Transcripción – Éxodo

Transcripción – Éxodo

 

[Funcionario 1]: Con los documentos se le colabora.

[Funcionario 2]: Vamos avanzando con los documentos en la mano, háganme el favor.

[Daniel Alarcón, host]: Las fronteras suelen ser lugares extraños. Lugares de tránsito, de movimiento. A veces uno siente que todo está de paso. La gente viene y va. Pasan mercancía, comida, autos, animales. Contrabando, obviamente. Son zonas de fluidez cultural, lingüística, comercial. Zonas, claramente, con culturas híbridas.

[Funcionario]: Buenas tardes, señor.

[Hombre 1]: Bien, gracias.

[Hombre 2]: ¡Listo!

[Mujer]: Gracias…

[Daniel]: Tomemos, como ejemplo, Cúcuta. La ciudad colombiana fronteriza con San Antonio del Táchira en Venezuela.

[Hombre]: A la orden pasajes pa’ Rumichaca, Bogotá, Cali.

[David Trujillo]: Cúcuta es la capital del departamento de Norte de Santander. Está al nororiente de Colombia.

[Daniel]: Este es nuestro reportero, David Trujillo. Viajó ahí hace unos meses.

[David]: Es una ciudad muy caliente, hace mucho calor. Es una ciudad intermedia también, con algo de desarrollo.

[Daniel]: Ni su tamaño ni su economía se comparan con Bogotá o Medellín, pero tampoco es un pueblo pequeño. Cúcuta tiene una gran importancia histórica para el país porque entre otras cosas ahí se promulgó la primera constitución política, y han intentado conservar algunos edificios representativos y promocionar eventos culturales. Pero, al mismo tiempo, es una ciudad un poco desordenada. Algunas calles están en mal estado: tienen huecos, no están pavimentadas y eso empeora el tráfico. Hay obras públicas sin terminar.

A inicios de los años ochenta, durante uno de los booms petroleros en Venezuela, la ciudad tuvo una época de florecimiento.

[David]: Muchos venezolanos iban a Cúcuta y abrían fábricas o abrían negocios.

[Daniel]: Por esa época la capacidad adquisitiva de los cucuteños era diferente a la del resto del país: trabajaban un tiempo en Venezuela, ganaban bolívares que eran bastante fuertes y el cambio a pesos colombianos les favorecía muchísimo. Además pasaban muy fácilmente al lado venezolano para comprar comida, medicinas, ropa, gasolina, cosas que en Colombia eran muy caras o que simplemente no se conseguían.

Pero luego Cúcuta se fue estancando, también por la crisis venezolana.

[David]: Cúcuta siempre ocupa los tres primeros puestos de las ciudades con mayor desempleo en Colombia.

[Daniel]: Y ahora, según David, luce algo desgastada, como sin rumbo.

[David]: Se ve una ciudad golpeada también por la corrupción; ha tenido unos gobiernos muy corruptos.

[Daniel]: Gobiernos que terminaron de descuidarla. Pero lo interesante de Cúcuta es que, como es frontera, tiene algo de esa particularidad que mencioné. Es una ciudad donde realmente se ve esa estrecha relación entre los dos países. Antes del 2000 —cuando no existía la televisión por suscripción en Colombia— en Cúcuta la señal más fuerte de televisión era venezolana, no colombiana.

(SOUNDBITE DEL HIMNO NACIONAL DE VENEZUELA)

En esas transmisiones salía el himno de Venezuela y por eso muchos de los cucuteños que crecieron en esos años se lo aprendieron.

Aunque se han sentido colombianos, los cucuteños solían conocer Caracas antes que Bogotá por ser un destino más atractivo para pasar vacaciones con la familia, buen clima, hay playa relativamente cerca. Es justo decir que los cucuteños comparten más con los del lado venezolano — la comida, los gustos musicales y hasta el clima— que con los del sur de Colombia, por ejemplo. Era común que la gente de Cúcuta tuviera doble nacionalidad y no son pocas las familias binacionales.

Colombia y Venezuela comparten más de dos mil kilómetros de frontera, pero Cúcuta se ha convertido en un lugar de tránsito clave.

[David]: En Cúcuta hay tres pasos fronterizos, eh, oficiales de los siete que hay en Colombia.

[Daniel]: Siete que hay en total en toda la frontera con Venezuela.

[David]: Es la ciudad que más tiene pasos fronterizos oficiales.

[Daniel]: Uno de ellos es el puente Simón Bolívar.

No solo es el paso fronterizo más importante entre Colombia y Venezuela, sino que se ha convertido en el símbolo del éxodo masivo de venezolanos.

La escena de este puente es algo que hay que ver para creer. Porque en cualquier momento en el día, son miles de personas del lado venezolano pasando a Colombia.

[David]: Hay tres filas mirando desde el lado venezolano hacia el colombiano: la de la derecha es para colombianos, la del medio es para personas con pasaporte y la de la izquierda es para personas con tarjeta migratoria.

[Daniel]: Tarjeta migratoria o Tarjeta de Movilidad Fronteriza, un permiso que creó el gobierno colombiano en el 2016 para intentar regular una frontera que nunca había tenido mucho control. Estas tarjetas —hoy hay vigentes más de un millón— les permiten a los venezolanos…

[David]: Transitar por la frontera, estar siete días en Cúcuta en la zona urbana. No puedes moverte más allá.

[Daniel]: Las tarjetas se pedían por internet hasta febrero de 2018. En ese momento el gobierno dejó de expedirlas. Se dio cuenta de que había que pensar en un plan a largo plazo para lidiar con tanta gente. Entonces decidió registrar a los venezolanos que entraban sin pasaporte y darles a estas personas un documento que se llama Permiso Especial de Permanencia o PEP.

El PEP ya había salido un año antes, en 2017, pero solo para venezolanos con pasaporte que tuvieran planes de quedarse en el país. Básicamente es un documento que, por dos años, les da acceso a servicios de salud, educación y, lo más importante, permiso para trabajar.

Ese registro de venezolanos sin documentos duró solo dos meses, hasta el 8 de junio de 2018. Las personas que llegaron a Colombia después de esa fecha, con o sin pasaporte, no tienen PEP. Y son muchísimas personas.

