Llámenme Francisca | Transcripción

Llámenme Francisca | Transcripción

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[Daniel Alarcón]: Hey, ambulantes. Mañana miércoles 20 de abril comienza el Radio Ambulante Fest, un evento para celebrar la creatividad y el periodismo en audio. Estamos muy emocionados por todo lo que se viene. Tendremos charlas y talleres con personas que admiramos muchísimo y que nos inspiran, como Alma Guillermopietro, Rita Indiana, John Green, Ramón Cruz y Brigitte Baptiste. El festival empieza con una conversación con Ira Glass, productor ejecutivo y presentador del podcast This American Life. 

Aún pueden registrarse para que vengan a celebrar y aprender con nosotros durante estas tres semanas. Todos los eventos son virtuales. Ingresen a RadioAmbulante.org/fest para comprar sus boletas. Con esto también nos ayudan a financiar el periodismo independiente que hacemos. ¡Nos vemos en el festival! Ok, aquí el episodio.

Esto es Radio Ambulante desde NPR, soy Daniel Alarcón.

Era marzo de 2002 y ella tenía 20 años. En sus manos sostenía una prueba de embarazo casera. Estaba sola. En ese momento, aún no se hacía llamar Francisca, como después la nombrarían los diarios, los fiscales, los jueces, y como le diremos también nosotros, para proteger su identidad. Por lo mismo, la voz que escucharán es la de una actriz. No modificamos las palabras ni el tono con el que las dijo.

Francisca tenía unos dos días de retraso y tener un hijo era un sueño.

[Francisca]: Siempre quería tener hijos. Yo quería ser mamá joven, para así poder disfrutarlo. Quería tener una familia numerosa como donde crecí. 

[Daniel]: Creció en una zona rural, en la región de Maule, justo en el centro  de Chile. Es la menor de nueve hermanos y esa era su idea de la felicidad: los niños corriendo por el campo, jugando a cielo abierto. Vivían en una casa de adobe, iban a la escuelita de la zona y, cuando no, trabajaban la tierra con sus padres. De noche encendían la calefacción de leña para protegerse del frío. 

Era una felicidad sencilla: tenían poco, pero no necesitaban mucho. Y ella, que se casó a los 18 años y se fue a vivir con su marido, soñaba con repetirla. Ese día de 2002 en que sostenía la prueba con las manos temblorosas, llevaba más de un año intentando quedar embarazada.

[Francisca]: Y cuando vi que salieron dos rayitas uy, saltaba en una pata. No había nada que me opacara ese día. Ya estaba haciéndole cariño ya a ese guaguita que venía dentro. 

[Daniel]: Fue al centro de salud más cercano, desesperada por hacerse un exámen de sangre que se lo confirmara. Con los resultados, llamó a sus papás y a sus ocho hermanos para contarles. Todos estaban felices con la noticia. Finalmente la enfermera le dijo a Francisca que tenía que hacerse más exámenes para confirmar que el embarazo estuviera bien.

[Francisca]: O sea, para no tener ningún problema, yo me iba a hacer todos los exámenes, todo lo que la matrona me pidiera. Yo lo único que quería que el embarazo estuviera todo normal. 

[Daniel]: Dentro de los exámenes había uno que nunca se había hecho: el test de ELISA, para detectar el VIH. Francisca sabía sobre el virus lo poco que le habían dicho en su escuela: prácticamente nada. Algún folleto, la vaga idea de que podía tener que ver con la promiscuidad, con la prostitución o con la homosexualidad… Los prejuicios sobre su transmisión que existían en la zona en donde ella vivía, y en buena parte del mundo, por esos años.

Era tan poco lo que sabía del VIH, que incluso creía que cualquiera podría contraerlo con solo tocar a alguien y que desde ese momento solo quedaban unos meses de vida. Nada de esto es así, pero era lo que ella pensaba cuando la enfermera le dijo que tenía que hacerse de nuevo ese examen. Francisca fue al centro médico, sin entender bien qué estaba pasando. Y fue allí donde recibió la noticia que cambiaría su vida. La enfermera se lo dijo sin mucho preámbulo.

[Francisca]: «Oye», me dijo «¿sabes qué? El examen de VIH te salió positivo y pucha, tenís VIH”.

[Daniel]: Se lo dijo así, de la forma más natural. Y continuó diciendo… 

[Francisca]: “Te vamos a inscribir para que empieces a tomar los… Los remedios, los medicamentos para que tu hijo nazca sin VIH…”

 [Daniel]: Francisca podía oír, pero las palabras empezaron a ser poco más que ruidos.

[Francisca]: Ella estaba hablando, pero como que uuuh, yo me fui así. No escuché nada más… Claro, como que si hubiesen puesto una música de orquesta, así ahhh… ahh… [tararea una melodía] así como que estáis en otra. Así como que estás escuchando a Beethoven. Así como que vais, subís, bajái, así como con los mismos tonos.

[Daniel]: Se sentía como si hubiera entrado en una realidad paralela, como si todo fuera una película, ella una actriz, y de golpe la música explotara. Veía a la enfermera delante suyo, moviendo los labios, diciendo palabras…

Exámenes… precauciones… tratamiento… riesgos…

Aturdida, salió del lugar sin terminar de entender qué estaba pasando. Lo único que sabía es que nada en su vida sería igual. 

Una breve pausa y volvemos.

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[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Nuestra productora Lisette Arévalo y nuestro editor Nicolás Alonso investigaron esta historia. 

Aquí Nicolás. 

[Nicolás Alonso]: Francisca salió devastada del centro médico. Mientras intentaba llegar a su casa, sentía una angustia que nunca había sentido. Le había entendido a la enfermera que tenía que ir al Hospital de Curicó, una ciudad más grande de la zona, donde empezaría un tratamiento para que su hijo naciera sin VIH. Pero para ella eran palabras vacías: sentía que nada podía salir bien.

[Francisca]: Miedo. Rabia porque no sabía de dónde venía, por qué me había pasado. Sentía dolor porque no sabía si iba a conocerlo y yo dije capaz que no alcance a nacer. 

[Nicolás]: Cuando llegó a su casa, se derrumbó.

[Francisca]: Y llorando muchísimo. Qué voy a hacer. Pucha mi… mi ilusión. Y ahora qué pasa, me voy a quedar sin hijo. Mi hijo se va a quedar huérfano, quizás no llegue a tenerlo, que a lo mejor no lo voy a conocer…

[Nicolás]: Francisca solo podía imaginar tragedias, pero cuando le dio la noticia a su marido, él apenas le prestó atención.

[Francisca]: «No, ah… bueno. Qué se le va a hacer, pues, hay que seguir luchando». Esa fue la respuesta. Y yo dije “chuta y este qué pasa”, dije yo, “no tiene… qué pasó”. 

[Nicolás]: Francisca no podía creer que su marido, al que llamaremos Sebastián, no le dijera nada más… que ni siquiera le hiciera preguntas. Aunque no era el primer comportamiento suyo que la desconcertaba. Ya apenas reconocía en él al hombre con el que se había casado dos años antes. 

Habían tomado la decisión de casarse cuando llevaban menos de un año juntos. Los padres de Francisca eran sobreprotectores y no les gustaba que tuviera una relación. Solo la dejaban verlo una hora al día, en la casa de ellos. Un día, ella le dijo a Sebastián que quería irse a trabajar, y él le respondió que, más bien, se casaran. Le dijo que así estarían mucho mejor: sin sus papás encima todo el tiempo. Y a Francisca la idea de tener su compañero, su casa y sus hijos, le sonó como la libertad. Sin pensarlo mucho, le dijo que sí.

[Francisca]: Pensaba que podía ser un luchador igual que yo. O sea que, que íbamos a luchar juntos y a mí se me iba a ser más fácil llegar a ese mundo de… que yo quería y todo eso. 

