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[Eliezer Budasoff]: En Radio Ambulante Estudios nos obsesionan las grandes historias. Pero sabemos que hay acontecimientos que no pueden contarse en un solo episodio. Por eso, pronto llega CENTRAL, nuestro canal de series. 

[Archivo Bukele]: La gente escucha populismo y dice: populismo. ¿Alguien quiere un presidente populista?

[Silvia Viñas]: Y una de las historias más relevantes en el continente es la del presidente de El Salvador, Nayib Bukele. 

[Archivo Bukele]: Nadie. ¿Nadie? Bueno, yo sí. 

[Eliezer]: El poder de Bukele abre una pregunta para toda América Latina: cuál es el punto en el que las promesas de la democracia ya no importan.  

[Silvia]: Desde el próximo 17 de enero escucha Bukele: el señor de Los sueños, una serie de seis episodios sobre cómo un publicista se convierte en político, y convence a una sociedad de entregarle un poder sin límites. Puedes suscribirte desde ya, buscando Central en tu aplicación de podcasts favorita… O visítanos en www.centralpodcast.audio.

[Daniel Alarcón]: Antes de comenzar quiero tomar un momento para decirles gracias. 

Hace unos días cerramos nuestra campaña más ambiciosa, y la más crítica. Les contamos a ustedes, nuestros oyentes, cuál era nuestra situación, y respondieron. Más de 3.500 personas. se sumaron a nuestro programa de membresías por primera vez, uniéndose a los 4.000 miembros que ya nos apoyaban. No podríamos estar más agradecidos. En el peor año para el periodismo a nivel mundial y regional, el éxito de esta campaña nos permite mantener nuestra independencia y ambición editorial, y nos ayuda a seguir un camino sostenible.

Entonces, celebremos otro año de historias de Radio Ambulante y El hilo, otro año de entender mejor a nuestra región, otro año de voces inolvidables que no escucharás en ningún otro medio.

En nombre de todo el equipo, gracias. 

Esto es Radio Ambulante desde NPR, soy Daniel Alarcón y estoy aquí con la productora senior de Radio Ambulante, Lisette Arévalo. Hola, Lisette.

[Lisette Arévalo]: Hola, Daniel.

[Daniel]: Y Lisette, has traído algo que me quieres mostrar, ¿verdad?

[Lisette]: Sí, te quiero mostrar mi caja de los recuerdos, donde básicamente están las cartas que me escribieron mis amigas y mis familiares cuando yo era una adolescente. Entonces, por ejemplo, te voy a enseñar una que llamó mucho mi atención ahorita: tiene glitter en su portada y una caligrafía hermosa con mi nombre que dice Lisette y puntitos, así como, como brillitos.

[Daniel]: Impecable la caligrafía.

[Lisette]: Impecable. Y me gusta mucho porque dice que soy hermosa, que soy talentosa, inteligente, muy chistosa y sobre todo una gran amiga. Así que esta es una gran carta para leer en los momentos depresivos. (Risas) Pero ahí también tengo una carta de mi hermana que dice “Te quiero por ser como eres, eres genial… NOT. Ja ja ja ja ja. Te quiero mucho Lippy Feliz cumpleaños: Josette”. Y tengo una carta a dos páginas de a doble carilla. No sé si le dicen así, con palabras de mi primo José Antonio, que me pasa por un año y me dice: “Querida Li, coma, fea, etcétera, saber que ya te vas hace muy difícil escribirte…” Bueno, se estaba despidiendo de mí porque me fui a Canadá un año a estudiar y me está diciendo que bueno, cosas muy lindas como que soy la hermana que nunca tuvo, pero también que no coquetee mucho con los canadienses. Entonces, sí, tengo cartas de todo en esta caja.

[Daniel]: ¿Y tienes alguna carta que es particularmente especial?

[Lisette]: Sí, es una que está en un sobre blanco, que ya no está en blanco por el tiempo, obviamente, que dice: “Niña Lisette Arévalo, presente” Es de diciembre de 2005. Y cuando la abro… Bueno, es la típica tarjeta que uno encuentra en estas tiendas de regalos. Tiene un Snowman en la portada muy feliz, sosteniendo una escoba y es todo roja y tiene copitos de nieve alrededor. Y es una carta, que en realidad es un acróstico que me escribió mi abuela Norma por Navidad. Y claro, firma Pepe y Norma, o sea, como los dos, pero es la letra de ella. O sea, aquí en esta letra yo veo a mi abuela y es tan especial porque, bueno, mi abuelita tiene Alzheimer, tiene 91 años y ya no escribe ni una sola palabra. Entonces esta caligrafía no la voy a ver nunca más. Ya no expresa lo que siente o lo que sienta por las otras personas y, obviamente, ya no pronuncia mi nombre. A veces ya no sabe ni cómo me llamo. Entonces es extra especial por eso.

[Daniel]: ¿Qué sientes cuando lees esa carta?

[Lisette]: Nostalgia. Mucha, mucha nostalgia… Un poco de frustración de no haber aprovechado mucho tiempo con ella. Pero si nostalgia de ver su letra porque su letra… esta letra de mi abuelita era la que firmaba todas las tarjetas de cumpleaños o Navidad. No sé, me da mucha nostalgia de lo que alguna vez fue mi abuela y ganas de recuperarla. Obviamente no es posible.

[Daniel]:  ¿Puedes leerla?

[Lisette]: Sí. De hecho también le pedí hace poco que la leyera.

[Norma]: Tu nombre es como tus ojos, igual de hermosos. Tu noble sonrisa…

[Lisette]: Eres luz e iluminas cualquier sendero.

[Norma]: Con todo nuestro amor. Pepe y Norma.

[Lisette]: Diciembre 24, 2005.

[Daniel]:  ¿Qué sientes cuando la escuchas leyendo esa carta?

[Lisette]: O sea es muy probable que mi abuelita ni siquiera estuviera muy consciente de lo que estaba leyendo, pero por un segundo escuchar estas palabras en su voz hace que recupere a la persona que ella era en esa Navidad del 2005 cuando me escribió esta carta. Y, y siento que ella está en esa caligrafía, está preservado lo que ella alguna vez fue. Y de hecho, Daniel, la historia que te quiero contar hoy es una historia sobre las cartas y su potencia y de una persona en particular de la cronista colombiana Carolina Calle.