Las cifras pueden variar mucho, pero Migración Colombia calcula que por el puente Simón Bolívar entran y salen unas 70 mil personas al día. Esto sin contar la gente que cruza por los otros puntos de control y la que no tiene documentos, que se pasa ilegalmente por las trochas y los ríos.

Cargan de todo: ropa y otras pertenencias que van a seguir usando, pero también cosas que planean vender, como licuadoras, secadores de pelo, cámaras fotográficas, computadores, lo que sea que les signifique algo de dinero. Todo lo llevan en maletas. A veces son pocas y pequeñas. Otras veces, cuando son familias numerosas, son varias maletas grandes. Muchos llevan en la espalda un morral amarillo, azul y rojo —la bandera de Venezuela— que se ha convertido en un símbolo de esta migración.

Van vestidos con ropa cómoda, jeans, tenis, sudaderas, shorts, algunos tienen gorras y gafas oscuras. Generalmente llevan varias horas viajando. El Simón Bolívar es un puente peatonal, entonces pasan caminando a Colombia. No hay límite de edades: pasan bebés en coches y hasta ancianos en sillas de ruedas. Y, claro, se les nota en la cara, en la voz: esa tristeza, esa rabia a algunos. El dolor de ver sus vidas y su país colapsando.

[Hombre 1]: Aquí ya no se puede vivir ya en Venezuela. Ya todo el mundo lo sabe. Ya no se consigue comida, no hay carne, no hay pollo, no hay nada. No se consigue nada para comer uno.

[Mujer 1]: Como mi esposo trabaja aquí, entonces yo vengo le busco los pañales a la niña, la comida, medicinas, cosas así que él me va comprando, pues, para llevármelos para la casa, para los niños.

[Hombre 2]: Una mierda Maduro. Si me habla del gobierno Maduro, es un hijo puta, todos los venezolanos quieren que se muera, que lo roben, que lo maten.

[Mujer 2]: Vamos a aguantar a ver hasta dónde… tú sabes que ya la edad de uno migrar es más fuerte, ¿no? Esperemos a ver hasta cuándo y pidiéndole mucho a Dios a ver si… si ese gobierno cae.

[Mujer 3]: Ella tiene malformación cerebral, hidrocefalia y por ley tiene que tomar anticonvulsivos y eso no se consigue allá en Venezuela. Tiene 20 meses.

[Daniel]: Algunos cruzan a Colombia solo por el día o por unas semanas, pero luego vuelven a Venezuela. Algunas de estas personas —como la mujer que acabamos de oír— cruzan la frontera para vacunar a sus hijos, recibir atención médica básica o incluso parir. Otras buscan trabajar en lo que puedan, juntar algo de dinero para comprar distintas cosas que ya no se consiguen en su país, y regresar.

Y muchísimos —como ya sabemos— cruzan sin ninguna intención de volver. La idea es moverse, lejos.

[David]: Hay unas personas ofreciendo tiquetes de bus a Bogotá. O a Ipiales, que es ya la frontera con Ecuador, a Quito, a Lima. A Santiago.

¿Van hasta Argentina?

[Hombre 1]: Hasta donde sea: Bolivia, Argentina.

[Mujer 1]: Somos mi mamá y mis dos hermanas y yo. Eh… vamos a Medellín, en bus. Vamos a ver la familia que está allá y a trabajar.

[Mujer 2]: Vamos para Ecuador. Exactamente no sé cuántas son.

[Hombre 2]: Hasta Rumichaca creo que son 36 horas.

[Mujer 2]: 36.

[Hombre 2]: Hasta Rumichaca.

[Mujer 2]: Hasta Quito no sé, ni idea.

[Hombre 2]: No, no, hasta Quito…

[Mujer 2]: No tengo idea.

[Mujer 3]: No, bueno, esperando que mi hermano me transfiera pa’ poder moverme a fronteras por ahí, a Perú, a ver si me dejan pasar.

[Daniel]: Los precios de un boleto de bus varían dependiendo de la empresa y de si las personas tienen o no pasaporte. Si no tienen, pueden cobrarles más por el riesgo que significa transportar indocumentados.

Pero bueno, calculando: un boleto a Buenos Aires —que es el trayecto más largo, unos cinco días— no te baja de 450 dólares. Una plata que casi nadie que cruza tiene.

Muchas de estas personas llegan a Cúcuta sin dinero y su idea es encontrar trabajo para ahorrar e irse. Pero como ya dijimos, esta es una de las ciudades con mayor desempleo en todo el país. Así que por más que traten, no pueden ahorrar para pagar un boleto de bus.

[David]: Cuando ya no encuentran trabajo, cuando están muriendo de hambre, pues la única decisión es caminar.

[Daniel]: Caminar y caminar y caminar. Muchas veces pensando en atravesar todo Colombia para llegar hasta la frontera con Ecuador, a unos 1.400 kilómetros de Cúcuta. Eso sería más de un día entero de viaje en carro. Imagínense caminando.

[David]: Es como una decisión muy… se me hizo muy biológica también, como muy de supervivencia.

[Daniel]: Es decir, parar significaría rendirse. O sea que caminan.

[David]: Y eso… me choqué un montón y me dio muy duro porque son personas que no tienen ni idea de qué se van a encontrar al frente ni la ruta que van a seguir, ni a dónde van a llegar. Solo saben que hay una capital que se llama Bogotá y solo saben que caminando mucho van a llegar a Ecuador. Pero nada más. No saben que en medio del camino hay páramos. Hay temperaturas extremas. Hay carreteras que están vueltas mierda, literalmente no lo saben. Sólo van a buscar comida y algo. Pero aún así prefieren eso que regresar y eso es muy fuerte.

[Daniel]: En Cúcuta, David conoció a este hombre colombiano…

[Mario Otero]: Mi nombre es Mario Alejandro Otero Velandia. De profesión comunicador social, de vocación defensor de derechos humanos. 

[Daniel]: En 2017, Mario estaba en una oficina que queda al lado de la carretera que va del Puente Simón Bolívar a un pueblo que se llama Pamplona. Pamplona queda después de Cúcuta, en la ruta hacia Bogotá. En ese momento entró una mujer a pedir agua. Mario le notó el acento venezolano.

