado: Zabala. 

La piqueta era una pista bastante buena: hablando con otros guías y buscando información en internet, Gabriela descubrió que Zabala era el apellido de un viejo fabricante de herramientas para montaña de la ciudad de Tandil, una zona de sierras en la provincia de Buenos Aires. 

Con ese dato, siguió investigando: revisó nombres de montañistas tandilenses y buscó información específica sobre expediciones al Tupungato en las que hubieran participado andinistas de esa ciudad. Pero le faltaba un nombre propio. Algo que orientara la búsqueda un poco mejor. Fue su novio, que también es guía, el que lo propuso por primera vez. Estaban charlando sobre el tema cuando le dijo:  Che… ¿no será de Guillermo Vieiro? 

Gabriela sabía de quién hablaba. Guillermo Vieiro es un nombre muy conocido en el andinismo argentino, uno de los próceres del montañismo nacional. Y aunque vivía en Buenos Aires solía trabajar mucho con el Club Andino de Tandil. Lo llamaban “el domador del Aconcagua”, porque hizo varios ascensos a esa montaña de 6961 metros, la más alta de Sudamérica, e incluso durmió en la cumbre aclimatándose para el Himalaya. 

[Gabriela C.]: Cuando uno se empieza a meter en este en este deporte empezás a leer y empezás a investigar y aprendés, ¿no? De quiénes hicieron los primeros ascensos a montañas emblemáticas. Quienes abrieron una ruta nueva…

Era como famoso en la montaña.

[Emilia E.]: Era famoso por sus aventuras. Incluso la última: subir al Tupungato por la cara este, una epopeya muy difícil que nunca más nadie repitió. Vieiro murió en un accidente en enero de 1985 mientras bajaba del volcán por la cara sur. La misma donde encontraron la mochila. Iba junto a otro montañista, un chico de 19 años llamado Leonardo Rabal, que también murió. Sus cuerpos, atados por una cuerda el uno al otro, fueron rescatados un mes después.

Gabriela googleó a Guillermo Vieiro y lo primero que encontró fue un blog en el que contaban su historia. Acompañando al texto, había algunas fotos.

[Gabriela C.]: Y claro, cuando veo la foto era la mochila, estaba el aislante amarillo, era la mochila roja y negra y el mismo aislante. Digo, No, no puede ser.

[Emilia E.]: Es que viendo la foto en la pantalla, empezó a entender el valor de lo que había encontrado. Porque si la mochila era realmente de Guillermo Vieiro, entonces llevaba 40 años perdida en la montaña. 

[Gabriela C.]: Yo trataba de obviamente de decir bueno, a ver Gaby, cálmate un poco. Tapá un poquito la emoción como tu emoción como montañista de que estás encontrando algo que es parte de la historia del montañismo argentino. Entonces bueno, frená un poquito esa emoción y ponete en lugar de la familia. Se trata de una persona que murió ahí. Entonces bueno, claro, abordarlo diferente, abordarlo con todo el respeto y a partir de ahí, eh, los pasos a seguir, cuáles eran.

[Emilia E.]: Preguntando, supo que al morir, Vieiro tenía 3 hijos: un nene de 7, una nena de 4 y una bebé de apenas 9 meses. Gabriela no tuvo ni tiempo de buscarlos. Ellos la encontraron antes. Es que noticias como la de la mochila encontrada en el Tupungato corren rápido en el mundo de montaña, y el rumor ya había llegado hasta los hijos de Vieiro a través de otro guía.

Fue Guadalupe, la menor de los tres, la primera que se contactó con Gabriela. Esta es ella. 

[Guadalupe]: Nosotros no sabíamos que podía haber una mochila. ¿Viste? cuando ni nos preguntamos eso. Ninguno de los tres. Creo que nunca pensó que podría haber algo de mi viejo en esa… en esa montaña, en ese volcán.

[Emilia E.]: Por eso, al principio le costaba creerlo. Pero cuando Gabriela le envió el video de la mochila que habían grabado con un celular en el Tupungato…

[Guadalupe]: Y yo la veo y digo sí, o sea, yo ya la había visto en otras fotos. Le se la mando a mi vieja, le digo Che, esta es la mochila de papá. Sí, me dice. O sea, 100% seguro es la mochila de tu papá. Y ahí empieza una locura, una locura de contactos, de redes, de no sé, no sé. Empieza a aparecer gente, Gente que yo no había hablado nunca en mi vida y que había estado en esa expedición misma de aquel momento.

[Emilia E.]: Pero todos los amigos de su papá empezaron a decirle que no, que esa no era la mochila de él… 

[Guadalupe]: Como diciendo “Es imposible, ¿no? Tu papá no tenía una cámara súper ocho. No tenía una cámara de video. Me dicen no, no, no. ¿Cómo va a aparecer la mochi?” Como todos viste diciendo no.

[Emilia E.]: Guadalupe tuvo unos momentos de angustia: le había dicho a Gabriela que sí era la mochila de su papá. Y ahora otra gente le decía que no, que era imposible… No sabía qué creer. 

Y mientras la mochila siguiera en el volcán, no había muchas formas de saberlo. Quedaba, solamente, una pista por explorar. La de los rollos de película que habían encontrado adentro. Así que Gabriela los hizo revelar y digitalizar. 

