La vida está en otra parte | Transcripción

La vida está en otra parte | Transcripción

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[Daniel Alarcón]: Esto es Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. 

Andrés Celis y Cristhian Ayala, ambos colombianos, se hicieron amigos más o menos en 2010, cuando estaban en la universidad. Tiempo después, en la mitad de sus 20 años, decidieron irse a vivir juntos. Primero con otro amigo y luego solo los dos en un apartamento en Bogotá.

Este es Andrés.  

[Andrés Célis]: Era un espacio muy ameno, la verdad. Había una tornamesa, teníamos pues un un sofá negro en ele grande, una mesa de centro también bonita. Y había muchos libros. Era un espacio muy ameno, la verdad.

[Daniel]: Además del espacio, les gustaba la ubicación.  Cristhian, que estaba haciendo una maestría en literatura, podía ir en bicicleta a la universidad. Y Andrés también estaba muy cerca de su oficina. Después de haber estudiado ciencia política y enfocarse en el tema del conflicto armado en Colombia, ahora trabajaba en la Comisión de la Verdad, una entidad que se creó en 2017 como parte de los Acuerdos de Paz con la guerrilla de las FARC firmados un año antes. 

Cristhian recuerda muy bien esa época.

[Cristhian]: O sea, esa fue una gran etapa de convivencia, e incluso al margen de lo que ocurrió yo igual también guardo muy buenos recuerdos de esa casa.

[Daniel]: Y eso que él dice que ocurrió empezó en la mañana de un sábado de febrero de 2022. Llevaban seis meses ahí.

Ese día, Cristhian se levantó pasadas las 7 de la mañana a estudiar. Caminó hasta la sala, todavía algo dormido, y la encontró muy desordenada. Lo primero que notó fueron varios libros suyos tirados en el piso. Le pareció raro. Andrés y él habían salido a comer la noche anterior, habían regresado juntos a la casa y se fueron a dormir al mismo tiempo. Recordaba que todo había quedado ordenado. 

[Cristhian]: Yo lo primero que pensé es que yo me había acostado a dormir y tal vez Andrés había entrado como con otras personas y pues, no sé, habían estado ahí como tomando.

[Daniel]: Pero igual, todo parecía demasiado raro. La sala nunca había quedado así después de una reunión.

[Cristhian]: Recuerdo, por ejemplo, que había una lata de atún tirada en el piso y yo como uy pero, pues, ¿a qué nivel de fiesta llegó esta gente o qué, que está tirando latas de atún por el piso? 

[Daniel]: Regresó a su cuarto… un poco inquieto. Le escribió por chat a Andrés, que estaba durmiendo en la otra habitación. Como no le respondía, empezó a hablarle desde afuera. Este es Andrés.

[Andrés]: Pues yo empiezo a ser consciente, no porque haya abierto los ojos así, sino porque Cristhian empezó a decir como oiga, ¿usted hizo fiesta? Entonces yo me acuerdo que yo le respondí que era sábado, que dejara dormir. Entonces él me respondió como no, de verdad, vea cómo está la sala.

[Cristhian]: Ya ahí me empezó a generar sospecha porque ya vi que… O sea, que el desorden no era normal. Y entonces ya como que caí en cuenta y dije salga porque nos robaron, se nos metieron a la casa.

[Andrés]: Y pues claro, cuando yo abro la puerta y voy a la sala, habían unas ciruelas que yo solía tener ahí en el frutero estaban espichadas por el piso. 

[Daniel]: Sin moverse, empezaron a mirar detalladamente todo. La puerta estaba cerrada, pero una de las ventanas de la sala estaba abierta. Parecía que: alguien se había trepado por la fachada y había entrado mientras dormían. Estaban en un segundo piso, no era tan alto. La sola idea de un desconocido merodeando entre sus cosas los estremeció. En ese instante, esa casa que habían sentido tan suya, se volvió un lugar ajeno, como ultrajado. 

[Andrés]: Y más allá de que hay una vulneración a tu intimidad, tú no te das cuenta que te vulneraron hasta que eres consciente y, pues, o sea es que para mí es… todavía sigue siendo incomprensible que no hayamos escuchado absolutamente nada.

[Daniel]: Alcanzaron a pensar que tal vez los habían drogado, pero no se sentían mareados, ni siquiera somnolientos. Quien sea que haya entrado tuvo que ser muy sigiloso.

Empezaron a buscar si les faltaba algo de valor. Cristhian enseguida notó que su computador y sus audífonos no estaban en ningún lado. Andrés volteó a mirar de inmediato la maleta que había dejado en el sofá la noche anterior. Ahí tenía dos grabadoras del trabajo con las que hacía entrevistas a máximos responsables de violaciones de derechos humanos. Esos audios iban a ayudar a construir el informe final de la Comisión de la Verdad.

[Andrés]: Y pues me doy cuenta que está la maleta pero la maleta estaba revolcada. Entonces lo primero que hago es mirar si estaban las grabadoras y yo digo… O sea, mi reacción fue: jueputa.  Yo dije pues obviamente no es un hurto común.

[Daniel]: Y es que durante las últimas semanas, Andrés había estado entrevistando a uno de estos personajes, que aunque no era el primero con el que hablaba, sí era uno de los más importantes y más complejos.  

[Andrés]: Es un señor de la guerra, es un personaje que tiene más de 40 años de conflicto armado encima y la importancia radicaba pues de tener un repertorio en la guerra muy amplio, ¿no?

[Daniel]: Buscó rápido el cuaderno donde había tomado apuntes de las entrevistas, pero todas sus notas estaban cubiertas por manchas de tinta. 

[Andrés]: No tinta de que lo hubieran tachado, sino tinta como si se hubieran untado las manos y lo hubieran pasado por todas las hojas. Como si quisieran como borrar la información. No se podía leer. Volteo a mirar donde yo tenía normalmente mis papeles, pues obviamente no estaban… no estaba mi celular del trabajo. 

[Daniel]: Todo lo que había hecho en las últimas semanas había desaparecido en una noche. Además, se habían llevado unos documentos suyos y su celular del trabajo. Pero no era tanto el tiempo perdido lo que lo preocupaba, sino la información que se habían llevado. 

[Andrés]: La información que tenían las,  las grabadoras era sobre quiénes estaban detrás del desarrollo del conflicto armado en Colombia, sobre todo los terceros civiles, ¿no? Entre los cuales se pueden identificar ex integrantes del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), generales del ejército, activos o retirados, y políticos y empresarios.

