Allá, en Lurigancho | Transcripción
COMPARTIR
Este podcast es propiedad de Radio Ambulante Studios. Cualquier copia, distribución o adaptación está expresamente prohibida sin previa autorización.
[Daniel Alarcón]: Hay que entender que Erica no era de las que se fijaban mucho en los chicos.
Tenía unos 15 años, era la mayor, y con cuidar a sus dos hermanos ya tenía suficiente en la cabeza. Vivía en Lima, donde su familia había llegado después de salir de la selva peruana con las manos casi vacías. Estamos hablando de los años 90. Después de probar suerte en varios distritos de la capital peruana, la familia de Erica construyó una casa simple con puerta de metal, en un terrenito que se habían comprado por apenas sesenta soles, unos 25 dólares de la época.
Esa casita quedaba en Puente Piedra, un distrito de Lima que en realidad apenas se sentía como parte de la ciudad. En algunos puntos era completamente rural, con cerros pelados y amarillentos, casas precarias y calles sin pavimentar. Y seco. Todo seco.
Bueno. Entonces, Erica era una joven responsable. Típica hermana mayor. ¿Chicos? Nada.
[Erica]: Yo, de verdad que no, no me interesaba ni estaba mirando, ni si ese chiquito me gusta o si es guapo… No, no, porque inclusive, inclusive también yo pedí que mi mamá me pusiera en un colegio de puro mujeres. Estudiaba en un colegio de puro mujeres antes de mudarme acá a Puente Piedra. Usaba mi faldón grande, bien, bien así bien recatada.
[Daniel A.]: Hasta que un día se cruzó con Henry.
Era de su mismo barrio, unos seis años mayor que ella. Lo había visto antes, y lo conocía. Venía de una familia con más dinero que la suya, aunque existía una relación estrecha entre ambas familias. El papá de Erica y el tío de Henry habían pasado un tiempo en la cárcel juntos. La familia de Henry tenía un terreno en Puente Piedra que una prima de Erica cuidaba. Y Erica a veces la acompañaba, porque ahí había un televisor….
[Erica]: Entonces nosotros siempre éramos los niños que se iba a la casa del vecino a mirar televisión porque nosotros no teníamos esas cosas. Yo la verdad bajaba muy poco, ¿ya? porque yo, pues tenía que lavar, tenía que cocinar. Los que bajaban más eran mis hermanitos los dos. Pero un día, no sé qué pasó y bajé, pues, ¿no? Y bajé, bajé donde mi prima. Y justo en eso lo veo que llega Henry.
[Daniel A.]: Lo vio bajarse de un auto rojo, muy bonito. El carro de su papá.
[Erica]: No sé qué me pasó que en ese momento… Yo cuando le vi, yo le dije a mi prima: “Wow, le digo, ¿quién es ese chico?”, le digo.
O sea, fue el primer hombre que en ese momento, a esa edad, o sea, me gustó, ¿no? como quién dije.. Wow, o sea qué guapo, ¿no?
[Erica]: Como un flash.
Entonces yo me acuerdo que un día le comenté a mi prima no, él me sí, sí, me gusta. Pero, qué se va a fijar pues en una chiquita toda pobretona le digo, ¿no? Y nosotros somos de familia humilde. Así que, bueno, ya, yo piso tierra, ¿no? Le digo a mi prima.
[Daniel]: Este es Henry.
[Henry]: Bueno, yo no me acuerdo tanto de ella, pero ella sí se acordaba de mí, porque yo en esa fecha ya… yo estaba con con este, este idea de negocio, ¿no?
[Daniel A.]: Es decir, tenía la cabeza llena de ideas, de las ambiciones típicas de tantos jóvenes de veintipocos, con la mirada fija en sus metas. Juntar dinero. Conocer el mundo. Vivir bien. Si vió a Erica, pues, era una niña a la que no le dio mucha importancia. Y en todo caso, pocos meses después de ese encuentro, Erica y su familia se mudaron a otro distrito de la enorme capital, y las familias de Henry y Erica dejaron de ser vecinos. Se perdieron el rastro.
Algo que suele suceder.
Entonces, pasaron los años, más de una década, y claro, cada uno hizo su vida. Hasta que un día, cuando Erica tenía ya unos 25 años, de pura casualidad, su padre se encontró con la mamá y el hermano de Henry.
[Erica]: Y le dice: “Oye, ¿qué es de tus hijas? ¿Cómo están? ¿Ya se casaron?”. Entonces mi papá le dice: “Sí, una de mis hijas ya está casada, pero no vive acá, vive en Argentina, ¿no?”
[Daniel A.]: Pero la mayor, es decir, Erica, seguía soltera. Intercambiaron los números de teléfono.
[Henry]: Y es así que, este, un día llega mi madre y me da el teléfono. Y lo tuve ahí como un mes o así. Y no sé. Entonces, un día se me ocurre decir, a ver, voy a llamarla. Y en tres ocasiones que la llamé nunca la ubiqué.
[Erica]: Entonces, yo cuando salía de trabajar, yo siempre veía un número de tantas llamadas, pero la verdad que no le tomaba importancia, pues decía ya, de quién será y salía cansada, pues, ¿no? Hasta que un día, este, estoy en el carro y contesto. Ay, este número otra vez. Digo ya, bueno, a ver quién es. Y contesto y era él. “Hola, Erica”, me dice. “¿Te acuerdas de mí? Soy Henry”. Ah, le digo ah, so, hola, le digo, pues, ¿no? So, ¿qué es de tu vida? le digo. O sea, imagínate pues desde los 13 años que le he visto y de ahí nunca más le volví a ver.
[Daniel A.]: Henry le contó que vivía en Arequipa, la segunda ciudad más grande del Perú, en el sur del país, a una hora en avión de Lima.
[Erica]: Ah, mira, qué bien, le digo. ¿Y tú? me dice. Ah, estoy saliendo del trabajo, súper cansada. Y así empezamos a conversar y a conversar, pues, ¿no?. Y me acompañó prácticamente todo el trayecto de mi trabajo a mi casa, ¿no?
[Daniel A.]: Erica trabajaba en una textilería. Cada tarde, recorría en bus unos 40 minutos de trayecto por las calles atiborradas de Lima. Mientras tanto, conversaban.
[Henry]: Y empezó una amistad por teléfono.