Después, le envió el video a Guadalupe. Sentada en su casa, de repente se abrió frente a ella, en la pantalla de su computadora, una ventana al pasado: eran unos cuantos minutos de imágenes sin sonido, en los que se ve a un hombre joven vestido con ropa gruesa de montaña y un gorro rojo de lana. Está sentado y escribe en un cuaderno con las manos envueltas en guantes. Guadalupe lo reconoció enseguida, porque ya había visto su cara en fotos. 

[Guadalupe]: Claro, si era Leonardo el que estaba en la cumbre, o sea, se veía claramente, eran ellos, digamos, no había confusión…

[Emilia E.]: En la imagen se ve a Leonardo Rabal, el chico de 19 años que murió con su papá bajando del volcán. El que filmaba, entonces, tenía que ser él, Guillermo. En el video, la cámara recorre el paisaje entre nevado y nuboso de la cumbre. Entonces sí habían logrado llegar, algo que nunca se había podido confirmar. 

Y ahí estaban, uno de cada lado de la cámara. Dos hombres en la cumbre helada del Tupungato, el último día de sus vidas. Una escena que había estado encerrada en esa mochila durante casi 40 años. 

Esa imagen abrió para Guadalupe y sus hermanos una puerta a un pasado al que los tres se habían asomado siempre con cautela… Con una mezcla de temor y curiosidad. Porque hasta ese momento, la historia de su papá, de su vida y de su muerte, había sido para ellos casi un tema prohibido. 

[Daniel A.]: Una pausa y volvemos. 

[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Emilia nos sigue contando.

[Emilia E.]: Para Guadalupe y sus hermanos, Azul y Rodrigo, todo lo que tenía que ver con su papá estuvo siempre rodeado de un aura de dolor y secreto. 

[Guadalupe]: Mi vieja habló siempre muy poco. Y la verdad es que, muchas veces no de la mejor manera, porque ella tiene como un recuerdo muy triste y doloroso. O sea, siente que fue una estupidez perder la vida de esa manera, ¿no? Y perderse hoy de su familia y de bueno de nosotros y etcétera. Entonces como que bueno, habla siempre muy desde el dolor, a veces desde el enojo…

[Emilia E.]: Y es que la expedición del Tupungato, se suponía, iba a ser el gran último ascenso de Guillermo. A su vuelta, la familia entera se mudaría de Buenos Aires a la provincia de Entre Ríos, donde a él, que era ingeniero, lo esperaba un puesto nuevo en una empresa de telecomunicaciones. Su esposa había renunciado a su trabajo y lo esperaba para empezar esa vida nueva juntos. 

A ella, que se especializaba en Historia del Arte, no le gustaba escalar y le daba miedo que su marido se expusiera así. Después de su muerte no pudo perdonarle que hubiera entregado su vida a la montaña, dejándolos solos. Y por eso no hablaba nunca de él. Tampoco lo hizo con nosotros. 

[Azul]: Era como una falta de respeto a mi mamá hablar de mi papá. 

[Emilia E.]: Ella es Azul, la hermana del medio. En el 85 tenía 4 años.

[Azul]: No estaba bien vista la figura de mi papá, como era una persona que nos había abandonado y que había elegido otra cosa que no era su familia.

[Azul]: Un poquito fue un sálvese quien pueda. Fue una situación bastante complicada económicamente y por sobre todas las cosas, emocionalmente para todos, ¿no?

[Emilia E.]: Pero eso no significaba que su papá no estuviera presente, de alguna manera. 

[Azul]: Siempre pensaba en él. Siempre

[Emilia E.]: No solo se preguntaba quién había sido su papá, por qué o cómo había muerto, sino, sobre todo, cómo había vivido. 

[Azul]: Yo no tenía ni idea de la vida de mi papá, ni qué había hecho, ni cuál había sido las instituciones de las cual él había formado parte…

[Emilia E.]: La vida de su papá era casi un misterio. Pura ausencia. 

[Azul]: ¿Cómo viví yo mi vida? Yo no tenía padre. Era una persona que se había matado en una montaña. No. Eso era todo lo que yo sabía. No iba a saber más de él. Todo lo que era de él era negativo, digamos. No existió honrar su vida, contarme quién era…

[Emilia E.]: Y sus hermanos sentían algo similar. Y así crecieron, sin saber demasiado sobre el peso que el apellido Vieiro tenía en la historia del andinismo argentino. Y en el centro de todo ese silencio, había algo especialmente prohibido.

[Emilia E.]: Una palabra casi impronunciable. No podían hablar delante de su mamá de nada relacionado con la montaña sin desatar una pelea. Pero necesitaban saber más. Así que, cada uno a su manera, buscó esa información que no podían encontrar en su casa.  Cuando terminó el colegio, Rodrigo decidió viajar a Mendoza para conocer a algunos de los amigos montañistas de su papá y visitar los campamentos en la base del Aconcagua. 

[Emilia E.]: Después, en su adolescencia, Azul y Guadalupe se acercaron al Centro Andino de Buenos Aires, del que su papá había sido parte. Averiguaron sobre sus expediciones, sus logros… querían saber cómo era él como montañista.

