Te lo prometo | Transcripción

Te lo prometo | Transcripción

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[Daniel Alarcón]: Esto es Radio Ambulante, desde NPR. Soy Daniel Alarcón.

Irse nunca es fácil. Implica sueños por cumplir y la emoción de nuevos comienzos, pero también despedidas, asuntos inconclusos, promesas que no sabemos si vamos a poder sostener y todo lo que significa dejar una vida atrás, dejar personas atrás…  

Nos vamos no solo de un lugar, sino de la versión de nosotros mismos que lo habitó. Y muchas veces el cambio es más duro de aceptar para nosotros que para nuestros seres queridos que quedaron ahí. 

La historia de hoy es sobre todo esto: sobre quiénes somos cuando nos vamos y la persona en la que nos convertimos con la distancia y los años. Y sobre las promesas que sostienen el frágil vínculo que tenemos con nuestro lugar de origen. 

Después de la pausa, la periodista Jasmine Garsd.

Ya volvemos.

[Daniel]: Estamos de vuelta. Aquí Jasmine. 



[Jasmine Garsd]: El día en que me fui, me senté en mi cocina con mi mejor amigo, Gabriel. 

Un taxi estaba esperando afuera. En el sopor de la hora de la siesta, bajo el hechizo del perfume de los jacarandás, el tiempo parecía moverse más despacio, pero no tanto como yo quería.

Era verano. 2002. Tenía 19 años, y me estaba yendo de la Argentina. 

Escucháme, le dije, conteniendo el llanto. Hay algo que te quiero dar. 

Con una solemnidad adolescente, le pasé mis zapatos de plataforma morados, cubiertos en brillantina. 

Muchos años después, Gabriel me confesó su decepción.

[Gabriel]: Porque fue como tipo, no sé, tal vez esperaba como una carta o algo así y fue como esas plataformas, fue como ok… ¿Qué carajos ibas a hacer con unas plataformas? Creo que las regalé al primer homeless que encontré. 

[Jasmine]:  Pero volvamos al día de mi partida. Antes de que Gabi me pudiera responder, mi mamá guardó algo de plata debajo de su camisa y gritó: «¡Vámonos!» 

Mi abuela Iaia me agarró la cara, con su mano fría y huesuda, y me susurró algo al oído. 

La miré, parada ahí, con su bata ligera de casa y sus piernitas gruesas que siempre me recordaban a un elefantito. De repente la mujer que me cuidaba y me regañaba tanto, se me hizo muy chiquita e indefensa. Pero también me sentí un poco irritada. Qué dramática. ¿Acaso no sabía ella que esto era algo temporal? Le di un abrazo. 

Me volteé hacia Gabi y le dije: «Gabriel. Voy a volver pronto. Te lo juro.»

Todo esto pasó hace más de 20 años. Gabi sigue siendo mi mejor amigo. Nos comunicamos casi todos los días por Whatsapp. Hablamos de todo. Con solo escuchar el tono de su voz cuando contesta el teléfono, sé si está teniendo un mal día. Si hablamos por la mañana, sé que está desayunando un café negro sin azucar, y un pedazo de pan francés. Y él sabe los detalles más íntimos de mi vida. Se entera… hasta cuando tengo cita con el ginecólogo. A estas alturas, algunas de mis expresiones faciales en realidad son suyas, simplemente se me pegaron. Como la manera en la que frunzo el labio inferior cuando alguien me irrita.

Pero hay algo de lo cual nunca hemos podido hablar en todos estos años. Sobre esa promesa que le hice en la cocina aquel día: la de volver. 

Se convirtió en una especie de regla no escrita entre los dos: podemos hablar sobre cualquier cosa, pero no de eso. 

Toda la vida, Gabriel y yo nos hemos entendido casi instintivamente. Desde el momento en que nos conocimos, cuando teníamos 15 años.

Fue a finales de los noventa. En la Argentina, hervía una de las tantas crisis financieras que hemos tenido. Luego de años de políticas económicas neoliberales brutales -algunas muy parecidas a las que se proponen hoy en día- el país parecía estar a punto de reventar. La desesperación era tangible. Mis padres eran profesores. Nunca nos faltó nada, pero siempre estábamos preocupados, como al borde de un abismo. 

Por lo tanto, mis vacaciones de verano, transcurrían en la plaza del barrio. Y fue ahí donde nos vimos por primera vez.

Él estaba acostado en el pasto, al lado de una amiga mía. De sus labios colgaba un cigarrillo y en su mano tenía una cerveza Quilmes. Era como un Mick Jagger Latino, una mezcla de Prince y Sandro de America. Lo vi y pensé: “Qué hermoso que es ese pibe.»  