[Carolina Calle]: De hecho, pues cuando yo me presento lo digo… que yo no soy ni puta ni poeta, pero me alquiló para amar, que zafo nudos de la garganta, que traduzco silencios y que, pues nada, escribo cartas de amor por encargo.

[Lisette]: Alguien que entiende exactamente de lo que estamos hablando.

[Daniel]: Esa historia con Lisette, después de la pausa.

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Aquí Lisette. 

[Lisette]: Carolina creció en Medellín, en los años 90s, con sus padres y su hermano mayor. Cuando no estaba montando bicicleta, estaba jugando baloncesto. Y cuando no estaba nadando en la piscina, estaba viendo televisión con su hermano. Les encantaba ver una telenovela en especial: “Cartas de amor”. 

(SOUNDBITE DE ARCHIVO)

[Telenovela]: Yo estoy desesperada con este barrio. Lo que todos necesitan aquí es alguien como usted. Un experto en asuntos del corazón para que ayude a toda esta gente con sus problemas sentimentales que dicho son de paso, no son pocos. 

[Lisette]: No se la perdían por nada del mundo. 

[Carolina]: Era alguien que llegó a un barrio a escribir cartas de amor por encargo. Entonces ahí le empezaron a ir todos los personajes del barrio y él intentaba como solucionar todos esos problemas, dilemas… Pero el personaje era poeta y él sí era pues muy romántico, muy inspirado… 

[Lisette]: Tan romántico que el personaje principal se llamaba Cupido y llegó al barrio repartiendo rosas rojas a todas las mujeres.

A Carolina le parecía un programa entretenido y, ahora que lo recuerda, piensa que todas esas horas viéndolo contribuyeron a su gusto por las cartas. En una época donde no existían los mensajes de texto, ella y sus amigas del colegio se mandaban pequeñas notas en clase. Se saludaban, se lanzaban preguntas, se hacían dibujos y se daban apoyo en momentos difíciles.  

[Carolina]: Entonces, tal amiga me escribió un consejo, con otra hubo como una pelea, entonces ella me escribió para solucionar y para ver que era lo que estaba pasando, para que nos volviéramos a hablar. 

[Lisette]: Era una manera no solo de comunicarse, de expresar cómo se estaban sintiendo, sino de dejar testimonio del presente. Cada cartita que recibía, Carolina la guardaba en una caja especial y así fue creando un archivo personal de su juventud. Hasta el día de hoy tiene guardadas las casi 200 que recibió en esa época. Y es que para ella, esas cartas son mucho más que un papel.

[Carolina]: Bueno, yo pienso que cada vez que hacemos una carta, hacemos historia. Pienso que la carta es un archivo. Es un documento. Es un patrimonio de la memoria. 

[Lisette]: Ese es el poder de las cartas, el que atrapó a Carolina. Quería dedicar su tiempo a explorar ese mundo, pero escribir cartas no es una profesión. Entonces, a pesar de esa inclinación, su primer instinto cuando estaba por terminar el colegio fue estudiar ingeniería. Su hermano mayor ya estaba en esa carrera y su papá quería que los dos se dedicaran a lo mismo. Pero cuando fue a la universidad para pedir información, se encontró con el programa de comunicación. 

[Carolina]: Y empecé a ver literatura, historia, cine, radio y como que intuí que iba a ser feliz. Como que me pareció súper interesante, divertido y fue ahí que decidí.

[Lisette]: Decidió, a último momento, inscribirse, más bien, en la carrera de  periodismo y comunicación social. Era 2004 y comenzó a estudiar  emocionada. Se encantó con la carrera cuando tomó una clase de periodismo narrativo e investigativo. 

[Carolina]: Fue pues como una epifanía donde yo vi que el periodismo sí se podía hacer para otras cosas. Que sí podía tener tiempo, espacio para narrar, que lograba una cercanía con mis personajes pues muy, muy rápida y muy bonita. 

[Lisette]: Ese sentimiento se hizo más fuerte cuando le asignaron un ejercicio que le encantó: escribir una historia de amor. Decidió contar lo que le estaba pasando en ese momento con un chico y, como trabajo final, presentó las cartas que se habían mandado mutuamente. 

Y es que, a pesar de que en esa época, a inicios de los 2000, los mensajes de texto habían ganado popularidad, Carolina seguía prefiriendo escribir a mano. Les escribía cartas a sus padres, a sus amigas, a sus profesores. Eran de gratitud, de admiración, por cumpleaños o por ocasiones especiales. Por esa época también comenzó a escribir cartas por encargo. Carolina tenía unos 21 años y la primera que escribió fue para una amiga que había tenido un problema con su novio. 

[Juliana Puerta]: Yo estaba destrozada.

[Lisette]: Ella es Juliana Puerta, amiga de Carolina desde la época del colegio. 

[Juliana]: Muy triste, muy confundida, sin palabras. Pues sin entender nada de lo que había pasado.

[Lisette]: Juliana quería arreglar las cosas con su novio, pero él no le contestaba las llamadas ni los mensajes. Simplemente no quería escucharla. 

[Juliana]: Hablando con Caro, me dice: «escríbale una carta». Y yo le dije: «Caro, pues no tengo palabras, o sea, empezando que ni siquiera entiendo. Yo ni siquiera sé qué decir. O sea, qué digo si yo no sé qué pasó, yo no entiendo». 

[Lisette]: Juliana se lo dijo llorando. Carolina le respondió… 

[Carolina]: “¿Por qué no se viene para mi casa? Pues ya que usted no puede en este momento, si quiere cuénteme la historia y le hacemos una carta”.

[Lisette]: Juliana aceptó. Fue a la casa de Carolina y le contó lo que había pasado: un amigo de su novio había aprovechado que ella estaba borracha para besarla. Pero su novio no lo veía así. Para él, Juliana lo había engañado. 

Carolina la escuchaba atentamente y tomaba notas de todo lo que le decía en la computadora. Conversaron como por 2 o 3 horas. Cuando terminaron, Juliana se fue a su casa y Carolina se quedó escribiendo hasta tarde. Al día siguiente, le entregó la carta a Juliana y ella comenzó a leerla.

En una parte comparaba su relación con un árbol, hablaba del tiempo que podía tardar en ser tumbado y del amigo que lo tumbó. 