Pero esa curiosidad vino con consecuencias. Y trajo conflictos grandes con su mamá. Y cuando Guadalupe y Azul  fueron al Centro Andino de Buenos Aires, su mamá les advirtió: si ellas empezaban a escalar, no les iba a hablar más.

[Emilia E.]: Pero con el tiempo y pese a las advertencias de su mamá, las chicas también salieron a la montaña. Guadalupe estudió psicología y se mudó a Bariloche, una ciudad de la patagonia sur, al pie de la cordillera, y ahí empezó a escalar en roca. Azul se recibió de abogada, y se quedó en Buenos Aires, pero viajó varias veces a la cordillera para hacer ascensos con guías.

Y aunque después cada una tuvo experiencias distintas, en esos primeros acercamientos al paisaje que había fascinado a su padre, las dos sintieron lo mismo…

[Guadalupe]: Yo siempre tengo un vínculo muy ambiguo con la montaña como de amor y de terror. 

[Emilia E.]: Azul tenía esa misma mezcla de sentimientos. 

[Azul]: Miedo absoluto. Pero una cosa hermosa a la vez. Y me parecía algo… Era como… me volaba la cabeza llegar al pie de una montaña y el silencio. Es como indescriptible, no te puedo describir lo que me genera la montaña, pero por sobre todas las cosas, miedo…

[Emilia E.]: Y ese miedo, a Azul la acompaña en muchas otras partes de su vida, no solo en la montaña. 

[Azul]: Crecí viviendo con mucho miedo hasta el día de hoy todavía me peleo con ese miedo porque no entiendo qué miedo es razonable y que no, porque tengo un miedo que atraviesa todo. Si mi papá, una persona tan experimentada, se mata en la montaña, dije, nadie está a salvo en la vida.

[Emilia E.]: Más allá de esos acercamientos al mundo de su papá, para los tres él siguió siendo una presencia difusa, sin bordes claros. Una figura por momentos casi fantasmagórica. 

La aparición de la mochila transformó eso por completo: sin que lo esperaran, estaban frente a un rastro material del paso de su papá por este mundo. Fue una conmoción enorme.

[Azul]: O sea, yo no sabía cuánto necesitaba que él aparezca hasta que apareció. Entonces, bueno, es fantástico porque me daba cuenta lo mucho que necesitaba que él aparezca como en el plano de la realidad. No en mi cabeza, digamos como, “Bueno, tengo un papá que existe…” En algún punto, siempre sentí que él existía. Pero necesitaba como profundamente un saludo acá en la realidad. Y fue a través de su mochila. Entonces yo interpreto así como que por fin apareció. Es real. Existió. 

[Emilia E.]: Esta reaparición inesperada no les trajo calma, al contrario. 

[Guadalupe]: La noticia, digamos, cayó como una bomba en mi familia. Fue una bomba a todo nivel. ¿No? O sea, como de felicidad por un lado, como de sentir que mi viejo otra vez nos estaba hablando, otra vez estaba apareciendo. Pero bueno también generó mucho caos, porque mi familia ya estaba bastante rota, digamos, ya estaba como pendiente de hilos y bueno, esto terminó de cortar los hilos.

[Emilia E.]: La relación familiar nunca había sido fácil, siempre había habido peleas y desencuentros.. Y todo eso se tensó aún más cuando tuvieron que tomar una decisión: ¿irían o no a buscar la mochila al volcán? 

[Daniel A.]: Una pausa y volvemos.

[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Emilia nos sigue contando.

[Emilia E.]: Desde el momento que encontró la mochila en el Tupungato, Gabriela, la guía del comienzo de esta historia, se obsesionó con la idea de volver a buscarla. Se lo propuso a Guadalupe al poco tiempo de conocerla. También le preguntó si ella y sus hermanos no querían participar. No iba a ser sencillo, porque el Tupungato es un volcán muy desafiante, pero podían intentarlo aunque no llegaran hasta la mochila en sí. 

[Gabriela C.]:  Entonces lo que podemos ir haciendo es armar un equipo de personas, un equipo de avanzada, por así decirlo, que son los que vamos a ir hasta la mochila, el resto del grupo puede ir quedando en campamentos de más de menor altura, más seguros ahí.

[Emilia E.]: Guadalupe enseguida dijo que sí. Y aunque intentó explicárselo a su mamá, la decisión le costó una pelea más con ella, que duró varios meses.

[Guadalupe]: Pude hablar de que entendiera un poco que esto era algo mío y que necesitaba hacer y que yo entendía sus miedos. Pero que esto era algo que yo necesitaba hacer por mí. No, no, no, no tenía que ver con ella.

[Emilia E.]: No solo entendía su miedo sino también su enojo, porque aunque su mamá no quisiera hablar del tema, todo lo que estaba pasando tenía que ver con su historia. Y si había elegido bloquear todo eso, estaba bien. Pero a ella le pasaba al revés. 

[Guadalupe]: Yo al contrario. O sea, quiero a fondo conectar con esto ¿no? Y aparte yo decía ¿Cómo no voy a ir? ¿Vos entendés lo que pasó? O sea, vos entendés que apareció una mochila en el medio de la nada, 40 años después, a 6000 metros de altura. ¿O sea, cómo no? Si eso no es un llamado, digamos que lo es. O sea, como que tenía que ir.

