Las reglas del juego | Transcripción

Las reglas del juego | Transcripción

COMPARTIR

[Daniel Alarcón]: Este episodio tiene lenguaje explícito, se recomienda discreción. Esto es Radio Ambulante desde NPR, soy Daniel Alarcón. 

Empezamos hoy en Buenos Aires, Argentina. Allí, en 1980, en un típico barrio de clase media, nació Gonzalo Beladrich. Y allí se enamoró del fútbol.

No fue un amor del todo elegido. Gonzalo tenía dos hermanos mayores e iba a una escuela religiosa, de solo hombres. Y en ese contexto…

[Gonzalo Beladrich]: El futbol era algo que no tenías mucha opción. Lo jugabas o lo jugabas porque si no lo jugabas, era más difícil. Había ahí una cuestión del rechazo, del señalamiento. Eras un maricón si no jugabas a la pelota…

[Daniel]: Y en ese mundo de puros varones era lo peor que podía pasar. Empezó a jugar a los cuatro años, cuando su familia se afilió al club Deportivo Español. En esa época, Deportivo Español pasaba por un inusual momento de gloria: tenía unos 25 mil socios –muchísimo para un pequeño club de barrio– acababa de inaugurar un estadio; y su equipo de fútbol estaba en primera división, por segunda vez en su historia, jugando con los mejores del país, como Boca o River. 



(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Deportivo Español]: ¡Gooool del Deportivo Español!

[Daniel]: Deportivo Español se convirtió en la segunda casa de Gonzalo. Cada fin de semana, la familia Beladrich se subía a su viejo Renault 12 y se iba al club a pasar el día: Gonzalo, sus dos hermanos, su mamá y su papá. Todos los sábados y todos los domingos, sin falta. Y allí, mientras sus padres jugaban a las cartas, Gonzalo y sus hermanos empezaron a patear la pelota…

En el club Gonzalo vio un partido de fútbol profesional por primera vez. Tenía 8 años y el recuerdo de ese día nunca se le borró. Esa tarde Deportivo Español jugaba contra Deportivo Armenio, otro club pequeño que había llegado a primera división. Gonzalo fue con su papá a la cancha, y se sentó en el palco. Esa vez Español ganó con un gol en el último minuto. 

[Gonzalo]: Entonces yo empecé a creerme que Español siempre iba a hacer un gol al final de los partidos. Iba a la cancha como con una sensación de somos indestructibles, nadie nos va a ganar.

[Daniel]: Así empezó para él una rutina nueva: cada vez que Español jugaba de local, se escapaba de la canchita en la que jugaba con sus amigos para ir a ver el partido con su papá. Primero en el palco; más tarde, en la platea, y unos años después, cuando ya era un adolescente, en el que sería su lugar favorito: las gradas, con la hinchada, donde miraba todo el partido de pie.

El fútbol se convirtió en el centro de su vida.

[Gonzalo]: Yo miraba fútbol todo el tiempo. Jugaba al fútbol todo el tiempo. O sea, era el típico adolescente el cual giraba alrededor de una pelota de fútbol.

[Daniel]: Era una pasión a la vez descontrolada y metódica. Cuando no podía ir a la cancha a ver a Español, jugaba al fútbol con sus amigos en el club con los auriculares puestos, para seguir el partido por la radio. 

Y en la semana, se dedicaba a llenar hojas y hojas de su cuaderno con su análisis. Imaginaba que era un periodista deportivo: pegaba recortes de diarios, evaluaba jugadas y jugadores, registraba la cantidad de goles, y hasta le ponía un puntaje al trabajo de los árbitros.

Es que a Gonzalo le fascinaban los árbitros. Era el único entre sus amigos.  No podía sacarles los ojos de encima a esos hombres de negro que corrían a la par de los jugadores dirigiendo el juego. Como con el fútbol, lo que sentía por el arbitraje era una pasión inexplicable.

[Gonzalo]: ¿Cómo nace mi amor por el arbitraje? Es una incógnita. El nacimiento del amor me parece que siempre es una incógnita.

[Daniel]: En la cancha los seguía con la mirada durante todo el partido, quería grabar en su cabeza cada cosa que hacían: cuántas tarjetas sacaban, cómo interpretaban las jugadas o si eran de esos que buscaban equilibrar las faltas entre los dos equipos.

[Gonzalo]: Y ahí yo iba eligiendo un poco cuáles eran los, cuáles eran los árbitros que me parecían que arbitraban bien y a los que yo me quería parecer. Y los otros, los que yo no me quería parecer.

[Daniel]: Su favorito era Javier Castrilli… 

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Locutor deportivo]: Da la orden Castrilli, vamos… Todo de nuevo… amarilla para el Mono… 

[Daniel]: Gonzalo lo seguía desde el principio de su carrera, cuando debutó dirigiendo un partido de Deportivo Español contra Estudiantes de la Plata en 1991. Le gustaba que fuera un árbitro implacable, que leía bien las jugadas, estaba siempre cerca de la pelota, pitaba despacio y, sobre todo, no se dejaba impresionar por los equipos grandes. Castrilli nunca pasaba desapercibido.

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Periodista]: Ahora la amarilla para Rivarola… Lo de Castrilli no tiene nombre… Se quiere adueñar del espectáculo este hombre. Qué barbaridad lo de Castrilli.

[Gonzalo]: Y era el árbitro que, eh, imantaba. Dirigía Castrilli todas las miradas a Castrilli, todos los flashes a Castrilli. Una rareza.

[Daniel]: A Castrilli Lo amabas o lo odiabas. 

Y Gonzalo lo amaba. O bueno… lo admiraba mucho. Quería ser como él. Por eso en la canchita del club, en la vereda de su casa, en la escuela, cada vez que jugaba al fútbol con sus amigos, siempre pedía ser árbitro. Y como su ídolo, él también se tomaba la tarea muy en serio: hasta armó su propio juego de tarjetas rojas y amarillas para amonestar a sus amigos. También se compró un silbato, para no tener que gritar cuando quería parar el partido. La escena era algo insólita.

[Gonzalo]: Hay una regla de los partidos de barrio, digamos, los de potrero, como se suele decir, que es: se juega sin árbitro. Entonces escuchar un silbato, darte vuelta y ver a unos borregos de 12 años corriendo atrás de una pelota y ver a uno que está arbitrando, llamaba la atención.