[Juliana]: Él fue el catalizador de la tala del árbol. Si puedes verlo dile que gracias, que nunca en la vida un amigo del hombre que yo quiero, se me acercó de esa forma y se hizo pasar por él. Dile que lo felicito, lo hizo muy bien, que se nota la astucia. Claro, un cuarto oscuro, una chica borracha: perfecta. Seguro calculó así las cosas: “Me le acerco, la beso, la acaricio, no le hablo, la toco, la confundo, no dejo que me toque el rostro…”, sencillamente me aprovecho de ella. 

[Lisette]: La carta seguía cómo se había sentido ella y terminaba con una despedida. Le decía que nunca pudo entregarle una manilla, una pulsera que tenía guardada para él. 

[Juliana]: “Esta manillita era para vos. Después de ese 29 de julio, siempre quise entregártela, mirarte a los ojos, sonreírte para decir, para decirte que eras mi deseo y regalarte mi primer te quiero. Adiós, Juliana Puerta.”

[Lisette]: Juliana le hizo unos pequeños arreglos y ya. Le agradeció a Carolina y la transcribió en su letra. Enseguida fue a dejarla con el portero del edificio de su novio, se la mandó por Messenger y a su email personal y al de la Universidad. Quería asegurarse de que la recibiera por algún lado, aunque no esperaba ninguna respuesta. Sabía que él era muy orgulloso y no creía que le fuera a hablar otra vez. Pero al día siguiente la llamó. 

Con la excusa de que pagara la cuota que habían puesto para un paseo que habían hecho a una finca, fue a verla en el auto. Había leído la carta y para Juliana, se abrió una puerta que, según ella, estaba más que cerrada. 

[Juliana]: La carta narró muy bien como todo lo que yo había vivido pues, y sufrido. Entonces él, bueno, ya con la cabeza un poquito más fría, finalmente se pudo dar cuenta que, que bueno, que yo también había sido como víctima de él.

Entonces eso fue, pues, como lo que permitió que él, que él me escuchara.

[Lisette]: Se abrazaron y, en los días siguientes, retomaron la comunicación. Dos semanas más tarde se ennoviaron otra vez y aunque su relación terminó después de un año, Juliana siente que pudo tener un cierre adecuado. Tanto así que siguen siendo amigos y está convencida que esa carta que escribió Carolina ayudó a lograrlo. Fue tan importante para Juliana que se lo contó a su grupo de amigas. Esta es Carolina.

[Carolina]: “Como que no y Carolina me ayudó y me hizo una carta…” Ay muestra la carta. Y entonces las amigas las empezaron a leer y, y a la semana o dos semanas, yo no me acuerdo ya, otra amiga: «Ve, Caro, necesito una carta para Ricardo. Ve, Caro, yo también necesito una carta para yo no sé qué». 

[Lisette]: Poco a poco Carolina comenzó a recibir a sus amigas en su casa, donde vivía con sus papás. Se reunían en un cuarto alejado, donde nadie podía escucharlas. Cada reunión duraba como una hora y media, y sus amigas le contaban de todo mientras Carolina tomaba nota minuciosamente. Era algo que le emocionaba.

[Carolina]: Para mí es muy bonito eso de sentarme con una persona, de que esa persona se abra, confíe, me entregue su historia, sus recuerdos y que se vaya hacia el pasado conmigo, ¿cierto? Que soy ajena a toda su memoria. Entonces es como empezarme a vincular con un pasado de una persona y a tratar de sentir con ella.

[Lisette]: No pasó mucho tiempo para que el rumor corriera y comenzaron a contactarla desconocidos para que también escribiera por ellos. Al inicio eran sobre todo mujeres, pero después los que más la buscaban eran hombres. 

[Carolina]: Y me empecé a dar cuenta de eso: que eran ellos los que más necesitaban esto. Porque, pues, esos que me buscaban eran como personas que se les dificultaba mucho comunicarse.

[Lisette]: Se reunía con ellos en lugares públicos. Debajo de un árbol. En una cafetería. En la Universidad. Buscaba sitios donde pudieran quedarse un largo rato conversando, tranquilos y sin interrupciones. 

Carolina se dedicaba a reconstruir los hechos, a pedir descripciones, detalles que la ayudaran a entender las motivaciones y descifrar las emociones. No les cobraba nada. Para ella era hacerles un favor… Y, además, dice que la experiencia en sí era lo más gratificante.

[Carolina]: Como que: «Ah, juepucha le ayudé a esta persona». O este asunto de que me gustaba escuchar historias de amor, eran amigas, era divertido, era por eso.

[Lisette]: Carolina siguió escribiendo cartas hasta que se graduó de la universidad. Al salir, en 2009, comenzó a trabajar en el periódico El Colombiano en el área de investigación y siendo cronista. Después de 3 años ahí, en febrero del 2012, decidió renunciar porque le asignaron cubrir noticias de última hora y no le gustaba el ritmo desenfrenado. Así que se dedicó a ser periodista freelance. Y al año siguiente, se postuló a una convocatoria del Ministerio de Cultura para presentar proyectos digitales. No ofrecía dinero, sino acompañamiento y retroalimentación. Ella propuso crear un blog donde publicaría cartas que escribiría por encargo. Así nació Cartas a la Carta.  

Carolina comenzó por promocionar sus servicios en su muro de Facebook. Publicó el siguiente mensaje: 

[Carolina]: Si sabe qué decir, pero no encuentra las palabras, cuénteme su historia. Yo le digo cómo. Escribo cartas de amor por encargo. Cartas a la carta. 

[Lisette]: Por esa misma época, Carolina estaba participando en un taller de escritura con el escritor colombiano Héctor Abad. Cuando le contó sobre su blog, él la ayudó a promocionarlo en Twitter. Y así fue como mucha más gente llegó a ella. Le escribían de todas partes. Desde Madrid hasta Buenos Aires. Le pedían cartas por diferentes motivos: para recuperar la comunicación con alguien… 

[María del Carmen Navarro]: Hija, aunque te escribo a última hora, esta carta quise enviarla tres años atrás. Pero no la envié porque ni siquiera fui capaz de empezarla. Hoy a unos cuantos minutos de dejar esta ciudad, estoy sacando fuerzas de no sé dónde para volver a dirigirte la palabra, así sea por escrito. 

[Lisette]: Para separarse… 

[Neyla Agudelo Londoño]: Ojalá algún día me comprendas y sepas que esta decisión que ahora nos duele, nos incomoda, nos sacude a ambos, es por el bien de los tres. Créeme.