[Daniel]: Eran audios en los que mucha gente poderosa se veía comprometida… 

Y entonces sintió que por esa ventana abierta no solo había entrado un ladrón. También se había colado un miedo nuevo, una zozobra desconocida para él, que lo acompaña hasta hoy. 

Andrés Celis nos cuenta la historia. Aquí Andrés.

[Andrés]: Voy a empezar explicando quién es es el personaje al que venía entrevistando incluso un día antes del robo. Se llama Dairo Antonio Úsuga, alias ‘Otoniel’. Es uno de los capos del narcotráfico más buscados en la historia de Latinoamérica. Tal vez el segundo, después del Chapo Guzmán, jefe del cartel de Sinaloa. 

Su historia criminal es larga. Se metió en la guerra en los 80 como miliciano de Las FARC. Luego se pasó a otro grupo guerrillero y después, en un giro de 180 grados, terminó con los paramilitares. 

Aunque a mediados de los 2000 él y sus hombres se desmovilizaron a través de un acuerdo de paz, al poco tiempo se volvieron a meter al narcotráfico. En 2009 salieron a la luz las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, o el Clan del Golfo, como empezaron a llamarlo las autoridades. Otoniel se convirtió en uno de sus comandantes. A sangre y fuego se dedicaron a recuperar los territorios que antes eran suyos, y empezaron a cometer masacres, desplazar comunidades y extorsionar. 

Después de la firma de paz con Las FARC, en 2016, el Clan del Golfo se dedicó a ocupar las zonas que antes dominaba la guerrilla. Su poder aumentó tanto, que pronto se convirtió en la organización con más hombres en armas, mayor expansión territorial del país y la que más cocaína exporta a Centroamérica y Europa. Así que Otoniel era lo que los militares llaman un objetivo de alto valor. 

En octubre de 2021, después de perseguirlo por años y ofrecer recompensas de más de 5 millones de dólares…

(Soundbite de archivo)

[Periodista]: Mucha atención que altas fuentes policiales y militares confirman la captura de Dairo Antonio Úsuga, alias Otoniel, máximo cabecilla del Clan del Golfo.

[Andrés]: Después se supo, por su propio testimonio, que no había sido una captura, sino que se había entregado a las autoridades. 

Cuando en la Comisión de la Verdad nos enteramos de que lo tenían detenido, le solicitamos inmediatamente a la Policía Nacional y a sus abogados que nos dejaran entrevistarlo. Otoniel llevaba cuatro décadas metido en la guerra. Conocía, tal vez como nadie más, la evolución del conflicto, cómo se ha transformado el negocio, quiénes han manejado los hilos y las alianzas que se han hecho entre los criminales y el Estado. Por eso era muy importante tener su testimonio. Vale la pena aclarar que ninguna de las entrevistas que recogíamos tenía implicaciones judiciales. Su fin era ayudarnos a construir el informe final de la Comisión, un documento en el que a partir de testimonios, investigaciones y análisis se buscaría esclarecer lo que ocurrió en más de cinco décadas de conflicto armado. De esa forma se les reconocería el derecho a la verdad a las víctimas.

Nos dejaron hablar con él a los dos meses de estar detenido. Fuimos mi jefe, que era uno de los 11 comisionados, y yo. Esa primera vez que lo vimos  hablaba pausado y con frases cortas. Estaba en una celda fría, pequeña que no tenía más que una cama personal, un baño sin puerta y un escritorio donde recibía a sus abogados. También había siete cámaras que lo vigilaban las 24 horas del día y por fuera de la celda, había varios militares y policías, dos tanquetas y tres anillos de seguridad desplegados por toda Bogotá.   

Decidimos hacer más de una sesión, las que fueran necesarias para abarcar todos los años que Otoniel estuvo en la guerra. A medida que fuimos avanzando en las entrevistas, me di cuenta de que aunque yo llevaba una década hablando con este tipo de personas, esta vez lo sentía diferente. Y no tanto por Otoniel, sino por las autoridades encargadas de custodiarlo, que nos fueron poniendo obstáculos. A veces no nos dejaban entrar porque supuestamente no estábamos en las bases de datos para el registro o no nos permitían entrar lapiceros para tomar apuntes. Incluso llegaron a suspender abruptamente una entrevista porque supuestamente el Clan del Golfo lo quería rescatar, pero eso nunca se comprobó. 

Por supuesto lo estaban cuidando muy bien, pero no precisamente para evitar que se escapara y continuara delinquiendo. No puedo revelar los detalles de lo que hablamos con él, esas entrevistas de la Comisión no son públicas. Pero sí puedo decir que a medida que Otoniel nos fue contando sobre las alianzas criminales entre políticos, empresarios, agentes de Estado y hasta universidades con El Clan del Golfo, entendimos que había muchos poderosos intentando contener esas verdades que él podía contar. Toda esa información estaba en las grabadoras que se robaron de mi casa esa madrugada del 19 de febrero de 2022.  

Volvamos a ese día. Me acuerdo que después de salir del shock y, llamé a la policía del barrio. Yo intenté comunicarme varias veces con mi jefe, pero no me respondió. Decidí entonces llamar a Carlos Martín Beristain, otro de los comisionados. Carlos ha trabajado durante varios años como investigador de violaciones de derechos humanos en varias partes del mundo. Nos habíamos hecho buenos amigos durante el trabajo y él sabía perfectamente lo que había en esas grabadoras. Me dijo que iría inmediatamente a mi apartamento.  Carlos aún tiene claro lo que vio al entrar. 

[Carlos Beristain]: Lo que encontré pues es una casa que ha sido allanada por alguien, ¿no? Que hay cosas medio tiradas por todos los sitios, sucia, puertas abiertas. En ese momento pues no sabíamos qué había pasado y no teníamos tampoco la dimensión de la historia.

[Andrés]: No sabíamos quién había entrado ni mucho menos qué pretendían. A los pocos minutos de que Carlos estuviera ahí, también llegaron dos policías de no más de 40 años cada uno. Me preguntaron sólo dos cosas: qué había hecho la noche anterior y qué se habían robado. Me limité a decir que se habían llevado dos grabadoras de mi trabajo, sin especificar el tipo de trabajo ni los audios que había ahí.  

[Carlos]: Y entonces ya tenían como una teoría del caso.  Miraron aquí, había una lata de atún abierta. Había manchas sucias como de huellas por diferentes lugares. Enseguida los policías empezaron a atribuir las cosas a un habitante de la calle. 