[Daniel]: Para él, arbitrar era otra forma de jugar a la pelota. Y además le gustaba el vértigo de lo irreversible: en la cancha las cosas suceden una sola vez y el árbitro tiene que confiar en su ojo. Si sanciona un penal, si anula un gol, tiene que estar muy seguro de lo que vio. 

[Gonzalo]: Y eso te pone en un estado de, si se quiere, de no relajación. ¿Viste cuando vas manejando en una ruta? Y vos no te podés relajar en un momento porque, en un segundo, te podés mandar una cagada grande. Hay algo de eso en un partido fútbol que hace que la tarea arbitral sea adrenalínica. 

[Daniel]: Y esa adrenalina era adictiva. Por eso cuando se imaginaba de grande, solo podía verse de una manera: como Castrilli, vestido de negro, corriendo por una cancha de fútbol profesional, dirigiendo el juego. 

Soñaba con ser árbitro y estaba dispuesto a hacer todo lo posible para lograrlo. 

Todo, menos una cosa. 

Una pausa y volvemos.

[Daniel]: Hola, ambulantes.

Hay historias tan grandes, tan complejas, tan potentes… que no se pueden narrar en un solo episodio. Por eso creamos CENTRAL, el nuevo canal de series de Radio Ambulante Studios. Ya están disponibles cuatro episodios de nuestra primera producción.

[Archivo Bukele]: La gente escucha populismo y dice: populismo. ¿Alguien quiere un presidente populista?

Es la historia de Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, y quizá el político más popular de América Latina…

[Archivo Bukele]: Nadie. ¿Nadie? Bueno, yo sí. 

¿Cómo convenció a una sociedad de darle un poder sin límites? ¿Y qué pasa cuando las promesas de la democracia ya no importan?

Pueden escuchar Bukele: el señor de Los sueños buscando Central en sus apps de podcast favoritas o visitando centralpodcast.audio 

Gracias.

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Nuestra productora Emilia Erbetta nos cuenta.

[Emilia Erbetta]: Los padres de Gonzalo no estaban especialmente contentos con la obsesión de su hijo menor con el arbitraje. 

[Gonzalo]: Yo creo que no es la carrera soñada por padres y madres para sus hijos e hijas.

[Emilia]: Pensaron que era un capricho. 

[Gonzalo]: Que, por la edad que tenía, era algo que se me iba a pasar. No sé, como un nene que dice que quiere ser astronauta. 

[Emilia]: Pero Gonzalo creció y las ganas de ser árbitro nunca se fueron. 

A los diecisiete, cuando estaba a punto de terminar el colegio, su mamá le pidió dos cosas: que eligiera una carrera más seria, más tradicional, para hacer junto al curso de arbitraje, y que tomara un test vocacional. Para ella, ser árbitro no era mucho más que un hobby.

En una de las pruebas del test, le pidieron que dibujara cómo se imaginaba en diez años, cuando tuviera 27. 

[Gonzalo]: Obviamente me hice vestido de árbitro, con el brazo estirado y con una tarjeta en la mano.

[Emilia]: El informe de la psicóloga era contundente: Gonzalo no tenía dudas vocacionales. Pero también hablaba de un conflicto. Gonzalo todavía puede recordar  más o menos bien qué decía…

[Gonzalo]: Gonzalo se debate entre lo que quiere y lo que debe ser y por eso se impone o se exige estudiar una carrera más legitimada, además de la de árbitro de fútbol.

[Emili]: Eso, que estudiara algo más tradicional, era lo que quería su mamá. Y en su familia ella era la voz de la autoridad. Así que cuando terminó la escuela, Gonzalo se inscribió en un curso de arbitraje y en la carrera de Abogacía. Si lo de ser árbitro no salía bien, quizás podía ser juez. 

En esa época, como ahora, el mundo del fútbol argentino tenía un punto geográfico neurálgico: la calle Viamonte, en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Ahí, concentradas en menos de 700 metros, estaban la sede de la Asociación del Fútbol Argentino, conocida como AFA, y las dos escuelas de arbitraje: la Asociación Argentina de Árbitros y el Sindicato de Árbitros Deportivos de la República Argentina, el SADRA. En esta última se anotó Gonzalo. De ahora en adelante, lo llamaremos “el sindicato”. 

El curso duraba un año. Eran tres clases por semana: una práctica, que básicamente consistía en correr alrededor de una pista de atletismo durante 12 minutos, y dos teóricas, en la que los instructores desglosaban punto por punto el reglamento de fútbol, un libro que reunía todas las reglas del juego. 

[Gonzalo]: Un bodoque así, comentado y explicado y con dibujos y todo; y era espectacular. Porque era como: “Ah, claro, esto es así. La pelota mide esto, pesa esto. El terreno de juego tiene que tener estas marcas… Si no hay banderín de corner, no se juega el partido…” 

[Emilia]: En el aula había una pizarra magnética donde los instructores armaban distintas jugadas con imanes. Esas clases teóricas eran sus favoritas. 

[Gonzalo]: Bueno, empezar a conocer esos detalles para alguien que quería ser árbitro de fútbol era, era algo hermoso. 

[Emilia]: También debía rendir varios exámenes. Tenía una hora para responder unas diez preguntas sobre situaciones hipotéticas durante un partido. Algunas eran insólitas. 

[Gonzalo]: Bueno, ¿qué pasa si un jugador le pega al arco y cuando le pega a la pelota se pincha o explota y entra al arco pinchada o desinflada? ¿La pelota qué se cobra? ¿Dónde?

[Emilia]: A la sede del sindicato debía ir vestido de estricto traje: con saco y corbata. El suyo era un curso pequeño, de unos 20 estudiantes, en el que había una sola chica. El resto de sus compañeros eran todos varones más grandes que él, que en ese momento tenía 18 años. 

Como parte del curso, además, debían dirigir los fines de semana. Casi siempre les tocaba fútbol de salón o partidos de las divisiones más bajas. La AFA no pagaba por ese trabajo, apenas cubría los viáticos. Y aunque no era obligatorio hacerlo, todos sabían que sumaba, así que Gonzalo aceptaba todos los partidos que le asignaban.

Después de clase, la charla sobre fútbol siempre seguía en el bar de la esquina del sindicato, un lugar por donde también pasaban árbitros profesionales, dirigentes, periodistas. En esas charlas, tomando café hasta que se hacía de noche, Gonzalo sentía que al fin había encontrado a otros como él, obsesionados con esa parte del fútbol que no parecía interesarle a nadie. 