[Erica]: Me encantaba conversar con él. Y así, así se fueron dando los días. Y cada vez las conversaciones se hacían más… Empecé a agarrar, este… Empecé a agarrar confianza. Y así.
[Henry]: Fue tan agradable la conversación. Derivó en encontrarnos su vida, mi vida, etcétera. Y eso, este, fue generando una calidez, ¿no?
[Erica]: Cuando él dejaba de llamarme me causaba nostalgia, me sentía que este, que… que me hacía falta escuchar su voz para que mi día esté completo.
[Daniel A.]: Erica, sin querer, se estaba empezando a enamorar de Henry. De una voz al otro lado del teléfono, de una persona que no veía hace más de diez años. Incluso hoy le suena sorprendente, inverosímil. Henry le hablaba de libros que estaba leyendo, de relaciones pasadas que no habían ido bien, de sus sueños, de sus familias, pero apenas mencionaba su día a día. En realidad Erica sólo sabía un par de cosas: que trabajaba en Arequipa, y que tenía tanto trabajo que no tenía ni tiempo de viajar a Lima. Ni siquiera entendía bien qué tipo de trabajo era, pero disfrutaba tanto hablando con él, que tampoco le daba mucha importancia.
[Erica]: Entonces, un día yo salgo de una reunión con unas amigas. Y le digo pues, a mi amiga lo que me estaba pasando. Le digo, no sé, quiero saber qué es lo que realmente estoy sintiendo por él. Porque si él no me llama, este, me siento vacía, me siento rara. No sé, no sé, creo que me estoy enamorado. ¿Pero cómo me enamoro de una persona que solamente estamos hablando por teléfono. Necesito verlo. Necesito saber cómo, cómo está, cómo es, pues. Pero entonces mi amiga me dice: Pero anda, pues, me dice por qué no vas a Arequipa, me dice. Tú estás loca, le digo, cómo voy a ir yo a buscarlo, le digo. Cómo voy a ir yo a buscarlo… No, estás mal. Ah, me dice, pues te vas a quedar solterona, te vas a quedar así… Ya los tiempos han cambiado, me dice, ya estamos en otro siglo, me dice.
¿Y si voy? digo ¿y si voy? ¿Qué pasaría si voy? Igual voy, voy a ir y me voy a sacar de una vez el clavo.
[Daniel A.]: Era un riesgo, pero se dejó convencer de que valía la pena.
Erica salió esa misma tarde, doce horas en bus a Arequipa. Y cuando llegó, llamó a Henry desde la central de buses. No le contestó. Llamó y llamó y nada. No le quedó otra opción sino volver a Lima, destruida. Física y emocionalmente destruida.
[Erica]: Inclusive llegué a mi casa, molesta. Me encerré en mi cuarto y, este, tiré mis maletas, ¿eh? Tiré el celular, lo tiré. Así de cólera. Me puse a llorar. Lloré mucho ese día porque yo hacía buen tiempo que estaba sola, ¿no? Y mal, pues, o sea, la pasé mal porque dije no, o sea, él algo me está escondiendo. De repente tiene hijos, tiene familia. Y yo que estoy haciendo, ¿no?
[Daniel A.]: Al día siguiente, Erica se recompuso un poco y prendió su celular.
[Erica]: Entra la llamada de él…
[Henry]: Decidí llamarla para bien o para mal y contarle.
[Erica]: Entonces le contesté y, y él y él, yo le digo, ¿por qué me hiciste esto? Le digo. Y entonces él agarró y me dijo, no, Erica, me dice, este…
[Henry]: Y quiero contarte que estoy más cerca de lo que tú crees. Y que es más, somos vecinos.
[Erica]: Yo estoy en Lima, me dice. ¿En Lima? le digo. Pero, ¿cómo, cómo? Si estás en Lima, entonces, ¿por qué? ¿por qué haces todo esto? Le digo, pues, ¿no? Y me dice: estoy, es más, yo estoy cerca por donde tú vives. ¿Qué? ¿cerca por donde yo vivo? le digo.
[Henry]: Y, este, terminé contándole la verdad. El lugar dónde estaba. Por qué estaba. Pidiéndole disculpas porque, lamentablemente, se generó una mentira.
[Daniel A.]: Henry se vio envuelto en una mentira de la que no supo salir. Por vergüenza. Por orgullo. Pero no tenía otra pareja. No tenía ni esposa ni hijos. Tampoco vivía en Arequipa. En realidad estaba en Lima, siempre había estado en Lima.
[Erica]: Y ahí él agarra y me lo suelta, así, o sea, de un porrazo. Me dice, sí, Erica, yo estoy aquí en Lima, pero yo estoy privado de mi libertad.
[Daniel A.]: Vivía en el penal de Lurigancho, la prisión más grande de Perú.
Soy Daniel Alarcón. Esto es Radio Ambulante.
Ya volvemos.
[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante.
[Daniel A.]: Oye, cuéntame un poco, de tu delito de cómo entraste en condena.
[Henry]: Bueno, yo vivía en Bolivia… Y en Bolivia, pues me libré de tres ocasiones de terminar preso por mis actividades.
[Daniel A.]: Vamos a volver a la historia de Erica, pero primero quiero explicar por qué Henry se encontraba en la prisión más temida del Perú.
Entonces, seamos claros. Cuando Henry se refiere a sus actividades, pues, su actividad principal en esa época, era transportar droga de Bolivia a Brasil. Corría mucho riesgo. Pero se salvó. Tres veces. Y como no quería arriesgarse una cuarta vez…
[Henry]: Me vine a Perú… Ya me habían dicho que la gastronomía iba a ser un boom. Entonces, mi idea, fue venir a Perú, estudiar gastronomía porque a mí me gustaba, me gusta la cocina, especializarme, y regresar y poner un negocio de comida.
[Daniel A.]: Quería vivir sano, sin meterse en problemas. Pero un día, en la puerta de un restaurante donde iba a presentarse a un trabajo, recibió una llamada de un viejo amigo.
[Henry]: Y me cita en un parque de diversiones, y yo recuerdo claramente que me dice: “Ven aquí urgente, que es el negocio de tu vida.” Ya. Ese fue un punto de quiebre en mi vida porque al ir a ese parque diversiones, conversar con mi amigo, me muestra la máquina inmensa de 40 toneladas
[Daniel A.]: La máquina era una pequeña montaña rusa. Y el plan era desbaratarla, llenarla de 500 kilos de cocaína, y exportarla a Alemania. Repito: 500 kilos. Un negocio enorme. Y si todo salía bien, Henry se llevaría tres millones de euros. Con esa cantidad de billete, pensaba Henry, ya no abriría un restaurante en Lima o La Paz… Sino en Amsterdam o Berlín.