[Nicolás]: En ese mundo con el que soñaba, ya no viviría en el campo y quizás podría estudiar para ser arquitecta. Era un deseo que había tenido desde que era una niña, cuando caminaba por los pueblos cercanos y veía que todas las casas eran iguales. Cuadradas, con el mismo techo triangular, una al lado de otra y otra… Había algo en esa uniformidad que le disgustaba: quería construir casas redondas, irregulares, que rompieran con la monotonía del paisaje.

Pero esa idea se comenzó a desvanecer muy rápido.  

[Francisca]: Fue un cambio muy brusco, se puso muy… Muy posesivo, muy machista. Y yo quería un compañero, no quería ser esclava, nunca fui esclava en mi casa, ni mis papás me exigían nada…

[Nicolás]: La cocina, la limpieza… en un segundo, todo pasó a ser parte de sus tareas. Solo suyas. A ella le molestaba, pero en ese momento sentía que, una vez casada, ya no le quedaba otra opción que quedarse con su marido. 

[Francisca]: No sé po, es como: lo hiciste y ahora te aguantái. O sea, como que… no hay vuelta atrás.

[Nicolás]: Apenas llevaban unos meses juntos y ya no tenían casi nada en común. Lo único en lo que estaban de acuerdo era en que querían ser padres, aunque a Francisca le costó quedar embarazada. Por eso, el día que dio positivo en el test de embarazo apenas le alcanzaba el cuerpo para tanta felicidad. Entonces llegaron los resultados de los exámenes, el miedo, el llanto descontrolado y la conversación con su esposo, en la que él no le dijo nada.

[Francisca]: O sea yo pensaba que el papá de mi hijo también iba a decir pucha: “Qué culpa tengo yo, yo no fui yo no sé pos”, pero no, no, él no reaccionó, nada.

[Nicolás]: Ni siquiera reaccionó cuando le dijo que él también tenía que ir al hospital a hacerse el test de ELISA. Solo le respondió que bueno.

Las primeras dos semanas después del diagnóstico, Francisca no dejaba de preguntarse cómo había llegado a tener VIH. Sebastián también dio positivo y Francisca empezó a sospechar que había sido él. Antes de empezar su relación, había estado trabajando por distintas partes del país… Pero no tenía cómo saberlo y él no parecía dispuesto a responder muchas preguntas. Francisca vivía llorando, pero pronto se dio cuenta de que no podía seguir así. 

[Francisca]: O era ponerme a llorar, o… o empezar a cuidar esto, que yo tanto quería que era mi embarazo. Y para adelante ya lo que pasó, o quién fue… Ya, ya fue no más.

[Nicolás]: Se fue volviendo un tema del que Francisca no hablaba. Tomó la decisión de no contarle a nadie lo que le estaba pasando: ni a sus padres ni a sus amigas. Sebastián parecía cada vez más distante. Y Francisca ya empezaba a entender que el proceso que venía, tanto con el virus como con su embarazo, tendría que atravesarlo sola. 

El viaje en bus hasta el Hospital de Curicó, donde empezaría su tratamiento, duró poco más de una hora. Una vez allí, uno de los médicos le sacó una muestra de sangre para medir su carga viral de VIH, y le dijo que si seguía el tratamiento adecuadamente, su hijo no nacería con el virus. Pero no le explicó que los medicamentos también la estaban protegiendo a ella. 

Es algo que hoy puede sonar obvio, pero no lo era entonces, y menos en una zona rural. Desde fines de los 90 existen tratamientos antirretrovirales efectivos contra el VIH que evitan que el paciente llegue a desarrollar  el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, o sida, el cual solo aparece en la última etapa de la infección. Es que no es el VIH lo que lo lleva a la muerte, sino el sida. Pero con un tratamiento adecuado y a tiempo, los pacientes no solo pueden tener una vida completamente normal, sino que llegan a ser “indetectables”: es decir, al tener una carga tan baja del virus, ya no existe riesgo de que se lo transmitan a otros a través de relaciones sexuales. 

[Francisca]: O sea, si tú te cuidái y te tomái los medicamentos, vas a estar bien. Eso a mí no me lo dijeron. Yo sufrí tanto en el embarazo, tanto, yo lloré tanto porque pensaba que me iba a morir. Y dije yo: ¿por qué nunca me dieron toda esa información, por qué nunca me dejaron disfrutar de ese embarazo?

[Nicolás]: Entre 1990 y 1999, la tasa de infecciones por cada 100 mil habitantes en Chile se había casi triplicado. Pero, por presión de grupos conservadores, el tema seguía siendo tabú en muchas partes, entre ellas en la educación escolar y en algunos círculos médicos.   

Francisca lo que más sentía era culpa y vergüenza. Asustada, con náuseas, débil por efecto de los medicamentos, el embarazo que tanto había deseado se volvió un martirio. Pero lo más difícil era la soledad. Sebastián nunca la acompañaba a ningún chequeo, le decía que eso era cosas de mujeres. Y Francisca no le pedía a nadie más que fuera con ella.

[Francisca]: Porque tenía miedo a que se divulgara, a que alguien más supiera del tema. 

[Nicolás]: En la zona donde vivía casi todos se conocían, y a ella le daba terror que la discriminaran. Por eso, tampoco se acercó a alguna fundación de VIH, para entender mejor el virus o conocer a otros en su situación. No trabajaba, ya que sus controles médicos eran muy seguidos y no podría justificarlos, por lo que casi no tenía dinero. Sebastián —que trabajaba de temporero— le daba para que comprara el pasaje de ida y vuelta a Curicó para las consultas médicas. 

En esas citas, le medían la carga viral en su sangre para asegurar que se mantuviera en nivel indetectable, y así el riesgo de transmisión para el bebé permaneciera bajo. Y sus exámenes mostraban que el tratamiento estaba funcionando perfectamente.

Dentro de todo, saber eso la hacía sentir un poco mejor. Así pasó Francisca esos meses de idas y venidas al Hospital de Curicó. Había días en los que lograba volver a sentir esa felicidad por ser madre. Pero otros, la consumía el miedo. Para minimizar las probabilidades de que el bebé contrajera VIH  el parto tendría que ser con cesárea. Y la programaron para noviembre de 2002. 

El día en que empezaría otra vida para Francisca.

Francisca viajó dos días antes al Hospital de Curicó para que la prepararan para la intervención, que sería un martes. 

[Francisca]: Y con el movimiento, el día lunes en la tarde se me reventó la bolsa y… y se me adelantó el parto. 

[Nicolás]: Eran cerca de las 8 de la noche y el doctor y la enfermera que siempre la habían atendido, con experiencia en pacientes con VIH, no estaban. Así que a Francisca la recibió una enfermera que estaba de turno. Le dijo que tenía que llevarla hasta otra sala, a que le pusieran un suero con medicamentos para proteger al bebé en el procedimiento. Ese recorrido caminando por los pasillos del hospital, con su bolso a cuestas, fue la primera señal de lo que vendría. De pronto, la enfermera le empezó a decir:

[Francisca]: Que personas como yo no podían tener hijos, que debían de ser esterilizadas, que cuando yo supe que estaba embarazada y era portadora de VIH debía haber abortado. No debía haber continuado con el embarazo. 

[Nicolás]: Francisca no respondió nada. Apenas podía caminar por las contracciones, cada vez más punzantes. Pero la enfermera seguía… 

[Francisca]: Que qué futuro iba a tener mi hijo, que se iba a quedar huérfano, que acaso no pensé en eso porque mi hijo se iba a morir. 

[Nicolás]: Francisca trataba de concentrarse en respirar y controlar el dolor, mientras seguían buscando una sala. Podrían haber ido a la maternidad, pero no la llevaron allá. Francisca cree que porque no quería que estuviera cerca de otras embarazadas. Estuvieron unos quince minutos así, deambulando, hasta que regresaron a la misma sala de ginecología en la que estaban al principio. 