[Emilia E.]: No solo eso: Guadalupe quería intentar llegar hasta la mochila, que estaba a 6100 metros de altura. Llevaba varios años viviendo cerca de la cordillera y aunque lo máximo que había subido eran 4500 metros, no lo veía físicamente imposible. Lo que sí le daba miedo era otra cosa.

[Guadalupe]: Siempre, me sentí un poco expuesta a esto de bueno me puedo morir, me puedo morir, yo sé que me puedo morir. Mi papá se murió haciendo esto, pero bueno, como tratando de luchar contra ese fantasma y ese miedo que se me presenta. Obviamente no cada vez que voy a la montaña, pero sí en situaciones que son más complejas o de dificultad técnica más alta, siempre está esto.

[Emilia E.]: Pero la dificultad del Tupungato era mucho más que técnica. Subir a buscar la mochila iba a ser también una proeza emocional. Azul lo sabía, por eso al principio tuvo muchas más dudas que su hermana. 

[Azul]: A mí en realidad me pareció una locura. No, no me quiero ir a matar al volcán donde se mató mi papá. No quiero que se mate mi hermana, que ella siempre quiso ir desde el día 1. Ella: Yo voy. Yo era como: ¿Estás loca? No… Y después, con el paso del tiempo, empecé a pensar que quizás sí era una buena idea ir. 

[Emilia E.]: Ver el entusiasmo de su hermana, la confianza de Gabriela, todo eso la fue animando. Pero igual tenía reservas. 

[Azul]: En realidad sobre todo les quería avisar a los guías que yo iba. Les quería advertir a los guías mira que yo voy a atrasar a la expedición, estoy haciendo un duelo que nunca hice, no estoy estable emocionalmente.

[Emilia E.]: La expedición tenía fecha tentativa: el verano de 2025, entre enero y febrero, cuando las condiciones climáticas fueran las mejores. 

Aunque Gabriela y los otros guías no cobrarían por su trabajo, igual había muchas cosas que pagar: las mulas, la comida, el equipamiento. Así que empezaron una campaña de recolección de fondos y búsqueda de patrocinadores. 

La expedición iba a durar unos diez días, porque Azul y Guadalupe necesitarían ir parando en campamentos de menor altura para aclimatarse y acostumbrar al cuerpo a los cambios de presión y las menores cantidades de oxígeno. Así que, además de juntar dinero para pagar todo eso, también tenían que prepararse físicamente. 

Y aunque las dos lo sabían bien, se demoraron en empezar a prepararse. Como si entrenar fuera poner en marcha una maquinaria ya imposible de detener, un primer paso concreto en el camino a reencontrarse con su papá. 

Guadalupe empezó recién en noviembre.

[Guadalupe]: Me costaba mucho, digamos, hacerme cargo básicamente de esa decisión, ¿no? Creo que también como emocionalmente fue un torbellino. Me costó mucho conectar con la idea de ir. Entonces dije yo voy a ir así, voy a confiar en mi cuerpo, voy a confiar mis genes también, porque dije algo debo haber heredado de todo esto.

[Emilia E.]: A Azul le pasó algo similar. Aunque se había decidido a ir, no pensaba subir demasiado, quizás hasta podía quedarse en el campamento base, así que entrenó algunas veces con un guía del Club Andino de Buenos Aires pero nada más. Estaba más enfocada en la parte logística de la expedición, sobre todo en la búsqueda de fondos. 

[Emilia E.]: La expedición comenzó el 15 de febrero por la parte chilena del volcán. Eran en total diez personas: Azul y Guadalupe, Gabriela, una documentalista, un camarógrafo, otros tres guías y dos asistentes, además de los arrieros con las mulas. Era un día soleado de verano, caluroso.

[Emilia E.]: En montañas así, el ascenso debe ser lento, con descansos para acostumbrar el cuerpo a la altura, así que empezaron con un par de días de caminata. 

[Emilia E.]: La primera noche la pasaron en un refugio llamado Agua Buena, donde al llegar, los guías armaron las carpas, prepararon el mate, cocinaron la cena. Durante un rato, se sentaron sobre unas piedras a relajarse un poco y conversar sobre lo que venía. Mientras todos charlaban, la documentalista Melina Tupa grababa.  Lo que van a oír es material de ese y los siguientes días.

[Guía]: ¡Azul!

[Guadalupe]: Cuesta hacer lo que uno quiere…

[Gabriela C.]: Salir de la zona de confort… 

[Azul]: Terrible…

[Gabriela C.]: Acá en la montaña esa frase es justamente literal… vamos a  pasar diez días sin bañarnos, un montón de cosas que tal vez nosotros estamos un poco más acostumbrados y para vos van a empezar a ser un montón de situaciones nuevas, el hecho de irte a dormir con frío y que tardes un rato en entrar en calor…

[Emilia E.]: A la mañana siguiente, muy temprano, siguieron camino. 

[Gabriela C.]: Así nos fuimos metiendo a la montaña. Al día siguiente nos vamos a otro campamento un poco más arriba, a 3200, que es el campamento el Refugio Tupungato. Y a partir de ahí ya se empieza a ver el Tupungato, porque desde que salimos de Mendoza no lo vimos más hasta que llegamos a esa parte. 