[Lisette]: Para buscar una reconciliación entre un padre y una hija… 

[Natalia Ramírez]: No dejemos el amor para después, ojalá que aún haya vida cuando queramos compartirla, que el tiempo no nos convierta en extraños y que no se nos haga demasiado tarde para volver a ser mi padre y para volver a ser tu hija. 

[Lisette]: Cada carta era recibida de diferentes maneras. Algunas no tenían respuestas. Otras sí. Esta última que escuchamos, por ejemplo, logró que la chica recuperara el contacto con su papá. 

Para algunos estas palabras sonaran como lugares comunes… cursis o cliché. Para otros quizás son perfectas, adecuadas, preciosas. 

Pero algo es cierto: las cartas de Carolina ayudan. Personas que no tienen las herramientas emocionales o la confianza para expresarse, se abren. Y sus vidas son mejores por ello. De hecho, uno de los momentos más satisfactorios para Carolina fue cuando, después de entregarle a una chica una carta que había escrito, ella se quedó en silencio  y le dijo: 

[Carolina]: «Te entregué mi corazón. Y supiste escucharlo». Y entonces yo como que: “Ay, qué bonito eso”. Pues, o sea que sí, lo logré. 

[Lisette]: Y eso es más que suficiente. 

En muy pocos casos Carolina se ha negado a escribir una carta por encargo. Cuando le parecía que la buscaban porque tenían pereza de hacerlo ellos mismos, como para felicitar a alguien por un matrimonio, por ejemplo. O una vez que un hombre que había tratado muy mal a su novia le pidió una carta para recuperarla. 

[Carolina]: No fui capaz. Y eso se lo advierto también a la persona, pues, como que, o sea, en medio de nuestra conversación yo tengo que sentir el amor. Y también tengo que sentir que es un propósito noble.

[Lisette]: No se ha encontrado con pedidos así con frecuencia. La mayoría de las personas que la buscan se sienten en crisis y quieren que alguien las escuche. Que les ayude a desahogarse. 

Así como en la universidad, Carolina no cobraba por escribir cartas. A veces hacía trueque de servicios con las personas. Una carta a cambio de asesoría legal, otra a cambio del diseño del logo para su blog. Otras veces acordaba con las personas para que le pagaran algo simbólico. 

Y bueno, cuando se lo autorizaban y ya había pasado un tiempo desde que había escrito la carta, ella las publicaba de forma anónima en su blog. Pensaba que, de pronto, había gente que estaba pasando por situaciones parecidas y esas palabras podían servirle a alguien más. Y así fue.

[Carolina]: Cartas a la carta se convirtió en un punto de encuentro. Como un lugar donde gente se encontró, le puso a Google “cómo escribir una carta para esto” y la encontró. Y esa carta le dijo algo. Y entonces vuelven y me escriben: «Mira, esta carta a mí me enseñó eso, entonces yo te quiero donar esta». 

[Lisette]: Poco a poco, fue alimentando su blog. Con cartas escritas por ella y cartas donadas que llegaban de diferentes partes del mundo. 

En 2019, las secretarías de Cultura y de Inclusión Social de Medellín la buscaron para que diera un taller de escritura de cartas en la cárcel de mujeres El Pedregal. 

Carolina ya había trabajado antes con ese sistema penitenciario. Durante sus prácticas universitarias trabajó en el canal interno de televisión de la Cárcel Nacional de Bellavista. Creó un grupo de actuación, guionistas, camarógrafos y formó un cineclub. Además de varias coberturas sobre el tema. Siempre le interesó trabajar en las cárceles y con las personas privadas de la libertad.  

Al principio a Carolina no le gustó mucho la idea de hacer el taller porque solo era una mañana. No iba a poder dedicarle el tiempo que quería a cada una de las mujeres que estaban ahí. Pero después de pensarlo, se animó.

[Carolina]: Pues, algo bueno sí les va a quedar, ¿cierto? No tengo que ser tan negativa. No toda la vida, pues, va a ser un proceso, ¿cierto? Y si aquí puedo dejar algo así sea pequeño, pues bueno, lo voy a dejar. 

[Lisette]: Carolina comenzó a planear el taller y cuando llegó el día, se fue muy entusiasmada para la cárcel. Les contó lo que hacía,  y llevó cartas para que hicieran el ejercicio de abrir la correspondencia, leerla y que luego escribieran las suyas. Cuando se presentó y les explicó lo que harían, muchas de ellas se emocionaron… Pero pasó otra cosa: un grupo de mujeres se quedaron mirándola. 

[Carolina]: Yo vi que abrían los ojos, quedaron sorprendidas y me empezaron a preguntar. Y era como: «Entonces ¿usted escribiría mi voz?» «¿Y entonces usted escribiría por mí y usted haría llegar una carta a donde está mi familiar, que es lejos?»

[Lisette]: Se dio cuenta de que eran mujeres que no sabían leer ni escribir. Ellas formaban parte del grupo de alfabetización de la cárcel. Carolina no había planificado el taller pensando en que esas mujeres estarían presentes. Pero se adaptó rápido y se puso a conversar con ellas, a escucharlas. No había tiempo para más. 

Cuando salió, buscó el reglamento de la cárcel y encontró que las mujeres podían enviar y recibir cartas de manera ilimitada. Se puso a pensar en las que no sabían ni leer ni escribir. 

[Carolina]: Entonces me empiezo a preguntar: ¿A dónde van esas palabras que no se dicen? ¿A dónde van esas letras que no se escriben? Si no hay visitas. Si no hay cartas. Si solo queda un teléfono pero para poder hacer uso de él, tienes que tener un saldo y alguien te tiene que consignar. ¿Y si la familia no tiene teléfono? O sea, son un montón de posibilidades que no están incluidas en ningún reglamento. 

[Lisette]: En ese momento algo hizo click. 

[Carolina]: Yo digo: «Vea, pues sí, aquí es donde me necesitan». Aquí sí, pues porque aquí sí voy a enlazar. Aquí sí voy a aportar algo”. 

[Lisette]: Y sí, aportaría mucho más que palabras escritas para esas mujeres. 

Una pausa y volvemos. 

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante, soy Daniel Alarcón. Nuestra productora senior, Lisette Arévalo, nos sigue contando. 