[Gonzalo]: Y para unos enfermitos como nosotros, que nos encantaba hablar de arbitraje y no teníamos a quien le interesáramos, era como de: “Ay, por fin tengo un espacio en el cual puedo hablar de todas estas cosas”. Y eso sí generaba una buena onda y cada uno también contaba que árbitros les gustaban, eh, discutíamos jugadas…

[Emilia]: Y a pesar de que le gustaban esas charlas y se sentía cómodo con sus compañeros, no podía considerarlos sus amigos. Es que el camino para llegar a ser árbitro en Primera División era empinado y angosto. Gonzalo y sus compañeros sabían que una vez que recibieran el diploma, solo unos pocos de ellos, o tal vez ninguno, llegarían a dirigir algún partido en la categoría más importante del fútbol argentino. Mucho menos un partido internacional. Las oportunidades eran pocas y los árbitros diplomados, muchísimos, unos 7.000 en ese momento.

[Gonzalo]: Entonces también había una cuestión de camaradería y a la vez esto de: “Sos vos o soy yo”. O sea, éramos 20 más o menos en el aula y era obvio que 20 no íbamos a llegar.

[Emilia]: Y para “llegar” no alcanzaba con graduarse. Había que destacarse. Y Gonzalo lo hacía: aunque era el más chico de su grupo, tenía el mejor promedio en las evaluaciones, le iba bien en las pruebas físicas y tenía asistencia perfecta. No faltó ni una sola vez a clases. Ni siquiera cuando murió su mamá.

Fue un sábado por la noche. Su mamá, Silvia, tenía 46 años y llevaba meses muy mal, entre la depresión y el alcoholismo, encerrada en su cuarto, apenas hablando con su marido y sus hijos. Gonzalo y su papá estaban en la casa cuando se descompensó en el baño. Llamaron a la ambulancia, pero cuando llegó ya era tarde. Murió por un derrame interno provocado por una cirrosis. Mientras esperaban a los médicos, Gonzalo la sostuvo todo el tiempo en sus brazos.

Dos días más tarde, cuando terminó el entierro, se puso el saco y la corbata y se fue a cursar al sindicato. 

[Gonzalo]: Había algo de, eeh, no querer estar ahí. 

[Emilia]: Ahí, en su casa. 

[Gonzalo]: No querer estar ahí por la tristeza, obviamente. Pero sobre todo por la extrañeza. 

[Emilia]: La extrañeza de volver a su casa ahora que no estaba su mamá.     

[Gonzalo]: Y una de las maneras de no estar en ese lugar ajeno era bueno, es lunes y hay clase… Bueno, voy, voy a tratar además de pensar en otra cosa.

[Emilia]: En el aula del sindicato podía detener su cabeza, sumergirse en las reglas. Ahí, donde le enseñaban lo que se podía hacer y no hacer dentro de una cancha de fútbol, podía escaparse un rato del dolor.

Con la muerte de su mamá, la vida en su casa cambió. Ella siempre había sido la que ponía las reglas. Su papá trabajaba todo el día fuera de la casa, y además nunca se había mostrado demasiado interesado en ponerles límites a sus tres hijos. 

[Gonzalo]: Entonces me parece que también hubo ahí algo del orden de una mezcla entre, entre lo doloroso y lo.. y la cosa de estar perdido, ¿no? De decir: “Bueno, vos te quedás sin mamá antes de los 20 años y es como… por Dónde… por dónde toca ir”…

[Emilia]: Con el correr de las semanas, ese desconcierto, ese no saber hacia dónde seguir, abrió lugar a otra cosa: un deseo por empezar a vivir con más libertad. Tenía 18 años y Buenos Aires toda para él. Sin el control de su mamá, comenzó a explorarla por las noches, especialmente cuando salía de cursar en el sindicato. 

Empezó por los cines. Los viernes, después de clase, se iba con sus compañeros al bar de la esquina a tomar café y hablar de arbitraje. Cuando se hacía de noche y el resto volvía a sus casas, Gonzalo caminaba solo hasta las salas del centro de la ciudad. Ahí, miraba la cartelera y elegía una película. Al principio, lo hacía por pura intuición: si le gustaba el nombre, o le interesaba la sinopsis, entraba. 

Pero antes de eso, hacía una parada estratégica en un McDonald’s.

[Gonzalo]: Yo entraba, me iba directamente al baño del McDonald’s, me metía en una de las cabinas con mi mochila, sacaba un jean, una remera, un buzo, unas zapatillas y ahí metía el traje todo hecho un bollo. Y salía del baño vestido de una manera completamente diferente a la que había entrado. 

[Emilia]: Quitarse el traje y ponerse de nuevo su uniforme adolescente era una especie de ritual, un pasaje necesario para la metamorfosis. En ese baño, Gonzalo volvía, de alguna manera, a ser un civil. Y aunque no estaba haciendo nada malo, por alguna razón sentía que alguien lo iba a descubrir  en plena transformación. Pero no. Con el tiempo se dio cuenta de que en el centro de la ciudad, mezclado entre la gente, podía ser invisible. 

Desarrolló una cinefilia casi compulsiva. Iba al cine tres o cuatro veces por semana. En el cine podía emocionarse, llorar… fantasear con otros mundos. 

[Gonzalo]: Yo ahí podía ser como yo quisiera. Podía imaginarme o podía proyectar lo que yo quisiera. Entonces ahí también había algo, algo indestructible. 

[Emilia]: Un lugar donde podía ser cómo él quisiera. Hacía tiempo que buscaba algo así. Fue por eso que, poco a poco, esas noches en los cines del centro fueron transformándose en otra cosa. 

Ahora, no siempre volvía a su casa cuando terminaba la película. Con su mochila colgando en la espalda, con la ropa de árbitro oculta en ese caparazón, comenzó a explorar otra dimensión de la noche porteña: la del yire, la conquista callejera entre varones. 

[Gonzalo]: Yo hacía el yire ese callejero, que de entrada no era un yire de levante, digamos, era más como un caminar y conocer y ver de qué se trataba, porque yo ya sabía que me gustaban los varones… 

[Emilia]: Lo sabía desde que tenía unos 11 o 12 años. Le gustaba estar con ellos, los miraba…

[Gonzalo]: Pero también era como la sensación de decir: “Esto ya va a pasar. Los chicos van a pasar”.