[Mario]: “¿A cuánto estamos de Pamplona?”. Y yo le dije: “A una hora, hora y media”. Dijo: “No, pero caminando”. Y yo le dije: “Uy, caminando sí no sé porque nunca me he ido a pie”. Pero fue una respuesta como muy… dijo: “Es que yo voy caminando”. Y yo: “Ah”, desde ahí dije: “Uy, cómo así que…”. Esa fue la primera muchacha que me dijo que a pie hasta… hasta Pamplona.

[Daniel]: La carretera de Cúcuta a Pamplona es pura subida por la montaña. La mujer de la que habla Mario seguramente se iba a demorar casi 20 horas en ese trayecto.

La situación lo impactó muchísimo, y desde entonces, los caminantes solo han aumentado. Decidió empezar a ayudarlos. Mario vive cerca de la frontera y…

[David]: Cuando va a su casa los recoge en la carretera y los acerca hasta el peaje. No los puede pasar más del peaje porque ahí está la policía y si lo ven que está llevando venezolanos ilegales, pues, lo joden.

[Daniel]: David lo acompañó una tarde llevando personas que encontraban por la carretera. La ida en carro hasta el peaje que menciona David les ahorra unas dos o tres horas de camino. En una de esas, se encontraron con este hombre…

[Mario]: Lo acercamos ahí hasta el peaje.

[Alberto]: ¿Sí? ¿Me deja por allí?

[Mario]: Sí. Espere, suba la maleta ahí.

[Alberto]: Hola, mucho gusto.

[David]: Hola, mucho gusto, David.

[Alberto]: Alberto.

[Daniel]: Tal vez no se oye muy bien, pero se presentó como Alberto.

[Alberto]: Yo vengo de Venezuela, de Caracas.

[David]: Alberto es un tipo que no supera los 30 años. Estaba empezando su viaje caminando. Tenía una maleta… dos maletas, una de mano y una de ruedas. Tenía unas gafas oscuras muy grandes. Se le notaba el desgaste físico de hambre.

[Alberto]: Estoy acá hace cuatro meses pero en vista de que aquí en Cúcuta es muy peligroso —hay muchas drogas, muchas personas en situación de calle— yo no me quiero quedar acá, sino que quiero seguir un poquito más adelante a ver si me va mejor.

[Daniel]: Alberto no había podido encontrar trabajo. En ese momento tenía algo de comida para el viaje, pero nada de plata. Era poco después del mediodía y el calor era insoportable.

[David]: ¿Cuál es la meta de hoy? ¿Llegar hasta dónde?

[Alberto]: ¿Hoy? Mi meta es llegar hasta donde más pueda. En realidad hasta donde más pueda, no pienso parar, la única manera de que pare es que llueva.

[David]: Y le pregunté pues cuál era su plan.

[Alberto]: Voy a Ecuador en este momento. Mi meta es llegar hasta México y cruzar la frontera de Estados Unidos, hasta Miami, que me está esperando mi mejor amigo Gerald y que lo amo muchísimo y por él es que estoy inspirado y… Y, no, bueno, no tengo vuelta atrás.

[David]: Me quedé callado. No fui capaz de decirle ni siquiera que iba en dirección opuesta a la frontera con Estados Unidos. No fui capaz de decirle porque sentía que así le dijera no iba a cambiar mucho. No sé.

[Daniel]: Lo dejaron a unos metros del peaje y se despidieron.

[Alberto]: Muchísimas gracias, hasta luego. Cuídense.

[David]: Buena suerte.

[Alberto]: Amén. Igual.

[Daniel]: Habrá otros como Alberto: caminantes sin mapa, caminantes por inercia. Personas que se mueven porque simplemente es lo único que les queda por hacer.

Pero esta es una frontera. Una de las tantas que hay en América Latina. En cada una de ellas, hoy en día hay venezolanos negociando con su nueva realidad como itinerantes. Lo que está sucediendo con los migrantes venezolanos es una crisis, eso lo sabemos. Una crisis que afecta a toda la región— esto también ya lo sabemos.

Y con todo lo complicado que es la frontera colombiana en general —y Cúcuta en particular— por lo menos aquí hay movimiento. Muchísima gente viene con sus cosas, respira profundo, y se marcha.

Pero ¿qué pasa si no hay salida? ¿Si cruzas de Venezuela, y te quedas estancado? ¿Si no puedes retroceder pero tampoco avanzar?

Después de la pausa nos vamos de Cúcuta y de Colombia a otro paso fronterizo, esta vez al sur de Venezuela. A la frontera con Brasil.

Ya volvemos.

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[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. En junio del 2018, nuestra productora Jenny Barchfield viajó al estado de Roraima, en la frontera de Brasil con Venezuela. Quería entender un poco más sobre las condiciones de los migrantes ahí. Para ver si la crisis era tan grave como en Cúcuta. Su primera parada fue Pacaraima, el pueblo más cercano a la línea que divide a los dos países.

Aquí Jenny.

[Jenny Barchfield]: Pacaraima es un pueblito rural como muchos otros en Brasil: caliente, húmedo, en donde hay pocas calles asfaltadas y está todo cubierto de barro. No hay lujos. Las calles están llenas de restaurantes humildes, con pocas sillas, y tiendas de ropa y víveres básicos. También hay muchísimas iglesias evangélicas, a veces encuentras dos en tan solo un par de cuadras…

Lo que lo hace único es que es un lugar bastante remoto. O sea muy, muy remoto. Si te imaginas el mapa de Brasil y buscas el punto más lejano de las grandes ciudades —sea Rio o São Paulo— apuntarías a Pacaraima. Está más cerca de la capital de Guyana o Surinam que cualquier ciudad medianamente grande de Brasil.

Y dadas las condiciones de la selva —el calor, la densidad— salir de ahí requiere un viaje en avión, que ni siquiera sale de Pacaraima, sino de Boa Vista, que queda a tres horas en carro. Para llegar a Belem, donde desemboca el Río Amazonas, serían casi tres días manejando sin parar.