[Lisette]: El trabajo que quería hacer Carolina con el grupo de mujeres tuvo que esperar. La llegada de la pandemia cerró las puertas de la prisión para cualquier tipo de visitas. Desde su casa, Carolina empezó a dar talleres en línea, clases virtuales de periodismo narrativo en la universidad y, claro, siguió escribiendo cartas para otros. Pero durante todo ese tiempo, pensaba constantemente en las mujeres que había conocido y quería regresar para trabajar con ellas una vez más. 

En 2021, un año después, se comenzaron a levantar las restricciones por el virus y, poco a poco, el país se fue abriendo cada vez más. Incluida la prisión, aunque igual tenía sus limitaciones. Solo podía visitar una persona por familia y no podía ser mayor de 60 años, ni niños. 

Si ya de por si las personas en la cárcel viven aisladas de sus seres queridos, la pandemia, lógicamente, profundizó esas distancias. Aún más si no podían ni leer ni escribir. Carolina intuía que en ese doble encierro —el físico y el mental— las mujeres de la cárcel tendrían tantos sentimientos acumulados, tanto estrés por liberar, tanta angustia que compartir que quería visitarlas apenas pudiera. Así que contactó a las instituciones que la invitaron a dar ese primer taller y les propuso su proyecto. Dos meses después se lo aprobaron.

En septiembre de 2021, Carolina se reunió con 15 mujeres que formaban parte del grupo de alfabetización en un salón de la escuela de la prisión. Les volvió a contar qué era Cartas a la Carta y les explicó que la idea era que ella podía escribir cartas por ellas. Y finalmente les dijo: 

[Carolina]: “Quienes voluntariamente quieran hacer parte de ese proceso, me dicen, yo las anoto y ya luego tendré encuentros personalizados con cada una». 

[Lisette]: 12 de las 15 se pararon de su asiento. 

[Carolina]: Y se me acercaron y la profesora tuvo que pedir orden, que hicieran una fila y entonces yo las anoté. Y yo era pues, como qué caos más bello…  

[Lisette]: Pero qué caos más fuerte también. A Carolina le pareció que ese afán y ese desorden solo demostraba cuánto necesitaban que alguien las escuchara. Cuánto estaban esperando, sin saberlo, que alguien les ofreciera algo así. 

[Carolina]: Necesitaban lo que normalmente logra una carta. Solamente que nosotros, como tenemos todo al alcance, pues lo olvidamos. Entonces nada, lo que querían era matizar una ausencia, recortar distancias, narrar un poco el encierro y dejar salir todas esas palabras que tenían guardadas desde hacía tanto tiempo. 

[Lisette]: Durante casi dos meses, Carolina comenzó a ir casi todos los días. En un rincón pequeño, una especie de sala de espera que estaba a la entrada de la escuela, pusieron una mesa de plástico cubierta con un mantel y una silla. Carolina solo tenía su libreta y su bolígrafo para tomar notas. No grababa ninguna de las conversaciones. 

Carolina me contó que muchas lloraban, otras se ponían felices recordando a sus familias o se quedaban un momento en silencio. 

[Carolina]: Me acuerdo que con una, por ejemplo, bueno, le empecé a hacer preguntas y de repente ya llegó un momento donde no me estaba respondiendo y yo le dije: “Si quieres terminamos”. Y tenía la lágrima en los ojos y, y con la cara me dijo: «No». O sea, no quería terminar, simplemente lo que estaba esperando era un tiempo para que esas palabras pudieran salir en el momento en que tuvieran que salir. Y para ello necesitábamos ese silencio.

[Lisette]: Logramos hablar con una de ellas: Sol. 

[Sol]: Nunca me lo pensaba escribir de mi familia porque tenía tiempo que no sabía de mi familia, que no los veía. 

[Lisette]: Sol es una mujer de 31 años, costeña, de ojos oscuros y pelo negro, ondulado. Tiene un tatuaje pequeño en el cuello, y cicatrices en los brazos y en la cara. Llevaba un poco más de 2 años privada de la libertad cuando conoció a Carolina.

Quería, sobre todo, comunicarse con su mamá que ahora tiene 80 años. Siempre fue muy cercana a ella. Desde chiquita, la acompañaba a trabajar vendiendo ropa e iban juntas al río Magdalena, en el suroeste de Colombia. La extrañaba mucho. En todo el tiempo que llevaba en la cárcel su mamá no había podido ir a visitarla. Vivía muy lejos y no tenía suficiente dinero para el pasaje y la estadía.  

Así que cuando Carolina les ofreció escribir cartas por encargo, Sol se entusiasmó enseguida. 

[Sol]: Y me pareció muy lindo todo, muy agradable, cualquiera no hace eso porque muy poco las personas que hagan eso, pero son ángeles que le manda Dios a uno. 

[Lisette]: Se encontraron en la cárcel una mañana repleta de neblina. Hacía frío y en la cancha se escuchaba una cumbia. Así como hizo con las otras once mujeres, Carolina le dedicó a Sol todo el tiempo necesario. Y ella siempre tenía algo que decir.

[Carolina]: Y Sol tenía los recuerdos muy vivos. Entonces, pues yo realmente con ella, pues lanzaba preguntas, pero ella pues navegaba en esos recuerdos y, y hablaba y hablaba y hablaba y yo tomaba nota. A veces pues lanzaba pues preguntas y bueno, así pues fue que construimos esa carta. 

[Lisette]: Fue una jornada de hasta dos horas y media donde hubo mucha complicidad. 

[Sol]: Le conté muchas cosas que no decía a nadie más porque me inspiró confianza.

[Lisette]: Le pidió que escribiera todo lo que sentía por su mamá y los recuerdos que la acompañaban en el encierro. 

[Sol]: La doctora me ayudó a escribir que yo la extrañaba mucho, que la amaba mucho, que… yo quería recuperarla a pesar de muchas cosas que ella sabe de mí. Que en un momento me sentía triste, pero que extraño cuando era niña que yo trabajaba con ella vendiendo ropita, vendiendo yuca, vendiendo fósforos. Extraño la comida de ella, que quesito, que la arepita, que esto, y que quería luchar por ella, que no la quería dejar sola porque ella está solita. 

[Lisette]: Todo eso Carolina lo anotó en su libreta. Cuando terminaron de hablar, fue a su casa y lo primero que hizo fue transcribir todo lo que le había dicho en la computadora. Se puso a escribir la carta ese mismo día para no perder ningún detalle. Era algo que hacía con todas las mujeres que hablaba. 

