13 lunas [Parte 1] – Transcripción

13 lunas [Parte 1] – Transcripción

[Daniel Alarcón, host]: Antes de comenzar, una advertencia a nuestros oyentes: este episodio de Radio Ambulante incluye descripciones de situaciones sexuales que pueden ser impactantes y es apto solo para adultos. 

(SOUNDBITE DE CEREMONIA)

[Daniel]: Bienvenidos a Radio Ambulante desde NPR. Soy Daniel Alarcón. Y eso que escuchan es la grabación de un ritual chamánico liderado por un hombre que se llama Orlando Gaitán.

[Hombre]: Yo al tipo lo amaba y no me da pena decirlo. Ese señor es un chamán. Es un tipo… es un súper humano. El tipo tiene algo más que lo normal. Todo lo que pasa alrededor de él uno le dice… y abre la boca y hace… exclama: “Oh”, “Ah”, “Oh”, “Uff, qué maravilla”, “Oh”. Solo hace exclamaciones.

[Mujer]: No, pues, Orlando Gaitán era un amigo. Era un papá. Con toda la abnegación que te puedas imaginar. Pues, era un dios. Todo giraba alrededor del taita. Todo

[Daniel]: “Taita” en quechua significa papá y en algunas comunidades indígenas se utiliza para referirse a una persona con autoridad. Orlando Gaitán era un líder espiritual colombiano. Desde el 2003 lideraba la Fundación Carare, una comunidad de seguidores llamada así en honor a los indígenas carare que habitaron en el nororiente de Colombia. 

(SOUNDBITE DE CEREMONIA)

[Daniel]: Este es Gaitán haciendo unos cánticos durante un ritual. 

Para esa época —en el 2003— la Fundación Carare tenía más de 100 seguidores, todos muy fieles. Y la historia de hoy, en dos partes, es sobre este hombre y sobre su comunidad. Las personas que lo seguían, casi ciegamente. 

[Mujer]: Ese hombre tiene un poder de habla… Te puede llegar a decir que ahorita está de noche y tú ves el pleno luz del día y es como: “No, pero es que si él dice que está de noche, está de noche”. O sea, la forma en la que habla él te hace a ti adorarlo. 

[Hombre]: Yo a Orlando Gaitán lo veo como un… como un sanador. Es un sanador. Es una persona que sabe mucho de medicina, de botánica, de plantas, de terapias. Entonces, yo lo veo como un sanador en esencia. 

[Mujer]: Él era para mí también un guía espiritual. Era absolutamente devota a él. Yo confiaba plenamente en él. Lo que él decía, yo lo hacía. Si él dijo, así es. Punto. 

[Daniel]: Pero la historia de Orlando Gaitán, de la comunidad que creó, pues, quizá no era tan simple. 

Mariana Palau, periodista colombiana, nos sigue contando. 

[Mariana Palau]: Esta historia empieza con Andrea.

[Andrea]: Tengo 38 años y soy abogada, y soy politóloga. 

[Mariana]: Andrea es su nombre real pero pidió que no mencionáramos su apellido para esta historia por varias razones, entre esas su seguridad. Después entenderemos por qué. 

En el 2004, cuando Andrea tenía 24 años, estaba estudiando derecho y ciencia política en la universidad. Era asistente de investigación de un profesor que tenía su oficina en una biblioteca pública en Bogotá y ella pasaba mucho tiempo ahí. Todos los días salía de la universidad e iba a la biblioteca a revisar documentos para la investigación. Un día, cuando estaba organizando unos libros… 

[Andrea]: Por casualidad, uno de los libros de otro cubículo de… de otro investigador se quedó en mi… en los libros que yo revisaba. Y ese libro era sobre… sobre el yagé. Entonces yo lo empecé como a revisar y… y lo primero que yo leí —recuerdo perfectamente— era que el taita hacía mediación entre los mundos y que la gente empezaba a curarse. Y yo decía: “Pero qué cosa tan rara, ¿cómo así? Esto es un proceso de curación”. 

[Mariana]: Le dio curiosidad: yagé, taita, mediación entre mundos, curación. Quería saber más. Entonces, se acercó a la persona encargada de esa sala y le preguntó si sabía de quién era ese libro. 

[Andrea]: Me dijo: “De dos chicas que vienen acá habitualmente, que tienen el cabello largo”.

[Mariana]: Justo en ese momento cuando estaba con el encargado, se acercaron las dos mujeres de las que estaba hablando.

Y a mí me parecieron ellas súper curiosas porque yo pensé que eran como… yo dije: “Ellas son de alguna secta… Pasa algo con ellas. Son evangélicas, cristianas, alguna cosa”. Porque estaban vestidas con faldas largas, muy largas, y como con chalinitas así. Y, pues, no es la ropa que uno usualmente utiliza. 

[Mariana]: Una de ellas era historiadora. La otra era antropóloga, la llamaremos Lina. Ambas le contaron que estaban haciendo una investigación sobre el yagé en la ciudad. Le explicaron que el yagé, o la ayahuasca, es una bebida que tiene como ingrediente principal una planta del mismo nombre. Varios pueblos indígenas de la Amazonía la consumen como medicina o en ceremonias religiosas. Produce efectos alucinógenos durante varias horas y puede causar diarrea y vómito. Eso sí, tradicionalmente siempre se usa con un fin ritualista, sanador o revelador.

Desde mediados del siglo XX se empezaron a publicar textos sobre el yagé y eso despertó la curiosidad occidental sobre la bebida. Desde entonces el yagé se volvió muy comercial y eso, en parte, hizo que ya no se tomara exclusivamente dentro de comunidades indígenas, sino también en contextos urbanos y en otros países fuera del continente. Lina y la historiadora, por ejemplo, lo tomaban desde hacía un tiempo. Entonces Lina le dijo…

[Andrea]: No, mira, es que nosotros trabajamos con un taita muy querido que se llama Orlando Gaitán. Tenemos una casa, hacemos tertulias, eh, y damos yagé los viernes”. Y yo le dije: “No, a mí me interesa”.

[Mariana]: Andrea siempre ha sido curiosa. No le tiene mucho miedo a experimentar nuevas cosas. 

[Andrea]: Siempre he sido hiperactiva. Con el paso de los años esa energía la he cambiado para hacer otras cosas, pero sí muy inquieta intelectualmente, conociendo, indagando.

[Mariana]: Por eso aceptó la invitación a tomar yagé. Le dijeron que llevara ropa cómoda, agua y papel higiénico. Le advirtieron que no podía tener sexo los días cercanos a la toma de yagé, que no podía comer carne de cerdo ni lácteos, y que tampoco podía tener la menstruación. 

Allá debía pagar 30 mil pesos —o sea, como unos diez dólares— y que si el taita le recetaba algún remedio o brebaje le podía costar entre 8 mil y 25 mil pesos. Eso es entre dos y ocho dólares. No era mucha plata. 

A Andrea le pareció bien. Como el proceso iba a durar toda la noche, les dijo a sus papás que iba a estar en una fiesta en la casa de un amigo para que la dejaran ir. 

Ese viernes llegó muy puntual, a las seis de la tarde, a la dirección que le habían dado: una casa en el barrio San Luis en Bogotá. El lugar no tenía nada en particular que la diferenciara de las otras casas del barrio. Andrea timbró y la dejaron entrar. 