[Gabriela C.]: ¿Que te imaginas que es?

[Guadalupe]: No, en serio, ese ya es El Tupungato? Wooow, tremendo..

[Gabriela C.]: Lindo, ¿no? 

[Guadalupe]: Sí…

[Gabriela C.]: Imagino tus emociones, porque a mí me emociona verlo cada vez que estoy acá…

[Guadalupe]: Voy a llorar…

[Gabriela C.]: Estas acá mirá…

[Guadalupe]: Increible.

[Emilia E.]: Para las chicas, estar frente a esa silueta silenciosa e imponente, ese lugar hecho de piedra y hielo, donde había muerto su padre, fue una primera revelación. 

[Guadalupe]: Y en ese momento que yo veo el Tupungato, no sé, esas cosas que no se pueden explicar o poner mucho en palabras. Pero en el momento en el que vemos el Tupungato por primera vez con mi hermana, fue tipo quiebre, llanto, fue algo como medio loco del Tupungato, ahí está mi papá, ese es mi papá, o sea, no sé…

[Emilia E.]: Avanzaron entre 700 y 800 metros de altura por día, durmiendo en campamentos a 1500, 2000, 3000, 3500, 4000, 4500 metros de altura. Cada una de las hermanas tenía un guía asignado que la acompañaba de cerca. Gabriela lideraba al grupo y marcaba los tiempos. 

[Gabriela C.]: No se olviden de rescatar los snacks… Hoy tenemos…

[Azul]: ¿Cuántas paradas…?

[Gabriela C.]: Vamos a tener… más o menos son 9 kilómetros, y en horas en promedio son entre 3 y 4, 4 y media, así que equivale a  4 paradas…

[Guadalupe]: Cuanto desnivel… 

[Emilia E.]: Azul, desde el principio, había pensado subir hasta los 4.000 metros como mucho. Pero cuando llegaron al refugio que estaba a esa altura, se sentía bastante bien, mejor de lo que esperaba. Así que decidió seguir un poco más. 

[Azul]: Termino subiendo un poco de casualidad, llevada por la energía del grupo. Siempre estuve reticente a avanzar y al final terminé avanzando porque me subieron básicamente. Fue la energía de la gente que lo organizó la que me llevó. Literalmente yo fui llevada por ellos como que me entregué por completo.

[Emilia E.]: El paisaje era hermoso, pero Azul no podía desconectar su cabeza para apreciarlo. Pensaba en su papá, en lo que significaba para ella estar ahí, lo que le había costado física y emocionalmente. Iba rodeada de gente pero a la vez, en soledad. 

[Azul]:  Yo siempre le digo a Gaby que en realidad ella se cargó una mochila tremenda, porque no fue solo que ella, Gabriela se cargó la expedición, cargaban con una una mochila que era nuestra angustia, nuestro duelo. Pero así, crudo, porque yo lo tenía a flor de piel en la montaña no podía caretear nada. Era… Estaba como con el corazón en la boca. Entonces ellos cargaron como con una angustia y un dolor que estaba ahí como vivo por primera vez ¿no? El dolor, en serio, de contactarnos con su muerte.

[Emilia E.]: En el refugio siguiente, cuando alcanzaron los 4500 metros, Azul empezó a sentir la altura. La falta de oxígeno, el cambio en la presión atmosférica. Ya era más difícil dormir, seguir caminando. Así que decidieron que era el momento de que ella parara. 

En ese campamento, Guadalupe le contó a su hermana que había un dilema que  la atormentaba desde hacía días.

[Guadalupe]: Yo estuve muy mal los últimos días, muy mal internamente. O sea, de hecho hubo un día que yo casi que no hablé con nadie, que estuve como muy introspectiva, ¿no? Como muy para adentro, porque internamente yo me estaba debatiendo si seguir o no seguir.

[Emilia E.]: Era un miedo que la había agarrado fuerte y no la soltaba. Conocía ese temor a seguir adelante, a arriesgarse, lo había sentido otras veces en la montaña.

[Guadalupe]: Cuando llegamos a uno de los campamentos, yo en un momento le pido a mi papá que me dé una señal de si tenía que subir hasta la mochila o no, digamos como no queriendo también, no queriendo tomar yo la decisión. Y claro,  hay un derrumbe en la pared oeste del volcán. O sea, yo si tengo que interpretar esto, es tipo no vayas. 

[Emilia E.]:  Azul intentó sacarla de ese enrosque mental. Llevarla de vuelta al presente: al porqué estaban ahí, juntas.

[Azul]: Yo lo que le hacía mucho hincapié es “che: pero no importa lo que papá querría, lo que la señal que él te daría para que subas. O sea, hacé lo que vos quieras hacer. Conéctate con quien sos vos, con tu deseo. Yo estoy acá porque terminé queriendo venir. No sé si a papá le gustaría o no, si le gusta que yo esté acá o no, no le pido cosas”. 

[Guadalupe]: Y ahí es que dije, bueno, es verdad, esta soy yo viviendo esta experiencia. No soy viviéndola a través de mi viejo, esto es mío, esto es algo que yo quiero hacer y bueno, no es repetir la historia. 