[Andrés]: Un habitante de calle que, según ellos, había trepado dos pisos de un edificio en la madrugada, había abierto una ventana y se había metido a un apartamento para robar comida. La hipótesis era que al ver dos grabadoras, un celular y un computador, se los llevó para intentar venderlos en el mercado negro. 

A mí esa idea me parecía muy poco probable, así que les pedí que llamaran a la Fiscalía para que registraran cómo había quedado la casa. Vi que el policía hizo dos llamadas y luego me dijo que se iban a demorar en llegar, y que “mejor dejara así”. Pero yo no quería dejarlo así, estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario. Le pedí que anotara en su registro que ellos habían planteado la hipótesis del habitante de calle. 

Los de la Fiscalía llegaron en menos de una hora. Eran tres agentes: una fotógrafa, una investigadora y un perito que iba a hacer el levantamiento de huellas. Mientras nos saludábamos cada uno empezó a cumplir su rol. La fotógrafa tomó planos generales de la sala y la fachada, el perito se puso su traje blanco, sacó las plumillas de su maleta y empezó la inspección.

Al tiempo, la investigadora me interrogó sobre lo que había hecho la noche anterior. Me preguntó sobre la casa, los vecinos, si había o no escuchado ruidos y terminó pidiéndome que hiciera un listado de los equipos robados y el valor estimado. Con ella fuí más directo y le dije que las grabadoras tenían entrevistas que había hecho como parte de mi trabajo en la Comisión de la Verdad, sin mencionar a Otoniel. Esa era una información delicada que por el momento no queríamos compartir. Recuerdo que la investigadora dijo que no sabía qué era la Comisión, que nunca la había escuchado. Sólo insistió en lo del listado de las cosas que se llevaron. 

Carlos ha participado en otras investigaciones de violaciones de derechos humanos. No era la primera vez que estaba en una situación como esa y estaba asombrado con el poco profesionalismo con el que registraban la casa.

[Carlos]: O sea, no ha habido una mínima inspección. Decir, bueno, perdón, vamos a hacer fotografías de todo. Vamos a hacer recogida de todos los elementos de prueba que vemos aquí. ¿no? Vamos a marcarlos. Vamos a poner un centímetro. Una cosa que se hace con una escena. Eso no se hizo allá, ¿no? Lo que vi son unos investigadores que llegaron, y de hecho, empezaron a recoger algunas huellas, pero que están muy poco atentos a lo que hay que hacer.

 

[Andrés]: En menos de media hora se apegaron a la hipótesis inicial del habitante de calle. La clave, para ellos, era la comida regada por el piso. De nuevo, le pedí a la investigadora que dejara registrado que no estaba de acuerdo con esa versión, que yo no creía que se tratara de un robo común, que estaba seguro de que esto tenía que ver con mi trabajo. 

No fue sino hasta que Carlos logró comunicarse con el presidente de la Comisión, el padre Francisco de Roux, y este, a su vez, con la vicefiscal general de la república, que las autoridades se tomaron en serio la situación. Gracias a eso, en pocos minutos, la casa, la cuadra y el barrio se llenaron de investigadores, de directores de varias dependencias de la Fiscalía y un fiscal que había sido asignado directamente para el caso. 

Ahí la dinámica cambió. Me hicieron un nuevo interrogatorio, y esta vez sí me preguntaron por mi trabajo, por las entrevistas que habíamos hecho las últimas semanas. Tomaron fotos de las casas vecinas y pidieron, por fin, las cámaras de seguridad. El perito, esta vez en compañía de su jefe, fue tomando huellas de donde no las había tomado antes. 

En ese momento yo no pensaba en otra cosa que no fueran las grabadoras. Ni siquiera podía hablar con Cristhian. Él observaba en silencio el flujo de gente dentro de la casa. 

[Cristhian]: Era como si estuvieran grabando CSI Miami. O sea, eran ahí los investigadores sacando huellas con sus guantes, como si hubiera habido además alguien… un muerto o algo así. Eso igual me causaba más bien como curiosidad, como uy bueno, así, así se opera en una escena del crimen.

[Andrés]: Ya no recuerdo con certeza el número de personas que entraron y salieron de la casa, pero seguro fueron más de 20. Lo que más me sorprendió fue que, aún cuando les decía qué había en esas grabadoras y que se habían llevado otros documentos relacionados con mi trabajo, todas esas personas volvían a lo del habitante de calle. 

Con la casa llena de gente y con esa historia casi oficializada, recuerdo bien que uno de los agentes me dijo: “Doctor Andrés, no se preocupe que en menos de 24 horas le tenemos sus equipos de regreso. Eso está en el mercado negro”. 

Ya habían pasado 10 horas desde que nos habíamos dado cuenta del robo. Estábamos agotados. Por último, me pidieron acceso a mis líneas de celular. Según me explicaron, no sería permanente, sólo revisarían cómo me había movido el día anterior y las llamadas que entraron y salieron en ese lapso. Acepté. 

Al final del día, los medios ya se habían enterado de lo que había pasado y querían saber más. La Comisión decidió enviar un comunicado de prensa y mi jefe, que apareció en la noche, fue el que habló con los medios. 

Preferí no contarle nada a mi familia en ese momento, no quería preocuparlos. Estaba esperando tener un momento de serenidad para poder hablar con ellos, pero se me adelantaron las noticias. 

(Sounbite de archivo)

[Periodista]: Más preguntas que respuestas deja hasta el momento el robo de los equipos de la comisión de la Verdad con el relato que hizo alias Otoniel ante este organismo sobre su participación en el conflicto armado en el país. El hurto ocurrió en la madrugada del sábado en la vivienda del investigador que acompaña al comisionado Alejandro Valencia Villa. 

[Andrés]: Yo hablé con mis padres para esta historia, y me contaron que aunque en el noticiero no mencionaron mi nombre, sí sabían que Alejandro Valencia Villa era mi jefe y no les fue difícil deducir que el investigador del que hablaban era yo. 

[Eduardo Célis]: Uy, cómo así, cómo… esa vaina no puede ser. Todo eso fue muy preocupante.

[Lilia Rodríguez]: Uno piensa muchísimas cosas, muchísimas cosas: ¿Qué te van a hacer? ¿Quién te va a cuidar? ¿Cómo te vas a salvaguardar de todo eso? ¿Dónde vas a estar? 