La enfermera la ubicó lejos de las otras pacientes y le empezó a poner el suero. Francisca seguía sin decir nada, pero en ese punto ya sentía terror.

[Francisca]: No tenía mucha información de nada, entonces no sabía si es que contener mucho tiempo mi hijo dentro de mi estómago podría provocarle algún daño a él. Entonces yo tenía muchos miedos y no teníai a quién preguntarle. 

[Nicolás]: El dolor se había vuelto casi insoportable, pero trataba de poner toda su energía en su bebé: en que naciera bien, en que todo saliera bien. 

A la medianoche, la enfermera la llevó al fin a la sala de operaciones, donde le harían la cesárea. Entonces entró el médico de turno y ahí, delante de Francisca, empezó a darle una serie de indicaciones al personal: 

[Francisca]: «Ya, por favor, aquí todos precaución, todos con su guantes, todos con su protección correspondiente. Nada se toca, porque ella es VIH positivo. Así que ustedes saben cuáles son los protocolos. Y todo lo que se usa acá se bota». 

[Nicolás]: Estaban tan cubiertos de mascarillas, guantes e implementos de seguridad, que no podía verle el rostro a ninguna de las cinco personas que había en la sala. Francisca sentía que la trataban como a una paciente altamente infecciosa. 

[Francisca]: Como que si yo fuera persona de alto riesgo. O sea, con el hecho de a mí tocarme o tocar alguna prenda mía, ellos se iban a contagiar.

[Nicolás]: Los protocolos para un parto de una mujer con VIH no son muy distintos a cualquier otro: una sala limpia, vestimenta adecuada y precaución en el contacto con fluidos. Pero el doctor parecía incómodo de tener que hacer la cesárea.

[Francisca]: El médico preguntaba «Bueno, ¿y qué pasó? Y por qué si había alguien especializado en esto, yo no me manejo en esto». O sea, como que si a él le tocaba una persona VIH, él no la iba a atender porque él no estaba preparado.

[Nicolás]: Francisca empezó a llorar. Nunca se había sentido tan vulnerable en su vida. Un enfermero se acercó a tranquilizarla y a limpiarle las lágrimas. Fue un único gesto amable, justo antes de que le pusieran la mascarilla y le pidieran que contara hasta quedarse dormida. Francisca les hizo caso: uno, dos, tres, cuatro, cinco…

Y todo se fue a negro.

Cuando abrió los ojos, lo primero que escuchó fue a su hijo.

[Francisca]: Lo sentí llorar. Y de ahí me dijeron que iban a cerrar, que estaba todo bien, que había nacido bien… Y que ahora se lo tenían que llevar a neonatología por todo el tema del riesgo. Me dijeron que me iban a coser y que al otro día, dependiendo cómo estuviera todo, podía ver a mi hijo.

[Nicolás]: Pero Francisca quería verlo en ese momento. Una de las enfermeras se acercó un instante con el bebé en brazos. Era hombre. Así, medio dormida, con el abdomen todavía abierto, vio por primera vez a su hijo, antes de que se lo llevaran para hacerle exámenes. El doctor cosió a Francisca y ella no tardó en volver a quedarse dormida. 

Se despertó unas 7 horas después, cerca de las 8 de la mañana, en la sala de recuperación. Se sentía angustiada. Un rato después, cuando una enfermera se acercó a ver cómo estaba, Francisca le empezó a preguntar por su hijo. Ella le respondió que no se preocupara, que estaba bien, que no tenía carga viral de VIH y que pronto podría verlo. 

Y agregó algo que Francisca no esperaba. 

[Francisca]: «Tranquila, que todo salió bien», me dice. «Tu esterilización está perfecta», me dijo…

[Nicolás]:  Tu esterilización está perfecta. 

[Francisca]: «Y ya no vas a poder tener más hijos… Entonces, todo ok».

[Nicolás]:  Y ya no vas a poder tener más hijos. 

En un primer momento Francisca no procesó del todo lo que había dicho la enfermera. Lo dijo con tanta naturalidad, como algo menor, casi de rutina, que imaginó que ese debía ser el procedimiento normal, lo que indicaba la ley para todos los embarazos como el suyo. Algo que, simplemente, ni se cuestionaba. De hecho, Francisca pensaría eso durante mucho tiempo.

En ese momento, su angustia solo la dejaba centrarse en una cosa.

[Francisca]: Yo tenía la pura necesidad de que me dejaran ver a mi hijo. Yo no quería más. Era lo único que me preocupaba: que me dejaran verlo. 

[Nicolás]: Cuando la llevaron a neonatología, le dijeron que tenía solo 15 minutos para verlo y que no podía moverlo de ahí. Aún estaba bajo observación.

Pero esos 15 minutos le bastaron para ser feliz.

[Francisca]: Como que no podía parar de… como mirarlo, observarlo. Sacarle sus rasgos, sus detalles, todo. O sea como que le hice la… un escáner completo. 

[Nicolás]: Ese día, Sebastián fue a visitarla y a conocer a su hijo. Francisca le contó que había sido esterilizada y, al decirlo por primera vez, sintió una tristeza que hasta ese momento tenía bloqueada. Su marido también lamentó la noticia. A pesar de los problemas que tenían, soñaban con una familia numerosa. 

Esa fue la única visita que recibió en los tres días que estuvo en el hospital. No quería que nadie viera a su hijo en la sala de neonatología. Estaba adolorida y seguía sintiendo efectos de la anestesia, pero tenía que arreglárselas sola. Le parecía que nadie quería tener contacto con ella.

[Francisca]: La enfermera nada, la enfermera ni siquiera me, me tocaba. O sea: «Aquí están los apósitos y anda al baño y hacete aseo». Yo tenía que prepararme todo sola, no había ningún apoyo de nada. 

[Nicolás]: Por suerte, compartía habitación con otras cinco mujeres que la apoyaban y le daban consejos. Lo que más le dolía era no poder amamantar a su hijo, tenía que darle leche de fórmula para protegerlo del VIH, que puede transmitirse por la leche materna.  Cuando la dieron de alta, estaba contenta de poder disfrutarlo al fin, sin vidrios ni salas ni enfermeras que los separaran, pero también tenía miedo. 

[Francisca]: O sea, me habían dicho que tenía que mantener todo aparte. Todo lo que fuera de mi hijo tenía que ser algo sólo para él y lo mío solo para mí. 

[Nicolás]:  Se lo habían dicho en el hospital.

[Francisca]: El vaso del niño, no lo usaba yo. Las toallas de él, no las usaba yo. La ropa de él se la lavaba toda aparte, no se la lavaba con la mía.

[Nicolás]: El VIH no se transmite así, sino por contacto directo con la sangre y otros fluidos corporales como el semen, los fluidos vaginales o, como dijimos, la leche materna. El virus solo entra al cuerpo por heridas o membranas mucosas, por lo que no hay riesgo al abrazar, compartir alimentos u otras situaciones cotidianas. Algo que ya se sabía en 2002 y es más, ya se sabía desde los 90. Pero Francisca seguía todas las instrucciones que le habían dado en el hospital. A veces, sentía que su sola existencia ponía en peligro a su hijo. Y las palabras que le había dicho la primera enfermera, mientras buscaban una sala para ponerle el suero, no dejaban de retumbar en su cabeza. 

[Francisca]: No era un capricho mío de que yo me lo inventé, no. Sino que era una enfermera que te estaba diciendo que te ibas a morir, que cómo se te había ocurrido. Entonces yo al año todavía me sentía culpable de haber tenido un hijo y que posiblemente lo iba a dejar huérfano.

