Amores como el nuestro | Transcripción
COMPARTIR
[Daniel Alarcón]: Esto es Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón.
Era una tarde cualquiera de 1980 y Daniel Genovesi, de 15 años, estaba en la catedral de Venado Tuerto, una pequeña ciudad en Argentina. Tenía los ojos fijos en el atrio perdido en sus pensamiento, con una duda que acababa de nacer.
[Daniel Genovesi]: Estaba en la misa y simplemente me vino la pregunta: ¿no tendré que ser sacerdote?
[Daniel A.]: Era una pregunta inesperada para él, porque no llevaba tanto tiempo yendo a la iglesia. Su familia tampoco era muy religiosa, lo habían bautizado, sí, y había hecho la primera comunión, pero nadie lo llevaba a misa o le hablaba de Dios.
Por eso, al principio, su relación con la Iglesia había sido más bien social: iba a grupos de jóvenes en la parroquia del pueblo, hacía amigos, tocaba la guitarra.
[Daniel G.]: Todos éramos jóvenes, todos adolescentes, leíamos el evangelio, queríamos hacer cosas que ayudaran a los demás y poco a poco empezó a nacer un sentimiento religioso. Tal vez lo curioso es que en algún momento, sin darme cuenta, empecé a hablar con Jesús.
[Daniel A.]: Era un diálogo interno, íntimo, espontáneo. La forma que tomó en él esa primera inquietud espiritual.
Y cuando empezó a preguntarse sobre si ser o no sacerdote, le pidió a Jesús una señal.
[Daniel G.]: : Recuerdo que iba caminando por la calle y había unos chicos jugando al fútbol. Entonces, mientras voy caminando le digo bueno, si querés que sea sacerdote, dame un pase. Y uno de los que estaba jugando, no sé cómo, por qué patea y la pelota viene a mis pies…
[Daniel A.]: No fue la única vez. Entre más fuerte se hacía la pregunta, más señales veía.
[Daniel G.]: Como eso, empecé a ver un montón de sincronicidades que decía No, pará, esto parece que va en serio.
[Daniel A.]: Pero no estaba del todo seguro, porque se sentía más conectado a Jesús que a la Iglesia como institución en sí. De todos modos, algo de esa vida le atraía: el trabajo para la comunidad, las horas entregadas a la lectura. Dos cosas que siempre le habían gustado. Así que se fue diez días a un retiro espiritual para pensarlo bien. Cuando salió, ya se había decidido.
[Daniel G.]: Y en ese momento, cuando tomé la decisión que dije bueno, si voy a seguir a Jesús en ese camino. Me sentí en paz. Y empecé el camino de… del seminario.
[Daniel A.]: Por la misma época, Mercedes Tarragona también esperaba una señal de Dios. Tenía 13 años y vivía en Gualeguaychu, otra ciudad pequeña en el litoral argentino, a unos 450 kilómetros de Venado Tuerto, unas cinco horas en carro.
Sentada en el patio del colegio, mientras se balanceaba en un columpio, intentaba calmarse. Estaba angustiada porque en el último tiempo las cosas en su casa se habían vuelto muy caóticas: su papá salía con otras mujeres, su mamá la había tenido demasiado joven y apenas se las arreglaba con la crianza, y un hombre mayor de la familia se le acercaba demasiado, de formas que ella, siendo todavía una niña, ya intuía que no estaban bien.
Todo eso la hacía sentirse en peligro.
[Mercedes Tarragona]: Tenía una angustia tremenda y una soledad tremenda, tremenda. Y entonces hago una oración, como digo Ay, Dios mío, ayúdame. Y en ese momento sentí algo como un abrazo fuerte y la soledad desapareció.
[Daniel A.]: Sintió que Dios estaba ahí para ella. Unos días después vio pasar cerca de su casa a un grupo de monjas y sin saber muy bien por qué… simplemente salió corriendo detrás de ellas.
[Mercedes]: Nunca había visto monjas en mi vida más que La novicia rebelde en la película. Y de pronto vi pasar unas monjas y dije “Me hago monja. O sea, me voy con ellas”. Entonces me acerco a una de las monjas y le digo “Me llevan con ustedes…” Y la monja, claro, dijo “No, no te podemos llevar, sos una niña”. Y le digo “Por favor, llévenme con ustedes…”
[Daniel A.]: Para convencerlas les dijo que ya había terminado el séptimo grado y que quería seguir estudiando.
[Mercedes]: Entonces yo voy a hablar con mis papás y mi papá: “No, de ninguna manera. ¿Cómo te vas a ir con las monjas? Es preferible que te hagas puta.