[Emilia E.]: Al contrario: es vivir la suya. 

[Azul]:  Gracias por tanto…

[Guia]: A ustedes… Nos vemos en unos días…

[Azul]: Nos vemos en unos días, ojalá mañana o pasado…

[Emilia E.]: Al día siguiente, Azul se quedó en el campamento con un guía, a 4.650 metros de altura, mientras su hermana y el resto siguió adelante. 

Caminaron otros dos días hasta los 5.500 metros. A medida que subían desaparecían los animales y la vegetación se volvía mucho más escasa. A su alrededor, el paisaje ya era otro. Y hacia arriba, cada vez más cerca, el hielo del glaciar. 

Fue ahí que Guadalupe empezó a sentir de veras la altura. 

[Guadalupe]: Yo desde los 5500 metros, sentía como que una persona me estuviera tipo agarrando la nuca así, presionando. Sentí una presión acá en la nuca, en la cabeza, que me mataba…

[Emilia E.]: Ya no soportaba el sabor del jugo que tenía que tomar para mantenerse hidratada y con minerales suficientes. Tampoco tenía hambre, y solo comía cuando los guías le insistían.  La mochila estaba a menos de 500 metros de altura, quedaba solo un día más de caminata. Pero las dudas habían vuelto.

[Guadalupe]: Tenía que irme con ellos para un campamento a 5.400 metros de altura y después decidir si iba a ir a la mochila a los 6.000 metros de altura. Y este para mí es el lugar del accidente. Ese fue el lugar del accidente. Entonces. Bueno, me daba terror realmente.

[Emilia E.]: A que pasara algo, a que un accidente como el que tuvo su papá en ese lugar se repitiera. 

[Guadalupe]: Como que mi idea era mirá si le pasa algo a los cinco guías que están yendo conmigo y yo me quedo sola en la montaña, como que ese es mi miedo.

[Emilia E.]: Ahora se da cuenta de que era un poco irracional. Las condiciones en que subió la montaña eran muy distintas a las que vivió su papá 40 años atrás: iba con cinco guías y las técnicas de localización son muy diferentes y mucho más precisas hoy a cómo eran antes. Pero en ese momento no importaba nada de eso. La noche anterior no pudo dormir. Habían decidido parar para descansar y ella pasó casi todo el día sola, en la carpa. 

[Guadalupe]: Fue como un debate interno muy intenso y al final ni lo decidí. Fui, simplemente fui.

[Emilia E.]: Se levantó a las 4 de la mañana con el resto del grupo y después de tomar unos mates, salieron caminando hacia el punto en el GPS que Gabriela había marcado un año antes, cuando había visto la mochila. Si todo iba bien, llegarían alrededor del mediodía, con suficiente tiempo para regresar al campamento todavía con luz. 

Después de algunas horas, Guadalupe empezó a sentirse muy cansada, el peso de todos esos días de ascenso cayó sobre su cuerpo.

[Guadalupe]: Y cuando llegamos más o menos a la altura de 6.000, yo vi que había tipo una piedra súper cómoda. Yo dije yo me quedo acá. No puedo más.

[Emilia E.]: Un poco más adelante, empezaba el glaciar. Aunque no podían verla desde ahí, calculaban que estaban a unos 100 metros de la mochila. Guadalupe se sentó y vio cómo Gabriela y otros dos guías se colocaban los crampones para caminar sobre el hielo. No estaba sola: con ella se quedaron una guía y el camarógrafo que acompañó a la expedición desde el inicio. 

Unos minutos más tarde, mientras avanzaba sobre el glaciar, Gabriela no podía dejar de pensar en una cosa.

[Gabriela C.]:  Era como ese fantasmita así que tenía en la cabeza diciéndome: Che, estás armando todo esto y no está, ¿y qué pasa si no está? ¿Y qué pasa si no está? 

[Gabriela C.]:  No sabíamos si alguien más había pasado por ahí. Se la había llevado. No sabíamos si tal vez se había caído por el glaciar. Podía no estar. 

[Emilia E.]: Mientras Gabriela y los demás avanzaban, un dron se adelantó sobre sus cabezas. Lo manejaba, en remoto, el camarógrafo que se había quedado con Guadalupe.

De repente lo vieron detenerse. 

[Gabriela C.]: y ese momento fue re emocionante porque como que nos empieza a hacer señas con el dron subiendo y bajando, como diciendo hasta acá. Y nosotros estábamos yendo directo ahí, así que fue como todo perfecto. 

[Emilia E.]: Y entonces, unos minutos después, la vieron: a lo lejos, un pequeñisimo manchón rojo, amarillo y negro que se recortaba en medio del manto blanco del glaciar. Estaba  en el mismo lugar donde Gabriela la había visto un año antes. Apoyada sobre el hielo como si alguien, simplemente, la hubiera olvidado ahí.

[Emilia E.]: Caminaron en esa dirección a paso lento, escuchando solo el sonido de los crampones al entrar y salir de la nieve. Era un día de mucho sol, y la luz rebotaba por toda la superficie del glaciar. 

[Gabriela C.]: Está buenísima la nieve…

[Emilia E.]: Después de un rato largo de maniobras sobre el hielo, lograron llegar hasta la mochila. Tenían instrucciones precisas sobre qué hacer. 