[Nicolás]: Y con tanta angustia que cargaba, ni siquiera pensaba en lo que le había dicho la otra enfermera, que no iba poder tener más hijos. Era como si no tuviera la capacidad de preocuparse por eso. Hasta el miedo a resfriarse era un temor más urgente. 

[Francisca]: Entonces, yo estaba aprovechando al máximo todo lo que pudiera tener relación con él, porque yo no quería perderme ni un instante de… de su vida, porque yo pensaba que me iba a morir. 

[Nicolás]: Se había convencido de que no le debía quedar más de un año de vida. Y hasta pensaba en quién podría cuidar a su hijo cuando ella no estuviera. Hubiera bastado una conversación con alguien que no tuviera prejuicios y supiera de VIH, para que esos miedos se esfumaran. Pero después de cómo la habían tratado en el hospital, Francisca no quería abrirse con nadie.

[Francisca]: Pensaba yo: «¿Y esto va suceder cada vez que yo entre a un hospital? ¿Toda la gente me va a tener tanto miedo tocar? Y tampoco busqué yo más información. Era muy discriminatoria entonces no me podía exponer a nada.

[Nicolás]: Pero tenía que volver al hospital cada tres meses, más o menos, para hacerle los chequeos médicos a su hijo. Le sacaban sangre para evaluar si tenía carga viral, y para controlar los efectos de las pastillas que tomaba para disminuir el riesgo de transmisión. En la nueva vida de Francisca, nada era más importante que esas citas.

[Francisca]: Aún así y con todo el miedo que yo tenía al hospital y a todo eso, aún así seguía insistiendo, para que él recibiera la mejor atención y para que nadie lo pasara a llevar. O sea ahí yo no sé de dónde saqué esa fuerza y esa valentía para decir: «No aquí no. Esto me lo hicieron a mí, pero a él no me lo tocan». Entonces yo a él lo defendía con todo. 

[Nicolás]: No iba a dejar que nadie discriminara a su hijo.

Las citas siempre salían bien. El pediatra la felicitaba porque su hijo estaba sano y fuerte, y a Francisca la examinaban también. Fue en una de esas visitas al hospital cuando, por primera vez, alguien la ayudó a sentirse más tranquila con su condición. Tenía que sacarse sangre, como muchas otras veces, pero la enfermera que la atendió esa vez parecía tan relajada, sin ni siquiera usar guantes, que a Francisca le pareció extraño… entonces le preguntó.

[Francisca]: “Y a usted”, le dije yo, «¿no le da miedo?» Y me dice «no», me dice, «pero por qué, me dice, si tú eres una persona como yo, no hay ningún riesgo. Yo no tengo ninguna herida entonces no hay ningún riesgo», me dice.

[Nicolás]: “Eres una persona como yo”. Esa frase, que la enfermera dijo como una obviedad, significó muchísimo para Francisca. Por primera vez, alguien la trataba como una persona más que iba a hacerse un examen.

[Francisca]: Yo la verdad es que sentí un gran alivio, dije yo, por lo menos ella me está dando otro punto de vista de esto. No es tan malo y… Y esto sí se puede vivir y se puede llevar así. 

[Nicolás]: Así pasó un año y medio, entre idas y venidas del hospital. Cuando iba a los chequeos no solía hablar con nadie, pero empezó a notar que en la sala de espera siempre había un joven que la observaba. Estaba ahí cuando entraba y salía del médico. En una de las visitas, el joven se acercó a hablarle, y le contó que pertenecía a una red de agrupaciones llamada Vivo Positivo, que se dedicaba a entregar información y acompañar a personas con VIH. 

[Francisca]: Como que te observaba, te observaba y como ibai a la consulta, él te esperaba y de a poquito te iba conversando, te iba preguntando y todo eso y ahí uno iba, iba abriéndose con ellos de a poco. 

[Nicolás]: Cada vez que iba al consultorio se encontraba con él y hablaban unos minutos. Hasta que una de esas veces él le hizo una pregunta. 

[Francisca]: «Bueno, y tú… ¿cómo te cuidas?».

[Nicolás]: Se refería a qué método anticonceptivo usaba. 

[Francisca]: Yo le dije: «No, a mí me esterilizaron porque con el embarazo…” «Pero ¿cómo?», me dice. «Te esterilizaron por qué»… “Que se supone que yo no puedo tener más hijos porque soy VIH positivo».

[Nicolás]: El joven la miró sorprendido y la interrumpió:

[Francisca]: «No, eso es totalmente ilegal. Eso no corresponde.» 

[Nicolás]: Para ese momento, Francisca ya estaba convencida de que era el procedimiento habitual para toda madre con VIH. Se había hecho esa idea por la manera en que se lo comunicaron y porque nadie le preguntó si estaba de acuerdo. No  había firmado ningún papel, nada. 

Francisca se quedó helada, tratando de conectar los hechos en su cabeza. El joven la vio tan confundida, que le dijo que lo mejor era que se acercara hasta la oficina de la ONG en Curicó. Allí podría contar su historia tranquila, en un ambiente más seguro para ella. No era la primera vez que escuchaban un testimonio así: por esa época estaban haciendo un informe que incluía casos de mujeres como Francisca, esterilizadas sin dar su consentimiento.

A Francisca, saber que había otras como ella, le dio la fuerza para atreverse a hablar, por primera vez, de lo que le había pasado. Quería conocer las historias de esas mujeres, saber si les habían dicho las mismas cosas, si también vivían con temor a ser discriminadas en el sistema de salud.

Era el primer paso. No tenía cómo saber todo lo que vendría después.

[Daniel]: Una pausa y volvemos.

[MIDROLL]

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Antes de la pausa, escuchamos cómo Francisca, una mujer chilena con VIH, esterilizada sin su consentimiento, se enteró de que había sido víctima de algo ilegal. Y que había otras mujeres como ella, en otras partes de Chile. Eso le dio el impulso para atreverse a hablar con desconocidos sobre su historia.

Nuestra productora, Lisette Arévalo, nos sigue contando.

[Lisette Arévalo]: Francisca le contó a su esposo lo que le había dicho el chico en el hospital, y fueron a la ONG en Curicó, donde contó por primera vez todo lo que le había pasado. Un mes después, viajaron a Santiago a conocer a Sara Araya, la encargada de género de Vivo Positivo, una red de varias fundaciones en todo el país que daba consejería y acompañamiento a personas con VIH.  

Sara es técnico en enfermería y llevaba cinco años trabajando en la red. Aún hoy, recuerda muy bien ese primer encuentro con Francisca.

[Sara]: Francisca era, en ese momento era… Muy callada. Ella no tenía mucha información sobre lo que estaba pasando. Ellos sabían que eran personas viviendo con VIH. Y que tenían que tomar un medicamento en ese momento y nada más. 

[Lisette]: Sara les explicó que no era extraño que, en las zonas más rurales, aún hubiera mucha desinformación sobre el VIH y sus tratamientos, incluso dentro del área médica. Les dijo que, a pesar de que desde 1990 se empezó a trabajar en protocolos médicos sobre el VIH, el tabú hacía que algunos médicos dieran información incompleta o errada sobre cómo vivir con el virus. Muchas cosas que le habían dicho a Francisca eran incorrectas. No tenía por qué separar sus utensilios ni lavar nada por separado.

Francisca apenas podía contener las lágrimas cuando Sara le explicaba esas cosas. Casi todo lo que le decía era un alivio, pero a la vez sentía rabia: todo esos años viviendo con miedo de tocar mucho a su hijo, de cometer un error terrible al cocinar, lavar o cualquier otra tarea doméstica. Todos esos años sintiendo que se iba a morir.

[Francisca]: Lo sufrí mucho, yo sufrí mucho con todo. La descriminacion, todo, como que me castigaron demasiado fuerte esta vez. Como que por ser VIH… Fue demasiado el sufrimiento y el dolor que me hicieron pasar. 