[Andrea]: Era una casa que tenía como dos niveles. En el primer nivel, eh, había una sala no muy grande. En el espacio como del garaje había como unas camillas y una cocina al fondo y unas escaleras como a la mano derecha que conducían al segundo piso. Y yo… pues yo me ubiqué debajo de las escaleras.

[Mariana]: Se sentó en el suelo. Fueron llegando más y más personas, alrededor de unas 50. 

Los que se encargaban de la logística —de abrir la puerta, de acomodar a las personas— les iban preguntando a los recién llegados si tenían algún problema de salud para comentárselo al taita. 

[Andrea]: Yo había tenido un accidente en la universidad en el cual había hecho fisioterapia vario tiempo, en el pie derecho, y… y sentía una molestia cuando iba a caminar. Y, bueno, comenté que tenía ese problema en el pie. 

[Mariana]: Luego de eso llegó un cura a hacer una misa católica. Y es que esta comunidad mezcla tradiciones y rituales de varias culturas indígenas con cristianas, y no tienen problema con eso. Es una mezcla religiosa que antropólogos explican como el resultado de la conquista europea de América.

Cuando empezó la misa Andrea se sintió más tranquila.

[Andrea]: Es impresionante cómo, eh, por las raíces católicas que uno tiene antes de una toma yagé que haya una misa: eso da mucha confianza. Como dicen en ventas, eso es un gancho, un gancho comercial.

[Mariana]: Cuando se acabó la misa, Orlando Gaitán —el taita del que le había hablado Lina y quien se encargaba de dar el yagé— se sentó al frente y empezó a hablarles sobre la bebida, su significado y sus propiedades curativas. 

[Andrea]: Un hombre mediano, por ahí de cuarenta y algo de años. Y tenía una figura impactante: en ese momento tenía el cabello corto.

[Mariana]: Estaba vestido de blanco y tenía muchos collares. A Andrea le generó mucha confianza. 

[Andrea]: Era una persona muy receptiva. Un hombre que escuchaba muchísimo. Un hombre que tenía una vocación de ayuda impresionante. 

[Mariana]: Gaitán empezó la ceremonia de yagé: bendijo la bebida con rezos —algunos católicos, otros en una lengua que Andrea no entendía— y empezó a agitar un racimo de hojas de plantas —se llama waira— sobre el yagé.

(SOUNDBITE DE CEREMONIA)

[Mariana]: Todas las personas estaban sentadas en el mismo espacio alrededor del taita, pero los hombres estaban a un lado y las mujeres al otro. A cada persona le fue entregando una taza con la bebida. 

Andrea tomó y poco después la llamaron a una curación con Gaitán. Se acercó al taita y él, en ese espacio lleno de gente, empezó a hacer unos cantos, a masajearle el tobillo y a rozarlo con unas ramas. 

(SOUNDBITE DE CEREMONIA)

[Mariana]: Se suponía que esto le iba a curar el dolor físico, pero también cualquier malestar emocional. 

[Andrea]: Y mientras me empezó a hacer la curación, recuerdo como si fuera ayer, sentí algo muy profundo que me tocaba las fibras internas de mi alma. Y sentía que algo estaba sucediendo con esa curación y esos cánticos y cómo me estaban llevando a otro estado de mi ser. 

[Mariana]: Los efectos alucinógenos del yagé empezaron a aparecer. 

[Andrea]: Uno le dice “pinta” como… como a esa serie de colores, de visiones que uno tiene. Tuve pintas muy lindas. O sea, yo pude ver hasta las vidas en las que había muerto violentamente, sin yo creer en la reencarnación, sin tener muy claro si eso sí era verdad o no era verdad. Pero las vi perfectamente. 

Empecé a hablar en portugués, yo no hablo portugués. Una cantidad de información sobre la vida, sobre la misión de la vida, que a mí eso me dejó pero muy tocada, muy marcada. Para mí eso fue un antes y un después. 

[Mariana]: Andrea pasó toda la noche bajo los efectos del yagé. Tuvo mareo, vómito y diarrea mientras alucinaba. A la mañana siguiente regresó a su casa con una sensación extraña, como si tuviera resaca. Más allá de que el tobillo no volviera a molestarle nunca más, sintió que el yagé la había hecho adentrarse muy profundo en su mente y hacerle ver cosas que ella tomó como ciertas. Vio, por ejemplo, que sus papás habían sido sus hijos en vidas pasadas, que había cometido errores como madre, y eso le hizo entender que sus padres, en esta vida, no tenían por qué ser perfectos. 

Y esa experiencia, que fue tan reveladora para ella, le gustó. 

[Andrea]: Y, eh, tomé un par de veces más. Pero resulta que ya no era solo la toma, sino que te decían: “Bueno, ¿y sus familiares cómo están?”.

[Mariana]: Gaitán hacía eso después de unas cuantas tomas, cuando la gente ya estaba más familiarizada con el tema y le tenían más confianza. Su idea era reclutar a más y más personas. 

A Andrea el yagé le había dado ganas de fortalecer la relación con sus papás. Se le ocurrió entonces invitarlos a probar lo mismo, pero ellos no entendían muy bien de qué se trataba. 

[Andrea]: Mis papás un poco escépticos pero yo: “No, vamos, vamos, confíen en mí. Este es un curandero. Este es un sanador. Confíen”. 

[Mariana]: Por tanta insistencia de Andrea su papá decidió ir y solo tomó yagé esa vez porque no le gustó mucho la experiencia. Su mamá nunca quiso probarlo, pero ambos usaron algunos remedios que les mandó Gaitán. 

[Andrea]: Y entonces ya le daba medicina a mi papá, le daba medicina a mi mamá, la misa, eh, las terapias en el cuerpo, que en la espalda.

[Mariana]: Al final de ese año, 2004, Andrea se fue a un viaje de varios meses con unos amigos. Cuando volvió a Bogotá tuvo que recuperar el ritmo de la universidad y organizar todo para graduarse. Entonces, como estaba concentrada en eso, dejó de ir a las ceremonias de yagé y le perdió la pista a Gaitán durante unos dos años.

Las tomas de yagé con Gaitán continuaron con personas como estas, los vamos a llamar Johana y Juan Carlos. Ya escuchamos sus voces al comienzo del episodio.

[Johana]: Yo soy psicóloga (risas). Tengo 53 años. 

[Juan Carlos]: Soy arquitecto y tengo 54 años. 

[Mariana]: Johana y Juan Carlos se conocieron en la universidad y se casaron a finales de los ochenta. Andrea no los recuerda mucho en esas primeras tomas de yagé, pero ellos casi siempre estaban ahí. De hecho son de las primeras personas que empezaron a seguir a Gaitán. 

Todo empezó porque después de tener a su primera hija, a la que vamos a llamar Cathy, en 1994, quisieron tener otro bebé. 

[Johana]: Empezamos a buscar el hermanito, llevábamos dos años y yo no quedaba embarazada. Era raro. 

[Mariana]: Raro porque ya habían tenido una hija. Entonces Johana fue al médico.

[Johana]: Empezamos a hacer exámenes; diagnóstico: cáncer de útero, adenocarcinoma.