[Daniel A.]: Su mamá tampoco estaba convencida. Y quizás también se hubiera opuesto a la idea, si no hubiera sido porque un recuerdo la asaltó de golpe: el de Mercedes bebé, volando en fiebre, y una promesa que ella misma le hizo a la virgen de la Merced:
[Mercedes]: Mi mamá dijo: Mirá, sálvala, sálvala, sálvala, sálvala! Yo la crio hasta que vos la vengas a buscar. Y entonces mi mamá se acordó. Porque dijo Claro, el uniforme, la Virgen de la Merced. Y eso fue lo que habilitó que me dejara ir.
[Daniel A.]: La mamá convenció a su marido y poco después, Mercedes partió con las monjas hacia Avellaneda, una ciudad pegada a Buenos Aires donde la orden de las Mercedarias tenía un colegio secundario. Allí la aceptaron como estudiante pero tuvo que esperar cuatro años más, hasta cumplir 17, para tomar los hábitos.
Sabía que convertirse en monja significaba renunciar a tener su propia familia, algo que siempre había querido. Pero sentía que lo hacía por una buena razón.
[Mercedes]: En ese momento, dije bueno, me entrego para salvarlo a mi papá.
[Daniel A.]: Para que dejara de ser tan mujeriego y que su familia estuviera mejor.
Además ya llevaba años conviviendo con las monjas, se sentía una más de ellas, y la vida ahí le gustaba. Trabajar en el jardín, estudiar, cocinar, meditar, rezar.
El convento era su lugar en el mundo, un mundo ordenado, previsible, que contrastaba con el caos de su casa. Un mundo del que no creía que iba a querer salir.
Y no fue hasta que se cruzó con la mirada de Daniel… del padre Daniel, que esa certeza empezó a temblar.
Una pausa y volvemos…
[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Nuestra productora Emilia Erbetta nos cuenta la historia.
[Emilia Erbetta]: Después de ordenarse como sacerdote, a fines de la década del 80, Daniel fue asignado a trabajar como secretario del obispo de Venado Tuerto. No fue algo que pudo elegir. Ser cura, como ser monja, significa que hay muchas cosas de tu vida que se te imponen: de eso se trata el voto de obediencia, de hacer lo que dicen tus superiores y no preguntar por qué.
Igual, el trabajo le gustaba. A la mañana daba la misa, después desayunaba y ahí se ocupaba de cuestiones administrativas. A la tarde podía pasar varias horas leyendo o preparando las clases que daba en el seminario. Algunas veces salía con el obispo a visitar las parroquias de la zona.
Una tarde de 1991, por ejemplo, el obispo le pidió que lo acompañara hasta una fiesta parroquial en Firmat, un pueblo a una hora de Venado Tuerto. Cuando llegaron, un par de monjas jóvenes jugaban con un grupo de chicos. Vestidas con hábitos de color claro y el pelo cubierto por un velo, se movían entre las mesas como animadoras infantiles. Una de ellas era Mercedes.
Apenas se miraron ese día. Pero un tiempo después volvieron a cruzarse
[Mercedes]: Pasan unas semanas y nos volvemos a ver en otra fiesta parroquial. En lugar de boliche en boliche. De fiesta parroquial en fiesta parroquial…
[Emilia]: Empezaron a charlar. A Daniel en seguida le cayó bien Mercedes. Era simpática, alegre, y además la veía llena de energía.
[Daniel G.]: Era muy linda. Era muy interesante. Reflexiva. Era agradable. Estaba formada. Trabajaba con jóvenes. Tenía muchos elementos para decir, bueno, podemos trabajar juntos en un proyecto más amplio
[Emilia]: Así que le propuso que trabajara con él en algunos proyectos que tenía con jóvenes en la parroquia.
A Mercedes le tentó la idea…
[Mercedes]: Me cayó bien él. Digo, podemos trabajar, éramos jóvenes, ¿Viste que sí? No siempre tiene que estar trabajando con curas reviejos…
[Emilia]: Y además… era lindo.
[Mercedes]: Unos ojos azules, precioso, esbelto, todo vestido de negro, impecable, prolijito, tierno, amoroso, dulce. Tenía vida en su mirada, en lo que decía…
[Emilia]: Tan distinto a otros sacerdotes que había conocido. Así que aceptó y empezaron a organizar encuentros con jóvenes de la parroquia, salidas, reuniones…
Al principio, el trato entre ellos era protocolar, algo formal, como marca la norma: las relaciones entre sacerdotes y monjas deben guardar cierta distancia.
[Daniel G.]: Yo no la trataba ni de vos, hermana. O sea. Es usted hermana. Usted hermana, cómo ha estado, qué necesita. Y la hermana me trataba de usted también. O sea. Uno diría como corresponde, no digo como Dios manda, pero como al menos políticamente corresponde.