Y si te estás preguntando por qué uno se arriesgaría de tal manera… Pues, Henry también se lo ha preguntado.
[Henry]: Yo he crecido, por ejemplo, en un colegio de clase media. Yo no tenía necesidad. Ha sido un aspecto de conocer la adrenalina que te genera esto, esa adrenalina de pasar cosas que están prohibidas. O sea, sorprender a la autoridad. Sentía que me, este, nutría de algo, que le daba un poco de sentido a mi vida.
[Daniel A.]: Es decir, uno puede ser adicto a muchas cosas. A las drogas, al alcohol, al sexo, a las apuestas… pero también a la adrenalina. Y esa adicción fue la que terminó cambiándole la vida a Henry. Eran cinco involucrados en el proyecto: él, su amigo, dos alemanes… y un infiltrado de la policía.
El amigo de Henry tenía razón: sí era el negocio de su vida. Solo que ese negocio, pues… le salió mal. Muy mal.
Cuando lo arrestaron, Henry negó todo.
[Henry]: Y bueno, yo asumí que negando mi participación iba pues, iba a salir bien parado. Pero no, con el tiempo, me di cuenta de que si yo hubiera hubiera aceptado mi responsabilidad y hubiera reconocido mi error, me hubieran puesto una condena menor. A mí me pusieron 20 por el cinismo, por no aceptar nada.
[Daniel A.]: Veinte años.
Y fue con esa condena que Henry terminó en Lurigancho.
Y si se están imaginando Lurigancho como una de esas cárceles de película gringa, donde todo es ordenado… Pues no. Es más bien como una ciudadela de un poco menos de tres hectáreas, con sus barrios más tranquilos, sus zonas peligrosas. Hay restaurantes, alcohol, droga, fiestas los fines de semana con bandas de cumbia que vienen desde afuera a amenizar un día de visita… Hay gente realmente temible – los he visto – y otra que simplemente quiere pasar su condena sin meterse en problemas. Se organizan torneos de fútbol, y en algunos pabellones, hasta hay elecciones democráticas. Hay teléfonos fijos y por supuesto celulares, herramienta indispensable para los que siguen organizando sus trabajitos desde adentro, o para los que simplemente quieren mantener vínculos con la gente que extrañan, los que los esperan afuera. Pero lo más notorio, lo primero que ves cuando visitas esta cárcel, es que es un lugar que sufre de un hacinamiento salvaje. Cuando fuí por primera vez, en 2006, había unos once mil reos viviendo en Lurigancho, un lugar que había sido diseñado para albergar solo dos mil quinientos. Cada noche cientos de hombres dormían al aire libre. En cualquier esquina en la que cayeran. A estos reos desafortunados, se les decían los sin zapatos. Lurigancho era un lugar espantoso, miserable. Parecía sacado de un libro de Dante. O de una pintura de El Bosco.
Henry nunca había visto algo así.
[Henry]: Yo conocí un Lurigancho maleante, maleado, violento.
[Daniel A.]: No llevaba preso ni una semana cuando el penal explotó. Un motín.
[Henry]: Veo gente en el techo que disparaba porque era todos contra todos. Y había, este, sonido de granadas. Había, me acuerdo mucho del tipo este que tenía una pistola con que recargaba esas dos balas, creo que son para matar osos o una escopeta, algo así que hacía una bulla y yo debajo de mi cama decía: ¿dónde me he metido? decía. No tenía ni una semana. Decía: ¿así va a ser todo este tiempo?
[Henry]: Entonces tuvo que venir la policía a calmar eso y le tomó un par de días, este, termina de calmarlo. Por eso es que me acuerdo del olor a gas lacrimógeno durante dos días. Ahí aprendí que el vinagre es bueno para para eso, hasta mojar un paño con orines es bueno y te lo pones en la cabeza. Te ayuda a que el efecto del gas no sea tan fregado. Y así empecé mi llegada aquí.
[Daniel A.]: Estaba seguro que había llegado el infierno.
El centro del penal, en esa época y ahora, es un largo camino al aire libre que conecta algunos pabellones. Se conoce como el Jirón de la Unión. Los limeños reconocerán ese nombre – el verdadero Jirón conecta las dos plazas principales de Lima, en el viejo centro de la capital. El Jirón, versión Lurigancho, es un mercado, una callejuela de comercio y tránsito. Puedes comprarte una pipa o cortarte pelo. Y en la época en la que Henry comenzó su condena, era también un lugar que daba miedo.
[Henry]: Tú pasabas por el jirón y notabas las huellas de las granadas, las huellas de las balas en ese jirón. O sea, eso le da un aspecto mucho más tétrico. O sea, se notaba… Pues era una zona de guerra.
[Daniel A.]: Una verdadera zona de guerra. Te robaban. Te asaltaban. Alguna vez un reo me contó que un día se había ido a caminar por fuera de su pabellón, y lo secuestraron. Él mismo se reía de lo absurdo. Explico: unos internos que no conocía, de un pabellón menos privilegiado, lo llevaron a la fuerza a su zona de la prisión, y tuvo que pagar rescate por el solo privilegio de volver a lo que era, en términos relativos, la comodidad de su propia celda. Así era Lurigancho en aquellos días.
Entonces, ya entienden el tipo de lugar en el que estaba Henry. Y quizá, con ese contexto, se entiende un poco mejor por qué no le había contado nada de esto a Erica. Pero él sabía que ella se merecía esa explicación.
[Daniel A.]: En ese momento, que tú te diste cuenta de que tenías que decirle la verdad, ¿qué sentiste tú?
[Henry]: Como dicen acá, sentí roche, me avergonzaba tener que decirle, pues, que estaba aquí, ¿no? Pero al final o hacía dos cosas: o ya no me comunicaba con ella y lo dejaba así, o simplemente le contaba la verdad y quedaba de alguna manera un poco caballero, ¿no? En ser cortés y decirle sí, las cosas son de tal manera.