[Mariana]: Ese diagnóstico explicaba por qué era tan difícil quedar embarazada, y el médico proponía sacarle el útero. Johana salió de esa cita sin saber qué hacer.

En ese momento, en el año 2000, Johana trabajaba en el Ministerio de Salud, y un día, en medio de su tristeza, le contó a una de sus compañeras de trabajo lo que le estaba pasando. La mujer se conmovió y le dijo que ella conocía a alguien que tal vez la podía ayudar. Le contó que había un taita que curaba a través del yagé y que la persona que lo ayudaba en el proceso, su pupilo, asesoraba al ministerio en temas indígenas. Si le interesaba, podían ir juntas a una toma el siguiente viernes. Johana aceptó, pues no tenía nada que perder. Y resultó que Orlando Gaitán era el pupilo de ese taita, que se llamaba Antonio Jacanamijoy. 

En esa toma Johana tuvo una alucinación.

[Johana]: Yo vi un parto pero mi parto, el que yo vi pues, era de señores… haga de cuenta Emergency Room, una cosa de televisión: los médicos con su bata verde, tres médicos y un parto, alguien como teniendo un bebé. Eso fue lo que yo vi. 

[Mariana]: Vomitó un poco, pero nada grave, y no sintió nada más. 

[Johana]: El lunes siguiente me fui a hacer una prueba de embarazo, efectivamente positiva y yo… (suspiro) tan contenta. Yo le decía: “¿Segura?”, a la niña, porque pues yo no podía creer. Pues, en esas circunstancias de un cáncer de útero.

[Mariana]: En ese momento Johana no había empezado ningún tratamiento, así que para estar completamente segura se hizo una prueba de sangre y, efectivamente, estaba embarazada. Parecía un milagro. Se lo atribuyó al yagé, al taita Jacanamijoy y a Gaitán. Desde ese momento Johana siguió yendo a la comunidad pero sin tomar la bebida para no afectar el embarazo.

Como el taita Jacanamijoy solo viajaba de vez en cuando a Bogotá, quien se encargaba de hacer las ceremonias la mayoría de las veces era Gaitán, así que Johana se hizo cada vez más cercana a él. Hablaban de proyectos con comunidades indígenas, del trabajo en el Ministerio y, claro, del embarazo. 

El médico le había insistido en que lo mejor para su salud y evitar complicaciones era sacar el útero, pero Gaitán le dijo que él la acompañaría en el proceso y que todo iba a salir bien. Así que Johana decidió continuar con su embarazo. 

Poco antes de que naciera el bebé, Gaitán le dijo que le avisara cuando empezara el parto y que él la ayudaría a distancia. Así fue: ese día cuando Johana llegó a la clínica con contracciones, le dijo a Juan Carlos, su esposo, que llamara al taita.

[Johana]: Ni siquiera yo hablé con él, y le dijo. “Ponga un vaso de agua”, como decir, “acá”. Si acá es el proceso de parto, al lado, en el piso o en alguna parte, por ahí. El agua él la puso y desapareció el agua.

[Mariana]: Se desapareció el agua. El vaso no se volteó. Nadie se la tomó. El agua simplemente desapareció. 

Finalmente Johana tuvo a su hijo sano y por parto natural, algo que también le habían dicho era muy difícil. 

Juan Carlos era muy escéptico con esos temas religiosos y de medicina alternativa. Respetaba que su esposa fuera a la ceremonias de yagé, pero no la acompañaba, la verdad es que no creía en eso. Pero lo que pasó con el vaso de agua antes del parto lo convenció.

[Juan Carlos]: Me convertí en un absoluto creyente en todas esas coincidencias y en todas esos detalles que uno dice: “Esto me lo mandó Dios. Esto es de Dios. Esto es el espíritu. Esto es el yagé”. Y termina uno involucrado ciegamente, creyendo ciegamente en una persona. Pero, ciego, ciego. No te lo… no te lo niego.

[Mariana]: La amistad entre la pareja y Gaitán se fue haciendo cada vez más fuerte. Johana se convirtió en su mano derecha: le ayudaba a organizar las ceremonias, le armaba la agenda, le cuadraba las citas con la gente que lo visitaba fuera de las tomas de yagé. Era un trabajo como cualquier otro pero sin pago. Aun así, a Johana no le importaba. 

[Johana]: Llegar al yagé y a Orlando Gaitán fue una situación de salud. El quedarme ahí, el seguir ese camino fue en agradecimiento. Y si uno tiene unas circunstancias tan particulares como las que yo viví y sale todo bien, tú solo puedes decir gracias. 

[Mariana]: Juan Carlos se convirtió en el alumno del taita junto con otros dos compañeros.

[Juan Carlos]: Él empieza a enseñarnos que cómo curar… que cómo hacer un masaje, que cómo curar un hueso roto y entonces nos da… Nos enseña terapias. Nos enseña cosas. Entonces… Y eso a los ojos de la comunidad, nosotros empezamos a ser sus discípulos más cercanos.

[Mariana]: Él y su esposa, quien después del parto empezó a volver a tomar yagé, ya eran creyentes de los beneficios de la bebida, aunque, claro, tuvieron experiencias diferentes. Y es que eso depende mucho de cada persona, del espacio en el que esté, de su estado emocional. Mientras Johana nunca más volvió a tener una alucinación, Juan Carlos tuvo unas muy bonitas. Por ejemplo, se acuerda de una vez, poco después de tomar…

[Juan Carlos]: Tan pronto me recosté empiezo a tener una visión y empiezo a caminar por lugares espectaculares, colores impresionantes, todo se veía en oro. Entonces, ya no era una sensación de malestar sino una sensación orgásmica, de placer, de absoluto regocijo, de… celestial, lo llamo yo. 

[Mariana]: Pero también se acuerda de unas alucinaciones bastante feas y hasta traumáticas. 

[Juan Carlos]: Estar uno, eh, en medio de un pozo de… de… de agua espesa, putrefacta, oliendo a cuanta cosa fea. Y eso es una cosa absolutamente desagradable, desagradable. 

[Mariana]: El mundo da vueltas. Hay desespero. Hay estrés.

[Juan Carlos]: A veces siente que se ahoga. El corazón se pone a mil y entonces ahí es donde uno se olvida físicamente de su cuerpo y se vomita uno encima de uno mismo y no tiene… su cabeza está en otro mundo. A veces está uno pensando en ese momento en fallas, en… como en pecado, como en la vez que la embarró, la vez que le gritó a la mamá, la vez que fue injusto, la vez que… O sea, como todos esos problemas como que aparecen ahí. Y uno se siente culpable, se siente que todo el mundo lo sabe y que todo el mundo se está dando cuenta de todo lo feo que es uno. 

[Mariana]: La explicación que daba el taita de estas experiencias desagradables era que el yagé estaba sacando todos las cosas malas —físicas y psicológicas— desde lo más profundo. Algo así como una purga. 

Entonces Johana y Juan Carlos empezaron a invitar a más personas a que vivieran la experiencia del yagé, a que conocieran a Orlando Gaitán y su medicina indígena. A la gente le daba curiosidad, querían conocer a este taita que curaba. Ya para el 2003, Gaitán tenía todo un equipo.