[Emilia]: Pero lo cierto es que cada vez que se veían, la pasaban muy bien. Se quedaban conversando hasta tarde en la curia o en el convento, y solo paraban cuando alguien más los venía a buscar. Los dos notaban que había algo especial en el otro.
[Mercedes]: Lo que empezó fue una amistad preciosa.
[Emilia]: Un día, Daniel le preguntó por qué no lo miraba a los ojos. Otro, por qué no lo tuteaba. Y al principio, Mercedes no sabía bien qué decirle. No era que no supiera la respuesta. Si no lo miraba a los ojos, si no lo tuteaba no era porque no quisiera. Simplemente, las reglas no se lo permitían, era una falta de pudor.
Pero de a poco y motivada por él, empezó a romper algunas de esas reglas.
[Mercedes]: Entonces ya le decía Daniel o empezamos a tutearnos, ya lo miraba a los ojos, sin darme cuenta yo estaba haciendo una alianza con alguien fuera de mí, de mis votos o fuera de mis reglas.
[Emilia]: A veces sentía que con muy poco, Daniel le mostraba un mundo desconocido.
[Mercedes]: Es como que yo hubiera vivido toda una vida en una casita con las ventanas cerradas. Y cuando conocí a Daniel. Daniel empezó a abrirme las ventanas. Dijo “Che, mirá, hay sol y mirá hay jardín. Porque muy suavemente empezó a cuestionarme o a preguntarme, o a hacerme ver cosas más allá, ¿no?
[Emilia]: Pero tampoco es que se sintiera tan culpable. Es que en el fondo, Mercedes no sentía que estuviera haciendo nada malo…. Sí, es verdad que estaba acostumbrada a obedecer, pero no siempre pensaba que todas esas reglas tenían sentido. Además, Daniel no era más que un amigo. Para una chica como ella, que había crecido en el convento, rodeada de otras monjas, una amistad así era algo nuevo… y le gustaba.
[Mercedes]: Había admiración mutua. Entonces era una explosión, porque no te estabas midiendo, no estabas siendo menos frente al otro. Entonces todo lo que salía era bueno.
[Emilia]: La mañana de Navidad de 1991, unos seis meses después de conocerla, Daniel se despertó con unas repentinas ganas de hablar con Mercedes. Así que sin pensarlo demasiado, tomó el teléfono de la curia y marcó el número del convento. Mientras escuchaba el tono, pensaba en excusas para justificar la llamada.
[Daniel G.]: Sin ningún plan… Simplemente marqué el teléfono y atendió ella. Porque podría haber atendido cualquiera. Y la saludé. Le dije Feliz Navidad y ella: ¿Padre, para qué llama? No quería saludar a la Madre Superiora. Quería hablar con la Madre Superiora para. Ah, bueno, le paso. No, pero espere, hermana. Bueno, ahí charlamos un rato, nada más.
[Emilia]: Nada más, una charla intrascendente. Sabían que iban a encontrarse unos días después, porque ambos participarían en un viaje de misión en los primeros días de enero.
En ese viaje, cada vez que tenían un momento libre se buscaban para compartir un rato. Una noche, cuando ya habían terminado con las tareas del día, se quedaron junto a un grupo de jóvenes para rezar.
[Daniel G.]: No éramos tal vez más de cuatro o cinco personas orando. Pusimos las manos sobre la mesa y unas sobre otras.
[Mercedes]: Y la de Daniel quedó arriba mío. Y Daniel solamente movió el dedo chiquitito acariciándome: Y yo lo sentí y me lo permití. O sea, no lo rechacé, no moví la mano, nada, quedó.
[Daniel G.]: Era una caricia. Era un contacto. Y no es que dije ahora lo hago. Me nació y al haberme nacido, simplemente lo acepté. Y bueno, ella tampoco retiró la mano ni se molestó por ello. Ese fue un primer gesto de ternura combinada, o aceptada.
[Emilia]: Era la primera vez que se tocaban.
La misión duró varios días más, pero Mercedes se tuvo que ir antes. Tenía que viajar a Córdoba con otras monjas de su congregación.
Daniel la llevó hasta la estación de ómnibus.
Mientras esperaban, tomaron un helado y él después la acompañó hasta la puerta.
[Mercedes]: Ahí yo lo abrazo. Antes de subir al colectivo. Y le dije, mi amor, por vos es muy puro.
[Emilia]: A Daniel le gustó que le dijera eso. Pero no supo bien cómo reaccionar. Mercedes tampoco entendía bien qué acababa de hacer.