[Gabriela C.]: No era cuestión de llegar, toquetearla, ¿si? No. Primero antes de tocar, sacamos fotos, documentamos bien cómo estaba. De ahí la ponemos en una zona segura y bueno. Y ahí sí necesitábamos, reacomodarla para poder bajarla. 

[Guia1]: Che, ¿y si se nos va?

[Guia2]: No se nos va a ir.

[Gabriela C]: No, estamos sosteniendo todo…

[Guia2]: Está re enganchada…

[Emilia E.]: La aseguraron con sogas y empezaron a moverla. 

La mochila tenía sus propias sogas y otras piquetas sujetas por fuera, así que las metieron, para que no quedara nada colgando. Después, la guardaron en una bolsa grande de plástico.

[Gabriela C.]: Y ahí empezamos la vuelta, el regreso. Y ni bien llegamos a donde estaba Guadalupe, ese momento, la verdad que se me llenan los ojos de lágrimas, de emoción…

[Guadalupe]: No sé, yo casi me muero, casi me muero.  O sea, no sé de dónde saqué fuerzas para salir corriendo. Imagínate que salí corriendo a recibirlos y los abracé, obviamente todos llorando, o sea, abracé la mochila. O sea, lo primero que me salió fue abrazar la mochila. Fue increíble. Fue una alegría inmensa. 

[Gabriela C.]: Ese momento de entregarle literalmente la mochila en las manos a su hija, Guadalupe, fue como ¡wow!… valió la pena todo.

[Emilia E.]: Mientras tanto,  una de las guías se comunicó con el campamento donde estaba Azul…

[Guía]: Estoy retornando al campamento. Encontramos la mochi…

[Guía]: ¡Encontraron la mochi! 

[Azul]: ¡Vamos!

[Guía]: Un momento por favor, porque viene Azul aquí a escuchar la noticia, un momento por favor…

[Guía]: Si, dale… Azul para el campamento…

[Guía]:Está copiando Azul para el campamento Azul está super emocionada…

[Guía]: Mantengan la radio abierta que cuando llegan todos van a hablar con Guada… entre Guada y Azul…

[Guía]: Está copiado…

[Emilia E.]: Aunque se moría de ganas, Guadalupe resistió a la curiosidad de abrir la mochila en ese momento. Quería compartirlo con su hermana Azul, que la esperaba en uno de los refugios con el resto de la expedición. La caminata hasta allá duró un día más. 

Cuando llegaron, colocaron la mochila sobre una mesa y juntas comenzaron a sacar las cosas. Una por una. 

[Azul]: Vamos a abrirla…

[Guia]: Fíjate si tiene marcas si tiene algo.

[Guadalupe]: Tiene tierra, hielo.

[Azul]: Tiene hielo, si… No le encuentro la marca.

[Azul]: Fue medio duro hacerlo. Pero yo en ese momento un poquito me disocié porque me parecía que era su intimidad. ¿Me entendés? O sea, algo muy íntimo es abrir la mochila de alguien.

[Azul]: ¿Sabes qué estaba acá? La cámara de fotos…

[Guadalupe]: Si, eso..

[Gabriela C.]: Eso estaba por fuera…

[Guadalupe]: Eso suponíamos..

[Azul]: Porque hay una foto de el que tiene esto con la cámara… pará que no quiero que me vean todos…

[Emilia E.]: A su alrededor, como si esperaran la revelación de un tesoro, estaba todo el resto de la expedición.

[Azul]: Siento que montamos un show en ese momento. Como que bueno, había que sacar, mostrar. Pero bueno, fue un momento donde un poco tuve que… hice un esfuerzo, no, porque no tenía muchas ganas de en realidad mostrar en ese momento como que quería hacerlo en privado y ver qué… qué guardaba él.

[Guadalupe]: Fue raro porque estábamos todos muy expectantes. O sea, todos. O sea, había mucha gente y estaban todos mirando y estábamos como todos, muy expectantes. Y nosotras como por ahí eso hubiera estado bueno, que fuera un poco más privado.

[Azul]: No se habló, pero entendimos, mi hermana y yo, no sabía que ella también se había sentido así… De hecho, pensé que ya lo había hecho con gusto pero, nada, fue difícil ver sus cosas. Lo último que le había tocado. ¿No? 

[Emilia E.]: Pero todos habían trabajado tanto y tan fuerte, que las chicas sintieron que eso era lo que correspondía. 

[Guadalupe]: Acá están los videos, los voy a poner acá,  yo sabía que tenían que estar

[Guía]: Me parece que están sin usar…

[Guadalupe y Azul]: ¡Oh!

[Guadalupe]: Cubiertos, cafiaspirina.

[Azul]: Cuchara, fósforos…

[Guadalupe]: Fósforos…. ¿Qué es esto? Ah, una lupa. Un abrelatas jaja 

[Emilia E.]: También una bolsa de dormir, campera, vitaminas, un par de piquetas, un termómetro. Azul y Guadalupe sacaron cada objeto con delicadeza, con la sensación de que entrar en contacto con ellos era entrar en contacto con su papá. 