[Juan Carlos]: El tipo se rodea de una médica, su esposa, un cardiólogo, su amigo, un arquitecto, una psicóloga, una antropóloga… O sea, tiene un staff de ocho o diez personas de un estatus altísimo, un nivel intelectual tan grande que a partir de eso recogemos a cualquiera que pase por el lado. O sea, él encuentra en nosotros la forma de atraer gente, atraer gente hacia él. 

[Mariana]: Formalizaron la comunidad y la registraron a las autoridades como una entidad sin ánimo de lucro a la que llamaron Fundación Carare. El nombre era por la etnia indígena de la que Gaitán decía que era descendiente: los carare. 

Ya no solo eran las ceremonias de yagé los viernes, también hacían tertulias otros días sobre diferentes temas y hasta planeaban encuentros con taitas de otras comunidades indígenas para aprender de sus culturas. Johana se sentía feliz. 

[Johana]: Era una comunidad de luz, de amor, de apoyo, de… de cosas… todos valores muy bonitos. Y era como un honor estar uno ahí en cosas bonitas, en… ayudando a la gente. Y yo pues cumpliendo mi misión de agradecimiento por… por la vida de mi hijo, pues, ¿qué más le podía pedir la vida?

[Mariana]: Al principio, las tomas de yagé las hacían en casas o apartamentos de personas del grupo que se ofrecían voluntariamente. Estuvieron en la casa de una de las mujeres de la comunidad del barrio San Luis en Bogotá, que fue donde estuvo Andrea, a la que escuchamos hace un rato. 

También llegaron a estar en una bodega que Juan Carlos tenía para guardar materiales de construcción. Cada vez era más gente. Muchas veces, el yagé producía gritos y llantos así que los vecinos empezaron a asustarse y a llamar a la policía. 

Entonces, desde finales del 2006 empezaron a buscar un lugar propio, amplio y alejado de la ciudad. Un lugar donde pudieran hacer las ceremonias sin que nadie los molestara. 

[Juan Carlos]: Vemos la necesidad de comprar un sitio cerca a Bogotá para que vaya gente a tomar yagé. Y aparece una finca, cerca a… a… a… en La Vega ya. 

[Mariana]: En la zona rural de La Vega, un pueblo a una hora de Bogotá.

[Juan Carlos]: Se llamaba la finca El sol naciente. Otra, dije: “No eso es el espíritu. Eso debe ser Dios que nos ha mandado esa finca”. Entonces nosotros todos nos endeudamos. 

[Mariana]: Las cinco personas más cercanas al taita, entre ellas Johana y Juan Carlos. 

[Juan Carlos]: Y pagamos la finca en efectivo. Compramos esa finca en 135 millones de pesos. 

[Mariana]: O sea, más de 57 mil dólares al cambio de la época. Según Juan Carlos, Gaitán no dio un peso para comprarla, y ni siquiera puso su firma en el contrato. Quienes se encargaron de todo fueron estas cinco personas. 

Cuando tuvieron la finca, decidieron construir una maloca. Un lugar sagrado en el que las culturas indígenas del Amazonas normalmente hacen ceremonias como la toma de yagé. La idea era que fuera un templo sagrado de la comunidad. 

Juan Carlos, como es arquitecto, se encargó de diseñarlo.

[Juan Carlos]: Emprendemos el proyecto de construir la maloca y no es sino abrir la boca y decir: “Señores, tenemos que construir nuestro templo”. Y obviamente nadie se niega y todo el mundo empieza a poner plata y todo el mundo ponía, y ponía y se aparece la plata. 

[Mariana]: Para ese momento eran más de 100 personas en la comunidad, y muchas de ellas contribuyeron con plata o con mano de obra para construir la maloca. También pidieron donaciones de materiales a amigos que no eran de la comunidad y vendieron comida para recaudar fondos. 

Gaitán decidió que la maloca fuera redonda, en madera y con hojas secas en el techo. Además, como solía mezclar varias culturas, le pidió a Juan Carlos que se basara en la tradición maya para su construcción: como el calendario maya tiene 13 lunas —o sea, 13 meses— la maloca debía estar sostenida por doce columnas y Orlando Gaitán representaría la treceava.

Para Juan Carlos tenía mucho sentido.

[Juan Carlos]: Todo está fríamente programado por el gran espíritu, por el espíritu de Dios y que nosotros somos los elegidos pa’ salvar este mundo. Y desde ese momento empezamos a planear la vida a mil años. 

[Mariana]: Y a publicitar lo que hacía la Fundación Carare. Entre otras cosas crearon su propia página web y ahí se definieron como, y esto es parte del texto: 

[Voz]: “Somos una comunidad que vive el pensamiento ancestral amerindio. A través de la mediación cultural y espiritual, somos una comunidad que sana y se sana a sí misma, comprometida con la salvaguarda de la vida y el reconocimiento de la memoria ancestral”.

[Mariana]: La idea de la fundación era sanar pero también compartir ese pensamiento indígena con otras personas, e incluso ofrecer su conocimiento a distintas instituciones del gobierno. Entonces Gaitán decidió montar una IPS en Bogotá, o sea, un instituto prestador de salud que básicamente era un consultorio donde atendía a sus pacientes —fueran de la comunidad o no— con medicina tradicional indígena. 

Volvamos a Andrea, con la que empezamos esta historia. Quedamos en que ella decidió hacer un viaje largo con unos amigos, y que por eso y por las responsabilidades que aparecieron después para poder graduarse de la universidad, dejó de tomar yagé por dos años y medio. 

En el 2007 empezó a trabajar con un profesor en una investigación sobre pueblos indígenas. Un día, ese profesor la invitó a una charla de un conferencista que conocía. 

[Andrea]: Cuando era Orlando Gaitán, yo dije: “Esto es una coincidencia muy brutal”, porque habían pasado como… como casi dos años y medio.

[Mariana]: Gaitán estaba diferente.

[Andrea]: Había cambiado drásticamente su apariencia física. Lo vi mucho más grande. Ya tenía el cabello largo. Tenía más collares. Estaba más gordo. Pero en ese momento me parecía una figura imponente. Expresaba respeto.

[Mariana]: Y es que en el momento en que lo había conocido, aquella noche de 2004, Andrea realmente no sabía muy bien quién era. Ahora sí se enteró. Supo, por ejemplo, que había recibido el llamado Premio Nobel Alternativo en 1990. Era confuso, porque lo recibió a nombre de una organización llamada Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare, no a título personal, pero muchas veces lo presentaban como si él fuera el ganador. 

Después del premio, a mediados de los 90, empezaron a llamarlo para trabajar en el Ministerio de Salud como asesor de temas indígenas, y toda esta trayectoria le interesó muchísimo a Andrea. Y como se acordaba de que había tenido buenas experiencias con el yagé, se le acercó a Gaitán a saludarlo y a conversar sobre lo que hacía. 

[Andrea]: Yo le dije: “No, yo tomé con usted en San Luis”. “Ay, sí. Eso fue hace harto, no sé qué. Ahora tenemos una finca cerca a La Vega que se llama El sol naciente. Están invitados para que tomen allá yagé cuando quieran». 