[Emilia]: Pero cumplió 13, 14, 15…Y no. Los chicos se quedaron. Por eso estaba ahí ahora, en el centro de Buenos Aires, conociendo esas formas de seducción callejera que eran nuevas para él. Siempre había aprendido las cosas así: mirándolas al detalle, minuciosamente, hasta entender su lógica. Así había sido con el fútbol y sus reglas, y ahora no era diferente. 

[Gonzalo]: Y ahí empecé a darme cuenta cómo eran las miradas, cómo era la cuestión de pararte a ver una vidriera y ver en, en el reflejo si te estaban mirando. 

[Emilia]: Algunas veces, los más osados lo encaraban directamente. 

[Gonzalo]: A mí, como un adolescente que estaba en… haciendo un estudio todavía exploratorio, era algo que un poco me asustaba, me acuerdo.

[Emilia]: Pero la fascinación por descubrir ese mundo de códigos nuevos era más fuerte que cualquier miedo. Sentía que eso que estaba viviendo era imborrable. 

[Gonzalo]: Estaba pasando algo que no se iba a repetir. Algo muy propio de ese tiempo y que para mí también era novedoso porque no se parecía a nada. 

[Emilia]: Y aunque estas excursiones nocturnas cada vez ocupaban más y más de su tiempo, no hablaba de eso con nadie. Ni con sus hermanos ni con sus amigos ni con su papá. No sabía cómo hacerlo ni qué decirles. 

[Gonzalo]: A mí me resultaba muy conflictivo el hecho de que me gustaran los varones, porque además no tenía ninguna referencia. ¿Con quién hablo de esto? ¿A quién se lo digo?

[Emilia]: No sabía por dónde salir del closet. Le daba miedo cómo podía reaccionar la gente. No solo su familia ni sus amigos. Sobre todo le daba pánico pensar qué podía pasar con su futuro como árbitro si alguien en el mundo del fútbol se enteraba de que le gustaban los hombres.

[Gonzalo]: Era algo que me conflictuaba mucho porque sabía que futbol y homosexualidad eran dos cosas muy difíciles de, de poder hacer convivir.

[Emilia]: No era una sensación suya nada más. No conocía a nadie en el fútbol que estuviera fuera del closet. En la cancha, las hinchadas siempre entonaban canciones que llamaban putos a los del equipo contrario. Y el Director Técnico de la Selección acional Nen ese momento, Daniel Passarella, había dicho en una entrevista que nunca convocaría a un jugador homosexual. Y en la televisión, se decían cosas como esta: 

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Periodista 1]: ¿Puede un homosexual jugar al futbol al nivel que lo hace una selección internacionalmente? ¿Físicamente es posible?

[Periodista 2]: “No arrugués, maricón, poné la pierna fuerte”, suele escucharse en todas las canchas del país, poniendo de manifiesto uno de los valores más importantes del fútbol: la hombría.

[Emilia]: Además, había un caso más concreto…

[Gonzalo]: Había un árbitro del que se decía que era homosexual y las cosas que se decían eran espeluznantes. 

[Emilia]: Ese árbitro era Fabian Madorrán. A Gonzalo le llamó la atención desde la primera vez que lo vio dirigir un partido. 

[Gonzalo]: Cuando vos lo veías en la cancha era un tipo al que no le podía sacar la vista de encima. Era muy elegante en la manera de correr. Ágil. Velocísimo. Muy joven. Muy buen porte.

[Emilia]: Cuando lo veía correr por el campo de juego, le recordaba las gacelas que alguna vez había visto en documentales. En la cancha, Madorrán era como un animal grácil, veloz, hipnótico. 

Madorrán había llegado a ser árbitro de primera división en 1997. Un año después ya dirigía partidos internacionales. Era un árbitro de alto perfil, histriónico, que no dudaba en expulsar a un jugador, y al que no le molestaba que la cámara lo siguiera durante un partido. 

Gonzalo no era el único que no le podía quitar la vista de encima. Madorrán no solo estaba en boca de todos por la cantidad de tarjetas rojas que sacaba o por la forma en la que discutía con los directores técnicos y los jugadores, sino también por las cosas que se decían sobre su vida personal, especialmente sobre su supuesta homosexualidad. En los pasillos del sindicato, en el café de la esquina, incluso en el aula, Gonzalo escuchaba los rumores sobre los hombres con los que salía Madorrán o las discotecas a las que iba. Pero no eran solo rumores, también se burlaban de él y hacían chistes homofóbicos que no voy a repetir. 

Cuando pasaba eso, Gonzalo se quedaba ahí, sin poder decir ni hacer nada. 

[Gonzalo]: No podía levantar la mano y decir: “Me parece que estás siendo homofóbico no, no, no…”

[Emilia]: Pero cada burla que escuchaba sobre Madorrán se sentía como un golpe íntimo, personal. 

[Gonzalo]: Un pibe de 18 o 19 años como yo, en el aula, que estaba lidiando con salir del clóset; y segundo lidiando con cómo congeniar eso con el tema de ser árbitro, era un… un garrotazo en la cabeza. Y además de angustiarme, me llevaba a un lugar de… de decir: “Ah, entonces no, no es por acá”. 

[Emilia]: Lo hacía dudar de su futuro como árbitro, algo de lo que siempre había estado seguro. 

[Gonzalo]: O sea todo esto que yo desde muy chico lo viví como un lugar placentero, como un espacio lúdico, para poder hacerlo tengo que renunciar a esto o lo tengo que meter abajo de una alfombra…

[Emilia]: No quería tener que elegir entre la vocación y el deseo. Pero si un árbitro tan exitoso como Fabián Madorrán, que era uno de los mejores de la Argentina, no podía vivir su sexualidad libremente, ¿cómo iba a poder hacerlo él?

Una pausa y volvemos

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Emilia Erbetta nos sigue contando.

[Emilia]: Gonzalo terminó el curso de arbitraje en diciembre de 1998. Había sido un año turbulento, en el que había muerto su mamá, había empezado a explorar la noche gay porteña, y al mismo tiempo había dado el primer paso para cumplir su sueño de la infancia. 

Y lo había dado en la dirección correcta: su asistencia perfecta, sus notas en los exámenes y el buen concepto que tenían de él los instructores lo dejaban muy bien parado para lo que seguía: ahora tenía que hacer un curso de homologación de su título en la Asociación de Fútbol Argentino, la AFA, indispensable si quería dirigir en Primera.