[Lisette]: Luego de que Sara le resolviera sus dudas sobre cuidados y riesgos, llegaron al tema por el que habían viajado hasta allí: la esterilización. Francisca le contó todo: los comentarios crueles de la enfermera, la actitud del doctor, su angustia al día siguiente, la normalidad con que se lo habían dicho, como si fuera algo de rutina. Y cómo ella, confundida por todo, ni siquiera había reclamado. Ni se había enojado. 

[Sara]: Nosotros le contamos que lo que a ella le habían hecho era un atropello a sus derechos sexuales y reproductivos, que ella no debió haber sido esterilizada, independiente de su condición VIH.

[Lisette]: Francisca la escuchaba con atención.

[Sara]: Y que había, existía la posibilidad de que pudiéramos llevar el caso a juicio.

[Lisette]: Sara le contó que, entre abril y mayo de 2002, Vivo Positivo, la Universidad ARCIS de Chile y Flacso Chile, habían encuestado a un centenar de mujeres con VIH.

De ellas, 31 habían sido esterilizadas, 24 después de recibir su diagnóstico positivo de VIH. Como Francisca, otras cuatro mujeres aseguraban no haber dado su consentimiento, y nueve decían que el motivo de su decisión había sido la presión del personal de salud. 

En los años siguientes, esa situación sería investigada por Vivo Positivo en conjunto con el Centro de Derechos Reproductivos, una ONG internacional de abogados y activistas que defienden a mujeres vulneradas en todo el mundo. Y han documentado casos de esterilizaciones de mujeres con VIH en República Dominicana, México, Venezuela…

Esta es Carmen Martínez, su gerenta para Latinoamérica y el Caribe. El Centro también había estado monitoreado casos en Chile. 

[Carmen]: Si bien por supuesto no se ha identificado una política que viniese como directamente del… del Ministerio, de las entidades estatales, que emitiera un mandato en donde se esterilizaran a mujeres VIH positivas. Lo que sí pasaba es que, eh… Dentro del esquema institucional de… de provisión de servicios de salud reproductiva, existía un entramado que tiene que ver con lo cultural… 

[Lisette]: Según Carmen, en esto influían dos aspectos centrales: los prejuicios hacia las personas con VIH y la idea de que los doctores podían tomar decisiones en nombre de sus pacientes. Antes del 2000, incluso lo decía la ley que regía la esterilización quirúrgica: le daba a los médicos la facultad de decidir por sus pacientes cuando se tratara de “casos graves”. Carmen nos explicó que, por entonces, el tipo de casos para los que se sugería esterilizar no eran del todo claros, ya que en la ley existía la posibilidad de hacerlo por “cuestiones médicas específicas”.

[Carmen]: Aún cuando el VIH no estaba explícitamente incluido en las indicaciones médicas para la esterilización, los médicos habitualmente interpretaban que «otras causas médicas» incluía al VIH, ¿no? Y usaban esta disposición de casos graves para justificar la esterilización de las mujeres que vivían con VIH. 

[Lisette]: En el año 2000 la ley cambió: se estableció que las esterilizaciones debían ser autorizadas siempre por escrito por las pacientes, y el equipo médico debía informarles con anticipación de otras alternativas, posibles complicaciones y de las probabilidades de revertir el procedimiento. La ley incluso decía que la persona podía retractarse de su decisión minutos antes de ser operada. 

Pero una cosa es el cambio en una ley y otra es el cambio de una cultura. Cuando Francisca entró al hospital, en el año 2002, nada de esto se aplicó. 

Esa tarde en la oficina de Vivo Positivo, Sara le explicó algunas de esas cosas a Francisca, quien no paraba de pensar en todo el terror que había pasado durante ese año y medio: le habían arrebatado la posibilidad de tener más hijos, pero también de disfrutar al único que iba a poder tener. 

Sara le dijo que creía que la única forma de generar un cambio concreto era demandar al equipo médico que la atendió en el hospital. Su caso era el más reciente que conocían, no había prescrito y tenía los elementos para ser llevado a juicio. Y Francisca respondió que sí, que quería justicia. 

[Francisca]: La rabia por lo que me hicieron, por lo injustos que fueron conmigo. Y lo otro porque… Porque no volviera a pasar. Porque todo esto se quedará ahí finiquitado para que no volviera a sufrir otra mujer.

[Lisette]: Les puso una sola condición: daría la pelea con ellos, pero nunca nadie, por ningún motivo, debía saber su identidad. Ni su rostro, ni su nombre, ni el de su familia. No daría entrevistas televisivas ni nadie escucharía su voz.

Desde ese momento, pasaría a llamarse Francisca.

Acordaron que Sara sería el rostro visible del caso y hablaría por ella. No tenían idea de qué posibilidades tenían de ganar, pero ya dar la batalla podía marcar un precedente. 

[Francisca]: O sea, con el hecho de que ya se supiera que había una demanda porque eso no debiera ser ya la gente, ya la mismas mujeres iban a tener más cuidado cuando fueran a tener a su hijo. O el médico iba a pensar antes de esterilizar a otra mujer. 

[Lisette]: A partir de ese día, Vivo Positivo empezó a trabajar de cerca con Francisca y su marido. Los invitaban a charlas, asesorías. Lo primero era ayudarlos a superar sus propios miedos. Francisca estaba ansiosa por aprender sobre el VIH, pero a su marido le costaba más. Sara recuerda que no quería tomar sus medicinas y tenían que insistirle, una y otra vez, para que lo hiciera. No aceptaba la idea de que necesitaba un medicamento para vivir. 

[Sara]: Y tuvimos que trabajar con él y enseñarle que esta enfermedad no, no discrimina a nadie. Esta enfermedad llega a los ricos, a los pobres, a los hombres, a los gay, a las trabajadoras sexuales… a todo el mundo. Y no golpea la puerta

[Lisette]: La preparación del caso legal fue lenta. Vivo Positivo no tenía recursos para costear abogados, así que el Centro de Derechos Reproductivos se ofreció para asesorarlos y pagar la defensa. 

Uno de los primeros pasos era llevar a Francisca a un ginecólogo, para evaluar qué tipo de esterilización le habían hecho. Era algo muy delicado: con todo lo que sabía ahora sobre el VIH y su tratamiento, Francisca había recuperado su sueño de tener más hijos. 

[Francisca]: Yo tenía la esperanza de que la… La esterilización que tenía yo fuera operable y… Y se pudiera volver a restituir ese, ese conducto que me habían sacado pero… no, no se pudo. 

[Lisette]: Hay casos en que las ligaduras de trompas pueden ser reversibles. Pero no en el de Francisca, quien la operó se encargó de que no lo fuera. El doctor que la revisó fue categórico.

[Francisca]: Era muy agresivo el corte que me hicieron. Porque el médico me dijo «parece que se ensañaron contigo», me dijo. «Porque te sacaron más de la cuenta». 

[Lisette]: A Francisca aún le cuesta hablar sobre eso. Sentía como si hubieran querido asegurarse de que nunca jamás, por ningún motivo, pudiera ser mamá otra vez. Aun así, fantaseaba con la idea de que, si ganaban la demanda, tendrían que ayudarla, como sea, a revertir su operación. 

[Francisca]: Lo único que quería era volver a ser madre. Fertilización in vitro o no sé, algún tratamiento, algo… 

[Lisette]: Era lo que más le importaba, lo que contaba como justicia.

Como parte de la demanda, le pidieron que escribiera en una carta contando todo lo que había vivido. La idea era presentar ese testimonio a los jueces para que conocieran su historia de primera mano, sin tener que exponerse. Francisca recuerda ese proceso, sentarse a poner en palabras todo el dolor que había vivido en los últimos años, como algo reparador. 