[Mariana]: Le ofreció además ayuda en su investigación sobre los pueblos indígenas y Andrea quedó encantada. Decidió ir ese fin de semana. 

[Daniel]: Andrea volvería a tomar yagé y vería de cerca cómo había crecido y cambiado esa comunidad que rodeaba a Orlando Gaitán. Lo que encontraría, la dejaría impresionada.

Ya volvemos.

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[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Soy Daniel Alarcón.

La última vez que Andrea había tomado yagé fue en una casa en un barrio en Bogotá, una casa que no le había llamado mucho la atención. Ahora, el contraste no podría ser más sorprendente. 

[Andrea]: Ya había una infraestructura mucho más grande. Ya había mucha más gente: 200, 300 personas. 

[Daniel]: Había toda una organización detrás. Personas que tomaban lista a la entrada. Médicos que…

[Andrea]: Te abrían una historia clínica, con unos roles muy definidos. Un lugar… una finca llena de gente que iba a tomar yagé. Pues con una logística bastante organizada. 

[Daniel]: Las personas que estaban en la finca querían estar lo más cerca posible a Orlando, que era como un sabio. Era un nivel de idolatría que Andrea nunca se hubiera imaginado.

Aquí Mariana nos sigue contando.

[Mariana]: Andrea también estaba sorprendida con Gaitán. 

[Andrea]: Mucha gente a su alrededor preguntándole, poniéndole atención, escuchándole hablar, sentados alrededor de él. Pues, me parecía que era una persona que tenía que comunicar algo valioso, pues para que tuviera a la gente su alrededor. Y, efectivamente, tiene una cualidad de comunicarse muy acertadamente. 

[Mariana]: A Andrea le gustó la comunidad y decidió seguir yendo a la finca todos los fines de semana. Además de tomar yagé, la motivaba estar con el resto de la gente.

[Andrea]: Sentías como… como cierta fraternidad. Pues gente muy querida, muy afable. Pues, me… me recogían en la casa. Me llevaban. No me cobraban. Me invitaban a desayunar. Querían hablar conmigo. Pues no, yo dije: “Una comunidad de gente muy linda, muy lindos”. 

[Mariana]: Empezó a tener buenos amigos ahí. 

El proceso para tomar yagé ahora era un poco diferente. Seguía siendo los fines de semana pero ahora durante dos días: viernes y sábados. Los integrantes de la comunidad llegaban en la tarde a la finca y se bañaban con hierbas en duchas para limpiar el cuerpo de las malas energías que traían de la ciudad. Después se vestían de blanco con ropa que ellos mismos llevaban y entraban a la maloca siempre de espaldas, pues era la forma de mostrarle respeto a ese lugar. Luego se sentaban alrededor del taita.

[Andrea]: Empezaba con una tertulia. Siempre se dividió a la izquierda los hombres, a la derecha las mujeres. 

[Mariana]: La tertulia consistía en que Gaitán hablaba de muchos temas: de la familia, de la conquista de América, de la paz, de la comprensión o el perdón. Mientras el taita hablaba, la gente consumía diferentes mezclas a base de plantas, cosas como el ambil, que es de tabaco, o el mambe de coca para los hombres y de maíz para las mujeres.

[Andrea]: Después cantabas un Padre Nuestro, eh, curaban el yagé. 

[Mariana]: Curaban el yagé, es decir, lo bendecían con cantos, rezos y agitando wairas.

(SOUNDBITE DE CEREMONIA)

[Andrea]: Había una barrera de hombres.

[Mariana]: Que eran unos siete más o menos. Rodeaban el yagé que estaba en una vasija de barro grande y acompañaban a Gaitán con los rezos y cantos.

[Andrea]: Después estaba como el fuego que había en la mitad de la maloca. 

[Mariana]: Una fogata.

[Andrea]: Después seguían las mujeres, que bailábamos. 

[Mariana]: Y tocaban maracas o agitaban wairas. Luego, más atrás, estaban los que tocaban los tambores y las flautas.

[Andrea]: Y uno empezaba a bailar y a cantar, a cantar, a bailar, a bailar. 

[Mariana]: Y después de esa bendición del yagé paraban la música. 

[Andrea]: Apagaban las luces y empezaban a dar el yagé. Y uno se quedaba en su lugarcito, donde estuviera, donde cuadrara su sleeping. Se quedaba quietico hasta que lo empezara a coger el yagé. Si uno empezaba a escuchar gente pues muy malita, pues, uno se paraba, iba y le ayudaba a las personas a vomitar, a ir al baño. 

[Mariana]: Después de esa primera taza empezaba el proceso de las curaciones. Siempre que alguien nuevo llegaba a la comunidad se le abría una historia clínica y los asistentes de Orlando la iban llenando dependiendo de los tratamientos médicos y la evolución, tal cual como un paciente con su médico. 

En el momento de las tomas Gaitán decidía a quién le haría una curación, dependiendo de las historias clínicas y la urgencia de la persona. Claramente no eran todas las que estaban ahí, sino las que él considerara.

[Andrea]: Entonces se hacía un semicírculo, llamaban a las personas que iban a curar previamente. Las curaciones eran con la luz apagada. 

[Mariana]: Las curaciones podían ser físicas —un dolor de cuello, digamos— y ahí el taita le hacía masajes o roces con plantas. También les soplaba humo de tabaco y escupía un líquido. Pero las curaciones también eran espirituales. Se supone que Orlando liberaba a las personas de cargas emocionales o traumas usando rezos y cantos que guiaban el viaje del yagé. 

Con cada persona se tomaba su tiempo y en todo ese proceso de curar se podía demorar unas dos horas. Después de la media noche se hacía una segunda toma de yagé. 

Luego seguían más cantos y bailes a los que se unía Gaitán. Nadie dormía esa noche. Al día siguiente, todos rendidos, algunos se iban, otros se quedaban en la finca y estaban juntos: comían, hablaban, descansaban. A la semana siguiente se repetía el proceso.

Desde el 2008, la alcaldía de Bogotá empezó a contratar a la Fundación Carare para proyectos con varias entidades de salud, educación, cultura. Andrea trabajaba en la Secretaría de Integración Social y ahí la fundación tenía un proyecto destinado a personas con discapacidad. Andrea empezó a involucrarse más con esa iniciativa.

[Andrea]: Y Orlando Gaitán, eh, pues empezó a estar muy cercano a mí. Y empecé yo a tener una relación muy estrecha con la esposa de Orlando Gaitán. Y estar muy cerca. De invitarme a cine, de invitarme a su casa a comer los fines de semana, de hacer proyectos con ellos, de llevarme en su camioneta. 

[Mariana]: Andrea sentía que la Fundación Carare era su lugar y estar ahí era su misión en la vida.

[Andrea]: Dejé de salir con mis amigos a rumbear. Ya ni siquiera iba a almuerzos familiares. Ya me empecé como a aislar un poco. Ya estaba en un estado, pues, mejor dicho, de catarsis emocional. Ya no hacía nada malo. Ya no tenía ni malos pensamientos. Con el novio que salía ya decía: “No, como tú no tomas yagé, entonces no, no me interesas”. Entonces mi mundo ya empezó a gravitar alrededor de ellos, de Orlando.