[Erica]: Cuando me dijo eso, de lo que yo estaba parada, uf, me senté. Me dio mucha pena enterarme de que él estaba así. Y lejos de reprocharle o de decirle ¿por qué no me contaste? O sea, yo lo único que pregunté fue: ¿y cuándo te puedo ver? O sea: ¿nos podemos encontrar? Porque yo necesito conversar esto, pero ya de persona a persona, no por teléfono. Pero yo ya estaba enamorada de él. Ya me había enamorado de él.
[Daniel A.]: O sea ya no había marcha atrás.
Ya volvemos.
[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante.
Lo primero que sintió Erica fue alivio. Alivio de que Henry no le había mentido.
A ver. Aclaro.
Sí le había mentido sobre algunas cosas… Vivir en Arequipa, por ejemplo. Y sí, había omitido cierta información básica de su vida. Pero… no tenía ni esposa ni familia, y lo más importante, lo que sentía por Erica era genuino. Era un amor correspondido.
Entonces quedaron de verse. Erica, a diferencia de muchas personas en su posición, no tenía miedo de ir a Lurigancho. Ya conocía lo que era eso pues había estado allí antes, visitando a un conocido. Estaba preparada para enfrentar ese lugar, a pesar de lo desagradable que pudiera ser. Para ella, lo más importante era conocer a Henry en persona. Finalmente, después de tres meses de estar hablando, lo vería por primera vez. Estaba preocupada por las condiciones en las que estaría Henry y no quería llegar con las manos vacías…
[Erica]: Me acuerdo que, como me fui ese día el viernes saliendo del trabajo, me fui a un centro comercial. A comprar azúcar, arroz, o sea, me imaginaba que él estaba pues en penurias, ¿no? Compré pollo, arroz, azúcar rubia, todavía ahí dos kilos, así. Y con semejante peso, llegué.
[Henry]: La vi llegando con bolsas, ¿no? Bolsas de… trajo pollo, víveres, cosas así.
[Erica]: Yo lo vi… Y de verdad que sentí una enorme alegría, ¿eh? Verlo, me recibió las cosas.
[Henry]: Yo la recordaba de 14 años y escuchaba por teléfono a una mujer, ¿no? Pero sí, la reconocí cuando la vi porque tenía, conservaba sus rasgos.
[Erica]: Era como tal, como yo me lo había imaginado.
[Daniel A.]: Y como lo recordaba, a pesar de los años. No tan alto. Pelinegro. Trigueño. Con una sonrisa grande.
[Erica]: Y él lo primero que hizo fue darme un beso.
[Daniel A.]: Aunque no lo creas, el penal se transforma cuando hay visitas. Se vuelve un lugar más ameno, más suave y acogedor. Es como si todos se pusieran de acuerdo en portarse bien, un consenso de que lo importante es que las familias se lleven una buena impresión de ese infierno, para que no se preocupen tanto.
Y así, con el penal mostrando su mejor cara, Erica y Henry hablaron en serio, por primera vez.
[Erica]: Le dije a él, este, que siempre se demuestre tal y como es. Nunca me demuestres otra persona porque yo me quiero enamorar más del hombre que estoy conociendo. Muéstrate tal y como eres, y de ese hombre yo me voy a enamorar y quiero que ese amor perdure así.
Ya como te digo, cuando yo llego a su vida, yo llego con un sentimiento ya. Ya el sentimiento existía y entonces fue fortaleciéndose más. Se fortaleció más cuando lo vi.
[Daniel A.]: Entonces, Erica y Henry empezaron una relación, ya con la verdad por delante. Ambos entendían la complejidad de la situación, pero no les asustaba. La pasaban bien. Se querían, y con cada visita, la relación se fortalecía. Hablaban por teléfono todos los días. Varias veces al día.
Pero obvio que había dificultades, porque un amor como el de Erica y Henry no es para cobardes. A ver… Las llamadas que se caían y la impotencia de estar lejos. La preocupación de que algo pueda pasar dentro del penal. Me refiero a la constante amenaza de violencia, por supuesto, pero hay otras posibilidades también. Por ejemplo… ¿Si entra la policía a hacer un pesquisa y te quita el celular? ¿Si te cambian de penal, por alguna u otra razón? O por ninguna, porque esas cosas también suceden. Y para Erica: ¿Qué decirle a las amigas? ¿A la familia? ¿Qué van a pensar? La soledad. No ser una pareja, entre comillas, normal.
Y dudar. Todo el tiempo dudar. De si estoy loca. Loco. Controlar los celos. Yo aquí encerrado, confiando a ciegas, que este amor es real.
No cualquier pareja sobrevive a esa presión. Y menos sin compartirlo. Erica no se lo contó a casi nadie. Solo a sus amigas más cercanas. Para el resto, Henry estaba de viaje. Siempre de viaje.
Se veían dos veces a la semana, los miércoles y los sábados. De esa primera visita, Erica había aprendido que no hacía falta traerle nada a Henry de afuera. Más era el reto y la incomodidad de pasar la seguridad a la entrada. Te inspeccionaban todo. Te hacían esperar. Era humillante, y además todo lo que Henry necesitaba, se conseguía adentro. Lo importante era verse.
[Erica]: A pesar de que él no está todos los días conmigo, pero él siempre ha tratado de darme… Él me ha dado estabilidad emocional porque yo sabía que llegaba un miércoles, un sábado y lo iba a ver y lo iba a disfrutar. Iba a ser rico pasar con él esos días, que me complementaba los restos de días.
[Daniel A.]: Los miércoles y los sábados podían pasar todo el día juntos, de la mañana hasta las cinco de la tarde, cuando tocaba salir. Se les hacía muy corto el tiempo. Caminaban por el pabellón. Conversaban. Hacían planes para el futuro. Y Henry empezó a darse cuenta que no solo estaba enamorado, sino que también la admiraba.
[Henry]: Su carácter, lo fuerte que es, lo clara que es en ciertas cosas, a mí me ayudó mucho. Me sabe manejar. Me nivela. Me ha nivelado mi vida, la vida. Le ha dado cierta madurez.
[Erica]: Para mí, él es él también es como la columna de mi casa.
[Daniel A.]: Así de firme se sentía ese amor. Pero eso no significaba que fuera fácil llevar la situación.