Este curso no tenía una duración determinada. Podía extenderse por un año o dos o incluso más. Eso dependía de los nuevos puestos de arbitraje que fuera abriendo la AFA. Y cuando eso sucediera, Gonzalo tenía buenas posibilidades porque estaba primero en orden de mérito para entrar. 

Pero algo se había roto en él. Cierta ilusión que siempre había tenido con respecto al arbitraje. No era solo la homofobia o las burlas sobre Fabián Madorrán. También empezaba a darse cuenta de que había muchas cosas un poco turbias. Notaba, por ejemplo, que el sistema para entrar a la AFA era poco transparente, y no tenía que ver demasiado con la técnica arbitral. Incluso se preguntaba por qué él estaba primero en orden de méritos si nunca nadie lo había ido a ver arbitrar.  

[Gonzalo]: Porque no falté a clases. Porque cuando había que dirigir partidos gratis de futsal, yo me proponía e iba dirigir gratis.

[Emilia]: Hasta ese momento, siempre había pensado en el arbitraje como algo noble, otra forma de jugar al fútbol y, de alguna manera, una expresión de justicia. Para él, los árbitros eran los encargados de mantener un juego limpio. Y todas esas características se concentraban, sobre todo, en su ídolo desde la infancia, a quien ya mencionamos al comienzo de este episodio.

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Periodista]: Javier Castrilli, ¿un enamorado de su personaje autoritario o un Don Quijote de la ley? O quizás tenga ambas cosas en su personalidad. 

[Emilia]: A Castrilli le decían el Sheriff. Se había ganado esa reputación a golpe de tarjeta roja. Siempre serio, como enojado. Desde su debut, Castrilli había protagonizado varios escándalos. Dos quedaron en la memoria futbolística argentina. El primero fue en 1992, cuando expulsó a cuatro jugadores de River en un partido contra Newells. Ese día, River perdió 5 a 0. Y el segundo fue en 1996, cuando expulsó a Diego Maradona, que jugaba en Boca, durante un partido contra el Vélez de José Luis Chilavert. 

Después de la expulsión y en medio de un tumulto de jugadores, periodistas y policías, Maradona se acercó a pedirle explicaciones, mientras Castrilli permanecía inmutable. 

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Diego Maradona]: Explíqueme, yo soy jugador… Explíqueme por qué, explíqueme por qué… Maestro, pero ¿usted está muerto?  No está muerto, explíqueme, por favor se lo pido… Pero estamos hablando como hombres, como seres humanos… 

[Navarro Montoya]: No te va a contestar…

[Emilia]: Y no. No le contestó. Pero aunque era el árbitro más famoso del continente, y un modelo para Gonzalo y sus compañeros en el sindicato, él veía que la forma de dirigir que tenía Castrilli era muy resistida en la AFA. 

[Gonzalo]: No querían que Castrilli fuera nuestro referente. Porque buscaban formar árbitros de un perfil un poco más bajo.

[Emilia]: Gonzalo lo había escuchado cientos de veces en las aulas del sindicato: el mejor árbitro debía ser invisible. 

A fines del 98, cuando volvió del Mundial de Francia, Castrilli denunció corrupción y  manejos pocos transparentes en el arbitraje argentino. En los medios, la Justicia y hasta en el Congreso, aseguró que los árbitros de primera recibían instrucciones para sacar adelante los partidos sin complicarse con una aplicación severa del reglamento. Ninguno de sus colegas lo acompañó en la denuncia. Aislado y solo en su cruzada, Castrilli renunció a la AFA en octubre del 98, siete años después de su debut en Primera División. 

A Gonzalo, que ya estaba en crisis con el arbitraje, la renuncia de Castrilli lo sacudió profundamente. Pensaba que todo lo que denunciaba era verdad. Alguna vez, a él mismo lo había encarado algún viejo árbitro en la puerta del sindicato…

[Gonzalo]: Y te agarraba así del brazo y te decía: “Escucháme, pibe, si vos sacás más de cuatro amarillas el que falla sos vos, eh, no los jugadores”. Entonces lo que te estaban diciendo era esto: “Muñequeá los partidos”.

[Emilia]: Muñequeá los partidos: no seas un obstáculo, tratá de dejar contentos a todos. Y sobre todo: pasá desapercibido. 

En enero de 1999, cuatro meses después de la muerte de su madre, Gonzalo, su papá y uno de sus hermanos se fueron de vacaciones a Mar del Plata, un destino típico de la clase media argentina durante el verano. Se hospedaron en un hotel frente al mar, y estaban ahí, intentando aliviar la tristeza del duelo por la muerte de su mamá, cuando Gonzalo se enteró de que Castrilli daría una charla en otro hotel, muy cerca de donde estaban ellos. 

Por supuesto, iba a ir a verlo. Pero además, intentaría entregarle una carta de puño y letra que le escribió. 

[Gonzalo]: Dos hojas de los dos lados. Larguísima. Me presento, le cuento que ya era árbitro de fútbol, que estaba como pasante en AFA, que él había sido mi referente. Que me impactó mucho el tema de que él dejara de arbitrar. Que en AFA nos dicen todo lo que él decía que nos decían. Y le dejo un número de teléfono.

[Emilia]: Durante la charla no pudo pensar en otra cosa. Llevaba el sobre con la carta en el bolsillo y lo único que le importaba era encontrar el momento para entregársela. No iba a ser fácil, después de las denuncias del año anterior, Castrilli era buscado por los periodistas y él iba a tener que abrirse paso entre la multitud si quería tener una chance. 

[Gonzalo]: Y cuando termina me acerco, él estaba entre periodistas y le digo: “Javier, ¿cómo estás? Me gustaría darte esta carta, me gustaría que la pudieras leer”. “Sí, cómo no”. La recibió y yo me fui. Eso fue todo el contacto que tuve con Javier Castrilli, duró, por todo concepto, duró diez segundos, quince.

[Emilia]: Cuando salió del hotel, fue caminando hasta la playa y se metió en el mar. Se sentía algo eufórico. 

Meses después, Gonzalo estaba durmiendo cuando su papá lo despertó con el teléfono en la mano.

[Gonzalo]: “Pibe, pibe, despertáte. Teléfono para vos”. Y me dice: “Castrilli”.