[Mercedes]: No sé qué le habré querido decir, como que estaba sintiendo cosas, pero eran buenas, sanas. Qué sé yo. Lo que le quise decir, era lo que me salió y me subí con el corazón agitadísimo. Creo que todos los que vieron eso se dieron cuenta. Yo no me daba cuenta.
[Emilia]: Es que es difícil ponerle un nombre a lo que no se conoce. Y ella no conocía el amor. Al menos, no ese tipo de amor. No solo nunca lo había vivido, sino que la habían educado para no sentirlo.
[Mercedes]: Un montón de años, vos trabajás la cabeza y aquí no todo… lo que está aquí negás.
[Emilia]: Aquí, dice Mercedes, tocándose el pecho a la altura del corazón.
[Mercedes]: No hay espacio para la emoción, no hay . Entonces vos vivís como analfabeto emocionalmente, por eso te encontrás con estas cosas y no sabes qué hacer.
[Emilia]: Lo que de a poco empezaban a descubrir no era otra cosa que sus propios sentimientos: un mundo interior al que ninguno de los dos se había asomado antes.
[Mercedes]: Fue como algo natural, como algo que no te lo cuestionas, Algo que va creciendo. Es como la masa cuando fermenta, no hace ruido. La encontrarás así después. Pero mientras el proceso, eso.. no te das cuenta. Y sin embargo, va creciendo tremendamente.
[Emilia]: Pero todo eso que crecía y ellos no veían, o no querían ver, empezaba a ser evidente para los que estaban alrededor.
[Daniel A.]: Una pausa y volvemos
[Daniel A.]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Emilia continúa la historia.
[Emilia]: La primera en notar que algo más pasaba entre ellos fue una amiga de Daniel. Era una chica de la edad de ellos, que solía colaborar con la iglesia y había estado en la misión. Una tarde, cuando volvieron del viaje, se lo dijo a él sin rodeos.
[Daniel G.]: ¿Pero no te das cuenta que estás enamorado de la monja? No. ¿Qué estás diciendo? No, esto no es así, dice. Y ella también está enamorada de vos, porque cuando la miraste te bajó la mirada. O sea que lo podía percibir, cosa que yo no percibía
[Daniel G.]: No, no, no lo tenía incorporado en el lenguaje… tal vez estoy enamorado, no… no.
[Emilia]:No fue la única en ver las señales. Para las monjas que vivían con Mercedes, su relación tampoco había pasado desapercibida. Cuando volvió al convento después de las vacaciones, se lo hicieron notar.
[Mercedes]: Cuando llego siento que hay como… como miraditas hacia mí hay cositas medias raras.
[Emilia]: Un día, la llamaron para una reunión. No le pareció raro porque a veces se reunían para hablar de cómo iba todo en el convento. La superiora general, la máxima autoridad de la congregación, que justo estaba de visita, también se sumó esa vez.
A Mercedes le tomó unos minutos entender que esta reunión era diferente. Que no estaban ahí para hablar del convento, sino de ella. Una a una vio cómo sus hermanas la reprendían por sus actitudes, su forma de ser, sus amistades.
Esa tarde, la criticaron por muchas razones: porque un día se puso una campera roja, demasiado llamativa para una monja. Porque una noche, durante un campamento de verano, se había quitado el velo para dormir en una de las carpas. Porque cantaba canciones paganas con las adolescentes del colegio, y especialmente por su relación con el padre Daniel.
Mercedes las escuchó entre sorprendida y herida. Le hablaron sobre la forma en que miraba al sacerdote, sobre la vez que habían compartido una cerveza y ella se había llevado la lata como souvenir a su cuarto, sobre cómo veían que le cambiaba el ánimo cuando conversaban.
[Mercedes]: Y ahí fue la primera cosa que a mí me empezó a lastimar Estimar porque que me empezaron como a quebrar. Porque esa crítica, así de la nada misma me rompió. Esa acusación.
[Emilia]: Daniel no tardó demasiado en enterarse de lo que había pasado en el convento.
[Daniel G.]: Yo me indigné, me enojé, lo que yo dije. Yo no la voy a dejar. Me puse más, más, más cercano todavía.
[Emilia]: No podía defenderla sin empeorar la situación, pero podía no dejarla sola. Así que volvieron a verse, aunque con más cuidado. Seguían trabajando juntos, pero ahora evitaban caminar a solas o que los vieran conversar demasiado en público.
Un día lograron encontrarse en una casita de la parroquia. Un lugar algo alejado, junto al río. Ahí, cuando estuvieron a solas, Daniel le preguntó a Mercedes por una meditación que le había dado la última vez que se vieron. Solían compartir ese tipo de textos religiosos y este era una especie de ejercicio de imaginación sobre el amor y el matrimonio.