Como en Cúcuta, todavía hay un vaivén constante de venezolanos entrando y saliendo de Pacaraima para comprar medicamentos y comida. En realidad, los venezolanos que entran y salen son casi los únicos que entran al pueblo.

Aquí la frontera es abierta. Simplemente avanzas por una carretera de dos carriles y listo, estás en Brasil o en Venezuela. No hay ni una línea en el piso. La única señal de que cruzaste de un país a otro es un poste con la bandera venezolana y la brasileña, una a cada lado. El resto es selva.

Pero muchos venezolanos han llegado a Brasil para quedarse, o como una primera parada en su migración a otro país. En las calles de Pacaraima están por todas partes: cambiando reales a bolívares, vendiendo cualquier cosa en las calles —desde frutas a espejitos o peines—, o están simplemente esperando a que algo —cualquier cosa— pase.

Durante mi primer día me encontré con un campamento improvisado donde vivían varias familias. Estaba en la calle principal de la ciudad, frente a un comercio abandonado. Había una decena de carpas ordenadas en dos filas. Las mujeres preparaban café en un fuego hecho con leña en plena acera. Acababa de llover, y los hombres estaban secando los plásticos que ponen encima de las carpas para protegerlas. Había niños corriendo por todos lados.

[Yaretsi Correa]: Viste que todos parecemos hormigas cada vez que llueve. Antes corríamos para el techito pero ahora todo el mundo para su carpa como hormiguita: chiqui, chiqui, chi.

[Jenny]: Ella es Yaretsi Correa. Era una de las mujeres en el campamento. Estaba sentada en la acera, lavando ropa en una cubeta de plástico.

[Yaretsi]: Tengo 37 años. Vengo del Tigre, estado Anzoátegui. Soy profesora en educación integral.

[Jenny]: Para ese entonces, Yaretsi llevaba dos meses viviendo en el campamento con su familia.

[Yaretsi]: Bueno, mi carpa es de cuatro personas. Dormimos cuatro: mis dos hijas, mi esposo y yo. Y en la otra de mi primo, duerme mi primo, su esposa, su hijo y uno de mis hijos. Porque yo tengo tres niños. Uno de trece, una de doce y la más chiquita que va para dos añitos, 20 meses tiene.

[Jenny]: Esa misma carpa la compraron en Venezuela para irse de vacaciones.

[Yaretsi]: Era para ir a la playa como costumbre… como hacíamos buen venezolano para, este, ¿cómo es? vacacionar para una Semana Santa, carnaval, pasar dos, tres días en la playa. Pero en vista de la situación mas nunca lo usamos y después que no quedó de otra sino traerla como casa por acá, para Pacaraima. Y estamos aquí, bueno, viviendo las de calle, pero, bueno, por lo menos comemos desayuno, almuerzo y cena. Estamos un poquito más tranquilo, pues.

[Jenny]: Me dijo que sus días comienzan temprano.

[Yaretsi]: Nos paramos a las cinco, cinco y media de la mañana, vamos al café donde el padre en la Iglesia Católica nos da un pancito con una tacita de café con leche, gracias a Dios. Después llegamos aquí. Si es de sacar la ropa, las sacamos. Hacemos desayuno, el almuerzo, la cena. Hablamos. Si vamos a hacer alguna diligencia, vamos a la Iglesia católica a un curso de portugués.

[Jenny]: La familia de Yaretsi y las otras del campamento almorzaban y cenaban gracias a la caridad de los vecinos, que a veces les llevaban arroz y azúcar. Y gracias también a pequeños trabajos que podían hacer.

[Yaretsi]: Ahí, las chicas de la ONU… si algunas veces vienen, nos traen una ropita para lavar y con eso gracias a Dios nos hemos mantenido. Compramos un poquito de comida, compramos para el día, pues. No es que vamos a comprar: “Ay, con esto hacemos un mercado por 15 días”, no. Día a día conseguimos la comida

[Jenny]: Las chicas de la ONU de las que habla Yaretsi son funcionarias de la Agencia de la ONU para los Refugiados, el ACNUR. Está dando

ayuda humanitaria en la frontera. Este grupo ha apoyado al gobierno brasileño atendiendo solicitudes de asilo y montando y administrando refugios, con todo lo que eso implica: desde repartir comida, hasta montar las carpas donde duermen los venezolanos.

Cuando visité la zona había diez refugios del ACNUR, pero solo uno estaba en Pacaraima y era específicamente para indígenas de la etnia Warao que estaban migrando desde Venezuela por los mismos motivos que los demás venezolanos: no hay comida, no hay medicamentos. Están igual de desesperados.

Los otros nueve refugios que sí recibían a venezolanos como Yaretsi estaban en Boa Vista —la capital de Roraima— a más de 200 kilómetros de Pacaraima.

Hoy, 8 meses después, hay apenas 13 refugios: dos en Pacaraima y 11 en Boa Vista. Esto, a pesar de que se estima que unas 300 personas cruzan la frontera a diario con la idea de quedarse. Para que se hagan una idea de la crisis que hay: con la cantidad de personas que está cruzando la frontera, habría que abrir un refugio nuevo prácticamente todos los días para abrigar a todos.

Yaretsi no había podido hospedarse en uno de estos refugios porque no tenía dinero para ir a Boa Vista. El pasaje de bus desde Pacaraima cuesta unos ocho dólares por persona, mucho más de lo que ganaba lavando ropa. Pero, además, así hubiera tenido la plata, los del ACNUR le habían confirmado que todos los refugios de Boa Vista estaban llenos.

Y conseguir un trabajo mejor pagado que lavando ropa es difícil sin la carteira de trabalho. Ese es el documento que todos los trabajadores —nacionales o extranjeros— necesitan para poder trabajar legalmente en Brasil. El problema es que para pedir ese documento hay que ir a Boa Vista. Es la única forma. Y, pues, para los venezolanos que están llegando con unos pocos dólares o con nada, es imposible hacer el viaje.

O, bueno, quedaba otra opción, una difícil, riesgosa: caminar con los niños hasta Boa Vista. Son mínimo cinco días bajo el calor agobiante del Amazonas. Y aunque lo lograran, no había garantía de que hubiera cupo en uno de los refugios.