Después de dos meses de trabajo, cuando terminó todas las entrevistas y las cartas, las llevó a la cárcel para editarlas con cada una. Generalmente hacían cambios pequeños. Una mujer, por ejemplo, le pidió que en vez de poner “querida mamá” dijera “querida Mita”,  porque así le decía de cariño. 

[Carolina]: O tan, había una frase donde decía: «Me siento sola, aquí no me visita ni un perro». Ella me lo había dicho en el encuentro. Cuando lo escuchó, me dijo: «Quita esa frase, está muy dura».

[Lisette]: Así fue editando una por una hasta tener las versiones finales. Esa vez las pasó a limpio en el computador. Pero ese detalle ni a Carolina ni a las mujeres les gustó. 

[Carolina]: Pero claro, ahí llegó un momento donde me dijeron: «Ay, venga, ¿y usted, usted no le puede hacer un dibujito?» Entonces y también ya era como que: «Ay, hijuepucha, pero es que ¿cómo vamos a entregar estas cartas así, salidas a computador? ¡Qué cosa tan horrible! Esto no puede ir así de frío, de seco. Eso es una contradicción». 

[Lisette]: Carolina no quería usar su letra para escribir las cartas a mano porque dice que le parece fea. Así que en noviembre de 2021 decidió hacer algo que llamó un “casting de letras” para que la gente donara su caligrafía y  transcribiera las cartas. Publicó en sus redes sociales la convocatoria. 

[Carolina]: Y fue la cosa más bella. No te imaginás. O sea, me escribieron un montón de personas y entonces yo les enviaba la carta… Y claro, es gente a la que le encanta la caligrafía, artistas, aficionadas como a la escritura. Y entonces empezaron a pasar estas cartas a mano y ellos sí les hacían los… Le metían color, dibujitos. Fue demasiado lindo. 

[Lisette]: Firmaban con corazoncitos, utilizaban bolígrafos de diferentes colores o dibujaban estrellas al lado del nombre de la destinataria. Hay una en especial que me gusta mucho. Todo el margen de la hoja está lleno de dibujos de todo tipo: una biblia, unas manos, un teléfono, un reloj, un calendario, un pastel de cumpleaños y muchísimas flores.  

Carolina les pidió a los que escribían las cartas que hicieran dos copias: una para entregar al destinatario y otra para que quedara de recuerdo para las mujeres. También le pidió a una ilustradora que dibujara a las mujeres inspirándose en el contenido de la carta. En la ilustración para Sol, por ejemplo, estaba ella de niña con una mochila roja, cogida de la mano de su mamá. Las dos de espaldas viendo hacia el río. 

Un mes después, las cartas estuvieron listas. Les pedimos a unas amigas que leyeran algunos fragmentos para esta historia. 

[Nora Cardona]: En las tardes estoy saliendo a estudiar a la escuela. Ya aprendí a firmar. Sé escribir mi nombre, pero no sé escribir los apellidos, pronto lo lograré. Ya me sé de memoria el abecedario y junto algunas letras con vocales, leo algunas palabras. Esto me motiva mucho a ser mejor persona. 

[Mariluz Vallejo]: Aunque ya casi ajusto un año sin verlos, yo me los encuentro por acá de día y de noche. Cuando la guardiana cierra con llave la puerta de la celda a las ocho de la noche, cierro mis ojos, aunque no tenga sueño, y justo en la oscuridad los vuelvo a ver. A las cinco de la mañana, cuando me despierta un sonido metálico, ustedes tres son mi primer pensamiento. 

[María T. Palacio Daza]: Hola, Mita. Tengo mucho por preguntarle, por contarle. Llevo mucho sin saber de usted. La última vez fue cuando estábamos hablando y yo escuché un ruido. Me imagino que fue porque el niño dejó caer el celular y se dañó. Porque desde entonces no sé nada de nada. Nadie me contesta y tampoco recibo llamadas. Qué tristeza. 

[Isabel González]: Acá tenemos un techo, unos cajoncitos de cemento para poner la ropa, un planchón donde dormir, y con lo único que cargo es con el remordimiento de no haberle hecho caso. 

[Cecilia González]: No pude estar a tu lado en tu velorio. Te vi en una pantalla, rodeado de personas con tapabocas. Mostrabas una sonrisa con los ojitos cerrados y parecías durmiendo. Yo sentí un dolor muy verraco en mi cuerpo. Yo quise estar siempre en todo. Lamento no haber podido acompañarte al final.

[Lisette]: Carolina gestionó el permiso para reunirse con las mujeres en el patio de la prisión. Les dio las cartas y las ilustraciones y, emocionadas, se prepararon para enviarlas a sus familias. 

[Carolina]: O sea, para que esto tenga efecto esto tiene que ser entregado, porque si no es un suspiro, se va, se escurre.

[Lisette]: Las mujeres le dieron direcciones y números de teléfono para que Carolina pudiera entregarlas personalmente. Una la envió a través del servicio de correos de la prisión. Otras mujeres le pidieron que mejor las enviara por WhatsApp. Pero hubo tres que no tenían clara la información. Una de ellas era Sol. 

[Sol]: No sabía cómo mandarle la carta por la dirección de la casa. Porque con mi mamá la casa de ella es muy complicada. Pero no sabía la dirección de la casa. Ella no sabía. Cuando ella me dijo: «Deme el número de su familia, de su mamá, para yo llamarla, para decirle que yo voy para allá». 

[Lisette]: Sol le dio el número y Carolina la llamó apenas salió de la cárcel. Cuando Carmen, la mamá de Sol contestó, ella le dijo que tenía una carta de su hija y que se la quería mandar. 

[Carolina]: Y la señora: “¿Y una carta como de qué o qué?” Y yo: “No, pues una carta de amor…” Pues y al principio la mamá como que no creía, pues como que… Es como que “Pues si eso no existe…” 

[Lisette]: Finalmente Carolina la convenció y ella le dijo que la casa donde vive no tenía una dirección exacta, pero que quedaba en tal pueblo y en tal barrio. 

[Carolina]: Ah, bueno, me dijo también: «En la calle del Padrino, diagonal al señor que arregla las ollas». Y bueno, uno ya uno piensa como que: «Ay, bueno, si voy a la mensajería y doy estas indicaciones, se me van a reír”. 