[Eduardo]: Y entonces viene el impacto de la inseguridad tuya. 

[Andrés]: Finalmente los llamé y les expliqué lo delicada que era la información que se habían llevado y lo angustiado que estaba. Mi papá sabía perfectamente en qué consistía mi trabajo.

[Eduardo]: Yo siempre miré con mucho respeto y con admiración tu trabajo, porque sabía lo importante que era. Lo que pasa es que eso sí, jamás me imaginé que la entrevista con el señor Otoniel fuera a generarte a ti personalmente ninguna situación que fuera contra ti, porque finalmente tú estabas haciendo era un trabajo profesional.

[Andrés]: Pero mi mamá, que también tenía claro lo que hacía, nunca estuvo de acuerdo con mi trabajo.

[Lilia]: Siempre estuve preocupada. Yo decía ¿Eduardo Andrés por qué no se sale de eso, por qué no se sale de eso? ¿Por qué le gusta eso? Me parecía un martirio y un sacrificio grande pensar que después de cualquier salida de esas, de cualquier entrevista, te iba a pasar algo. No, nunca me gustó tu trabajo y tú lo sabes que yo nunca estuve de acuerdo.

[Andrés]: Por eso, ese día traté de no darle tantos detalles. De alguna manera, ese evento le dio la razón a mi mamá. El riesgo que implica  buscar la verdad del conflicto armado es muy alto…  yo nunca lo había sentido… y mucho menos tan cerca. 

[Daniel]: Una pausa y volvemos.

[MIDROLL]

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante, Andrés Célis nos sigue contando.

[Andrés]: Después del robo, yo seguí trabajando. Había que terminar las entrevistas con Otoniel, así que volvimos mi jefe y yo a su celda. Cuando le contamos lo que había pasado, se quedó en silencio un momento. Siempre pensaba las cosas antes de responder. Me dijo que lo había escuchado en la radio. Me preguntó si estaba bien y qué más se habían llevado. Le respondí. Luego sonrió y nos recordó que ya alguna vez nos había advertido que su celda estaba intervenida y que las grabadoras iban a tener interferencias. Sabía que lo escuchaban, que nos escuchaban. 

Ahora yo tenía claro que a mí también me iban a someter a esa vigilancia extrema. Esto ya no era sólo laboral, sino que me había tocado personalmente. Ni siquiera en mi casa podía olvidar la situación. Los investigadores de la Fiscalía se la pasaban tomando testimonios en mi edificio y en el barrio, encubiertos por si algo ocurría. 

Además de la presión de que las cosas podían empeorar en cualquier momento, en redes sociales la gente empezó a criticar que un investigador de la Comisión tuviera ese tipo de grabaciones en su casa. Tatiana Navarrete, que trabajaba conmigo en el mismo equipo, también recuerda eso. 

[Tatiana Navarrete]: Es como agh… como que… qué desgastante. Digamos que, claro, pueden tener razón en muchas cosas, pero por qué tener que caerle como al eslabón más, más débil de la cadena. 

[Andrés]: Tatiana recuerda que aunque en la Comisión reunieron al resto de nuestro equipo para explicarles la situación, ella sintió todo menos tranquilidad. 

[Tatiana]: Y yo recuerdo eso, como sentir mucha impotencia, porque pues por un lado pues listo pasó esto, ni modo. Es algo que podía pasar, pero no había tampoco, pues que yo recuerde, un protocolo tan, tan claro frente, frente al tema de lo que teníamos que hacer con una grabación. 

[Andrés]: Nadie sabía bien qué hacer. Algunos compañeros, que también habían reportado problemas de seguridad, empezaron a manifestar que tenían miedo. A esta altura, era evidente que esto había  sobrepasado  los protocolos de seguridad que tenía la Comisión.  

A los días del robo, el padre Francisco de Roux, el presidente de la Comisión, tomó una primera medida de emergencia. Contactó a su orden religiosa, la de los jesuitas, para que nos acogieran a Cristhian y a mí por un tiempo en una casa donde vivían. Quería protegernos por si volvían a entrar a nuestro apartamento. Al principio, Cristhian se negó. Pero después de insistirle mucho, terminó aceptando. Él entendió que era por su seguridad, que no había más opciones, pero igual todo le parecía absurdo. 

[Christian]: No hablo de esos temas, no tengo nada que ver y pues de repente pum, pasa todo eso, se me meten a la casa. Por eso digo que es absurdo. O sea, yo no escogí esto, yo no… o sea, esto no, no tiene nada que ver conmigo. Y de repente estoy saliendo de mi casa con unas maletas a vivir con unos sacerdotes un tiempo. O sea, fue como todo muy intempestivo también. 

[Andrés]: Antes de animarme a contar esta historia, nunca había hablado con Cristhian sobre lo que sintió en ese momento. Ahora es cuando siento la culpa por haberlo involucrado en semejante situación. Pero yo sólo me enfocaba en tomar decisiones rápidas. Estaba rebasado y ni siquiera podía pensar en cómo me estaba sintiendo yo. 

Afortunadamente, las dos semanas que estuvimos en esa casa de los jesuitas fueron mejor de lo que esperábamos. Era un espacio muy silencioso, tranquilo, nos daban comida y teníamos buenas charlas con los religiosos. 

[Christian]: Fue un espacio cómodo, y la verdad nos atendieron como si fuéramos reyes, y pues estaban como también al tanto como de todas las circunstancias, ellos como en constante preocupación. También sirvió para descansar un poco, como de ese ruido en el que nos habían metido.

[Andrés]: Tanto silencio y tranquilidad me hicieron ilusionar con que todo iba a mejorar. Pero ahora me doy cuenta de que fui demasiado iluso. El calvario recién estaba empezando. 

Un mes después del robo, cuando llevábamos un poco más de una semana en la casa de los jesuitas, decidí irme por unos días a trabajar desde otra ciudad. Quería distraer un poco la mente y esperar a que todo se calmara. Cristhian prefirió volver al apartamento.  

A los pocos días de estar en esa ciudad, nuevamente me asaltaron. Iba caminando al atardecer y paré un momento a tomar una foto. De pronto me abordaron tres personas por la espalda pidiéndome que les entregara los celulares… así, en plural. Era raro que supieran que tenía dos, el mío y el del trabajo. Con mucho susto les entregué ambos y también mi billetera con mis documentos. Esa misma noche lo denuncié a la policía y no me quedó otra opción que regresar a Bogotá.  