[Mercedes]: Y en esa meditación vos imaginabas primero, el hombre con el que te hubieras casado, los hijos que hubieras tenido. Cuando yo imaginé a mi esposo, apareció Daniel. Eso me ayudó por primera vez. Yo lo empecé a imaginar de una forma diferente.
[Emilia]: Y a Daniel le había pasado lo mismo. Cuando tuvo que imaginar una esposa, en su mente apareció Mercedes.
No podían negar más lo que sentían. Pero los votos de castidad que habían hecho eran para siempre. La vida que habían elegido… era para siempre.
[Daniel G.]: La única salida era como un subterfugio poético, espiritual o místico…
[Mercedes]: Ahí lo que lo empezamos a hablar y decimos bueno, mira, en esta vida elegimos vivir de esta forma. Vos, monja, yo cura. Entonces la promesa qué era:
[Daniel G.]: Quedémonos en el atrio, le decíamos, antes de ingresar al cielo. Y ahí hagamos la vida que no pudimos tener.
[Mercedes]: Sentimos que podríamos formar una familia juntos. Pero elegimos esto.
[Emilia]: Con esa promesa empezó para ellos algo nuevo, distinto. No podían estar juntos en esta vida, ni formar una familia, pero sí podían estar el uno para el otro, cuidarse y acompañarse aunque fuera platónicamente.
Daniel le hacía regalos que Mercedes escondía en su habitación: una medalla, un anillo, cassettes con canciones grabadas y hasta un osito de peluche…
[Mercedes]: Yo al osito lo tenía escondido entre la frazada. A la noche sacaba el osito y me acostaba con el osito. Durante la mañana, rápido, lo metía atrás, lo escondía para que nadie me encontrara el osito, porque en los cuartos de la religiosa entran, se pueden revisar…
[Emilia]: Pero aunque tenían cuidado, seguían en la mira de las otras monjas. Sobre todo Mercedes. A mediados de 1992, viajó hasta el convento central en Córdoba para participar en un retiro, y cuando llegó, volvió a sentir sobre ella las miradas acusatorias. Pero no solo eran las miradas…
[Mercedes]: Nadie me habla. Un silencio tremendo. Estoy totalmente aislada.
[Emilia]: En poco tiempo, ese mundo que había sentido siempre tan propio se había transformado en un lugar hostil. Decidió hablarlo en confesión. Parcialmente, claro. Arrodillada, le contó al cura lo que estaba pasando. No le habló de su amor por Daniel, ni de la promesa de estar juntos en otra vida. Solo le dijo que sabía que su amistad con él no era bien vista. No le interesaba acusar a nadie, solo quería desahogarse.
Una hora más tarde, la superiora general la llamó a su oficina. Le dijo que desde ese momento, tendría que responder ante ella. Y designó a otra hermana a la que Mercedes debía dirigirse si tenía algún pedido. Por último, le dijo que ya no podría ver ni trabajar más con el padre Daniel.
Mercedes la escuchó sin cuestionarla. En su cabeza, se mezclaba el dolor de esa prohibición con una decepción más profunda. La traición, entendía ahora, era total: el cura había violado el secreto de confesión.
Cuando la superiora terminó, Mercedes solo atinó a pedir una cosa: que la dejaran volver a Venado Tuerto por última vez. Tenía una responsabilidad con el obispo y con Daniel, con el trabajo que hacían alrededor de la parroquia, no podía desaparecer sin explicaciones. La superiora aceptó y unos días después viajó hasta allá.
Llegó a la ciudad con una decisión tomada.
[Mercedes]: Yo quería cumplir con lo que me estaban pidiendo, aunque me destrozara el corazón…
[Emilia]: Lo que le pedían implicaba romper la promesa que habían hecho apenas unas semanas atrás. Cuando estuvieron finalmente a solas, le dijo que ya no podían verse más.
[Mercedes]: Y el me dijo: ¿No me vas a ver más porque te lo están pidiendo o porque vos no me querés ver. ?
[Emilia]: Y ahí, parada delante de él, le mintió.
[Mercedes]: Digo no, yo no te quiero ver.
[Emilia]: No te quiero ver. Quería honrar sus votos. Y para eso, debía obedecer.
No era la respuesta que Daniel esperaba. Intentó disimularlo, pero estaba destrozado.
[Daniel G.]: De los momentos difíciles de mi vida, ese fue el primero. Difícil y con una sensación de crisis de sentido de vida y ganas de.. de no vivir.
[Emilia]: Pero tenía que aceptar la decisión de Mercedes. No tenía opción.
Unos días después de ese encuentro, Mercedes se enteró de que a su castigo se sumaba otro: el traslado a un convento de Gualeguaychú, la ciudad donde nació, a unas 5 horas de Venado Tuerto.