[Emilia]:  Gonzalo se sorprendió, pero no tanto. 

[Gonzalo]: Yo estaba convencido que, que Javier Castrilli me iba a llamar después de, de leer mi carta por el propio contenido de la carta. ¿Qué podía pasar después del llamado? Ya es otra cosa. Pero que no, no le iba a dar lo mismo.

[Emilia]: Conversaron unos minutos. Castrilli le dijo que le había gustado mucho su carta y le preguntó sobre su experiencia como joven árbitro: quiénes eran sus instructores, qué partidos había dirigido… Quedaron en verse, pero no concretaron nada. Gonzalo no se lo dijo en ese momento, pero no quería hablar solo de arbitraje. Necesitaba otra cosa, algo que nadie más que él podía darle: un consejo. 

Dos meses más tarde, en mayo de 1999, Gonzalo se enteró de que Castrilli iba a dirigir la final de la Liga del Interior uruguaya, en Colonia. Viajó hasta allá en barco, cruzando el Río de La Plata, para verlo arbitrar una vez más, porque después de su renuncia a la AFA, Castrilli ya no podía arbitrar en Argentina. No habían vuelto a hablar después de aquella conversación telefónica y Gonzalo no se animaba a llamarlo, no quería incomodarlo.

Sin embargo, se encontraron en Colonia y Castrilli le dijo que podía ir a ver el partido como su invitado e incluso acompañarlo en la previa, en el vestuario, con los jueces de línea. Gonzalo aceptó emocionado. Sin planearlo, estaba cumpliendo un sueño. 

Volvió a Buenos Aires enseguida después del partido. Y aunque había pasado un día increíble, cerca de su ídolo y de lo que siempre había querido para él, en su regreso, en el barco se sentía cada vez más angustiado. No podía dejar de pensar que todos esos proyectos ahora estaban en peligro. 

[Gonzalo]: Veía cada vez más difícil poder hacer carrera en AFA. En esa AFA, además, así de turbia. Y al mismo tiempo estar afuera del clóset. Todo eso era una, era una combinación que me estaba dando cuenta de que… que iba a ser algo muy difícil. 

[Emilia]: En las últimas semanas, habían vuelto a sonar muy fuerte los rumores sobre la homosexualidad de Fabián Madorrán. Y ya no era solo entre árbitros. En abril del 99, la revista deportiva El Gráfico, una de las más vendidas de Argentina, puso el tema en una de sus portadas. Eso que hasta entonces había sido un rumor de pasillo, ahora estaba colgado en todos los kioscos del país. En la tapa había una foto de Madorrán y una cita de él que decía: “Lloré mucho cuando me tildaron de homosexual”. 

Unos días más tarde, habló del tema en un programa de televisión, Fútbol Virtual. Este es él.

(SOUNDBITE ARCHIVO)

[Fabián Madorrán]: Bueno, basta, no cuestionen más a Fabián Madorrán. Yo quisiera salir en los medios deportivos por un cuestionamiento en mi forma de arbitrar porque me equivoqué en un penal o en una expulsión y no por este tema de la sexualidad que no tiene nada que ver con la profesión del fútbol…

[Emilia]: Gonzalo quería hablar de todo esto con Castrilli. Después del encuentro en Uruguay, sentía que tenía la confianza suficiente para hacerlo. Así que lo llamó y le pidió que se vieran. Castrilli lo invitó a cenar a su casa. Quedaron para unos días después.

Al llegar, conversaron un rato sobre el partido en Uruguay y sobre las denuncias que Castrilli había hecho ante la justicia. Gonzalo hacía esfuerzos por seguir la conversación, pero estaba ansioso por cambiar de tema. 

En un momento, Castrilli le preguntó si él estaba dispuesto a salir en la televisión hablando sobre las irregularidades que había visto en la AFA. Quizás podrían ocultarle la cara o distorsionarle la voz. 

[Gonzalo]: Y charlando sobre eso yo le digo: “Javier, como yo no tengo ningún problema en hacer eso. Lo que a mí me está costando mucho saber cómo manejar es otra cosa”. “¿Qué cosa?”, me dice Javier. Y ahí, casi como una especie de respuesta en resorte, le digo: “Soy homosexual”.

[Emilia]: Durante unos segundos, Castrilli se quedó en silencio. 

[Gonzalo]: En la expresión del rostro yo reconozco que entiende lo que le estoy diciendo, que no solamente le estoy contando cuál es mi orientación sexual, sino que lo que le estoy diciendo es: “Soy homosexual y soy un árbitro de AFA”.

[Emilia]:  Al ver la reacción de Castrilli, Gonzalo se sintió aliviado. 

[Gonzalo]: Sentí que de los omóplatos me sacaban dos toneladas de titanio de cada uno, como una cosa de relajarme y de decir: “Bueno, primero pude hablar de este tema con alguien del mundo del arbitraje”, cosa que hasta ese momento no había podido hacer. Y segundo, que además me sentía acompañado, hasta contenido te diría, en ese momento. 

[Emilia]: Castrilli todavía recuerda ese momento. Me habló sobre esa conversación cuando lo llamé unos días después de entrevistar a Gonzalo.

Era un sábado a la tarde y él solo tenía un rato para conversar conmigo por teléfono. Por eso, la calidad del audio. Me dijo que no recuerda tantos detalles y que no quería mentirme, pero algunas cosas sí se le quedaron grabadas. Sobre todo el estado de ánimo de Gonzalo.

[Javier Castrilli]: Yo lo noté un poco angustiado, ¿no? Por eso le agradecí. Le agradecí que, que confiara en mí, que me, me, me contara algo tan, tan delicado como la intimidad.

[Emilia]: Tan delicado como la intimidad. En Gonzalo, Castrilli veía a un chico frágil, de la edad de sus hijos, que le estaba confiando un secreto. 

También se acuerda que hablaron sobre Madorrán. Para Castrilli, todo lo que se decía sobre su homosexualidad apuntaba a frenar su carrera, porque estaba ascendiendo muy rápido.

[Castrilli]: En el mundo del arbitraje, es, es un mundo muy ingrato, muy cruel y muy canibalesco, ¿no? Siempre se busca aquel que está…, se está destacando por algo, pareciera como que están buscando a ver dónde lo pueden atacar para… para neutralizarlo.

[Emilia]:  Era una forma de dañar su reputación. 