[Erica]: O sea, por ejemplo, extraño ir al cine, ir a bailar. Es algo que he dejado de hacer. Lo he hecho, sí, pero con mis amistades, pero no encuentra esa esencia. Lo rico que es irte con tu pareja y disfrutar y de repente beber algo y después conversar y matarse de risa, o sea, o viajar, ¿no? Entonces, de alguna u otra maneras siempre eso de tiempo en tiempo, como que te llegas a frustrar al ver que otras personas sí lo hacen, ¿no?
Cuando ya nosotros llevábamos un año, casi un año para cumplir, su prima, su propia prima, me dijo estás perdiendo tu tiempo. Eres una chica bonita porque por qué no empiezas de nuevo, ¿no? Qué haces ahí.
Lo que pasa es que yo soy una persona que muy poco me dejó influenciar. A mí me gusta tomar mis propias decisiones. Yo decidí eso. Y pues sigo adelante. Así haya bajas, así haya altas.
Y lo que siempre le he dicho a él, si tú realmente me amas como tú me dices y nos agarramos fuerte de la mano, vamos a lograr muchas cosas.
[Daniel A.]: Dentro de la cárcel, cuando ya has cumplido la mitad de tu sentencia, se dice que estás de bajada. Se supone que ya, para ese entonces, todo es más llevadero, que ya hiciste las paces con este hogar que nunca hubieras escogido, pero que te tocó.
Conocí a Henry alrededor del 2006, en mi primera visita al penal de Lurigancho. Fui para presentar un libro de cuentos, y él estaba de subida, bien de subida… Entrando a solo el tercer año de esos veinte que le habían dado.
Y le estaba costando. La siguiente vez que lo ví, un par de años después, ya era otra persona. Ya se había reconectado con Erica. Tenía esperanza. Se sentía más centrado.
[Henry]: El equilibrio que he tenido en mi vida emocional, o sea, yo he madurado más que todo la mano de ella.
[Daniel A.]: Estaba trabajando, y ganando dinero. Y si te estás preguntando cómo se gana dinero dentro la cárcel, pues, hay mil posibilidades en un lugar como Lurigancho. Henry hizo de todo. Tuvo una bodega, orientaba en asuntos judiciales a sus compañeros, puso una pollería. Trabajó como optometrista… evaluando la vista de otros presos. Y algunos incluso le pagaban para que escribiera las cartas que querían enviar a sus novias.
Y entonces cuando lo ví la segunda vez, se veía más sereno… Se había convertido en un líder, conocido en todos los pabellones de Lurigancho. Se dedicaba a conversar con los recién llegados y a darles consejos.
[Henry]: Porque no existe una receta, ¿eh? Hay gente que llega y tiene seis meses, un año, y yo los veo desesperados. Les explico cosas y me dice, este, ¿y tú cuánto tiempo tienes? Les cuento mi tema y se sorprenden, me dice, oye, yo estoy que me quiero ahorcar y tú tienes tanto tiempo y te veo más tranquilo.
[Daniel A.]: Es que Henry tenía a Erica. Y con ella, un propósito. Y poco tiempo después, en el año 2011, tendría algo más – un hijo: Rodrigo.
Si una relación de pareja a distancia es complicada, ser padre a la distancia es aún más difícil. Para Henry, se lograba con llamadas constantes, conversaciones largas, varias al día, y con las visitas. En una de esas llamadas, en el 2016, cuando Rodrigo tenía cinco años, Henry le contó de Puno, la región del altiplano peruano dónde había crecido hasta mudarse a Lima. Le prometió que un día irían, y harían muñecos de nieve como los que él había hecho de niño en las épocas de las heladas. Poco después, Erica lo llamó a la cárcel…
[Henry]: Y me dice: “Oye, no sé cómo vas a hacer, pero tu hijo está viniendo para que hagas los muñecos de nieve con él hoy día”. Y era un verano de los más fuertes acá en Lima. Imagínate. Tuve que conseguirme hielo. Tuve que conseguir unos amigos que me ayudaron a picar el hielo, a hacerlo raspadilla. Y cuando llegó hicimos el muñeco de nieve, le enseñé a hacer un muñeco de nieve.
[Daniel A.]: ¿En la visita, ahí en el patio?
[Henry]: En el patio
[Daniel]: Guau.
[Henry]: Feliz él. Hacía un calor tremendo y es uno de los recuerdos que él siempre lleva, siempre se acuerda. Son cosas que quedan.
[Daniel A.]: Si uno se pone a pensar es una imagen sorprendente: la de los residentes de una cárcel inhóspita y violenta, en pleno verano, solidarizándose con un niño y sus esperanzas de jugar en la nieve con su papá.
[Erica]: Tengo todavía grabado la cara de mi hijo cuando dijo: Papá, este, qué bonito. Estoy emocionado. Gracias. No pensé que podía tener un muñeco de nieve, hacer un muñeco de nieve contigo.
[Daniel A.]: Recordemos esa imagen, y avancemos unos años… Varios años… Hasta el 2020.
Para entonces, Henry ya estaba de bajada.
Cuando cayó la pandemia, Rodrigo tenía nueve años, y Erica esperaba su segundo hijo. Estas llamadas con Henry que venimos escuchando hasta ahora, vienen de esos primeros meses: marzo, abril, mayo del 2020, cuando todo era incierto. Sonaba mi teléfono con un número del Perú, y yo corría a buscar mi grabadora para conectar el celular. Me buscaba, creo, porque quería que alguien supiera lo que estaba pasando dentro de la cárcel. Porque tenía miedo.
[Locutor]: Llamada penitenciaria Lurigancho. Para aceptar, no cuelgue.
[Henry]: Alo, Dani.
[Daniel A.]: Ey, ¿cómo estás?
[Henry]: Hola, Daniel, ¿qué tal?
[Daniel A.]: Bien, ¿me escuchas?
[Henry]: Bien
[Daniel A.]: ¿Cómo vas? ¿Cómo va la cosa?
[Henry]: Bueno, qué te puedo decir, eh, es como si hubiera pasado una ola, un tsunami o algo así, y ahora estamos en los rezagos. Te cuento en el pabellón del costado, el nueve, hay seis amigos que ya me confirmaron que se fueron. Aquí, aquí en el siete donde estoy, todavía no… Hay dos, dos amigos que se los llevaron, pero todavía no se sabe este cómo está su tratamiento, cómo han respondido.
Fui, fui al pabellón tres de mi amigo y el médico este que es interno, me confirmó nuevamente que 60 personas habían perdido la vida ya en el pabellón tres. O sea que debe haber unas 150 personas que han fallecido acá no más en Lurigancho.