La razón por la cual Yaretsi migró la han oído antes, muy seguramente. Es la misma historia de cientos de miles de otros venezolanos: el dinero simplemente dejó de ser suficiente para comer. Su salario como profesora…

[Yaretsi]: No me alcanzaba sino solo para el pasaje de ida y de venida. Me quedaban… eran 15 bolívares que no me servían ni siquiera para comprarme un huevo. Y eso… mi esposo trabajaba también en una empresa de vigilancia. Tampoco le alcanzaban ni siquiera para comprar un arroz.

[Jenny]: Se habla del hambre en Venezuela una y otra vez en las noticias, pero creo que muchos —y me incluyo en ese grupo— lo entendemos como algo abstracto- Entonces ya se imaginarán lo impactante que fue oírla decir que su esposo, que pesaba 90 kilos, ahora anda por 70. Y sí, lo vi de lejos y estaba bastante flaco, aunque no me pareció desnutrido. Y también me habló de su hermano…

[Yaretsi]: Veo a mi hermano y lo que me da es dolor de lo flaquito que está. Ha perdido como 30 o 40 kilos. Todo el mundo… todo el mundo ha… ha bajando. Por lo menos mi familia.

El que quiera rebajar que se vaya para Venezuela. El que esté gordo en cualquier parte del mundo que se vaya para Venezuela y allá rebaja.

[Jenny]: Y bueno… Si tienes hijos y vives en esas condiciones, qué puedes hacer.

[Yaretsi]: Son niños en etapa de desarrollo y si no les da una buena alimentación podían hasta atrofiarse, qué sé yo. La mentalidad, el crecimiento, el desarrollo de ellos se les atrofia por una mala alimentación. Sí, más que no se le daba vitamina porque aparte tampoco se consiguen medicinas. No se consiguen vitaminas, no se consigue nada.

[Jenny]: Irse se convirtió en su única opción para el bien de su familia. El plan era irse para el Perú…

[Yaretsi]: Primero: por el idioma. Segundo: eh… me han dicho que por mi profesión, laboro mejor allá que aquí.

[Jenny]: Yaretsi estudió para ser profesora de español, ciencias y matemáticas. Entonces, Perú sonaba bien. Pero ir a Perú es caro —unos 250 dólares por persona— y son 5 días de viaje. Resultaba pesadísimo para sus hijos pequeños. Entonces…

[Yaretsi]: Lo más cerca fue Brasil. De El Tigre, donde nosotros vivimos, es lo más cerca que tenemos aquí.

[Jenny]: Aún así, fue un viaje de 20 horas en bus. Además, irse a Pacaraima también tenía sus ventajas comparado con otros lugares de Latinoamérica. Porque Brasil ha mantenido una política bastante solidaria con los migrantes venezolanos desde que comenzó la crisis. Este es Michel Temer, el expresidente de Brasil:

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

[Michel Temer]: Muitas providências foram tomadas no sentido humanitário, no sentido de acolher aqueles que nao tem condicoes de vida na Venezuela.

[Jenny]: Dice que muchas medidas humanitarias fueron tomadas para acoger a aquellos que no tienen condiciones de vida en Venezuela…

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

[Michel Temer]: Aqui tem representantes da Organização das Nações Unidas mostrando ao mundo esse sentido humanitário que o Brasil traz consigo.

[Jenny]: “Aquí hay representantes de la ONU”, dice Temer, “mostrando al mundo esa preocupación humanitaria que tiene Brasil”.

Desde el 2017, los venezolanos tienen dos opciones para regularizarse en Brasil. La primera es por medio del estatus de refugiado. Esto tiene una ventaja: no necesitas papeles, ni una cédula de identidad, para poder estar en el país legalmente y para trabajar. La desventaja, claro, es que no puedes regresar a tu país de origen. Y la segunda opción es por medio de un permiso de residencia temporal.

Cuando fui a Pacaraima, en junio del 2018, para conseguir el permiso se necesitaba el pasaporte o una identificación, y el acta de nacimiento o de casamiento. Pero, tan solo unos meses después, en agosto, el gobierno de Brasil cambió las reglas para que los venezolanos soliciten el permiso de residencia temporal sin necesidad de ningún documento. El cambio respondió a que la situación en Venezuela se agravó.

Hasta noviembre, más de 96.000 venezolanos solicitaron regularizar su estatus migratorio en Roraima, ya sea con estatus de refugiado o residencia. Los pueden solicitar en el centro de acogida que queda en Pacaraima, a dos minutos caminando de la frontera. Con cualquiera de los dos, los venezolanos pueden conseguir trabajo si tienen la carteira de trabalho. Y lo bueno es que, aunque estés en medio del proceso de obtener alguno de los estatus, puedes trabajar legalmente, con la carteira.

El plan de Yaretsi era llegar a Brasil y pedir el permiso temporal.

[Yaretsi]: Yo tengo que salir por lo menos a ver a mi mamá que es la que tengo allá en Venezuela, mis hermanos, mis tías, mi familia. O sea, todos me hacen falta.

[Jenny]: Y con el permiso de residencia temporal tienes esta ventaja: puedes entrar y salir del país, como cualquier ciudadano o turista, sin importar que vengas de Venezuela.

Pero había un problema grave.

[Yaretsi]: Porque mi hija, la de dos años, no tiene pasaporte ni tiene cédula y me exigían un documento con foto, pues.

[Jenny]: Le exigían la identificación para sacar su permiso temporal. Y conseguir un pasaporte en Venezuela en estos días es una de las cosas más difíciles y caras que puede haber. Te sale en mínimo 120 dólares y te toca esperar por lo menos un año. Hay gente que dice haber pagado hasta 500 o mil dólares a funcionarios para que el documento se tramite más rápido.

[Yaretsi]: Entonces, no la podía dejar por fuera. Mi hija hasta donde yo vaya me la tengo que llevar. Entonces, escogí refugio fue por eso.

[Jenny]: El refugio significó dejar atrás a su mamá, sus hermanos. Toda la vida que había construido en Venezuela con esfuerzo y trabajo.