[Guadalupe]:  Me impactó mucho ver de adentro de la mochila un frasco de vitamina C. Antes venía en frasco de vidrio y estaba todo roto. O sea, estaba hecho trizas el frasco. Entonces digo, bueno, debe haber sido una caída importante.

[Emilia E.]: Buscaban en esos objetos pistas de cómo habría sido su muerte… 

[Guadalupe]: Yo veo encima el acta de defunción de mi viejo. Obviamente dice: Politraumatismo y todos te dicen muerte instantánea, pero tampoco nunca lo sabés, ¿no? Y eso es como que también siempre estuvo en mi cabeza, ¿no? ¿Cómo habrán estado? Un poco vivos, ¿no? O sea, habrá sido. ¿Habrá sufrido?

[Emilia E.]: Cómo habrían sido esos últimos minutos de conciencia… Ahí, en esa mochila, estaban capturados los últimos momentos de su papá. Unos momentos de los que no sabían, no saben, demasiado. Qué pasó con Guillermo y Leonardo ese día de enero de 1985 cuando intentaban bajar del Tupungato es algo que nadie va a saber. Lo que hay son hipótesis, la más sólida es que uno de los dos se resbaló o se cayó mientras bajaban por el glaciar y en la caída arrastró al otro, porque cuando encontraron los cuerpos estaban encordados entre sí. Quién cayó, por qué, cómo alguien tan experimentado como Guillermo pudo morir en un accidente así, es un secreto guardado para siempre en el volcán.

[Emilia E.]: Durante todos estos años, los tres hermanos buscaron en su muerte el sentido de la vida de su papá. 

Es que, como nos pasa a muchos con nuestros propios padres, para ellos entender las decisiones y elecciones del suyo ha sido la tarea de una vida.

Cada uno,  su propio proceso, a su manera y ritmo y en gran medida fue solitario y silencioso. 

[Guadalupe]: Pasé por muchas etapas, de enojo, de decir: Qué pelotudo, te mataste y dejaste una familia sola. Pero en algún punto pasé por esa parte de decir Bueno, te fuiste a matar a la montaña, Dale. O sea. ¿Qué necesidad? Y después entendí que fue un accidente. O sea que era su pasión y que fue un accidente. 

[Azul]: Siempre estuve en paz con mi papá. Nunca me agarró como: ¿Por qué nos abandonaste? Es como él tenía una pasión, que la gente apasionada no puede tener hijos porque quizás se mata. De hecho, había gente que me decía. ¿Pero cómo? Tu papá fue a la montaña y los dejó a ustedes, como insistiéndome de que yo me enoje. Y era como, sí, bueno, está bien. No, no, no. Nunca me voy a enojar con él.

[Emilia E.]: En su lápida en el Cementerio de los Andinistas de Mendoza, la mamá de los chicos, su viuda, dejó registro de este amor con una línea: Quedarás en la montaña como siempre quisiste. 

Después de la expedición, todo lo no dicho, lo no hablado, las cuestiones pendientes, en definitiva, las esquirlas de un duelo demasiado largo y demasiado solitario, arrasaron con lo que quedaba de la familia.  

[Guadalupe]: La gente piensa uy, seguro, los reunió como familia. Yo pienso que fue un proceso tan individual para cada uno que en algún punto fue necesario que… que esto se rompiera de alguna forma, ¿no? Como que obviamente yo hubiese preferido tener el apoyo de mi vieja, nadie se pelee y que todo fuera en términos de felicidad. Pero creo que fue algo esto, un proceso tan individual para cada uno de nosotros que necesitamos atravesarlo de esta manera.

[Emilia E.]: Recuperar la mochila, de alguna manera, fue para ellos como responder a un llamado o recibir una carta inesperada. Una forma de comunicarse con él cuando ya no lo creían posible. 

[Guadalupe]: Es como volver a sentirlo vivo de alguna manera. Y yo creo que fue un poco eso. Reencontrarnos con sus objetos, reencontrarnos con él a través de sus objetos. 

[Emilia E.]: Objetos como la campera de pluma, que Guadalupe y después su hermano Rodrigo se probaron y estaba intacta. O la bolsa de dormir en la que Azul sintió por primera vez el olor perdido de su papá. Cosas comunes, cotidianas para cualquier montañista, que Guillermo puso en esa mochila pensando en volver a verlos y que estuvieron 40 años conservadas por el frío del volcán, como esperándolos.

[Daniel A.]: Emilia Erbetta es productora de Radio Ambulante y vive en Buenos Aires. Esta historia fue editada por Camila Segura y por mí. Bruno Scelza hizo la verificación de datos. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri con música de Ana Tuirán, Rémy Lozano y Andrés.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Sara Selva Ortiz, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa,  Luis Fernando Vargas y Mariana Zuñiga.

Carolina Guerrero es la CEO. 

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

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Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Créditos

PRODUCCIÓN
Emilia Erbetta


EDICIÓN
Camila Segura


DISEÑO DE SONIDO
Andrés Azpiri


MÚSICA
Andrés Azpiri


VERIFICACIÓN DE DATOS
Bruno Scelza


ILUSTRACIÓN
Fiorella Ferroni


PAÍS
Argentina


TEMPORADA 15
Episodio 30


PUBLICADO EL
4/28/2026

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