[Mariana]: También se empezó a vestir diferente.

[Andrea]: Empecé a comprar vestidos blancos y largos. Entonces ya tenías tú ciertos distintivos de la comunidad: que el collar, que el brazalete en la cabeza, que la camisa de la comunidad. Empiezas a ser parte de. Y te vas involucrando y te vas involucrando, hasta que ya estás por completo imbuida en esa dinámica y en un rol. Y nadie me dijo: “Vístase de blanco”. Nadie me dijo nada. Yo sola lo hice. Yo sola lo hice. 

[Mariana]: Durante las ceremonias, algunas personas se ponían cusmas, que son una especie de camisas largas que dan casi hasta la rodilla y que usan varias comunidades indígenas. Aunque el color cambiaba un poco dependiendo del rol de la persona en la comunidad, las que usaban las mujeres eran de azul claro y las de los hombres de azul oscuro. 

Gaitán decidía quién podía ponerse cusma y eso sin duda era un símbolo de estatus: los encusmados, como se les decía a estas personas, eran los más cercanos a él. Representaba su compromiso con la comunidad, con el taita y con el camino espiritual que les mostraba el yagé. Y, claro, Andrea pertenecía a ese grupo, era una encusmada.

Pero la cusma no era lo único que decidía el taita. De hecho nada en esa comunidad se hacía sin su consentimiento. Nada. La gente le pedía permiso hasta para hablar en las tertulias. 

¿Recuerdan a Juan Carlos? ¿El arquitecto que diseñó la maloca, esposo de Johana? Pues él lo explica así: 

[Juan Carlos]: Pídele… pide permiso a Dios y a él para hablar. Así hable 20 veces, cada vez que para: “Pido permiso al espíritu, al taita para poner mi palabra”. Ese es el… es el taita, es el chamán, es el… el sabedor, es el guía espiritual. O sea sin el guía uno no… no se mueve. No hace nada. 

[Mariana]: También le pedían permiso para hacer cosas que no tenían nada que ver con la comunidad, sino con decisiones personales. Como lo que le pasó a Juan Carlos…

[Juan Carlos]: Yo absolutamente le di toda, toda, toda la autoridad para que él eligiera el color de mis carros. Si yo iba a comprar un carro le avisaba y él me decía si sí o si no. 

[Mariana]: Y lo hacía por miedo real, porque estaba convencido de que podían haber consecuencias malas. Como una vez que compró un carro y pensó que no era necesario consultarle a Gaitán.

[Juan Carlos]: Entonces, a él no le gustó mucho y, desafortunadamente, el carro tuvo problemas, tuvo fallas. Entonces, él me dijo: “Eso fue por no preguntar”. Obviamente me sentí culpable y yo vendí ese carro

[Mariana]: Parecía que no había otra opción. Gaitán era el taita, el sabio, el que tenía una conexión especial con Dios y el que sabía qué era bueno y qué no. Por eso las personas de la comunidad le contaban todo.

[Andrea]: Le contaban cuáles eran sus finanzas, qué dinero tenían, qué negocios tenían. Todo se lo contaban. Todo. Cuánto tenían en el banco, cuánto debían, si eran infieles, con quién, todos sus pensamientos. Todo lo que te puedas imaginar, ese señor tenía toda la información de todas las personas de esa comunidad. 

[Mariana]: Y esa información era muy valiosa para Gaitán. Con ella tenía el control de su comunidad y no necesariamente la mantenía en privado.

[Andrea]: Cosas de la intimidad de la gente las sacaba en medio de las tertulias: “Ay, sí, es que como a usted le gusta sacarse los mocos o como usted se masturba». Eh, se burlaba de las mujeres que no tenían novio porque podían ser lesbianas. Entonces hacía chistes de eso. Hacía chistes machistas. Había un matoneo muy fuerte en esa comunidad y uno pensaba que eso era normal.

[Mariana]: Pero no podía ser normal ese machismo tan fuerte que, según Andrea, el mismo Gaitán motivaba. En el fondo, ella y otras mujeres de la comunidad lo notaban. Pero su devoción por el taita era más grande y muy rápido se forzaban a sí mismas a dejar de pensar en eso. Tampoco lo discutían con otras personas: lo que el taita decía o hacía simplemente no se cuestionaba.

Pero lo cierto es que las mujeres y los hombres comían en platos distintos, no consumían las mismas plantas medicinales antes de las ceremonias y hasta se ubicaban en espacios diferentes durante las tomas de yagé. Pero eso no era todo: las mujeres le contaban al taita si tenían la menstruación y cuando eso pasaba las excluían y les decían “encuchadas”.

[Andrea]: “Encuchadas” era una forma despectiva de decirle que está menstruando y no puede estar cerca. Te tocaba estarte allá y nadie te llevaba la comida. Te rechaza. Te aísla. Te mengua: “Ah, como estás menstruando entonces no… no tienes la calidad para estar entre el grupo”. Era un motivo de exclusión fuerte.

[Mariana]: Entonces, muchas mujeres de la comunidad que no tenían periodos muy regulares decidían tomar pastillas anticonceptivas para que no las marginaran durante las actividades. Y es que ni siquiera podían acercarse a Gaitán porque, según él, podían enfermarlo gravemente y hasta matarlo.

Nadie se atrevía a llevarle la contraria al taita porque si alguien le discutía, hacía algo que él considerara malo o se desviaba del camino que debían seguir, le hacía una especie de juicio público en la maloca y el resto de la comunidad se descargaba contra esa persona.

[Juan Carlos]: “Usted es un creído, que usted es un déspota, que usted es un no sé qué”. Y la gente está ahí sentada y se siente lapidada. Se siente desnuda porque todo el mundo socialmente lo coge y lo juzga. La gente le tiene temor a que algún día lo pasen a uno por ese tipo de expiación, ¿no? Pues simplemente la gente trata de no embarrarla y de decir sí a todo.

[Mariana]: Decirle sí a todo lo que dijera o pidiera Gaitán. 

[Andrea]: Entonces uno no quería importunarlo. Una sola mirada bastaba para que ya te aprobara o te reprobara. Así era el tipo: ese temor reverencial que le infundía a uno su presencia. 

[Mariana]: Claro, no todas las personas podían soportar esa presión, y algunas se fueron retirando sin muchas explicaciones. Simplemente dejaban de ir a la finca. Y cuando el resto de la comunidad le preguntaba al taita por qué se habían ido, decía…

[Andrea]: “No, es que esa es lesbiana. No, es que ese es gay. No, es que empezaron a salir una cantidad de traumas. No, que tiene el negativo alborotado, que es envidioso, blablablá, que es ladrón, que se robó una plata”. Esas eran las formas de encubrir a los que se salían de la comunidad, y los que quedábamos en la comunidad éramos los elegidos, los que estábamos en un proceso de ayudar a la humanidad, de salvarla y blablablá..

[Mariana]: Y no preguntaban más.

Andrea se quedó en la comunidad. No le veía sentido a salirse porque se sentía bien con las personas y aprendiendo del taita. Pero un día, a principios de 2010, en una curación durante una ceremonia pasó algo. 