[Lisette]: Sintió que no le quedaba otra opción más que ir a entregarla personalmente. Pero no fue inmediato. 

Pasaron 6 meses hasta que, a inicios de junio de 2022, Carolina pudo finalmente viajar a la costa para buscar a la mamá de Sol. Se fue acompañada de una amiga. 

Cuando llegó al pueblo, lo primero que hizo fue ir al río porque Sol tenía muchos recuerdos de ese lugar. Pensó que quizá la casa quedaba cerca. Pero cuando le preguntó a una señora, ella le dijo que no sabía dónde era la calle del Padrino. Le preguntó a otra y le dijo: 

[Carolina]: «No, ese barrio es muy lejos y es muy peligroso». En ese momento como que: “Ay, bueno”. Entonces nada, saqué la carta como si fuera un amuleto de buena suerte o como si fuera un pasaporte para cruzar lo que fuera y nada. 

[Lisette]: Siguió intentando. Usó una aplicación de su celular para poner el nombre del barrio y siguió las indicaciones. Llegó a unas calles sin pavimentar y llenas de piedras. Volvió a preguntar por la calle del Padrino a un señor y él les dijo que, si le pagaban, las podía guiar. Y así fue. Cuando las dejó en el lugar, les repitió lo que ya les habían dicho: que tuvieran cuidado porque era muy peligroso. 

Claro que se asustaron con esa advertencia. La idea no era exponerse a costa de entregar la carta. Dudaron, pero ya estando tan cerca, Carolina decidió seguir. Todavía con la carta de Sol en mano y ya en el barrio, lo último que le faltaba era encontrar al señor que arreglaba ollas. En esas salió un señor de una casa. 

[Carolina]: Le pregunté al señor: «Mira, estoy buscando al señor que arregla las ollas». Y me pregunta: «¿Cómo se llama?». Y yo: «Ay, no, yo no sé cómo se llama el señor de las ollas. Pero sí sé cómo se llama una señora que vive cerquita de él: Doña Carmen”. Y entonces me dijo: «Ah, la señora que vende ropa de segunda».

[Lisette]: Carolina no tenía idea si esa podía ser la mamá de Sol, pero decidió seguir esa pista. El señor le dio unas indicaciones: seguir recto por una rampa, voltear a la izquierda, luego a la derecha por un callejón… Ahí le preguntó a otra señora por Carmen y ella les dijo: “Es esa casa”. 

[Carolina]: Yo creo que me pongo roja porque yo siento un calor en las mejillas y el corazón a mil. Y empiezo a caminar y por dentro digo: “Ay que sí sea, que sí sea». Y me sudan las manos…  

[Lisette]: De la casa salió un señor y Carolina preguntó si ahí vivía doña Carmen. Él le respondió que sí y fue a llamarla. 

[Carolina]: Y yo: “Ay, no puede ser, ¿qué es esta emoción?” Y en esas sale la señora, y así, tal cual como me la había descrito Sol: de corta estatura, delgadita, de pelo largo… Y le digo: “Hola, doña Carmen, yo soy Carolina, la que le trae una carta de Sol”. Y la señora, pues, qué emoción, me recibió así, me dio beso, me, me dijo que pasara… 

[Lisette]: Carolina entró. Se sentaron en la sala y abrieron la carta juntas. Iba así… 

[Carolina]: Querida mamá: A veces me llegan recuerdos sobre el agua. En el río, pero también en el mar. Memorias dulces, también de sal. Juntas en el ferri, cruzando de orilla a orilla, de pueblo en pueblo, montando en moto o en chalupa, caminando y pregonando, cargando la mercancía y ganándonos la vida. Vendíamos camisas, pantalonetas, chanclas, brassieres…

[Lisette]: La leyeron toda mientras se tomaban una gaseosa. Al final, Carmen le dijo que quería responderle a Sol y mandarle la carta con ella. Carmen tampoco sabía leer ni escribir. Así que ahí mismo Carolina se puso a apuntar todo lo que decía. Le hacía feliz saber que no regresaría a Medellín con las manos vacías. 

Pocos días después del viaje, Carolina se fue para la cárcel a entregarle la carta a Sol. La encontró en el segundo piso de la escuela, en un salón. 

[Sol]: Ella me dijo: «Sol María te estaba buscando» y yo como siempre que la veía, yo la abrazaba, le decía: «Carolina, Dios la bendiga, te extrañaba»… Me dijo: » Sol, te traje algo”. Yo le dije: “¿Qué me trajo doctora?».

[Lisette]: Carolina le contó todo: el viaje a la costa, la búsqueda por su mamá, que le entregó la carta que le habían escrito… Y lo más importante: que su mamá le había enviado una carta de vuelta. Cuando se la entregó, Sol la abrazó y le agradeció. Y ahí mismo, Carolina se la leyó. 

[Carolina]: Hija. Te quiero mucho. Estoy bien de salud. El pueblo está bueno ahora, ha crecido bastante. Hay bastante comercio. Están arreglando las calles. Te cuento que el ferri ya no existe como lo recuerdas. Lo quitaron ya… 

[Lisette]: Le contaba que estaba lloviendo bastante, que la temperatura había bajado, y que el nivel del río estaba alto. Que tenían vacas, pero tuvieron que venderlas y que su casa estaba en construcción. 

[Carolina]: Deseo que salgas lo más pronto. Me alegro que estés estudiando y haciendo dibujos para seguir adelante. Te extraño mucho. Me has hecho mucha falta. Quisiera verte. Cada rato me acuerdo de ti. Le pido a Dios que salgas bien de esto. Mamá. 

[Lisette]: Carolina le entregó unas fotos que había tomado de su familia: la mamá, el papá, el sobrino. 

[Sol]: Y cuando vi las fotos me dio como una alegría más. Me desahogué de la alegría, de la felicidad, lloré y me acordé muchas cosas de mi mamá.

Me sentí como un dolor y sentí la felicidad. Como vuelvo y le repito, sentí la felicidad porque mi mamá nunca me había escrito una carta, ni cuando estaba niña. Nunca. Y yo tampoco.

[Lisette]: Para Carolina, ver la reacción de Sol le dio sentido a todo el trabajo que venía haciendo. 