[Castrilli]: Y en el ambiente también se descalifica con que: “Ah, ese es puto”, dice. Entonces está en la boca de todo el mundo y es una forma de aislar a la persona. ¿Por qué? Porque entonces todos los que están con él y claro, son todos putos. Muchos, por temor a eso, le cortaban el rostro a Madorrán.

[Emilia]: Es decir no se juntaban con él, lo evitaban. 

[Gonzalo]: No querían ser los árbitros que estaban con el puto de Madorrán. 

[Emilia]: En medio de esta conversación, Gonzalo se animó a decir por primera vez, en voz alta, eso que venía pensando hacía varios meses. 

[Gonzalo]: En un contexto, primero tan poco transparente en términos de cómo funciona el arbitraje, y además tan homofóbico, yo no sé si… si quiero seguir.

[Emilia]: Castrilli sabía que Gonzalo lo admiraba, así que tenía que ser cuidadoso con las palabras que elegía.

[Castrilli]: Entonces yo le, le, le dije que, que tenía razón en dudar, en seguir el arbitraje. Yo le naturalicé la duda, Lo induje a que se preguntara a él si valía la pena invertir tiempo, invertir sufrimiento en algo que no tenía claro, era algo incierto, ¿no?

[Gonzalo]: Javier me dice: “Haces bien en dudar. ¿Por qué le vas a regalar a estos tipos, que son unos nefastos, 15 o 20 años de tu vida si encima no te garantizan nada?” 

[Emilia]:  Con esa pregunta, Gonzalo sintió que Castrilli le abría una puerta para salir… para escapar. 

[Gonzalo]: Cuando Javier me dijo eso, me sentí muy aliviado. Creo que en ese momento tomé la decisión de dejar de ser árbitro.

[Emilia]: Estaba claro que salir del clóset y hacer carrera en la AFA no eran compatibles. Y no estaba dispuesto a regalarle su felicidad a los mismos que le hacían la vida imposible a Madorrán. Si tenía que elegir entre sus dos deseos, estaba dispuesto a hacerlo. No era lo que quería, pero desde que su mamá había muerto, había entendido algo. 

[Gonzalo]: Con su partida, con su muerte, se me plantea esta cuestión de decir: “Bueno, la muerte no es algo abstracto, es algo bien concreto”. ¿Cuánto tiempo voy a estar sin vivir lo que yo quiero vivir, reprimiéndome lo que ya no quiero seguir reprimiéndome?

[Emilia]: Fue poco a poco, pero sin retorno. Primero, comenzó por rechazar los partidos que le asignaban para arbitrar los sábados. Prefería seguir explorando la noche porteña: los cines, el yire, los boliches gay de la Buenos Aires de fin de siglo veinte. Cuando no salía, se quedaba chateando hasta la madrugada en un canal del MIRC, un chat de la época, donde podía conversar con otros chicos de su edad. 

A fines de ese año, cuando tenía 19, le anunciaron que el curso de homologación de la AFA había terminado y una nueva camada de árbitros entraría a dirigir. Como había quedado primero en orden de mérito durante el curso en el sindicato, sabía que tenía una buena oportunidad de entrar. Solo debía tomar una prueba física: hacer el test de Cooper, que consiste en correr durante 12 minutos alrededor de una pista de atletismo. 

[Gonzalo]: Y cuando estaba corriendo en el medio de la… en el medio del test de Cooper,n esos 12 minutos, salí de la pista. Decidí quedar fuera de juego.

[Emilia]: Sabía que lo que estaba haciendo era definitivo. Que no iba a tener una segunda oportunidad. Había una sola manera de ser árbitro profesional, y él la estaba dejando atrás.  Triste, con el corazón un poco roto, caminó hasta la salida del lugar. Sin hablar con nadie, tomó un colectivo hasta su casa y cuando llegó, subió hasta la habitación de su papá, donde estaba el único teléfono, se sentó en la cama y llamó a uno de los instructores. 

[Gonzalo]: Y le dije: “Miguel, yo no quiero seguir.” Y el instructor Miguel me dijo: “Bueno, si eso es lo que lo que vos querés hacer, entonces te lo respeto”.

[Emilia]: No le preguntó nada. La conversación no duró más que un minuto.

[Gonzalo]: Entonces en una conversación de un minuto quedó obturada una ilusión de toda una vida.

[Emilia]: Renunciar al arbitraje fue renunciar al fútbol. De un momento para otro, Gonzalo abandonó el juego que había sido el centro de su vida hasta entonces. Dejó de arbitrar, de ir a la cancha, al club, a jugar con sus amigos una vez por semana. Guardó la ropa con la que arbitraba. Ni siquiera miraba fútbol por televisión. Cortó así, de raíz, porque sintió que era la única manera de sobrellevar ese duelo. El segundo en tan poco tiempo.

[Gonzalo]: Dejar el arbitraje fue renunciar a un sueño de, de chico. Y no lo dejé porque no me gustara arbitrar. Lo dejé porque era un espacio absolutamente hostil con las orientaciones sexuales que no son las heterosexuales, y donde no había posibilidad de que eso pudiera ser vivido libremente y con alegría.

[Emilia]: Sin el fútbol, buscó nuevos placeres. Siguió yendo al cine, a bailar, a recitales y se anotó en la carrera de Psicología. Ya no le interesaba ser abogado. De golpe, se abría ante él un mundo de posibilidades… en sus propios términos. 

[Gonzalo]: Ya no está ni la ley materna que regía lo permitido y lo prohibido adentro de la familia ni está también la ley de AFA que rige lo permitido y lo prohibido dentro de la AFA. Ahora quiero vivir libremente mi homosexualidad y quiero ser una persona lo más feliz que se pueda. 

[Emilia]: Se sintió liberado.

 [Gonzalo]: Ya está. No tengo que pasar más desapercibido. No hace falta. Puedo tener un levante en un yire callejero con otro varón. Puedo estar en pareja con otro varón. Y no tengo por qué andar rindiéndole cuentas a nadie de, de eso. Parece sencillo y parece algo obvio de decir, pero no lo era tanto.

[Emilia]: Y en los años que siguieron, hizo todo eso: se recibió de psicólogo, comenzó a dar clases en escuelas, se fue a vivir solo, salió del closet con sus amigos,con su padre, sus hermanos. Y se enamoró una, dos, tres… varias veces. 