[Francisca]: O sea como que sentíai, como que descargái todos tus pena, tu rabia, todo. Como que tenía la esperanza de que, de que se lograra algo… que por lo menos se hiciera énfasis en que alguien estaba luchando por su, por su derecho, por su… Por su derecho a la libertad, al de, de decidir.

[Lisette]: Francisca presentó su demanda penal en el Juzgado de Garantía de Curicó en marzo de 2007. En ella, demandaba por “lesiones graves, gravísimas” al médico que la atendió y a los demás responsables de su esterilización. La investigación duró más de seis meses, y en ella declararon su marido, el médico, y las enfermeras que la atendieron. Pero el día de la audiencia, en junio de 2008, la defensa de Francisca se llevó una sorpresa: 

[Carmen]: Pues el médico lo que dice es que ella sí brindó su consentimiento de manera verbal, digamos. Mintiendo, eh, deliberadamente sobre lo que efectivamente pasó.

[Lisette]: Esa es Carmen Martínez, otra vez. 

[Carmen]: Incluso si hubiese sido verdad eh, que le hubiesen preguntado a Francisca en el mismo momento de cesárea antes de poner la, a la anestesia, están procurando que la paciente pues básicamente dé un consentimiento a cualquier lugar, ¿no? 

[Lisette]: Entrando al quirófano, con contracciones y miedo a morir, tratada como una paciente de alto riesgo… Francisca aseguraba y sigue asegurando que los doctores mintieron. Que nadie le preguntó. Y los médicos no podían tomar esa decisión: recordemos que desde el 2000, necesitaban su autorización por escrito. 

Durante el proceso, el médico argumentó que era común que se solicitaran esterilizaciones en el momento de la cesárea. Y que recién en 2004 el hospital empezó a contar con un formulario para pedir consentimiento por escrito. Casi todas las enfermeras apoyaron al doctor. Por ejemplo, una dijo que no se acordaba de Francisca, pero, en una segunda declaración, aseguró que recordaba su consentimiento verbal. También dijo que se lo preguntaron varias veces antes de hacerle la cesárea; otra admitió que ella, al menos, nunca le había informado a Francisca del procedimiento.

Con todo eso sobre la mesa, la Fiscalía pidió que se cerrara el caso. 

[Carmen]: Se le dio todo el valor probatorio o el peso del testimonio al del médico por sobre el de Francisca. 

[Lisette]: La Fiscalía argumentó que el doctor actuó bajo los principios científicos de la práctica médica y que no se violentó ningún derecho de Francisca. 

Ella no estaba en la Corte cuando se dio el veredicto, pero Sara Araya sí, junto al equipo de Vivo Positivo. Fue un momento muy duro para todos.

[Sara]: Triste po, triste para nosotros como organizaciones… Pensamos que Chile era un país más justo en ese momento.

[Lisette]: Al salir de la corte, Sara y sus compañeros esquivaron a la prensa, y cuando se aseguraron de que nadie los seguía, se encontraron con Francisca en un lugar seguro, donde nadie pudiera verlos. Ella estaba llorando. 

[Francisca]: Decepcionada pero también lo esperaba. Como que ya sabía que se iba a perder el caso en Chile porque no… O sea, estás en un país discriminador, entonces… No vas a ganar dentro de lo mismo.

[Lisette]: Unos días después, el abogado de Francisca apeló el fallo en la Corte de Apelaciones de Talca, argumentando que Francisca nunca había dado su consentimiento, ni escrito ni de forma verbal, que la esterilización no era necesaria y que su vida no corría peligro. Pero la apelación fue rechazada y, así, el caso quedó cerrado definitivamente.

Frustrada, Francisca no quiso seguir pensando más en el caso y se enfocó en trabajar, cuidar de su hijo y cuidarse ella. Asistía a talleres de computación y charlas sobre derechos sexuales y reproductivos en Vivo Positivo. Había perdido esperanza en la justicia, pero seguía soñando con ser madre. 

[Francisca]: Yo igual seguía, con esta ilusión en mi cabeza de que podía seguir algo. Todavía pensaba que se la podía ganar al, a la operación. Todavía sentía la sensación de que no… todo falla. Entonces cómo esta operación no va a fallar.

[Lisette]: Mientras tanto, el Centro de Derechos Reproductivos comenzaba a preparar una nueva estrategia para su caso. Como la justicia chilena había fallado en su contra, solo quedaba llevarlo a instancias internacionales. Presentarlo ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la CIDH, y demandar al Estado de Chile por no cumplir con su derecho a un proceso judicial justo, a no ser discriminada, a no ser sometida a tratos crueles, y a acceder a información sobre sus derechos sexuales y reproductivos. 

 Claro que todo eso sería un proceso largo y muy desgastante. Sara recuerda que costó convencer a Francisca. Tenía miedo de que todos se enteraran de que ella era la mujer con VIH que había demandado al Estado. Y su marido tampoco estaba convencido de seguir con eso. 

[Sara]: Pero logramos en algún momento convencerla que firmara y que iba a ser un beneficio para ella, para su hijo y para muchas otras mujeres.

[Lisette]: De todas formas, para ese momento, su relación con Sebastián se había deteriorado mucho. Él estaba cada vez más agresivo y se culpaban por lo que había pasado. Cuando se separaron, a finales del 2011, Francisca se fue con su hijo a vivir donde sus padres, en la casa donde ella había crecido, donde había sido feliz junto a sus ocho hermanos.

A veces, sentía que ya no podía más. Que no tenía fuerzas para seguir con la demanda, los abogados, pensando siempre en el tema… En esos momentos, Sara trataba de animarla, de recordarle por qué estaban haciendo todo.

[Sara]: Muchas veces. Y ahí estuvimos. Pucha: «Llevamos tanto tiempo en esto, como vai a flaquear ahora. Pero si tú querís flaquear dejamos todo hasta aquí». Y ella aprendió… Ella se empoderó harto ahí. 

[Lisette]: Los procesos ante la CIDH son lentos: cada año, el organismo revisa cientos de demandas por violaciones a los Derechos Humanos en los 24 países que lo componen. El Centro de Derechos Reproductivos y Vivo Positivo presentaron el caso de Francisca en 2009, dos años después se le solicitó al Estado de Chile hacer sus observaciones y solo hasta el 2014 la CIDH admitió el caso para su tramitación.

Para entonces, Francisca llevaba 12 años esterilizada y luchaba por sacar a su hijo adelante con diferentes trabajos muy demandantes. Ni su mamá ni su papá ni su hijo sabían que vivía con VIH, que tenía abogados y mucho menos que estaba demandando a Chile ante un tribunal internacional. Esa otra vida, su vida como Francisca, era solo suya. De nadie más. 

[Francisca]: Fueron años muy complicados llevar el caso porque yo seguía luchando, seguía insistiendo. Y a la vez me seguía escondiendo. Tienes que esconder todo esto y seguir viviendo y a la vez luchando. Como sin cara, como que si tu no fuerai… Es complicado, es muy complicado… 

[Lisette]: En la demanda frente a la CIDH, los abogados de Francisca pidieron varias formas de reparación: que Chile diseñara medidas para revertir toda discriminación contra las personas que viven con VIH. Y que diera capacitaciones sobre derechos sexuales y reproductivos, con perspectiva de género, en los centros de salud y en los organismos de justicia del país. 

También pidieron una indemnización económica para Francisca por todos los daños físicos y psicológicos; acceso a una salud integral para ella y su hijo; así como becas de estudio y apoyo a través de capacitación laboral o en emprendimientos que llevaran adelante; entre otras cosas. 

[Francisca]: Y empecé a buscar un bienestar para mi hijo o sea… Si el Gobierno había decidido a… Tomó la decisión por mí. Entonces ahora, dije yo bueno, ya pos ahora les toca a ellos ayudarme a… a asegurarle el futuro a mi hijo. 