En mayo, a los tres meses del robo, en un operativo casi que de película y que todos los medios cubrieron, extraditaron a Otoniel a Estados Unidos por narcotráfico.  Fue un proceso exprés que el gobierno resolvió en apenas seis meses. 

(Sounbite de archivo)

[Periodista]: Cientos de conductores y transeúntes registraron el paso de la inusual caravana compuesta por 25 motos de policía, dos blindados, dos tanquetas con capacidad para inhibir señal de comunicaciones. Al menos 300 uniformados, apoyados por aire, realizaron el desplazamiento con alias Otoniel dentro de una de las tanquetas. 

[Andrés]: Se fue del país sin terminar de responder por sus crímenes relacionados con el conflicto armado y sin haber terminado sus declaraciones ante la Justicia Transicional. 

Ahí realmente pensé que la situación se iba a calmar y que el proceso en la Fiscalía relacionado con el robo en mi apartamento sería más ágil. Pero más o menos a los cuatro meses de que todo esto empezara, recibí una llamada de un número desconocido. Al contestar, un hombre que tenía una voz gruesa, como de alguien mayor, empezó a insultarme y a decirme que me iban a matar. Antes de que pudiera reaccionar, me colgó. No sentí miedo en ese momento. Más bien me dio rabia no saber quién hablaba ni haberle podido responder. 

Aunque también lo denuncié, la misma llamada se repitió en varias ocasiones. También empezaron a enviarme correos electrónicos. Cada vez eran más insistentes con que me iban a matar, pero yo intentaba ignorarlos y enfocarme en el evento más importante de la Comisión de la Verdad, el resultado de cuatro años de trabajo muy intenso: la presentación del Informe Final.

Eso fue el 28 de junio de 2022, una fecha histórica para Colombia y para el mundo. Yo estuve ahí, en un teatro en el centro de Bogotá. 

(Sounbite de archivo)

[Presentadora]: Buenos días. Bienvenidas y bienvenidos al acto de presentación del informe final de la Comisión de la Verdad: Hay futuro si hay verdad.

[Andrés]: Había muchísima gente: el presidente electo Gustavo Petro y la vicepresidenta Francia Márquez, grupos de víctimas, organizaciones internacionales, embajadores y varios medios de comunicación. El padre Francisco de Roux dio un discurso muy emotivo.

(Soundbite de archivo)

(Francisco de Roux): Estamos convencidos de que hay un futuro para construir juntos en medio de nuestras legítimas diferencias.

[Andrés]: Y fue noticia en todas partes… 

(Soundbite de archivo)

[Periodista]: La Comisión de la Verdad entregó hoy su Informe Final producto de más de 30 mil visitas a víctimas. 

(Soundbite de archivo)

[Periodista]: After four years of investigations, the president of Colombia’s Truth Commission proudly presented the bodies final report.

(Soundbite de archivo)

[Periodista]: Un paso importante para la reconciliación de Colombia, también representa un cierre de ese capítulo oscuro de su historia. 

[Andrés]: Ahora que recuerdo ese momento, siento que es paradójico y, a la vez, dice mucho sobre la realidad de la violencia en Colombia. Mientras la Comisión estaba entregando su Informe Final y hablando del camino a la reconciliación, yo –uno de sus investigadores– estaba buscando alternativas para proteger mi vida. 

Una de esas alternativas la ofreció la Unidad Nacional de Protección, que hizo un estudio de riesgo y clasificó mi caso en el nivel más alto. Me dieron un esquema de seguridad que incluía una camioneta, un chaleco antibalas y dos escoltas. Y aunque sé que no tenía otra opción, fue una pérdida absoluta de libertad. Ahora nunca estaba solo, tenía a dos extraños a cargo de mi vida. No me sentía seguro en ninguna parte. Dejé de ir a reuniones con mis amigos. Algunos, incluso, se alejaron porque tenían miedo de que los vieran conmigo. 

También tomé otras medidas. Decidí no tener contacto directo con mis padres, ni siquiera por teléfono. Era una manera de protegerlos, de que no les interceptaran los teléfonos y los terminaran amenazando. Sólo me comunicaba con mi hermano, que estaba fuera del país en ese momento. Él les daba información sobre mí y me ayudaba a calmarlos. Pero el temor de mis padres llegaba al punto de desconfiar hasta de los escoltas. 

[Lilia]: Cuando te colocaron los escoltas fue peor tener esas personas ahí. Más preocupados, más preocupados que en cualquier momento apareciera alguien, pasara algo. El riesgo para ti era altísimo, altísimo.

[Eduardo]: A mí, desde un comienzo, no me dio confianza eso. Me generaba mucha preocupación, porque se ha sabido de casos donde desafortunadamente la gente no es leal a quien están custodiando. 

[Andrés]: Aunque ellos también podían tener acceso al mismo esquema de seguridad, lo rechazaron. 

Ya habían pasado más de seis meses y las autoridades seguían sin capturar al ladrón y tampoco a quienes estaban haciendo las amenazas. Después del aparatoso despliegue hecho por la Fiscalía en mi casa, solamente me citaron una vez  para mostrarme los videos de las cámaras de seguridad. En ellos se veía perfectamente que la persona que ingresó a la casa no era un habitante de calle. Por el contrario, era alguien muy hábil que en cuestión de segundos se trepó por la fachada del edificio, abrió la ventana y entró a la casa. Siempre estuvo con el rostro tapado. Abandonó el lugar con una mochila donde seguro llevaba las grabadoras y el resto de las cosas. Una cuadra más adelante, lo recogió un taxi. Pero ni siquiera con ese video pudieron hacer nada. Nunca recuperaron los equipos que los investigadores prometieron tener de regreso en 24 horas. 

La negligencia institucional era evidente y no parecía que fueran a actuar pronto. Como último recurso, desde la Comisión empezaron a gestionar con algunas Embajadas mi salida del país. No había garantías para seguir en Colombia. 

Aún tengo el recuerdo vivo del hormigueo que sentí en la cara al cruzar Migración del aeropuerto a finales de septiembre de 2022. Exhalo con profundidad cuando pienso en el momento en que me senté, miré al piso, solté la maleta y comencé a llorar. Tenía (tengo) atragantado en el pecho la desazón de dejar atrás mi tierra, de haberme tenido que despedir de mis padres y algunos amigos sin saber cuándo los volvería a ver. Me había tenido que exiliar. 