Tres años antes, cuando ella se reencontró con Gaitán y se unió a la comunidad, en su historia clínica quedó registrado que ella tenía un dispositivo intrauterino. Entonces, en una ceremonia de yagé y después de que ella tomó la bebida, Gaitán la llamó al frente para hacerle una curación. Andrea no se lo había pedido, pero él solía llamar personas que consideraba debían ser curadas en ese momento. Y eso significaba una gran oportunidad y hasta un honor. 

Gaitán le hizo la curación y luego le dijo que después de la segunda taza de yagé fuera al consultorio que había en la finca para examinarla. Según le explicó, por alguna razón sobrenatural, se había dado cuenta que el dispositivo estaba mal acomodado y eso podría causarle problemas.

A Andrea le pareció un poco raro. Pero, bueno, si el taita lo decía era por algo. Antes de entrar al consultorio, una de las mujeres que lo ayudaban le dijo…

[Andrea]: “El taita te va a hacer una curación en camilla, tienes que quitarte la ropa”. Yo me acuesto en la camilla y él me dice: “Voy a revisarte el dispositivo intrauterino”. Como cual médico que le va a hacer a uno una… lo va a auscultar, pues yo no le vi ningún problema. Él me había hecho ya curaciones, pero en las curaciones nunca me había hecho ningún tacto vaginal, ni nada.

Pues este tipo me ha metido los dedos en la vagina y me ha empezado a masturbar. Le dije: “Taita, yo no me siento cómoda”. Me dijo: “Es que es para dilatar las paredes de la vagina, eh, y poder revisar cómo está el dispositivo porque está en el cuello del útero”.

[Mariana]: Andrea le insistió en que no se sentía bien, pero a Gaitán no le importó y siguió tocándola. 

[Andrea]: Me empieza a tocar el clítoris, me empieza a tocar los senos y yo le dije: “No, taita, yo me siento incómoda”.

[Mariana]: Y él seguía, a pesar de que Andrea había sido explícita con que no le gustaba lo que estaba haciendo. 

[Andrea]: El tipo como que ve que yo no me excito ni nada por el estilo y me dice: “No, no, no, mejor, eh, vístase y… y hacemos otro tipo de curación”. Y yo le dije: “Bueno, listo, taita”. 

[Mariana]: Andrea se bajó de la camilla, se vistió y salió del consultorio. Estaba incómoda por lo que había pasado, pero se unió a los bailes y a los cantos que estaba haciendo la comunidad. Y no le contó nada a nadie porque Gaitán se los repetía muchas veces: no se puede contar lo que pasa en una curación. La palabra del taita es sagrada y no se comparte con nadie más. Si desobedecían, podían haber consecuencias malas. 

[Andrea]: Que porque le podía pasar algo a la familia, que porque era algo muy privado, que porque la gente se podía llenar de envidia, bla, bla, bla, bla… 

[Mariana]: Pero no podía sacarse eso de la cabeza. Estaba segura de que lo que le había pasado estaba lejos de ser una curación.

[Andrea]: Pero van pasando los días y yo me voy sintiendo muy incómoda. Me voy sintiendo muy incómoda. Yo dije: “No, pero, ¿cómo así?”. Algo no estaba bien. Algo en mi sentir no estaba bien. 

[Mariana]: Unos meses después, Gaitán invitó a unas 30 personas de la comunidad entre esas a Andrea a un viaje cerca a Cartagena para visitar unas comunidades indígenas. La idea era hacer una toma de yagé en este lugar. A ella le pareció bien: empacó sus maletas y se fue. La noche en que llegaron hicieron la ceremonia habitual. 

[Andrea]: Tomamos yagé, un yagé muy fuerte, o sea, muy fuerte. Yo me sentía muy, muy mal físicamente. Y pido que me lleven a hablar con el taita. Y yo estaba mal físicamente. 

[Mariana]: Física y psicológicamente, porque no podía sacarse de la cabeza lo que había pasado meses antes. 

[Andrea]: Yo le digo: “Taita, esa curación que usted me hizo me ha hecho sentir muy mal. Yo no me siento bien”. Y llega y me dice: “Ay, mija”. Me coge el hombro. Me da tres palmaditas y me dice: “Ay, mija, deje de ser tan juzgona. Tranquila”. Y yo quedé como: plop. Yo soy la que tengo un problema. Yo soy la que estoy juzgando. Yo soy la que estoy pensando mal. Yo me sentía muy mal conmigo misma, muy incómoda. No… una noche eterna. Y ya, pasó así. Nunca después de eso me volvió a hacer algún tocamiento abusivo.

[Mariana]: Andrea no se fue de la comunidad en ese momento. Pensaba en lo que le dijo Gaitán y sí, tal vez tenía razón: ella malinterpretó la curación. El taita quería lo mejor para todos y nunca le haría daño. Pero por más de que tratara no era fácil pasar la página, porque la incomodidad seguía. Y no solo por el abuso.

Una de las razones era que la comunidad Carare tenía una jerarquía clara. Por un lado estaban los seguidores cercanos a Gaitán, sus discípulos. Los que aprendían los rituales y le organizaban la agenda. Los que lo cuidaban y preparaban las bebidas. También estaban los de la mitad, aquellos que no eran tan cercanos al taita, pero que por su posición socioeconómica que les permitía donar plata a la comunidad, los trataba bien. Los aconsejaba personalmente. Y por último estaban aquellos a los que rechazaban. Los que, según las normas de la comunidad, cometían errores o se desviaban del camino que debían seguir.

Andrea dice que a estos últimos, además de matonearlos, los ponían a hacer una tarea humillante.

[Andrea]: Un rol al que casi todo el mundo le huía.

[Mariana]: Lavar los baños.

[Andrea]: Porque pues lavar los baños es desagradable para cualquiera.

[Mariana]: Pero Gaitán les decía que no debían sentirse mal por hacer eso.

[Andrea]: El cuento que le echaban a uno era que lavar los baños era parte de un proceso de curación que uno tenía. 

[Mariana]: Pero claramente no todos en la comunidad tenían que pasar por ese proceso de curación.

[Andrea]: No lavaban los baños ni los cercanos a Orlando, ni la esposa de Orlando, ni los papás de la esposa de Orlando, ni la hermana, ni el novio. Los que lavaban los baños eran, pues, la gente que estaba como en la periferia de la comunidad. 

[Mariana]: Ya era el 2011, un año después del abuso, y Andrea no había vuelto a tocar el tema con Gaitán. Como es abogada y politóloga, no le vio problema a seguirle ayudando a la Fundación Carare a crear proyectos y hacerlos más visibles. Por esa época se ganaron un premio por uno de esos proyectos y Gaitán le dijo:

[Andrea]: “Andrea: Por qué no presenta ese premio en la maloca porque usted fue la que se ideó eso y ta ta ta”. Y yo lo presenté, e inmediatamente yo presento ese premio, la esposa de Orlando empieza a segregarme. Algo pasó. Algo no le cayó bien, porque yo fui a saludarla: “Hola, ¿cómo estás?” y me dice: “No se me acerque”. 

[Mariana]: A la esposa de Gaitán la llamaban por su apellido, Panche, y Andrea y ella siempre se la habían llevado bien, por eso no entendía qué era lo que le estaba pasando. Decidió preguntarle a Gaitán y él le dijo que Panche era muy celosa y que últimamente no le estaba gustando que Andrea fuera tan cercana a él. Así que lo mejor, según le dijo, era que no hablaran cuando ella estuviera cerca. 