[Yaretsi]: Mi vida en Venezuela era cómoda. Tenía mi cocina, aquí tengo fogón. Tenía mi baño, ahora tengo que si no, pagar un real o buscar dónde bañarme o pedirle favor a un vecino, gracias a Dios que también es venezolano. Este… dormir en la carpa con cartón. Tenía mi cama.

[Jenny]: Pero es que además, cuando llegó a Pacaraima nunca se imaginó que iba a terminar en una situación como en la que estaba. Viviendo de la caridad de los demás, yendo al baño en la iglesia, o en un balde en la selva.

[Yaretsi]: Como indigente porque así es que estamos prácticamente: como indigente. Nosotros buscamos que si el palito que si recogemos la lata que si recogemos esto, que si recorremos cualquiera cosa para poder sobrevivir, pues.

[Jenny]: En Pacaraima, durante la temporada de lluvia, caen aguaceros todos los días: lluvias cortas, de minutos, que paran tan bruscamente como comienzan, pero fortísimas. Para Yaretsi y las familias en el campamento, la lluvia era una preocupación diaria, prácticamente la más importante después de comer.

[Yaretsi]: Ahora todos los días hay que estar cambiando cartón. Hay que estar cambiando todo, lavando todos los días, sacando la ropa al sol porque se nos moja por la lluvia, por cada vez que llueve.

[Jenny]: Antes, acampaban debajo del techo de un edificio desocupado. Así no se mojaban. Pero el dueño puso una cerca para que no pudieran acomodarse debajo del techo. Entonces rehicieron el campamento en frente de la cerca. A la intemperie.

Pero, quizá lo que más le molesta a Yaretsi es no poder salir de Pacaraima. Quedarse no era parte del plan.

[Yaretsi]: Yo sé que Dios nos tiene algo bueno a nosotros. Bueno, bueno, bueno. Y nos va a mandar para un sitio bueno donde nosotros podemos, porque yo tampoco le pido riqueza, no le pido oro, diamantes. No. Yo le pido una mejor calidad de vida donde nosotros nos podamos sostener, comprar unos zapaticos, una ropita, todo normal como una persona normal.

[Jenny]: Yaretsi buscó la frontera más cercana, la salida más fácil, sin mucha idea de lo que le esperaba al otro lado. Seguramente no se imaginó esto. Roraima, uno de los estados más pobre de Brasil y uno de los menos poblados, con poco más de medio millón de habitantes. Es un lugar donde gran parte de la población es indígena y vive en reservas, que son casi la mitad del territorio. La función pública es una gran fuente de empleo en el estado. Casi no hay industria, ni siquiera una fuerte economía en el área de agricultura y ganadería.

Y no pensó que estaría estancada. Sin muchas opciones de salir. Y sin poder volver a Venezuela.

El desempleo en Roraima es un problema serio y se ha agravado con la llegada de los migrantes venezolanos. Desesperados, ellos suelen aceptar salarios muy inferiores al mínimo. Y esto significa que es muy difícil para los brasileños competir contra ellos.

Y claro, esto crea tensión, xenofobia. Cuando estuve en Pacaraima era palpable.

[Hombre]: Pacaraima, cidade pacata, cidade tranquila, sem violencia, e, pois se transformou em, hubo uma metamorfosis, violencia, roubo, assaltos em mao armada.

[Jenny]: Gente diciendo que Pacaraima era una ciudad tranquila, pero ahora es diferente. Hay violencia, robos.

[Mujer]: Antes eu saia, mas nao vou mentir, agora eu tenho medo de sair que a gente nunca sabe se vai ser atacada. Ai eu tenho medo; nao saio mais de casa anoite.

[Jenny]: Diciendo que ya tienen miedo de salir de sus casas.

Este es el comandante de la policía militar de Pacaraima, Josue Silva.

[Josue Silva]: Ha mais de seis anos sem ter um homicidio. Depois dessa problematica na Venezuela acontecer, sao quatro homicidios, ne?

[Jenny]: Dice: «Estuvimos más de seis años sin que hubiera un homicidio. Después de que pasó esa problemática en Venezuela, van cuatro homicidios».

Como solución, en abril del 2018, el gobierno empezó un programa de interiorización.

(SOUNDBITE DE NOTICIAS)

[Periodista]: Hoje um grupo de venezuelanos embarcou para Rio Grande do Sul, São Paulo, Bahia e também o Distrito Federal em mais um processo de interiorização.

[Jenny]: El plan es distribuir a los migrantes venezolanos por todo Brasil, llevándolos en avión a ciudades más grandes, como Rio, Belém, São Paulo o Manaos. La lógica es que los más de 96 mil venezolanos que entraron por el estado de Roraima tendrán mejores oportunidades de empleo y una mejor situación económica si se mudan a ciudades más grandes. Y esto aliviaría un poco la crisis que hay en la frontera.

Entrevisté a muchos venezolanos cuando estuve en Pacaraima y casi todos estaban enterados del programa, incluida Yaretsi. Casi todos querían subirse a uno de estos aviones, rumbo a cualquier otro lugar, lejos de ahí.

[Yaretsi]: Yo quisiera de verdad, de verdad, de verdad, que no nos agarraran y nos mandaran a Manaos, nos mandaran a Belén, Río de Janeiro y São Paulo. Y, bueno, nosotros tengamos una mejor calidad de vida. Si no estuviéramos en esta carpa, tuviéramos un techo, tuviéramos algo donde los niños estuvieran cómodos, pues. Se desarrollaran y tuvieran su ambiente tranquilo como… como niños, pues.

[Jenny]: Cuando estuve en Pacaraima, en junio del 2018, el gobierno había hecho solo tres o cuatro vuelos. Eran aviones que venían de diferentes ciudades de Brasil a dejar materiales a los refugios en el estado de Roraima. La idea era aprovechar estos vuelos, que tenían que hacerse de todas formas, para ir sacando a la gente de ahí.

Desde entonces, la “interiorización” se ha acelerado: ya van decenas de vuelos y más de cuatro mil personas han logrado dejar la frontera. Pero cuatro mil son pocas en realidad. Hay miles más que siguen esperando.