[Daniel]: Después de la pausa, Andrés comienza una nueva vida. Ya volvemos.

[MIDROLL]

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Andrés Celis nos sigue contando. 

[Andrés]: Llegué a un pueblo al norte de Europa comenzando el otoño de 2022. Aunque aún la temperatura no bajaba a menos de 10 grados, ya empezaba a sentirse el frío que cada vez se hizo peor. Apenas llegué me recibieron en la casa de una ONG defensora de derechos humanos. Recuerdo que era una construcción antigua que estaban reconstruyendo. Tenía dos pisos, muchas habitaciones y una huerta grande.  

Antes de viajar ya había hablado con un miembro de la organización, Eneko, y me había contado más sobre este lugar. Me dijo que decidieron crearlo en 2019, cuando empezaron a recibir muchas peticiones de defensores de derechos humanos, perseguidos políticos y exiliados que necesitaban un lugar de acogida. Este es Eneko:

[Eneko]: Cuando decimos acogida decimos un espacio donde la gente pueda sentirse tranquila y no perseguida, la gente pueda curarse después de haber sido retenida, encarcelada, torturada, pueda descansar, pueda compartir experiencias, pueda enlazarse con otras luchas. 

[Andrés]: Eso me hizo mucho sentido desde el principio. Los exiliados no salimos de nuestros países porque queramos. Llegar a un nuevo lugar huyendo puede ser muy traumático y un espacio como esta casa ayuda a que se sienta menos duro. 

[Andrés]: A mí me acogieron muy bien. Algunos residentes del lugar me recibieron en la sala con comida. Todo delicioso. Cada uno se fue presentando: decía su nacionalidad, a qué se dedicaba, las razones por las que estaba en la casa y  cuánto tiempo llevaba ahí. Recuerdo bien a Yusseff y Hattin, ambos marroquíes, y a Chepe, otro colombiano. 

Entendí, con sus historias, que dentro del exilio y la migración forzada mundial hay privilegiados y yo había sido uno de ellos. Yo salí en avión, no crucé el Mediterraneo nadando ni en una barca, como sí lo hicieron Yusseff y Hattin. Tampoco asesinaron a ninguno de mis familiares ni al líder barrial de mi comunidad, como le ocurrió a Chepe, que además pasaba por su segundo exilio y había salido solamente con tres mudas de ropa.

Afortunadamente habían podido llegar a esta casa que, en medio de todo, era un espacio seguro. Pero todos teníamos claro que era una solución temporal, al menos hasta que nos asentáramos en este nuevo país. Para eso, yo sabía que al peso de mi exilio se sumaría una lucha que ya mis compañeros estaban enfrentando, una lucha contra la burocracia del Estado y contra la revictimización. Eneko me lo había explicado y me había ofrecido, como a todos, acompañamiento para los tortuosos trámites administrativos.

[Eneko]: En este acompañamiento de las personas empiezas a aprender que realmente es una carrera de obstáculos muy, muy potente a la que… a la que se enfrentan estos compañeros y compañeras. Es una lucha constante.

[Andrés]: Después de comer, los compañeros me llevaron a mi habitación en el segundo piso. Había una cama sencilla, un closet de madera pequeño y al lado una mesita de escritorio. En las paredes había humedad que anunciaba la edad de la casa y el paso del tiempo sobre ella. Esa primera noche sentí un frío muy intenso, y lo fui sintiendo cada vez peor durante varias noches más. Daban ganas de no hacer nada, no lo niego. Pero la adrenalina que me venía acompañando desde los últimos días en Colombia me motivaba a no desconcentrarme.

A los pocos días, y gracias a una beca de la Embajada de Noruega, empecé una maestría en el Instituto Internacional de Sociología Jurídica.  Después, me aceptaron en su residencia estudiantil y me mudé a lo que sería mi segunda casa temporal. Empecé a ir a clases y en las tardes salía con mis compañeros a algún bar cercano y nos quedábamos hasta la medianoche comiendo, tomando y conversando. 

Por momentos, podía olvidar que estaba exiliado y jugar al estudiante de intercambio. Trataba de creerme el cuento para contrarrestar lo que ya mi terapeuta me había advertido: muy pronto mi mente iba a darse cuenta de que no había salido de paseo y que debía buscar un tratamiento psiquiátrico para suavizar el impacto. No le hice caso. Pensé que ya estaba protegido.

Pero una tarde, cuando regresé de clases a mi habitación, me entró una llamada. Contesté. 

[Luis Beltrán]: ¿Sí me copia, señor Andrés?

[Andrés]: Ahí, ahora sí, ya le escucho. No le he entendido bien.

[Luis B.]: Ah ok, listo pues.

[Andrés]: Era el mismo tipo de llamada que creí que ya no iba a volver. La misma que me había mortificado durante meses en Colombia. Habían logrado encontrarme en el otro lado del mundo y hasta tenían mi nuevo número de celular, el cuarto que había tenido en un año. Primero me sorprendió, pero después vino el miedo. Decidí poner el altavoz y empezar a grabar. 

[Luis B.]: Tiene el gusto de hablar con el comandante Luis Beltrán. Es un placer, mi señor. ¿Sí me copia?

[Andrés]: Luis Beltrán. ¿Y de dónde me llama usted?

[Luis B.]: Del Bloque Principal de las AUC.

[Andrés]: Las Autodefensas Unidas de Colombia. Me pareció muy extraño, ese grupo paramilitar se desmovilizó en 2006 y ese tal Bloque Principal al que se refería nunca existió. Le seguí el hilo.

[Andrés]: ¿Y qué? ¿Y qué quieren? ¿Y qué necesitan ellos? ¿Qué quieren ellos? Señor Beltrán, ¿Aló?

[Luis B.]: Sí, qué pena. Es la señal. Copiame, entonces, como le estaba diciendo: dos malparidos, hijueputas, señor. Y me disculpa la expresión de la palabra, pero no tengo cómo llamarlo. Estas personas están contratando. Nuestra organización está siendo financiada y contratada por estas dos personas. Estas personas nos trajeron fotografías de usted. Fotografías de la familia, dirección de la residencia y números telefónicos.  Es por eso, señor, que tenemos su número. Aparte, la cantidad de 15 millones en efectivo para nosotros ejecutar una muerte por encargo, un sicariato, un derramamiento de sangre y su contra.

[Andrés]: Todo era muy confuso, incluso imposible de confirmar. Según este señor, dos personas le pagaron varios millones para matarme, pero al parecer él quería negociarlo conmigo… o sea, una extorsión. 