Con esta noticia, quiso ver a Daniel una vez más. Una despedida después de la despedida. Un amigo de él, también sacerdote, les ofreció su departamento privado en otra parroquia.
Fue una tarde larga, en la que conversaron, se tomaron de las manos…
[Mercedes]: Nos despedimos, hablamos, lloramos y cuando estamos volviendo ahí me agarra Daniel y me da un beso que fue el primer beso, beso.
[Daniel G.]: Hoy diría… un beso simple, tierno, prolongado. No el mejor beso… pero el primero. Fue hermoso.
[Emilia]: Y aunque sabían que estaban rompiendo todas las reglas, nada de lo que acababa de pasar se sentía como un pecado.
[Daniel G.]: Creo que el pecado hubiera sido no besar, no haber besado…
[Mercedes]: Es mucha luz para sentir que había algo malo.
[Emilia]: Al contrario: el beso le daba fuerzas para enfrentar lo que venía. Y sabía que no era poco.
Unos días después partió sola hacia Gualeguaychú para vivir en otro convento. Pero ya no estaba tan segura de seguir queriendo obedecer.
[Daniel A.]: Una pausa y volvemos.
[Daniel A]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Aquí Emilia.
[Emilia]: Aunque tenían prohibido verse y hablar, Daniel y Mercedes igual se las ingeniaron. Entre ellos había casi 500 kilómetros de distancia, y para hacerle saber a ella que no estaba sola, él llamaba al convento y cuando la superiora atendía, cortaba. Lo habían acordado la última vez que se vieron.
Cuando Mercedes escuchaba el ring del teléfono retumbando en los pasillos del convento, sabía que él estaba pensando en ella.
[Mercedes]: Me acuerdo que la monja decía. Algo debe estar pasando con el teléfono. Porque llaman y cortan, llaman y cortan a cualquier hora. ¿Viste? Pero era como: estoy, estoy, estoy, estoy.
[Emilia]: Cuando me contaron esto, no pude evitar preguntarles por qué, si ya era obvio que estaban enamorados, no se decidían a ir más allá, a dejar la iglesia…
[Mercedes]: Porque no alcanzábamos a verlo. En ese momento la lucha no era hoy no puedo estar con el amor de mi vida, porque nosotros estábamos, teníamos nuestra alianza espiritual hecha, teníamos nuestro compromiso por el otro.
[Daniel G.]: Estábamos tan convencidos en el rol que teníamos, que no podíamos pensarnos en algo diferente a eso.
[Emilia]: Pero lo cierto es que, en el fondo, Mercedes sí pensaba en dejar la Iglesia. Su confianza en la orden, en la vida que había elegido, había empezado a quebrarse unos meses atrás, en esa reunión en la que sus compañeras la acusaron por su amistad con Daniel.
En Gualeguaychú le asignaron un trabajo administrativo en el convento. Ella, que siempre había trabajado con gente, ahora estaba todo el tiempo sola en una oficina. Y la órden era clara: no podía tener contacto con nadie… Era otra forma de castigarla.
Incluso antes de llegar, la superiora le hizo una advertencia.
[Mercedes]: Me dice: Mirá, aquí estamos todas muy bien. Espero que no vengas a traerme problemas.
[Emilia]: Los rumores habían llegado hasta allá.
Lo único bueno que tenía ese lugar era que estaba más cerca de su familia. A su mamá la veía con frecuencia porque trabajaba limpiando el convento. Ella fue la primera en darse cuenta de que Mercedes no estaba bien. La vio muy delgada y desanimada.
[Mercedes]: ¿Entonces mi mamá en un momento en una galería me dijo ¿Qué está pasando? Digo “nada, ma. ¿Por qué?” Dice “Porque tu mirada”, dice, “está ida, está triste. No, no tenés luz”, me dijo. Bueno, algunos problemas acá. Me dijo “Bueno, o hablás vos o hablo yo”, y mami es de armas de tomar…
[Emilia]: Mercedes decidió que tenía que ser ella la que hablara.
[Mercedes]: Entonces, a los dos o tres días le dije a la superiora: Mire, ¿qué tengo que hacer para irme? Me dijo ¿Qué pasa? Le digo “es que no soy más feliz acá”.
[Emilia]: Intentaron convencerla, la llamaron muchas veces desde la congregación. Pero no hubo caso: un mes después, dejó el convento.
