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¿Por qué renunciar al privilegio de “ser hombre”?

Esta es la primera vez en diecisiete años de carrera en que soy la protagonista. Pasé un par de noches bajo una lápida de angustia porque soy de esas periodistas que hacen todo lo que pueden para no salir en la foto, para no ser la noticia, y en este caso fue imposible.

Soy la persona agredida, la que se quedó sin un lugar seguro en el mundo. Y soy también la que enfrenta a un acosador que no se asume como tal. Soy quien le ofrece anonimato a un tipo que –con su educación universitaria, su militancia de izquierda y su trabajo con colectivos de mujeres– parecería menos inclinado a reproducir los patrones de agresión machista que usó esa noche.

En el diálogo veo a un hombre que hace todo lo que puede para no verse a sí mismo como agresor. Enumera las veces en que ha sido “salvador” y “solidario”, sin ver que con el rol de salvador quiere asumir el derecho a cobrar el favor de “protegernos”. Como justo me pasó con uno de los policías, que luego del llamado de esa noche pasó por la cuadra a buscarme y decirme que por favor “lo considere un amigo”.

En su intento de mantener la auto imagen de buen chico, habla de seducción fallida, culpa al alcohol y la marihuana por nublar su criterio, a los instintos sexuales y a la torpeza. No le creo. Conozco bien mis instintos –tan salvajes como los de cualquiera–, sé de seducción y de sustancias, también soy torpe y deseo ser deseada, pero nunca he atropellado la voluntad de nadie.baño Mariana

Ese privilegio disfrazado de derecho sigue al resguardo de los machos. Lo ejercen los hombres cada vez que entran a la esfera de la intimidad como chivos en cristalería, sin permiso, sin calma, rompiendo de todo, con descuido, torpeza y egoísmo absoluto disfrazado de entusiasmo.

Desmantelar esa actitud requiere desmantelar el privilegio que la hace posible, no desde el discurso sino desde lo concreto y a la mano. Desde asumir la llamada “carga mental/emocional” con su pareja –hacerse cargo de la paternidad y labores de la casa–, hasta negociar salarios justos para sus subordinadas en la oficina o respaldar a la compañera de trabajo que aún hoy gana menos por hacer el mismo trabajo.

Va mucho más allá de no chiflarnos en la calle o de no espiar a una mujer cuando se baña: implica arriesgarse, enfrentar al agresor, nombrar el acoso, el abuso, la seducción rapiñera con mujeres a las que les llevan 25 años de experiencia y poder. Implica, por ejemplo, arriesgarse a no pertenecer a los grupos en lo que se comparte porno de venganza y hacer un vacío que condene la práctica. Ese vacío que, en mi caso, hicieron mis amigos, sus amigos, los policías y que, en últimas, hizo posible que mi agresor empezara a reflexionar.

A esa noche que relato en el episodio le han seguido un montón de pláticas generosas con hombres y mujeres, diálogos sanadores en los que admitimos que no entendemos nada. De fondo han estado los nuevos escándalos, la carta de las francesas, las marchas como la de Madrid el 8 de marzo.

Para quienes preguntan ¿pero qué quieren?, les puedo contestar lo que pido yo –lo que pedimos muchas–: que como hombres entren a esa cristalería de la intimidad primero con mi consentimiento y luego con mi complicidad. Ser considerada en toda mi dimensión humana; ser vista, escuchada y reconocer que mis deseos importan.

Lo que pido es que se entienda esa pérdida de privilegios como una ganancia. Una ganancia en cercanía, complicidad, solidaridad en la que puede surgir otra manera de encontrarnos que es más sabrosa, genuina, compleja: sanadora. Solo así, en sintonía, es que las mujeres podemos empezar a sentirnos seguras en todos los espacios y llegar a la intimidad sabiendo que si se rompe algo vamos a asumirlo juntos, sea para reparar o barrer los restos.


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