Me fui de Pacaraima preocupada. Con pesar por todo lo que vi: la desesperación entre los venezolanos ahí, atrapados por la selva y por la falta de transporte asequible, la xenofobia que amenazaba con volverse violenta. En fin.

Quería saber si en la capital, Boa Vista, la situación era parecida. Específicamente quería ver los refugios. Los pocos que logran salir de Pacaraima, llegan a lugares como estos. En portugués les dicen “abrigos”.

Las Fuerzas Armadas Brasileñas están manejando la operación de estos refugios junto con el ACNUR. Los soldados del ejército brasileño se encargan de la seguridad y la gente del ACNUR de la administración: dar comida, carpas para que duerman, también ayudan a los migrantes a que accedan a medicinas y atención médica.

En las calles de Boa Vista, la escena era parecida a la de Pacaraima: decenas de venezolanos viviendo en condiciones similares a las de Yaretsi. Durmiendo en parques o en aceras. Yo no era muy optimista sobre las condiciones de los albergues. Pero les voy a ser sincera: me sorprendió mucho lo que vi.

Visité el abrigo São Vicente, que le caben unas 400 personas. Es un terreno baldío, cubierto por una serie de carpas blancas. Cada carpa está dividida en dos y a cada lado vive una familia, es decir, en una carpa viven entre 8 y 10 personas. Es un lugar que en general me pareció bien organizado y muy limpio.

Más de 5.500 venezolanos viven en centros como este. Reciben tres comidas al día. Hasta el momento el gobierno ha dado más de 265 millones de reales, más de 70 millones de dólares, para la operación de acogida de venezolanos.

Vi a los funcionarios del ACNUR dando comida, resolviendo pleitos entre migrantes, colocando más carpas en los refugios. Hablé con algunos de ellos y me dijeron que suelen trabajar unas 15 horas diarias, seis o siete días por semana.

Pero la realidad es que la ayuda no está alcanzando para todos. Y por lo remoto que es el estado, las condiciones para dar atención humanitaria son muy, muy duras: por ejemplo para montar el Centro de Acogida en Pacaraima, las Fuerzas Armadas tuvieron que limpiar un terreno que era selva espesa, en pleno barro, por la época de lluvias. Además, todos los materiales para armar las carpas y los refugios —hasta las sillas— vienen de otros estados de Brasil por medio de aviones. Todo requiere una planificación extraordinaria y un esfuerzo extra.

[Luz Mery Zacarias]: Adaptarnos y darle las gracias a Dios de que por lo menos aquí tenemos nuestra alimentación tres veces al día. Tenemos techo, que no estamos en las calles, pero no es fácil

[Jenny]: Esta es Luz Mery Zacarias. Cuando hablé con ella llevaba un mes viviendo en un refugio de Boa Vista.

Ahí han logrado abrir 12 refugios como este, aprovechándose de edificios ya existentes: estaciones de bomberos, escuelas.

Hablando con venezolanos en el estado Roraima, un tema recurrente eran los brasileños buenos y los malos. Todos reconocían que había brasileños “buenos” que les ayudaban. Pero también decían ser víctimas de xenofobia de parte de los brasileños “malos”.

Luz Mery y otros migrantes que entrevisté estaban resentidos por el hecho de que por unos pocos venezolanos que llegan a cometer delitos, todos estuvieran pagando las consecuencias.

[Luz Mery]: Allá habemos gente profesional, gente buena, gente honesta, gente trabajadora. Pero lamentablemente hubieron personas que se vinieron para acá a hacernos daño a nosotros mismos. Porque antes un vecino fue a buscar empleo… para no decirle prácticamente: “Aquí no queremos venezolanos”, lo que le dijo: “No, no permitimos extranjeros aquí. No le damos empleo a extranjeros”. Lamentablemente por el comportamiento de otros.

[Jenny]: Las autoridades de Roraima dicen que hay criminales que se están aprovechando de la política de fronteras abiertas para infiltrarse en Brasil.

[Frederico Linhares]: Os serviços de inteligência já detectou fortes ligações do crime organizado brasileiro já cooptando cidadãos venezuelanos para fazerem parte das suas organizações criminosas.

[Jenny]: Frederico Linhares, el asesor de la anterior gobernadora, Suely Campos, me dijo en una entrevista telefónica que pandillas brasileñas como el Comando Vermelho y la Família do Norte estaban reclutando entre los migrantes.

[Frederico Linhares]: Você teve um aumento drástico do número de furtos, de arrombamentos em residências, de pessoas morando nas ruas —os abrigos não suficientes para abrigar todo o mundo— você tem um aumento drástico na ultilzaçāo dos serviços públicos de saúde.

[Jenny]: Además, me afirmó que ha habido un aumento drástico en el número de asaltos, de robos a casas, de gente viviendo en la calle. Dice que los abrigos no son suficientes para albergar a todo el mundo y que ha aumentado mucho la utilización de los servicios públicos de salud.

Y lo que dice tiene fundamento. En mayo del 2018, la secretaria de Seguridad Pública de Roraima, Haydée Magalhães, explicó que el número de denuncias de crímenes se había triplicado entre el 2016 y el 2017, cuando empezó la llegada masiva de venezolanos. Y, claro, le echó la culpa a los migrantes.

Linhares también me dijo que ese aumento de la criminalidad es solo uno de los muchos problemas que han traído los venezolanos. Me contó que los migrantes habían traído consigo enfermedades, como el sarampión o la difteria, que ya habían sido eliminadas en Roraima. La malaria es otra preocupación para él.

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

[Suely Campos]: Então nos decidimos a tomar medidas extremas, que fomos ao Supremo , eh, Tribunal Federal com uma ação em que pedimos em aquele momento o fechamento temporário da fronteira.

[Jenny]: Esta es Suely Campos, la exgobernadora de Roraima. Está diciendo —como solía hacerlo— que por todos estos motivos, ella quería asumir el control de la frontera y quitárselo al Gobierno Federal. Campos hasta llegó a poner una demanda judicial pidiendo que fuera el mismo estado el que tuviera el derecho de controlar el flujo de personas y vehículos en la frontera internacional, pero el Tribunal Supremo Federal la rechazó.