[Mercedes]: Es muy triste la salida, ¿sabes? Porque primero que ya nadie te habla, te ignoran. Es un silencio. Aplican como un hielo tremendo. Me llevaron a un lugarcito del centro de Gualeguaychú donde había una oficina y me dijeron: entrás por esta puerta. Ahí vas a encontrar una falda, una camisa y un un zapatos. Dejás tu hábito, dejás todas tus cosas y salís por aquella puerta. O sea que nadie me dio un abrazo, nadie me saludó, lo único que me dijo la superiora es “Recordá que todavía tenés los votos, ojo con lo que hacés”. ¿Yo dije Madre, usted cree que yo me voy a un prostíbulo?
[Emilia]: Y así después de diez años de ser una hermana, de un momento a otro volvió a ser simplemente Mercedes Tarragona.
Durante el primer mes se quedó en la casa de sus padres. Se sentía perdida, como sin cimientos…
[Mercedes]: O sea, todo lo que yo había hecho hasta ese momento, nada me servía. No sabía moverme en el mundo, no sabía cómo buscar un trabajo. Todo lo que te había sostenido no tiene sentido ahí. Me aturdía el ruido de la casa de mis padres, la tele prendida me agobiaba.
[Emilia]: En todo ese tiempo fuera del convento, nunca dejó de hablar con Daniel por teléfono. Le avisó ni bien salió y acordaron que viajaría a Venado Tuerto para trabajar con él en la diócesis, como antes. Pero ahora, de civil.
En el viaje hasta allá, solo podía pensar en una cosa.
[Mercedes]: Tenía muchos nervios, muchos nervios porque yo tenía el pelo bien cortito, porque abajo del velo vos usas el pelo bien cortito. Yo igual me había hecho hacer un corte un poco mejor cuando salí. Pero todo el viaje pensé ¿será que me va a querer ahora? Porque al no tener el hábito no sé si le iba a gustar de esa otra forma…
[Emilia]: Cuando llegó, Daniel la fue a buscar a la terminal. Ese lugar donde ya habían tenido varias despedidas, ahora los reencontraba.
Cuando la vio bajar la notó distinta, pero, al mismo tiempo… era la de siempre.
[Daniel G.]: Tenía pantalones. Tenía una. Una camperita de… de vaquero. Le vi el pelo. Le vi el pelo suelto, que estaba siempre cubierto. Me gustaba antes y me gustó ahí, claro…
[Emilia]: Ya instalada en Venado Tuerto, en un pequeño departamento que le consiguió él, Mercedes comenzó a trabajar en la parroquia.
Con Daniel la relación era cada vez más íntima. A él, como sacerdote, nadie lo controlaba, y podían pasar muchas horas juntos, trabajando, charlando… Besándose. Pero nada más. Ninguno de los dos se animaba a ir más lejos.
Y aunque todo parecía ir bien, Mercedes empezó a sentir que no era suficiente. Ahora que había dejado de ser monja, no le alcanzaba con la promesa de pasar una vida juntos en el cielo, quería una relación acá, en la tierra.
Pero no podía pedirle a Daniel que dejara el clero. Ella más que nadie sabía lo que significaba hacer algo así. Pero tampoco podía seguir.
[Mercedes]: Tomé la decisión de irme porque yo ya estaba sufriendo a esa altura.
[Emilia]: Daniel estaba de viaje, así que se lo dijo por teléfono ese mismo día.
[Mercedes]: Y le digo mirá, me voy así, yo no puedo. Yo estoy enamorada y así no, no, no puedo seguir esto, esto no es suficiente, esto me hace mal.
[Daniel G.]: Entonces lo que yo le digo es: Mira, no te vayas. Espera que llegue, que vuelva a la ciudad. Y ahí. Y ahí vemos.
[Emilia]: Cuando llegó, unas horas más tarde, fue directo a la casa de Mercedes.
[Mercedes]: Y me dice “No te vayas. Yo quiero compartir una vida con vos”.
Y dije mirá, la vida ya la estamos compartiendo. Ahí me nació la mujer adentro. No, no dice, pero yo quiero formar familia.
[Daniel G.]: ¿No querés que seamos una una familia, que nos casemos, que estemos juntos?
[Emilia]:Después de tanta resistencia, por fin estaba preparado para dejar ir.
[Daniel G.]: No quería una vida sin ella. Hasta ahora, todo lo que había tenido había sido muy bueno. Pero cuando la conocí a ella y se abrió ese mundo afectivo. Ah, bueno, yo no quería perderme eso.
[Emilia]: Mercedes dijo que sí. Así que esa misma tarde él dio su última misa y después habló con el obispo. Cuando volvió esa noche a encontrarse con ella, ya no era el Padre Daniel.
[Emilia]: La noticia sobre la monja y el cura enamorados corrió rápido por la ciudad. Su historia de amor era la materia prima perfecta para el chisme y los rumores.