A Andrea le pareció un poco raro. Pero, nuevamente, si el taita lo decía era por algo, así que siguió su recomendación. 

[Andrea]: Y, mientras tanto, la mujer hágame la vida imposible, hágame la vida imposible. Y todo su séquito de mujeres alrededor de la Panche la madre de la comunidad pues me empezaron a dejar de hablar y hacerme el feo. 

[Mariana]: Todo esto coincidió con que por esa época, Andrea se quedó sin trabajo y además le empezaron a cobrar por lo que ella nunca había pagado: las ceremonias de yagé, las curaciones, las medicinas que recetaba Gaitán. Como ella no podía pagar, y como el rechazo de Panche era cada vez más evidente para ella, la pusieron a lavar los baños.

[Andrea]: Era una cosa compleja porque… porque sentías cómo te segregaban. O sea, cómo… estabas como en la periferia. Pues, claro, yo me sentía terrible porque ya no tenía un rol chévere. Ya hacía parte como de los parias, ¿no? 

[Mariana]: No era la única con inconvenientes en la comunidad. Algunas personas cercanas a ella se empezaron a salir y las razones que daba Gaitán eran las mismas de siempre: que se habían desviado del camino y no podían seguir en la comunidad. 

Andrea se empezó a sentir cada vez más incómoda. Entonces, cuando en el 2012 le salió una oferta de trabajo lejos de Bogotá, no dudó un segundo y se fue. 

Ya lejos de la comunidad, a medida que pasaban los meses, se fue desconectando poco a poco de todo lo que tenía que ver con la fundación Carare. 

[Andrea]: Como estaba un poco como sentida entonces empecé a pensar en todas las cosas feas que me habían pasado en la comunidad.

[Mariana]: La segregación, el machismo, la homofobia, la forma en que Gaitán controlaba a la gente. Estar lejos le permitió ver todo con perspectiva y todos esos recuerdos ya no le parecieron tan normales como antes. Había algo ahí que no estaba bien. Pero sin duda, lo más fuerte de todo eso, la imagen más recurrente que tenía, era lo que pasó esa noche en la que el taita la tocó de forma abusiva.

En ese momento Andrea ya no tenía ese miedo por Gaitán y sentía que debía desahogarse. Buscó a una amiga, la única persona de la comunidad con la que todavía se hablaba en ese momento y que también se había retirado hacía un tiempo.

[Andrea]: Le pregunto que si alguna vez él la ha tocado, porque se me viene eso a la cabeza, y me dice: “Sí, él me ha hecho varios tactos vaginales”.

[Mariana]: Andrea quedó fría. Le contó que a ella también le había pasado lo mismo y estuvieron de acuerdo en que eso era un abuso. Pero además empezaron a atar cabos: si Gaitán había abusado de dos mujeres y los más cercanos a él, sus discípulos, sabían todo lo que pasaba en esa comunidad, entonces era muy probable que también supieran de los abusos. 

Entonces, Andrea pensó en Lina.

Como escuchamos antes, Andrea conoció a Lina en la biblioteca pública en Bogotá años atrás y fue la misma Lina la que la llevó a su primera toma de yagé. Lina es antropóloga y durante 12 años fue una de las personas más cercanas a Gaitán, hasta que en el 2012 se retiró sin dar explicaciones. 

Andrea tenía muchas preguntas para hacerle sobre el taita, pero le daba un poco de miedo su reacción. Lina había estado ahí muchos años y, según ella, el taita y el yagé la sacaron de una depresión muy fuerte que casi la lleva al suicidio. Por eso se entregó completamente a la comunidad, incluso le daba su sueldo a Gaitán. Esta es Lina

[Lina]: Era la fe. Era la confianza. Era el amor hacia un padre. Era el padre que supuestamente yo nunca había tenido. Yo era parte de su círculo de ángeles y si yo hubiera tenido que dar la vida por él, yo la hubiera dado. 

[Mariana]: Pero también era cierto que su salida de la comunidad fue muy repentina y eso le generaba muchas dudas a Andrea. Algo tenía que saber Lina para haber tomado una decisión tan difícil para ella. Entonces Andrea la llamó y le propuso que se vieran.

[Lina]: Entonces nos encontramos creo que en una cafetería y me dice: “Orlando abusó de mí”. 

[Mariana]: Le contó todos los detalles, la reacción de Gaitán, las razones por las que no le había contado esto nunca a nadie.

[Lina]: La escucho. La escucho en ese instante. Entonces eso fue… dije: “No, por Dios”. O sea, en ese momento me solidarizo profundamente con ella, porque ya sé de lo que me está hablando.

[Mariana]: Y sí, Lina sabía de lo que le estaba hablando, porque ya otras mujeres le habían contado cosas parecidas. 

[Lina]: Abusos sexuales en ceremonias de ayahuasca, en terapias, en mujeres adolescentes. O sea, eso para mí… casi que no puedo creer que eso suceda. Se me pierde la… la visión. No quería caer en la desesperanza que… de la cual había salido hacía un tiempo atrás. Tuve que luchar mucho. Yo en ese momento comprendo que este señor es un abusador. 

[Mariana]: Por eso fue que Lina se alejó de Gaitán y todo lo que tenía que ver con él. No eran solo Andrea y su amiga las que habían sido abusadas, eran muchas más mujeres de la comunidad. 

[Daniel]: En el próximo episodio.

[Mujer]: Yo lo único que hago es quedarme quieta, petrificada, intentado entender qué está pasando, que eso está mal, pero si ya lo ha hecho, pero si ha sido en curación, esto no es una curación, las anteriores veces no fueron curación… Todo es un caos en mi mente. 

Entonces, ella empieza a recordar todas estas mujeres que ella ha conocido y que se han ido de la comunidad en silencio y empieza a atar cabos. Entonces, pues ahí es cuando mi mamá empieza a decir, como: “Necesito contactar a estas mujeres y preguntarles si les ha pasado porque, si esto es así, esto es más grande de lo que pensamos. Esto no fue un error que pasó con mi hija y ya”.

[Daniel]: Mariana Palau es periodista. Coprodujo esta historia con David Trujillo, productor de Radio Ambulante. Ambos viven en Bogotá.

Este episodio fue editado por Camila Segura, Silvia Viñas y por mí. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. Andrea López Cruzado hizo el fact-checking.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Lisette Arévalo, Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Victoria Estrada, Miranda Mazariegos, Remy Lozano, Patrick Moseley, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, Luis Trelles, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas y Joseph Zárate. Carolina Guerrero es la CEO.

Radio Ambulante se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

 

 

 

Créditos

PRODUCCIÓN
David Trujillo y Mariana Palau


EDICIÓN
Camila Segura, Silva Viñas y Daniel Alarcón


DISEÑO DE SONIDO
Andrés Azpiri


MÚSICA
Andrés Azpiri


VERIFICACIÓN DE DATOS Y HECHOS
Andrea López-Cruzado


ILUSTRACIÓN
Alefes Silva


PAÍS
Colombia


PUBLICADO EN
10/15/2019

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