En cuanto a las otras dos cartas que tampoco eran fáciles de enviar —porque no había dirección exacta o un número de teléfono—, Carolina logró entregarlas a sus destinatarios. Una era de una mujer para su familia, que vivía en el campo, a las afueras de Medellín. También le mandaron una carta de respuesta para la cárcel y Carolina se la entregó con fotos que les tomó. 

La otra la entregó en el mismo viaje que hizo a la costa. Se le hizo difícil llegar, pero preguntando por todas partes logró encontrar a la madre de Dina, la mujer que enviaba la carta. Su mamá, Dilma, también envió una respuesta. Pero Carolina nunca pudo entregar esa carta. Cuando volvió a la cárcel y preguntó por Dina, le dijeron que había salido en libertad, pero nadie sabía dónde estaba. Ni siquiera Dilma. Carolina hizo todo lo posible para encontrarla, pero hasta el cierre de esta historia, no supo más de ella. 

Y aunque no encontrarla es todavía un tema pendiente, conocer a las mujeres de la prisión ha sido muy importante para ella. 

[Carolina]: Sí, yo creo que también le ha dado mucho sentido a mi vida y me ha permitido también valorar muchas cosas. Pues ha sido una, una  experiencia que, que paradójicamente me sigue enseñando otras formas de la vida, del amor, de la libertad. 

[Lisette]: Carolina ha intentado seguir en contacto con las mujeres de la cárcel, y con sus familias. Incluidas Sol y su mamá. De hecho, fue por ella que se enteró que la habían trasladado a la cárcel El Buen Pastor en Bogotá, a finales de 2022. No pudo volver a verla ni a comunicarse con ella. Hasta que nosotros fuimos a verla.

En septiembre de 2023, mi compañero de Radio Ambulante, David Trujillo, fue a la cárcel para entrevistar a Sol. Cuando le contamos a Carolina que íbamos, nos envió unas fotos y una carta para que se las diéramos. 

Aunque apenas Sol vio a David, le preguntó por Carolina, él dejó la sorpresa para el final de la entrevista. Primero le entregó las dos fotos. 

[Sol]: Ay… Tan linda. Hermosa, mi viejita. 

[David]: ¿Cómo te sientes?

[Sol]: Bien, don. Bien. ¿Y a dónde está ella? 

[Lisette]: En las fotos están Carolina y la mamá de Sol montadas en una chalupa, un  barquito. Carmen tiene el pelo recogido, una camiseta negra y una falda de rosas estampadas. Carolina sale sonriendo y Carmen con la cabeza inclinada hacia ella. Mira fijamente a la cámara y tiene una leve sonrisa. 

[David]: ¿Y qué le quisieras decir a tu mamá después de ver estas fotos?

[Sol]: Que la amo mucho. Que la quiero mucho. Que está muy hermosa. Mi viejita está muy… está viejita, pa qué. Pero yo quisiera pasar el tiempo con ella, don…

[Lisette]: Sol no podía contener la alegría. Casi que se la vio con un poco de esperanza de volver a encontrarse con su mamá. Volvió a preguntar cómo podía hablar con Carolina para agradecerle. Ahí David le dijo… 

[David]: Carolina te mandó una carta también. 

[Sol]: ¿Sí?

[David]: Te la voy a leer. ¿Te parece? 

[Sol]: Ay, don… Léela. 

[David]: Querida Sol, esto lo escribió ayer. 

[Sol]: Sí.

[David]: Te recuerdo mucho. Con cariño, con gratitud, con una sonrisa. Supe que te trasladaron a Bogotá…

[Carolina]: Supe que te trasladaron a Bogotá por tu madre. No sé si te contó. La visité en enero. Sin saberlo, llegué un día después de su cumpleaños con una torta en mis manos. No te imaginas su cara, su alegría, Mi sorpresa. Fue una feliz coincidencia. Cuando le propuse ir a celebrar al río, inmediatamente dijo: “Sí. Parecía una niña”. Navegamos el Magdalena. Monté en chalupa a su lado y las recordé juntas, en la carta. Espero que pronto llegue tu libertad. Deseo que puedas volver a verla. Intuyo que ya casi. Aquí, en Medellín, tienes una amiga. No me olvides. Te dejo mi número… 

[David]: Tenemos mucho de qué hablar. Te mando un abrazo fuerte, cálido y saludes a tu madre. Carolina. 

[Sol]: Carolina muchísimas gracias. Dios te bendiga. Eh… Tampoco te he olvidado. Me siento feliz. Gracias por estar con mi mamá.

[Lisette]: Después de nuestra visita, Carolina logró contactarse con Sol. Esta vez fuimos nosotros los que la ayudamos a recuperar la comunicación con alguien. Fuimos sus carteros. 

[Daniel]: A finales de 2022, con la autorización de las mujeres de la prisión, Carolina publicó un libro recopilando todas las cartas. Se llama “Cartas de puño y reja” y cuando tuvo los ejemplares, regresó a la cárcel para entregárselo a las mujeres que siguen presas. 

Lisette Arévalo es periodista y productora senior en Radio Ambulante, vive en Quito, Ecuador. Esta historia fue editada por Camila Segura, Luis Fernando Vargas y por mí.  Bruno Scelza hizo el fact checking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri, con música original de Ana Tuirán.

Gracias a David Trujillo por su ayuda con este episodio. 

Gracias a María T. Palacio Daza, Natalia Ramírez, Nelya Agudelo Londoño, Isabel González, Nora Cardona, Maryluz Vallejo, María del Carmen Navarro, y Cecilia González por prestarnos sus voces para este episodio. 

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Pablo Argüelles, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Emilia Erbetta, Rémy Lozano, Selene Mazón, Juan David Naranjo, Ana Pais, Melisa Rabanales, Natalia Sánchez Loayza, Barbara Sawhill y Elsa Liliana Ulloa.

Carolina Guerrero es la CEO. 

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa de Hindenburg PRO.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

 

Créditos

PRODUCCIÓN
Lisette Arévalo


EDICIÓN
Camila Segura, Luis Fernando Vargas y Daniel Alarcón


VERIFICACIÓN DE DATOS
Bruno Scelza


DISEÑO DE SONIDO 
Andrés Azpiri


MÚSICA
Ana Tuirán


ILUSTRACIÓN
Alejandra Arboleda Tilano


PAÍS
Colombia


TEMPORADA 13
Episodio 15


PUBLICADO EL
01/16/2024

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