[Daniel A.]: Rumores. Cifras sin confirmar. No se sabía si los que enfermaban eran trasladados a algún hospital, o si habían fallecido. Por meses no hubo ni pruebas de Covid, ni casi mascarillas, hasta que los presos empezaron a fabricarlas ellos mismos con telas. Los sin zapatos, es decir, esos reos que no tenían ni celda, ni techo, se hacían máscaras de plástico con botellas de agua. Henry estuvo enfermo durante varios días. En realidad, casi todos se contagiaron, con fiebre y malestar, como era de esperar siendo Lurigancho la prisión más hacinada de Perú.
Esta llamada es de mayo del 2020.
[Daniel]: ¿Tú sientes que lo peor ya ha pasado o todavía no?
[Henry]: Bueno, no sé, eh, y estoy a la expectativa de que los compañeros que se han ido evacuados regresen, ¿no?
[Daniel A.]: Para combatir la pandemia, y evitar el contagio, las autoridades hicieron lo que era a la vez lo más lógico, pero también lo más cruel: cancelaron las visitas.
[Henry]: Y eso se extraña porque eso te conecta, ¿no? Te mantiene como que recargado de emociones. Y al no haber eso, esa ausencia, se siente. O sea, sí, sí, es un, es un vacío que no lo llena nada. O sea, el no ver a tu familia, es bien complicado.
[Daniel A.]: Complicado para Erica también. Hablé con ella en esa época, en plena pandemia, 2020.
[Erica]: Necesito sentir su abrazo. Necesito sentir su calor. Necesito sentirme protegida. Ahorita el no verlo me hace sentir como que me siento sola.
[Daniel A.]: Sola, y a punto de dar a luz. Sería su segundo hijo con Henry. Se llamaría Gael.
¿Has logrado hablar con tu esposa?
[Henry]: Hoy día le hacen su último chequeo. Hace unos minutos la llamé. Están empezando los últimos análisis de sangre, cosas así. El rito quirúrgico.
[Daniel A.]: Pero qué emoción, ¿qué sientes?
[Henry]: Sí, sí, anoche no pude dormir porque estoy pendiente de eso. La llamo acá cada media hora. Bueno, acá las llamadas, podemos hacerlas desde las seis hasta las nueve de la noche. Entonces prefiero que sea en el día, que están viendo ese tema. Y ya pues, ya hoy día toca, 18 de mayo, toca la noticia de mi segundo hijo: de Gael.
[Daniel A.]: ¿Cuándo fue la última vez que viste a tu esposa?
[Henry]: Bueno, yo lo vi. La quincena… este, antes del 14 de febrero, la vi igual a mi esposa. Marzo, abril, mayo, tres meses. Casi. Buen rato ya que no los veo.
[Daniel A.]: Eso es el tiempo más largo que ha sido sin que has estado sin verlos.
[Henry]: Uff. No te imaginas. Es larguísimo, tremendamente largo, pero este me ha servido, pues, para tratar de optimizar un poco más que las que las comunicaciones que tengo sean más, más, este, más cargadas de afecto, o sea tratar de ser como, este, ese salvavidas de toda esa tensión porque yo les digo: ahora, bueno, tú, ya que estás en la cuarentena, entiendes en fracción lo que nosotros sentimos. Porque estás encerrado. Estás limitado de tu tránsito.
[Daniel A.]: Y en esos días, entre tanto rumor aterrador, había uno que le daba esperanza. Henry escuchó que en otros países, estaban liberando a algunos presos para descongestionar las cárceles. Se atrevió a pensar que quizás él también saldría. Apenas le quedaban cuatro años y siete meses para terminar su condena. Y bueno, hubieran sido tres, pero le clavaron un año extra por razones que son bastante complicadas de explicar.
[Henry]: Quienes estamos en mi condición, imaginamos: me estoy portando bien, estoy tranquilo. Mira, esa es la oportunidad para que de repente me diga sabes qué, ya, vamos a deshacinar un poco esto… Ya los que tienen tres cuartas partes o cuatro quintas partes, váyanse.
[Daniel A.]: Le emocionaba mucho la posibilidad de salir, sobre todo para poder conocer a Gael, que sí terminó naciendo ese día de mayo del 2020, cuando hablamos.
Pero no lo soltaron. En once años de relación, nunca antes Erica había dejado de ir a verlo a Lurigancho. En ese momento no le quedaba otra sino esperar. Soñaba con el día final de su condena, ese en el que se iría a vivir, finalmente, a la casa que Erica les había construído.
[Henry]: Tengo un deseo que hacer el día que salga quisiera que me dejen el auto afuera y salir yo con la llave. Y o sea que no me espere nadie. Simplemente tener la llave, recogerle una cochera aquí fuera e irme a mi casa.
[Daniel A.]: Ya volvemos.
[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante.
Años atrás, un amigo de Henry le había dado un consejo. Pase lo que pase, le dijo, nunca dejes de mirar la puerta. Siempre recuerda que un día vas a salir por donde entraste.
Y así fue. El 6 enero de 2025, después de veintiún años y dos meses encarcelado, Henry cruzó la puerta del penal de Lurigancho. Se había imaginado este momento por más de dos décadas, pensando en cómo sería salir, creyendo que sabía más o menos lo que le esperaba. Pero en realidad, pasó todo muy rápido. Demasiado rápido. Tan rápido que sus padres y hermanos ni siquiera alcanzaron a grabar la salida. Tan rápido que Erica ni siquiera alcanzó a llegar para verlo cruzar la puerta. Igual sintió alivio, o sea ya. Ya pasó. Estoy afuera, pensó. Sobreviví.
Eran las 4 de la tarde. Después de los abrazos y algunas lágrimas, salió con ellos a una ciudad que apenas reconocía.
[Henry]: Son veintiún años. O sea, imagínate, es bastante. Yo que voy a cumplir 50 este año es casi la mitad de mi vida que he estado ajeno a la Lima que estoy conociendo hoy día, ¿no?
[Daniel A.]: En 2003, cuando comenzó su sentencia, Lima era una ciudad de ocho millones de habitantes, y la zona que rodeaba la prisión era casi rural. En 2025, la capital peruana tenía una población de más de diez millones, y estaba entre las cinco ciudades más grandes de Suramérica. Cuando salió, lo que vio fueron calles llenas de casas y construcciones, tráfico, autos, buses, motos, y gente, mucha gente, mucho comercio. Para Henry fue abrumador.