Pero eso no significaba que no extrañara el fútbol. Lo hacía. Durante mucho tiempo, el fútbol volvía a él por las noches, como un fantasma de vidas pasadas. A veces soñaba que jugaba a la pelota, o que arbitraba un partido.

[Gonzalo]: Me despertaba sistemáticamente angustiado. Eran sueños de angustia. No eran sueños placenteros cuando para mí el arbitraje siempre fue un espacio de placer.

[Emilia]: Había perdido algo que quería mucho y no sabía si iba a poder recuperarlo.

A fines de julio de 2004, cinco años después de abandonar la carrera de árbitro, Gonzalo estaba trabajando en un call center cuando se enteró de la muerte de Fabián Madorrán. 

Aquel árbitro que había sido elegido por sus colegas como el mejor en 1999, el que a Gonzalo lo hacía pensar en una gacela cuando lo veía correr por el campo de juego, el que había salido a desmentir su homosexualidad, se suicidó una mañana de invierno en la provincia de Córdoba. Ya no era árbitro: la AFA lo había echado un año antes por «aspectos referidos a la aptitud física y a evaluaciones técnicas», según dijeron en un comunicado oficial.

Gonzalo lloró solo y en silencio frente a la pantalla de la computadora donde había encontrado la noticia. Lloraba por Madorrán, pero de alguna manera también por él. 

[Gonzalo]: Fue, de una forma horrible, una confirmación de que la decisión no había sido una decisión equivocada. 

[Emilia]: No sabía por qué se había suicidado Madorrán. Los medios hablaban de deudas y de una adicción al juego. Pero sí estaba seguro de algo: en su momento de mayor éxito, su sexualidad había sido usada en su contra, como una acusación, por quienes competían contra él. 

Gonzalo lentamente empezó a volver al fútbol a través de su primer amor: Deportivo Español. En 2007, ocho años después de haberla pisado por última vez, volvió a la cancha a ver a su equipo de toda la vida, que ya no estaba en Primera División. En esos años, el club no solo había descendido, también había pasado por una quiebra y apenas estaba recuperándose. El partido quedó 0 a 0, pero ahí, parado en las gradas descubrió que había algo intacto dentro de él. 

[Gonzalo]: La vuelta a la cancha fue reconocer que sigo siendo tan hincha de Deportivo Español como lo era a los cinco o seis, siete años. Sigo siendo un energúmeno. Fue volver a decir: “A mí me gusta estar acá”…

[Emilia]: Tardó otros siete años más en volver a jugar. En 2014 un amigo lo invitó a sumarse a una liga amateur llamada Gays Apasionados por el Fútbol. El nombre le pareció tan increíble que quiso probar, y se sumó a un equipo que se llamaba Boomerang.

[Gonzalo]: Éramos muy malos, siempre salíamos últimos, no entrenábamos. Era más como juntarnos a patear una pelota y tomar birra después, pero nos divertía un montón eso. Y era buenísimo porque era un equipo donde había homosexuales, heterosexuales, mujeres, trans… Era una especie de jungla hermosa. Bueno, y un día les faltaba un árbitro.

[Emilia]: Así, casi de casualidad, Gonzalo estuvo de nuevo frente a la posibilidad de arbitrar un partido de fútbol 18 años después de la última vez. 

Su primer impulso fue decir que no. No sabía si podía hacerlo. Además le parecía poco ético dirigir un partido en la misma liga donde él jugaba. Lo convencieron con un argumento: Boomerang estaba en la B. Eran tan malos que iban a seguir en la B. Y este era un partido de la A. 

Gonzalo buscó en su casa la ropa que había usado para dirigir los partidos de la AFA. Sabía exactamente dónde estaba. En esos años se había mudado muchas veces, había tirado muchas cosas, pero nunca había podido deshacerse de ese uniforme: el short, la camiseta, las medias negras, la muñequera donde llevaba las tarjetas. Aunque ya había cumplido 37, comprobó que el uniforme todavía le quedaba. Un poco más apretado, pero servía. La noche antes del partido no pudo dormir. 

[Gonzalo]: Sí, estaba nervioso, estaba muy ansioso. Y estaba muy ansioso porque, porque quería arbitrar bien. Quería, quería jugar un buen partido. Y… bueno, fue un partidazo.

[Emilia]: Fue un partido ajustado, que terminó 1 a 0 y tuvo un expulsado. Cuando estaba en la cancha…

[Gonzalo]: Me pasó algo parecido a lo que me pasó el día que volví a ver a Español, de decir: “Ah sí, esto me gustaba y me gusta. Ahora me acuerdo por qué hice todo eso cuando tenía 18, 19, 20… era por esto”. Y eso era el disfrute de estar jugando a la pelota vestido de árbitro de fútbol.

[Emilia]: Eso que había imaginado a los 17, cuando se dibujó con el uniforme, el silbato y la mano en alto para un test vocacional, finalmente, de la manera más inesperada, había llegado. El mundo, por suerte, había cambiado, aunque sea un poco. Y él también. 

[Daniel]: Al día de hoy en el fútbol argentino profesional no hay árbitros ni jugadores que se reconozcan públicamente como hombres gay. La situación es distinta en el fútbol femenino. 

Gonzalo escribió un libro sobre su historia. Se llama Fuera de Juego. Sigue en contacto con Javier Castrilli y juega al fútbol mixto todos los domingos. 

Muchas gracias a Mariano Vespa por su colaboración en esta historia.

Emilia Erbetta es productora de Radio Ambulante y vive en Buenos Aires. Este episodio fue editado por Camila Segura. Bruno Scelza hizo el factchecking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri y Ana Tuirán,  con música original de Ana.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Pablo Argüelles, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Rémy Lozano, Selene Mazón, Juan David Naranjo, Ana Pais, Melisa Rabanales, Natalia Ramírez, Natalia Sánchez Loayza, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas.

Carolina Guerrero es la CEO. 

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa de Hindenburg PRO.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

 

Créditos

PRODUCCIÓN
Emilia Erbetta


EDICIÓN
Camila Segura


VERIFICACIÓN DE DATOS
Bruno Scelza


DISEÑO DE SONIDO 
Andrés Azpiri y Ana Tuirán


MÚSICA
Ana Tuirán


ILUSTRACIÓN
Daniel Chonillo


PAÍS
Argentina


TEMPORADA 13
Episodio 16


PUBLICADO EL
01/30/2024

Comments