[Luis B.]: ¡Situación muy delicada, mi señor, que no quiero que usted se alarme. Ni me alarme a la familia, es más, ni a la sombra que lo sigue. Porque si usted está recibiendo un comunicado de nosotros, señor, esa es la solución del problema, si así usted lo quiere. Porque creo que en la vida hablando se entiende la gente. 

Yo quería sacarle la mayor cantidad de información posible. Le insistí al tal Luis Beltrán para que dijera más. 

[Andrés]: ¿Y quiénes son esas personas?

[Luis B.]: No es que nosotros acá tenemos las fotografías, los videos donde nosotros grabamos exactamente, pues no tenemos exactamente pues una certeza de que yo le voy a decir quiénes son en realidad. Usted los conoce mejor que nosotros, porque para eso nos trajeron su número fotografías de usted, dirección de la residencia, el por qué, señor, tomamos la decisión de realizar el comunicado porque lo investigamos, lo seguimos diez días pisándole los talones, respirándole en la nuca y usted ni cuenta se dio. Sabemos que usted es un hombre de bien. Sabemos que usted es una persona que no se mete con nadie, porque donde usted fuera un malparido hijueputa, señor Andrés, créalo, usted ya estuviera tres metros bajo tierra.

La llamada no duró más de tres minutos. Me colgó el teléfono de un momento a otro. 

[Andrés]: Cuando decidí investigar el conflicto colombiano, fue porque me imaginaba un país muy diferente a donde crecí. En la guerra que ha atravesado a Colombia, estas llamadas son rutinarias. Y pasan cosas peores, por supuesto. Ahora que lo pienso, trabajar en la Comisión de la Verdad fue una apuesta, algo optimista, pero una apuesta: que podría existir un país menos violento, menos cruel, menos bárbaro. 

A mí no me había pasado nada físicamente, sólo recibí una llamada de un señor pretendiendo negociar mi muerte hipotética. Pero con eso, me habían roto… aunque tardaría en darme cuenta. 

En ese instante, sentí rabia. Nuevamente le conté todo a la Fiscalía y les envié la grabación y pantallazos de los chats en los que también me amenazaban. Pero esta vez pensé que al visibilizar mi caso podría estar más protegido, así que también busqué al noticiero Noticias UNO. 

(Sounbite de archivo)

[Guillermo Gómez]: Hablamos con el investigador que está en una ubicación en el exterior que no podemos revelar. Quienes dicen haber sido contratados para matarlo ya lo contactaron y le piden que les dé más dinero del que ya les pagaron para matarlo.

[Andrés]: Les di una entrevista sin ocultar mi identidad y les pedí que publicaran las grabaciones. Varios medios, algunos internacionales, replicaron la noticia. Volví a cambiar de número de celular. Y pensé, quizás ingenuamente, que iba a  estar bien.

Mientras esperaba respuesta de la Fiscalía sobre quién estaba haciendo las llamadas, seguí estudiando. Pensé que me ayudaría a distraerme pero no sacaba de mi cabeza las amenazas. Después de dos semanas de insomnio, acepté por fin el consejo de mi terapeuta y tuve una cita con un psiquiatra. El diagnóstico fue estrés postraumático, depresión y ansiedad. Empecé un tratamiento con un ansiolítico y un antidepresivo, pero eso me hacía sentir como si mi cabeza estuviera en el agua, no reaccionaba a estímulos. Cada día se convirtió en una lucha por levantarme, por ir a clase, por comer, hacer los trabajos y mantenerme en pie. Aunque seguía todas las recomendaciones del médico, tomaba puntualmente las pastillas, hacía ejercicio con más frecuencia, intentaba comer bien, caminaba por las montañas cercanas al pueblo y me esforzaba por hacer videollamadas con mi familia y mis amigos, no me sentía mejor. 

Cuando dije hace un momento que esa llamada me había roto, es a esto a lo que me refiero. Todos los días me rondaba una y otra vez el bucle de la misma pregunta sin respuesta: ¿Por qué me pasó esto a mí? ¿Por qué? Preferí alejarme de las actividades sociales. Las largas noches de celebraciones se convirtieron en un tormento por el insomnio.

Llegó un punto en que pensé en dejar la maestría. El Instituto me ofreció seguir de forma virtual y acepté. A pesar del sacrificio que significaba para mí, sentía que dejar de estudiar era darles la razón a los que me habían amenazado y sacado de Colombia. Era como una derrota.

Pero la situación se volvió insostenible. Cada vez me sentía más fuera de mí mismo. Estaba agotado. Desesperado. Los pensamientos rumiantes no se iban y, al contrario, cada vez eran más hirientes, hasta el punto de repetirme una y otra vez que la única salida era el suicidio.

De esto hablé con muy pocas personas aparte de mi psiquiatra, entre ellas mi amiga Natalia Palacios. Por su depresión crónica sentía que era la única que entendía lo que yo estaba pasando. 

[Natalia Palacios]: Yo también entiendo porque lo sé y lo he vivido, que la depresión no es estar triste. Yo también entiendo que la depresión no es llorar. Yo sé que sentir la ansiedad, yo sé que es que a uno se le duerman las manos, yo sé qué es uno pensar y pensar y pensar y no poder dormir de pensar. ¡La gente no sabe, la gente no sabe!  Y eso que yo sentía por ti era pura y física empatía. 

[Andrés]: Y ella, a kilómetros de distancia, se convirtió en mi único apoyo.

[Natalia]: Ni siquiera tus papás, porque tus papás pues, parce, yo creo que ellos estaban ahí pendientes y todo, pero pues tú nunca pudiste ser sincero, tú nunca podías decirle a tu mamá estuve a punto de matarme. 

[Andrés]: Es cierto, no era capaz. Teníamos varias llamadas a la semana, pero nunca tocaba este tema. Solo trataba de fingir que todo estaba en orden. Lo que yo no sabía en ese momento era que ellos hacían lo mismo: intentaban motivarme, me decían que estaban bien, pero lo cierto era que estaban sufriendo mucho. 

[Lilia]: La tristeza fue grandísima… Y la preocupación por no poderte ver. Al comienzo, pues, no fue fácil hablar mientras te ubicas y todo, pensábamos si verdaderamente estabas mejor o no lo estabas. Son cosas que uno no se recupera como fácil de eso.