[Lisette]: Finalmente, exigía que se investigara y sancionara a los responsables de su caso. Y una cosa más, que para Francisca era muy importante: que el Estado le pidiera disculpas. En un acto público. Aunque no dijeran su nombre real.

Todavía pasaron tres años más hasta la audiencia, que la CIDH fijó para marzo de 2017, en Washington DC. Con la fecha confirmada, las abogadas del Centro de Derechos Reproductivos empezaron a preparar a Francisca para lo que vendría. Porque tendría que viajar y hablar frente a todos.

En la sala, además, estarían una representante de la Subsecretaría de Derechos Humanos de Chile, una doctora del Ministerio de Salud, y el embajador,  Óscar Alcamán Riffo. 

Francisca tenía que estar preparada para todo. Sería la primera vez que tomaría un avión y su primera vez fuera de Chile. Y cuando aterrizara en Washington, con Sara y con su hijo, que para ese entonces ya tenía 14 años, conocería una ciudad cubierta de nieve. Aunque Francisca iba a enfrentar al Estado chileno, su hijo pensaba que solo iban de paseo. 

El día de la audiencia, Sara y Francisca se levantaron a las 7 y media de la mañana. Se encontraron con las abogadas del Centro para desayunar, y conversaron sobre lo que pasaría. También se pusieron a repasar todo lo que tenían que decir en la audiencia. 

[Sara]: Francisca estaba nerviosa y le decíamos que estuviera tranquila y que era una mujer valiente. Y que muchas gracias por haber llegado hasta aquí hasta el final. Que esto ya iba a ser el final porque era donde Chile iba a responder.

[Lisette]: Ella las escuchaba y trataba de tranquilizarse. Le daba un poco de paz saber que en la CIDH le habían preparado una cabina desde la cual podría contar su historia sin ser vista.  

[Francisca]: No sabía cómo iba a salir. O sea, como que sentía que podía quedarme muda, no sé, sentía todos los miedos. Sentía miedo de no poder expresarme bien.

[Lisette]: Tenía tanta ansiedad que casi no pudo desayunar. La audiencia era a las 10 de la mañana y decidieron ir caminando desde el hotel, para despejarse un poco. Cuando llegaron, los de la CIDH la llevaron a la cabina y le aseguraron que su testimonio no sería grabado. A través de unos parlantes, solo la escucharían los que estarían ese día en la audiencia: sus abogados, Sara Araya, los comisionados de la CIDH y quienes llevaban tiempo teniendo que escucharla: el Estado de Chile. 

Apenas comenzó la audiencia, le dieron la palabra. Al principio estaba incómoda, asustada, pero mientras hablaba, todo ese miedo se iba convirtiendo en rabia y también en alivio.

[Francisca]: Fue un… Como un desahogo para mí el hecho de que estuviera gente del Estado frente a mí y como que me enfoqué en eso y los miré y como que lo único que quería que ellos me respondieran y me dieran una explicación de por qué me habían hecho eso. 

[Lisette]: Por qué la habían discriminado, esterilizado, humillado.

[Francisca]: Por favor explíquenme por qué pasó esto, por qué me hicieron esto. Era como eso, era como lo único que yo quería.

[Lisette]: Mientras contaba su historia, Francisca sentía que la estaban escuchando. Y eso significaba mucho para ella.

[Francisca]: Me sentí que me estaban entendiendo y que estaban siendo parte de mi dolor y de mi rabia, porque sentía mucha rabia en ese momento.

[Lisette]: Cuando Francisca terminó de hablar, era turno de su defensa. Uno de los abogados del Centro de Derechos Reproductivos comenzó a hacerle preguntas a Rafael Mazin, un doctor especializado en salud sexual y VIH, convocado por la CIDH para analizar el caso. Esto que van a escuchar es el audio de la audiencia…. 

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Abogado]: Ya que acabamos de escuchar el testimonio de Francisca, donde narró básicamente lo que fueron los hechos de su caso, en los que tenía un proyecto de vida de tener una familia grande…

[Lisette]: Le pidieron a Mazín que les mencionara toda la información que se debe entregar a una mujer embarazada con VIH. Él dijo que el personal médico debía explicarle en detalle su situación, darle el tratamiento para que la paciente se mantenga con una carga viral indetectable y cuidar la transmisión al feto. Y, finalmente, agregó una cosa más. 

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Rafael Mazin]: Y además, esa información debe tener un objeto muy, muy importante que es el de reducir la ansiedad y eliminar los sentimientos de culpa y vergüenza que muchas veces las personas tienen al enterarse de su estado serológico.

[Lisette]: Luego le preguntaron cómo debía ser la atención prenatal para una mujer con VIH. Y él respondió que, según los estándares de la OMS, debería ser como a cualquier otra: con un trato habitual, sin nunca separarla del resto, hacerla sentir aislada o una persona peligrosa para los demás. 

Después, el abogado del Centro de Derechos Reproductivos le hizo una pregunta clave.

[Abogado]: ¿Cuándo debe practicarse una esterilización y qué deben hacer los proveedores de servicios médicos para asegurar el consentimiento previo pleno, libre e informado?

[Lisette]: El doctor Mazín estaba visiblemente agitado.  

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Rafael Mazín]: ¿Para salvar la salud? Nunca, nunca. La esterilización no es un procedimiento de emergencia, es un procedimiento electivo. 

[Lisette]: Y solo en un contexto en que la paciente haya recibido toda la información necesaria para entenderla bien, con tiempo de antelación.

[Rafael Mazín]: Y brindar esa información amplia significa que la persona está perfectamente enterada, perfectamente consciente. No está bajo los efectos de un medicamento pre anestésico o de anestesia.

[Lisette]: Cuando la defensa de Francisca terminó de hacerle preguntas al doctor, era el turno del Estado chileno. Pero en lugar de hacerle preguntas, la representante del Ministerio de Salud aprovechó para hacer unas aclaraciones sobre los protocolos de salud, y decir que estaba de acuerdo con la mirada del doctor sobre el manejo de las pacientes viviendo con VIH. 

Cuando terminaron, la defensa de Francisca comenzó a relatar sus alegatos y pidió a la comisión que emitiera un informe sobre la responsabilidad del Estado chileno en su caso. Esta es Catalina Martínez, directora regional del Centro para Derechos Reproductivos. 

[Catalina Martínez]: Así como medidas para que estos hechos tan graves no vuelvan a repetirse, para que estos hechos que, como Francisca lo dijo en su testimonio, las mujeres en Chile puedan entrar al sistema público de salud y estar en la conciencia y plena y plenamente confiadas en que van a salir mejor de lo que entraron. 

[Lisette]:  Ya solo quedaba la última palabra del Estado de Chile. Habían escuchado todo lo que tenía para decir Francisca, sus abogadas y el doctor, pero nadie sabía qué iban a responder. Si los negaban, el caso tendría que ser elevado por la Comisión a una última instancia, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que analizaría los antecedentes y dictaría una sentencia vinculante para el Estado.  

Pero los representantes de Chile desecharon rápido esa posibilidad. El que habló fue el embajador, Oscar Alcamán Riffo:

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Óscar Alcamán Riffo]: La palabra clave para nosotros es el diálogo. Nos interesa realmente alcanzar soluciones. Y por eso quisiera plantear acá de la disponibilidad de Chile a un acuerdo de solución amistosa.

[Lisette]: Dijo, en nombre del Estado, que estaban dispuestos a revisar todos los requerimientos para llegar a un acuerdo, y que estaban trabajando para mejorar el trato hacia las mujeres embarazadas con VIH en el país, así como la atención en derechos sexuales y reproductivos para todos los chilenos.  La doctora Paulina Troncoso, en nombre del Ministerio de Salud, también habló… 

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Paulina Troncoso]: Bueno, yo quisiera decir que esto para nosotros es parte del aprendizaje de las personas que trabajamos en salud, sobre las cosas que estamos haciendo mal y cómo tenemos que hacerla mejor. Y no solo en este tema, sino que…

[Lisette]: Esta vez, nadie estaba cuestionando la veracidad de lo que decía Francisca, y eso ya era una victoria. Parcial, claro: todavía tenían que entrar a una etapa de negociación para que esas palabras se convirtieran en hechos. Solo así podría haber una solución amistosa. Pero era un paso enorme.