Fueron todos a la casa de unos amigos, que son casi como familia, que vivían a unas pocas cuadras. Ahí llegó Erica un par de horas después.
Luego Henry pidió que lo llevaran a la playa, no para nadar, aunque era verano, sino simplemente para ver el mar. Se quedó un rato ahí, viendo las olas. Llevaba más de dos décadas sin estar cerca del mar. De su inmensidad. Quizá necesitaba un poco de perspectiva antes de comenzar su nueva vida.
Es que hay que entender lo que estaba viviendo. Entró a Lurigancho siendo un joven de 28 años. Soltero y enfrentando una condena larguísima en la cárcel más peligrosa y hacinada del país. Salió dos décadas después, un hombre de mediana edad con pareja, hijos y casa.
Y aquí la fantasía choca con la realidad.
Durante años, Henry había sentido algo parecido a la nostalgia de una vida que nunca había vivido. Esa vida de pareja, de familia. Henry soñaba con irse de Lurigancho, por supuesto, pero tal vez nunca se detuvo a pensar cómo la miseria, la violencia y lo disfuncional de ese lugar lo habían moldeado. Pero no solo a él, también a su relación con Erica, esa que era el centro de esa vida que se imaginaba, de esa vida que le esperaba afuera.
El sueño de estar juntos fue lo que los sostuvo a ambos por años. Erica nunca dejó de pensar en el día en que Henry llegara a vivir con ellos…
[Erica]: Quería saber qué se siente convivir con una persona, estar el día a día así, porque yo me imaginaba que es tener a una persona ahí que esté pendiente de ti o ambos, ¿no? Y compartir, compartir todo.
[Daniel A.]: Pero, ¿qué pasó cuando consiguieron exactamente lo que esperaban?
Bueno, esas primeras semanas no fueron fáciles…
[Erica]: Cuando él vino acá a casa, pues empecé a ver, este, un carácter que yo jamás lo había visto allá, ¿no? Y entonces eso como que me chocaba, me costaba, este, me costaba entender.
[Henry]: He tenido 14 años que me he acompañado ahí y no he tenido… Habré tenido, tres, cuatro discusiones en 14 años. Los primeros 15 días teníamos 10 discusiones. Entonces me lo decían adentro: la convivencia es distinta. Porque cuando están juntos, es aprovechar el tiempo de la visita para mostrar el lado más amable. Pero ya en la convivencia están la virtudes, los defectos es 24/7. Ahí sí, totalmente, todo el paquete completo.
[Daniel A.]: Juntos en la misma casa, con los dos niños, el gran reto ya no era la distancia, sino la cotidianidad. Despertarse temprano, alistar los chicos para el colegio. Llevarlos a sus actividades. Obligaciones. Reuniones. Gastos. Todos los detalles banales que, en conjunto, son una vida. Poco después de llegar, Henry se puso en la tarea de buscar trabajo, algo no tan sencillo cuando acabas de salir de dos décadas en la prisión. Tuvo que aprender a moverse en una ciudad que había cambiado demasiado.
Pero quizá el reto más grande, fue la relación entre Henry y Rodrigo, que tenía 13 años cuando salió de la cárcel.
Henry me mostró un video que se grabó el día de su liberación. Quería sorprender a su hijo, y para lograrlo, se había puesto de acuerdo con el entrenador del equipo de fútbol donde jugaba. Esa tarde, el entrenador puso a los chicos a hacer un ejercicio que nunca habían hecho antes: patear penales con los ojos vendados.
[Henry]: Y los chicos dijeron: pero, profe, cómo va a ser… No, es que este es una nueva técnica de Europa que, sabes, es algo que se había inventado a mi esposa. Y al final empezaron a patear.
[Daniel A.]: Henry estaba ahí, escondido a un lado de la cancha, y cuando le tocó a su hijo, Henry se fue rápidamente al arco. Cuando le quitaron la venda, a Rodrigo, ahí estaba su papá. Ahí estaba Henry, con el balón en mano, esperándolo.
[Henry]: Y él me observa, pues, y lo saludo, pero no me reconoce al principio. Al final, enfoca mejor. Y me reconoce, me dice: papá, es mi papá. Y ahí ya desbordó.
[Daniel A.]: Es un momento conmovedor, por supuesto, ese largo abrazo… Pero un reencuentro como este no es el final de la historia. Al contrario. Para un padre y un hijo que nunca han vivido en la misma casa, ese abrazo es apenas el comienzo de un largo camino.
[Henry]: Estando en el hogar, viendo las situaciones, el crecimiento, la adolescencia de mi hijo, me lo han contado, pero vivirlo es distinto. Es totalmente distinto. Porque tiene sus grados, sus picos donde me ha sorprendido.
[Erica]: Fue todo un cambio, todo un mundo para mi hijo también, porque creo que mi hijo se había metido en la cabecita de que él era el hombre de la casa, entonces fue todo chocante, ¿no?
[Daniel A.]: Henry me dijo que siente que le debe reuniones, cumpleaños, navidades a su hijo mayor. Le debe, sobre todo, tiempo.
[Henry]: Ahora, él nota mi vínculo con el menor y yo me imagino que dirá: pues conmigo no hizo eso, conmigo no pasó eso. Entonces también se va cargando como una, como una atmósfera que… viene reproches cuando no quiere hacer caso, cuando no quiere escuchar. También entiendo es parte de la adolescencia.
[Daniel A.]: Henry llevaba apenas seis semanas en libertad y las cosas no iban tan bien. Desde el penal, con los trabajos que hacía había podido contribuir algo, para apoyar. Erica cubría los gastos diarios, y Henry aportaba para la compra del terreno familiar. Pero fuera, de pronto, ya no. No lo lograba. Conseguir trabajo con los antecedentes penales (y el estigma) era complicado. Intentó ser taxista, pero nadie lo quiso contratar. En la cárcel, además, era conocido. Todos le pedían ayuda, consejos, le ofrecían trabajos. Tenía amigos. Fuera, no era nadie. Nadie lo conocía. Incluso perdió el contacto con algunos amigos que había hecho en el penal, personas que consideraba como sus hermanos.