[Andrés]: Eso que estaban sintiendo mis padres se llama insilio y se refiere a los impactos y afectaciones que sufren los que se quedaron, los seres queridos de quienes nos hemos tenido que exiliar. Mi padre, además de la tristeza, sentía rabia por la Comisión.

[Eduardo]: Se me revolvía todo y entonces me venía la furia contra esos que te dejaron solo.

[Andrés]: Aunque entiendo el malestar de mi padre, también es cierto que a cualquiera de los investigadores de la Comisión le habría podido pasar, todos estábamos expuestos a que la guerra que documentamos también nos atravesara. Pero, como se los dije en su momento a los comisionados y al presidente de la Comisión, a veces sentí estar peleando sin todo el respaldo institucional, mientras ellos seguían trabajando para presentar el informe final. 

Ya habían pasado cuatro o cinco meses desde que me había ido, y la crisis de salud mental y los pensamientos suicidas solo se habían agudizado. Llegué a un punto tan bajo que decidí que era hora de contarle a mi hermano Sebastián. Le escribí y decidió viajar para acompañarme. Cuando lo vi, me alegré mucho, me sentí protegido. Lo abracé y pude llorar sabiendo que estaba con alguien que me conocía y que sabía de todo el sufrimiento por el que había pasado. Hablé con Sebastián y me dijo que para él desde el primer momento que me vio fue más que evidente que yo no estaba bien.

[Sebastián Célis]: No era el Andrés que yo dejé hace dos años. O sea, usted estaba presente en cuerpo, pero no estaba tan presente en su 100% sus capacidades… su capacidad mental, ¿no? O sea, muy disminuido, ensimismado, creo que angustiado también, con muchos sentimientos y muchas cosas en su cabeza, y eso uno lo percibe. 

[Andrés]: Los días que estuvo conmigo fueron más apacibles. Me acompañaba a dormir, me cuidaba y yo al fin podía estar con alguien sin fingir que estaba bien. Él siempre lucía muy fuerte, pero ahora sé que también se sentía mal. 

[Sebastián]: Era difícil verlo en las mañanas cuando me decía que no había podido dormir, que había dormido una hora, cuando no quería hacer nada en el día. 

[Andrés]: Luego de tres semanas, mi hermano acordó con mi terapeuta que lo mejor era, por fin, contarles a mis padres lo mal que estaba. 

[Eduardo]: Nosotros sí dijimos no, eso tenía que reventarse algún día y se reventó.

[Lilia]: Fue terrible, terrible para mí. Yo dije no, tenemos que hacer algo porque se va a enfermar, se va a enfermar.

[Andrés]: Enfermo ya estaba, pero podía estar peor… así que muy rápido decidimos buscar a otro psiquiatra porque era evidente que el tratamiento no me estaba sirviendo. Al principio, las nuevas dosis de los medicamentos, me sacudieron. Recuerdo que las cuatro primeras semanas se hicieron eternas y sólo tengo la imagen de estar en un sofá asimilando la carga del ansiolítico. La idea era estabilizar mi psiquis, que el cuerpo se tranquilizara y poder empezar a recuperar el sueño. 

Eso pasó poco a poco. Dormir me fue ayudando a recuperar la estabilidad mental, el apetito y la fuerza física para moverme más allá del sofá y de la cama. A los dos meses pude volver a hacer un poco de actividad física. Me dio hambre genuinamente y recuperé las ganas de socializar, de salir a espacios abiertos. De a poco empecé a recuperarme y a conocerme en una nueva versión. Terminé mi tratamiento psiquiátrico, pude graduarme de la maestría y apliqué a una beca doctoral. Hasta el momento no he vuelto a recibir amenazas.

Y si esto fuera una película, acá vendría el comienzo de un final feliz. Tal vez ya sabríamos de dónde vinieron esos ataques y hasta habría justicia. Pero la realidad es otra y la historia sigue sin terminar. En marzo de 2025,  poco más de tres años después del robo a mi apartamento, la Fiscalía me notificó que todas las investigaciones relacionadas con este caso  fueron archivadas a pesar de las pruebas. El argumento es que después de revisar cámaras, huellas e interceptación de teléfonos no pudieron identificar al supuesto habitante de calle que se ve en el video entrando y saliendo de mi casa. 

Indigna, sí, pero no me tomó por sorpresa la decisión. No sería el primer caso de impunidad en Colombia y seguramente no va a ser el último.

Ya han pasado más de tres años fuera de Colombia y sigo pensando en lo mismo: en mi caso, trabajar por la verdad, insistir en que estábamos yendo hacia una paz sólida, paradójicamente me condenó al exilio. Aún no sé cuándo podré regresar a mi país. 

[Daniel]: En este momento, Andrés Celis sigue exiliado y sin garantías de seguridad para volver a Colombia. Hoy se dedica a hacer su doctorado en Derechos Humanos y tiene un blog en substack que se llama Relatos sobre el exilio. En las notas de este episodio encontrarán el link. 

Otoniel está en Estados Unidos pagando una condena de 45 años por narcotráfico. Desde allá ha seguido dando información sobre la relación que ha habido entre las fuerzas militares y los grupos ilegales. 

Queremos agradecer a Candela Radio, a Sound Business Studios y A Film to Kill For por permitirnos grabar en sus estudios. 

Andrés quiere dedicarle este episodio a quienes lo acompañaron antes y durante su exilio. Especialmente a Yolima — su terapeuta–, Natalia, Kontxi, Carlos y Lorena. 

Andrés Celis es investigador del conflicto armado colombiano y periodista. Coprodujo esta historia con David Trujillo, nuestro productor senior. La edición fue de Emilia Erbetta, Camila Segura y mía.

Bruno Scelza hizo la verificación de datos. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri. 

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, Lina Rincón, Sara Selva, Elsa Liliana Ulloa, y Luis Fernando Vargas.

Carolina Guerrero es la CEO. 

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

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Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

 

Créditos

PRODUCCIÓN
Andrés Celis y David Trujillo


EDICIÓN
Camila Segura, Emilia Erbetta y Daniel Alarcón


DISEÑO DE SONIDO
Andrés Azpiri


MÚSICA
Andrés Azpiri, Rémy Lozano y Ana Tuirán


VERIFICACIÓN DE DATOS
Bruno Scelza


ILUSTRACIÓN
Juan Felipe Almonacid


PAÍS
Colombia y España


TEMPORADA 15
Episodio 16


PUBLICADO EL
01/20/2026

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