Aunque para Francisca era difícil sentir lo que oía como una victoria. Acababa de contar su historia… y seguía doliendo demasiado. Todos esos años había necesitado una respuesta —por qué a ella—, pero ya sabía que no la iba a conseguir. En cambio, le estaban ofreciendo llegar a un acuerdo entre las dos partes.

[Francisca]: Es una sensación muy rara, no puedo explicarla, porque es una sensación de angustia… El preguntarte por qué… la explicación… y como que para ellos es un simple acuerdo. No era como lo que yo estaba sintiendo.

[Lisette]: Cuando todo terminó y se encontró con Sara, no pudo evitar ponerse a llorar. De alegría, de rabia, confusión, dolor… todo al mismo tiempo.

[Francisca]: Tenía muchos sentimientos encontrados, pero a la vez me sentía alegre porque estaba llegando al final de una lucha… De que por lo menos estaba sacando la cara o estaba luchando por aquello que muchas mujeres no pudieron hacer. Porque el caso prescribió, porque a muchas les daba miedo… Porque es complicado llevar un caso cuando puede existir este nivel de discriminación, como el VIH en Chile… 

[Lisette]: No sabía aún que la lucha tardaría años en terminar: recién empezaba el proceso de negociación, que no sería sencillo, entre el Estado y el Centro de Derechos Reproductivos, con acompañamiento de la propia Comisión. 

Francisca volvió a su rutina, pero aún tenía un gran paso pendiente. Había una conversación que sabía que no podía seguir evitando.

Tenía que contarle a su hijo. Habían pasado por tanto juntos: el hospital, los controles médicos, los miedos de Francisca, el deterioro de su matrimonio. Hasta habían viajado a otro país, pero él no sabía para qué. Le debía una explicación de todas esas cosas… pero no se atrevía.

[Francisca]: O sea yo no quería contarle a él porque me daba miedo de que él fuera a decirlo como: «ah no, mi mamá está enferma, tiene VIH». Entonces como que eso tenía yo que  resguardarlo hasta que él tuviera la conciencia suficiente para que no lo anduviera divulgando.

[Lisette]: Hasta que, en 2018, cuando su hijo tenía 16 años, decidió que era hora de decirle la verdad. Para entonces, Sebastián, su padre, ya había fallecido. Solo se tenían el uno al otro, y Francisca quería que se enterara por ella, con sus palabras, y no por un rumor o una conversación que no debía escuchar.

Un día estaban los dos solos en la casa y Francisca sintió que era hora. 

[Francisca]: Él estaba en su pieza y le dije «hay algo que tengo que contarte, necesito conversar contigo. Pero ahora si te incomoda el tema…» le dije yo, «lo hablamos otro día. No sé, pero hablemos». 

[Lisette]: Su hijo la miró un momento y le dijo que sí, que lo hablaran. Entonces Francisca le contó todo lo que durante tantos años había tenido pánico de que llegara a sus oídos. Y, mientras hablaba, no tenía idea de cómo su hijo iba a reaccionar. Si se iba a molestar o si la iba a juzgar…

[Francisca]: «Ah no, si ya me lo imaginaba», me dijo. «Po, por las veces que te acompañé al hospital, por las, los medicamentos que tomái, por todo eso ya, ya…. Es que necesitaba que me lo confirmarai nomás.» 

[Lisette]: Francisca no lo podía creer: tanto buscar las palabras, el momento, la forma de decirle el gran secreto de su vida, y su hijo ya lo sabía. Pero ella necesitaba algo más.

[Francisca]: «Ya», le dije yo. «Pero ¿y? ¿Cuál es tu respuesta a todo esto?». «Nada pos», me dijo. «Cuidarte nomás pos», me dijo. «Si, si eso no es nada malo». 

[Lisette]: Su hijo, más que nadie en el mundo, la entendía. 

[Francisca]: Solamente lo tomó así, suave y ya fue. 

[Lisette]: Y eso era todo para ella. 

Las negociaciones por el acuerdo amistoso se extendieron cuatro años más, entre otras cosas, por el estallido social ocurrido en Chile en 2019 y luego por la pandemia. Esa espera interminable, en que Francisca ya llevaba casi dos décadas, le hacían sentir que su vida estaba en pausa. 

[Francisca]: Me provocaba daño porque era como… Uno, cuando le pasa algo malo, lo único que quiere es tratar de olvidarlo, pero no podía porque tenía que volver, tenía que volver una y otra y otra vez. 

[Lisette]: Hasta que, a inicios de agosto del 2021, le llegó un correo de invitación a la firma del acuerdo. Viajó hasta Santiago, y con Sara caminaron juntas hasta la Cancillería, donde la esperaban representantes del Estado. Carmen y las demás personas del Centro de Derechos Reproductivos que acompañaron el caso estaban conectadas virtualmente. Francisca estaba nerviosa, pero contenta. Al fin todo terminaba. 

La última vez que hablamos con ella, en marzo de 2022, algunos de los puntos del acuerdo ya se estaban cumpliendo. En una reunión privada, la primera dama le había pedido disculpas en nombre de Chile. Había recibido parte de la indemnización y su hijo estaba estudiando con apoyo del Estado. Nos dijo que eso la hacía feliz, y también haber conocido a tantas personas buenas que la apoyaron en su camino. Aunque todavía siente un sabor agridulce y tal vez siempre sea así. Sabe que ya no va a tener más hijos, y los 20 años que tuvo que luchar y sufrir entre dos vidas, nadie se los devolverá.

[Lisette]: ¿Qué tendría que pasar para que sientas, al menos en parte, que el Estado te está reparando el daño que te hizo?

[Francisca]: El día que sienta que ya no hay discriminación, el día que ya los médicos tengan más información sobre, sobre el VIH. El día que… que nos traten como personas iguales. Ese día voy a sentir que están reparando todo el daño que a mí me hicieron. 

[Daniel]: Si bien el Centro de Derechos Reproductivos no se ha enterado de que en Chile haya habido nuevos casos como el de Francisca, seguirán trabajando con el Estado para que situaciones así no se repitan.

Esta historia fue producida por Lisette Arévalo y Nicolás Alonso. Lisette es productora  y vive en Quito, Ecuador. Nicolás es editor y vive en Santiago de Chile. Este episodio fue editado por Camila Segura y por mí. El diseño de sonido y la música son de Andrés Azpiri. Desirée Yépez hizo el fact-checking. 

Los testimonios de Francisca fueron grabados por la actriz chilena Bianca Figueroa.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Aneris Casassus, Emilia Erbetta, Fernanda Guzmán, Camilo Jiménez Santofimio, Rémy Lozano, Ana Pais, Laura Rojas Aponte, Barbara Sawhill, Elsa Liliana Ulloa, David Trujillo y Luis Fernando Vargas.

Zoila Antonio es nuestra practicante de audiencias.

Carolina Guerrero es la CEO.

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

 

Créditos

PRODUCCIÓN
Nicolás Alonso y Lisette Arévalo


EDICIÓN
Camila Segura y Daniel Alarcón


VERIFICACIÓN DE DATOS
Desirée Yépez


DISEÑO DE SONIDO/MÚSICA
Andrés Azpiri 


ILUSTRACIÓN
Yael Frankel


PAÍS
Chile


TEMPORADA 11
Episodio 29


PUBLICADO EL
04/19/2022

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