No fue solo que tuvo que aprender a moverse en la ciudad. También aprender otros detalles cotidianos. Por ejemplo, a no tenerle miedo a la policía. A veces, iba por la calle hablando por teléfono, veía a un policía, y rápidamente guardaba el teléfono, como un reflejo.
En la cárcel, tenía las cosas bajo control. Afuera, no. Y eso agotaba su paciencia y agriaba su carácter. Quizá donde más se notaba era en su relación con Erica.
Entonces, en algún momento, has sentido como, que estos retos, que son normales de la vida doméstica, han sido como una decepción, como que esto no es lo que me esperaba…
[Henry]: Bueno, al principio sí, porque yo, en algún momento le empecé a decir a mi esposa: he sido estafado. Porque, este, ella tenía menos paciencia de la que yo me imaginaba. Pero igual, ella también me dijo: me sucede lo mismo. Yo te consideraba más tolerante en ciertos aspectos. Entonces, al final, fue un tema de ceder y comunicarnos, ¿no?
[Erica]: Pucha, yo con, este, llegamos un momento porque ya la relación como que se estaba, este, desquebrajando. Entonces este ya yo estaba, me encontraba entre la espada y la pared. Y un 14 de febrero que decidimos salir un rato a caminar y conversar, ¿no? Conversar porque lo que yo este tenía esperado de eso, este, no se estaba dando, no estaba fluyendo.
[Daniel A.]: Era el día de San Valentín. Primera vez que celebraban esa fecha en libertad. Fueron al centro de Lima. A un paso del verdadero Jirón de la unión.
[Henry]: Queríamos ver el centro de Lima y nos sentamos en la Plaza de Armas, me acuerdo. Ya eran casi las doce de la noche. Nos miramos frente a frente, nos agarramos de la mano porque estábamos medio molestos y decidimos, bueno, fue, creo que decisión mía sobre más que todo, decidí poner las cartas en la mesa.
[Erica]: Decidimos conversar como adultos que somos.
[Henry]: Decir que las cosas no estaban saliendo como estábamos pensando, como habíamos planificado y que yo estaba dispuesto a enmendar. Reconocer que había empezado mal algunos aspectos en casa y que estaba dispuesto a reformular, a retomar, hacer caso, aceptar sugerencias, conversar.
[Erica]: Sé que tenemos que trabajar en eso, tenemos que cambiar eso, ¿no? O sea, por el bien de nosotros, por el bien de la relación, le digo, porque yo te amo y también sé que tú me amas, ¿no? Entonces tratemos de arreglar esta situación, le digo, porque nuestros hijos lo necesitan.
Le pedí que por favor sea más… Yo sé que todo esto es nuevo para ti. Te entiendo. Le dije, ¿no?.
[Daniel A.]: Y en esas, se fue la luz.
[Henry]: En pleno centro de Lima, Se puso negro, negro, negro. Totalmente oscuro. Ella se abrazó a mí y seguimos conversando.
[Erica]: Gracias a Dios se dio esa conversación el 14 de febrero y que pues funcionó, ¿no? Y se ha ido encontrando, hemos ido encontrando, armando el rompecabezas como para poder, este, continuar con continuar con nuestro amor… Todavía nos cuesta. Hay algunas cosas que yo no, a veces no estoy de acuerdo, ¿no? Él tampoco, pero se trata de trabajarlo. De conversarlo y de llegar a un acuerdo.
[Daniel A.]: Una pareja, luchando por salvar su relación, va caminando de la mano por la ciudad y se encuentra súbitamente a oscuras. Si esto fuera una novela, y no la vida real, dirías que es una metáfora hasta torpe de parte del escritor.
Cuando hablé con Erica me dijo algo increíble, algo que no me esperaba. En la cárcel, dijo, aunque no lo creas, teníamos más libertad. Y es que estaban solos muchas veces, tenían tiempo de conversar, los dos, de sus problemas, de sus preocupaciones, de sus sueños.
[Erica]: Porque nosotros acá ya no teníamos espacio para nosotros. O sea, eran los chicos, era, o sea, no teníamos ese espacio como antes, como para conversar como la que teníamos allá.
[Daniel A.]: Allá, en el penal más peligroso y hacinado del Perú. Allá, donde éramos felices. Allá, en Lurigancho.
Fuera de la cárcel, ahora que tenían la oportunidad de crear juntos esa vida que tanto se habían imaginado, les costaba encontrar esos espacios. Les costaba, pero ese día, a oscuras en el centro de Lima, decidieron intentarlo.
Porque la libertad, supongo, también es algo que se construye.
[Daniel A.]: Oye, imaginemos que esto es un mensaje que Erica va a escuchar después, algo difícil de decirle sobre este proceso, que quisieras que ella entienda. ¿Qué le podrías decir?
[Henry]: Bueno, yo estoy agradecido porque, o sea, yo, yo considero que no es, no es nada fácil acompañar a una persona en una situación así. O sea, yo me pongo a pensar en mi situación de si fuera mujer hacerlo o sea, ah, wow, digo, es complicado. Pero no solamente eso, acompañar a alguien, no en un momento difícil, sino que hacer un proyecto de vida, o sea, arriesgar, poner este en juego, cosas de tu trabajo, a nivel familiar, pero a pesar de esas situaciones, ella siempre ha estado pendiente. Ha estado fuerte. Me ha contagiado su fortaleza. O sea, yo estoy agradecido. Y sobre todo lo que tengo que hacer es devolverle en la misma proporción esa dedicación y ese amor.
[Daniel A.]: Ese amor que Erica le dio por años.
[Henry]: Le tocó a ella en un momento. Me toca a mí ahora, eso es lo que tengo que decirle.
Mamita
Te amamos mucho
Te esperamos
No te demores, amor
[Daniel A.]: Esta historia fue reporteada y escrita por mi, y co-producida con Sara Selva Ortiz. Sara es productora de Radio Ambulante, y vive en Madrid. La edición es de Camila Segura y Luis Fernando Vargas. La verificación de datos es de Bruno Scelza. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri, con música original de Rémy Lozano, Ana Tuirán y Andrés.
El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Emilia Erbetta, Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, Juan Pablo Santos, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Franklin Villavicencio y Mariana Zúñiga.
Carolina Guerrero es la CEO.
Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Studios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.
Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de Deambulantes, nuestro programa de membresías. Visita radioambulante.org/donar y ayúdanos a seguir narrando la región.
Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.