Mercedes incluso recuerda que hablaron de ellos en el periódico local, aunque no pudimos encontrar el artículo.
[Mercedes]: Cuando Daniel avisa que se va en la iglesia, me atacaron a mí…
[Emilia]: Era el relato perfecto: la mala mujer que había tentado al buen sacerdote.
El obispo la llamó por teléfono y le pidió que abandonara la ciudad. Cuando ella se negó, la citó en un bar para conversar personalmente.
[Mercedes]: Literal, me dijo ¿Cuánto querés? Y yo digo ¿cuanto quiero para qué? Para dejarlo a Daniel… y yo no podía creer..
[Emilia]: Se levantó y se fue. Tal vez fue en ese instante que el último hilo que la ataba a la Iglesia católica se terminó de cortar.
Poco tiempo después se mudaron a Buenos Aires. Querían empezar de nuevo en un lugar donde no fueran la exmonja y el excura. Desterrados del mundo que conocían, tenían que buscar uno nuevo.
Un amigo los ayudó a instalarse. Les consiguió trabajo y un departamento. Pero no era suficiente con eso: de alguna manera, Mercedes y Daniel tenían que aprender a vivir en sociedad.
[Mercedes]: Lo ayudó a Daniel a vestirse de acuerdo a las ocasiones. Me enseñó a mí a vestirme de acuerdo a las ocasiones. Me llevó a la peluquería. Me llevó a un lugar que me enseñaron a pintarme. Nos llevó a restaurantes como en un tiempo el tipo nos adelantó diez años. Porque nosotros no teníamos ni idea.
[Emilia]: Tampoco sabían cómo estar juntos. A los 29 y 25 años, para Daniel y Mercedes, el sexo era otro mundo desconocido. Algo más de la vida que tenían que aprender. Y en eso, estaban solos. O, bueno, juntos.
[Daniel G.]: Recuerdo que tal vez haría un mes que estábamos conviviendo y nada, no pasaba nada, íbamos ahí y… no había excitación.
[Mercedes]: Y lo tuvimos que ir como experimentando, ¿eh? Era muy divertido igual entre nosotros, porque éramos dos niños jugando y nosotros teníamos mucha confianza, teníamos como tres años de conocernos podíamos hablar de cualquier tema entre nosotros.
[Emilia]: Unos meses más tarde se casaron por civil. La iglesia no había liberado a Daniel de sus votos con el argumento de que podría cambiar de opinión. Así que cuando se casó, técnicamente aún era sacerdote.
Durante los años siguientes, construyeron una vida familiar como cualquier otra. Tuvieron un hijo que murió al nacer y después dos hijas más. Estudiaron, trabajaron, se compraron una casa. Hicieron amigos, armaron un mundo nuevo y propio, alejado de la Iglesia católica y sus reglas. Incluso se sumaron a la Iglesia anglicana, una rama del protestantismo en la que los sacerdotes sí pueden tener familia.
Daniel se hizo párroco y llegó a ser obispo.
Hoy, Mercedes se considera una persona espiritual, que tiene una relación directa e íntima con Dios. Me dijo que esa monja que fue, la hermana Mercedes, permaneció mucho tiempo dentro de ella, sobre todo en la forma en la que asumía sus responsabilidades. Pero no la extraña. Para ella, dejar la Iglesia fue también una forma de acercarse al mundo.
[Mercedes]: Cuando vos sos cura o monja, de alguna manera sentís que sos mejor que otro porque vos sos formada así. Cuando vos dejás eso es como que podés tocar al otro de verdad, porque vos ahora sos uno del montón.
[Emilia]: De alguna manera, eso es lo que a ellos les llevó tanto tiempo hacer: animarse a vivir su amor como tantas otras parejas del montón.
[Heidi]: Hola, ambulantes. Soy Heidi Yorkshire, de Portland, Oregon, y formo parte de Deambulantes, el programa de membresías de Radio Ambulante Estudios. Apoyo su periodismo porque cuenta historias preciosas que nunca habría escuchado de otra manera. Si quieres ayudar a que sigan narrando América Latina visita Radio Ambulante punto org slash donar.
Aquí los créditos del episodio de hoy.
Emilia Erbetta es productora de Radio Ambulante y vive en Buenos Aires. Esta historia fue editada por Camila Segura y Luis Fernando Vargas. Bruno Scelza hizo la verificación de datos. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri con música de Ana Tuirán, Rémy Lozano y Andrés.
El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Daniel Alarcón, Paola Alean, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, Lina Rincón, Sara Selva Ortiz, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, y Mariana Zúñiga.
Carolina Guerrero es la CEO.
Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.
Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Heidi Yorkshire. Gracias por escuchar..