(SOUNDBITE DE NOTICIAS)

[Periodista]: Ministra do Supremo Tribunal Federal, Rosa Weber, negou na noite de ontem um pedido do Governo de Roraima para fechar a fronteira do estado com a Venezuela.

[Jenny]: El nuevo gobernador, Antonio Denarium, hizo de la migración venezolana un tema central de su campaña y dijo que buscaría un control riguroso de la frontera. Denarium es del mismo partido que el nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro.

Pero Bolsonaro ha descartado devolver a los migrantes.

(SOUNDBITE DE NOTICIAS)

[Jair Bolsonaro]: Não são mercadoria nem objetos para serem devolvidos, ne? Nos devemos e, se tivessemos um governo democratico...

[Jenny]: Les traduzco. Bolsonaro dice que los venezolanos no son mercancía u objetos que se puedan devolver. Insiste, eso sí, en la necesidad de hacer un “control riguroso” de la frontera.

Hay muchos residentes de Roraima que apoyan el endurecimiento de la política hacia los venezolanos. Nadie quiso hablarme con micrófono en mano —cada vez que sacaba mi grabadora, todos se callaban—, pero prácticamente todas las conversaciones seguían este patrón. Al comienzo decían: “Pobrecitos, las cosas están duras en su país”. Pero enseguida se quejaban de que el gobierno brasileño los trataba mejor que a los propios ciudadanos. Y terminaban con que, aunque las cosas estén duras, no habría que dejarlos entrar.

Yo entiendo la preocupación: Roraima es uno de los estados más pobres de Brasil, un lugar completamente aislado, que se siente olvidado por el gobierno central. Muchos de los habitantes viven en condiciones muy duras, de mucha pobreza y, ahora, miles de venezolanos están llenando sus calles. Venezolanos con las mismas preocupaciones y necesidades que ellos: ver cómo hacen para comer cada día, cómo vestir a sus hijos, en fin, cómo sobrevivir.

Todas las personas con las que hablé tenían historias de crímenes bárbaros, supuestamente cometidos por migrantes venezolanos.

Y claro, crímenes cometidos por venezolanos han pasado en Roraima. Lo puedes ver y leer en las noticias. Es innegable. También es parte de la migración: vendrán personas como Yaretsi, por ejemplo, o Luz Mery, la que acabamos de escuchar, y vendrán personas dispuestas a cometer crímenes, gente que nunca hablaría con alguien que tiene un micrófono en mano. Y como siempre, los puntos negros resaltarán en la masa.

Yo me fui de Roraima pensando que todo podía estallar en cualquier momento. Una persona que entrevisté me agregó a un grupo de WhatsApp para residentes de Roraima. A menudo la gente compartía mensajes quejándose de los venezolanos. Y estos mensajes también parecían volverse más xenófobos y violentos cada día.

Hasta que en agosto, el grupo de WhatsApp se inundó de videos. Eran de disturbios en Pacaraima.

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

[Hombre]: Fora Venezuelano de dentro de Pacaraima. E assim que funciona a partir d’agora.

[Jenny]: Cientos de residentes llenaban las calles. Gritaban, soltaban fuegos artificiales y saqueaban y quemaban con gasolina los campamentos improvisados de los migrantes.

[Jenny]: Los venezolanos corrían hacia la frontera, de vuelta a Venezuela, mientras los brasileños los abucheaban.

(SOUNDBITE DE NOTICIAS)

[Periodista]: A fronteira do Brasil com a Venezuela está fechada em Pacaraima, estado de Roraima. Um possível conflito entre venezuelanos e brasileiros motivou o fechamento , e ao vivo, a gente vai ter as informações direto de Boa Vista com o repórter Denis Martins.

[Jenny]: Y finalmente el gobierno de Roraima cerró la frontera durante algunas horas.

Miré los videos una y otra vez, revisando con cuidado las imágenes borrosas grabadas en teléfonos celulares, buscando a Yaretsi, o a uno de los demás venezolanos que había entrevistado. No puedo contactarlos directamente: prácticamente nadie tiene un teléfono celular y no me dieron sus correos electrónicos, pues no tenían dónde ver sus mails.

Vi decenas de videos y no reconocí a nadie. Pero en varios de ellos sale algo que me dio escalofríos: la carpa roja de Yaretsi. Estaba rota, aplastada en el piso. Estaba en el mismo lugar en que la conocí a ella. Algunos pisoteaban la carpa. Otros se agachaban para robar cualquier cosa de valor que estuviera intacta en el campamento. En uno de los videos, alguien le echa gasolina a la carpa y la enciende.

No sé lo que les pasó a Yaretsi y a su familia. Y probablemente nunca lo sabré.

[Daniel]: En noviembre de 2018, el gobierno colombiano lanzó una política pública a tres años para atender la migración venezolana. Planea invertir más de 130 millones de dólares.

Poco después de asumir la presidencia en enero de este año, Jair Bolsonaro sacó a Brasil del Pacto Mundial sobre Migración. Bolsonaro dijo: «Brasil es soberano para decidir si acepta o no migrantes.”

David Trujillo es productor de Radio Ambulante. Vive en Bogotá.

Jenny Barchfield es periodista independiente. Vive en Lisboa.

Este episodio fue editado por Camila Segura, Luis Fernando Vargas y por mí. La música y el diseño de sonido son de Andrés Azpiri y Rémy Lozano. Andrea López Cruzado hizo el fact-checking.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Lisette Arévalo, Gabriela Brenes, Jorge Caraballo, Victoria Estrada, Miranda Mazariegos, Diana Morales, Patrick Mosley, Ana Prieto, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, Elsa Liliana Ulloa y Silvia Viñas. Carolina Guerrero es la CEO.

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Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Créditos

PRODUCCIÓN
Jenny Barchfield y David Trujillo


EDICIÓN
Camila Segura, Luis Fernando Vargas y Daniel Alarcón


DISEÑO DE SONIDO
Andrés Azpiri y Rémy Lozano


ILUSTRACIÓN
Samuel Castaño


PAÍS
Colombia y Brasil


PUBLICADO EN
02/12/2019

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