Él en cambio, me miró a mí, flaca, pálida, con una melena lanuda que le bloqueaba el sol, y frunció el labio inferior. Irritado.

[Gabi]: Yo pensé tipo como: “Acá está tipo como la amiga cheta”. Tipo te vi como es como demasiado rubia y demasiado blanca, es una cheta insoportable, tal cual. 

[Jasmine]:  Cheta: burguesa, fresa, gomela, pija. 

Y para demostrarle que yo no era ninguna de estas cosas, me tomé lo que quedaba de su cerveza como si no fuera la primera vez en mi vida que probaba el alcohol. Estaba tibia y asquerosa. Me hizo pensar en orina, pero me la bajé como si fuera el néctar de los dioses. Lo cual me ganó un poco de su respeto. Empezamos a hacer chistes.

Gabi y yo éramos muy diferentes. Yo era una chica tímida, muy ansiosa, secretamente muy enojada. Él era un pibe de familia de campo, muy católicos. Vivía con el miedo de que descubrieran lo que él hacía poco había empezado a entender: que era gay. 

Pero teníamos en común que ambos veníamos de familias donde se discutía mucho, y donde, muchas veces, esas discusiones desembocaban en violencia física. Casi de inmediato comenzamos a tejer chistes sobre nuestra situación. Compartíamos el humor oscuro de los chicos que viven en un mundo donde los adultos a menudo se comportan como niños aterradores. Lejos de ser adolescentes desafiantes, nuestro máximo acto de rebeldía consistía en tomarnos en secreto el té de mi mamá.

[Gabi]: Como dos señoras. Como dos niños señoras que éramos… 

[Jasmine]:  Éramos niños señoras.

[Gabi]: Sí…

[Jasmine]:  Pasábamos todo el tiempo posible en el parque, hablando sobre musica, superhéroes, y sexo, mucho sexo. En frente había un hotel por hora, y mirábamos fascinados a las parejas entrar y salir, mientras fumábamos tabaco nacional barato, arrancándole el filtro para sentirnos aunque fuera un poco más rudos, un poco menos vírgenes.

Pero, más que nada, hablábamos sobre nuestra obsesión por irnos lejos.

[Gabriel]: Yo fantaseaba con irme, sí fantaseaba con irme, fantaseaba con estar en un lugar como mejor. Pero no era una posibilidad. Era como un sueño, un daydream. Creo que se le dice en inglés el poder como viajar o irnos a otro lugar no, no era, no era una posibilidad real.

[Jasmine]:  Y es que para fines de los 90s, la crisis económica argentina era gravísima. Mis padres llevaban un año entero desempleados. El papá de Gabi era taxista y su mamá, secretaria. Apenas lograban llegar a fin de mes. 

En las noches, cuando Gabi volvía de la plaza, muchas veces se encontraba con su padre, cerveza en mano, la mirada vacía, y nada para cenar.   

[Gabi]: Había noches donde como por ahí, como casi llegado a fin de mes, ya no había mucho, no había plata. Entonces como cenábamos mate cocido con pan.

[Jasmine]: Cuando yo regresaba a mi casa, entraba por la cocina para que nadie se diera cuenta de mi hora de llegada. Pero muchas veces ahí estaba mi viejo, sentado, como perdido. 

Pa, le decía. Andáte a dormir.   

Para tapar el olor a tabaco, me cubría con desodorante Axe, que en esa época me parecía el ápice de la sofisticación. Me metía en la cama al lado de mi abuela Iaia. Era un personaje. Tenía particularidades que en su momento me irritaban, pero que ahora, al recordarlas, se me estruja el corazón. Se acostaba con sus zapatos puestos, por si había una emergencia y tenía que salir corriendo. Sobre la mesa de luz, tenía siempre una copita de licor de caña para dormir mejor, y, debajo de la almohada, una pequeña radio de plástico que transmitía las noticias toda la noche.

Y a lo largo de los años, las noticias empeoraban cada vez más. Doce por ciento de desempleo. Quince por ciento. Diecisiete por ciento.

A finales del 2001, desesperada, la gente comenzó a saquear supermercados. A protestar en masa. La policía respondió brutalmente. Llegaron a matar a manifestantes a pocos minutos de mi casa. Tuvimos cinco presidentes en menos de dos semanas.

Acostarse al lado de la radio de la abuela Iaia, era como tratar de dormir al son de un reloj que marca la llegada del fin del mundo.

Y nuestro mundo pareció finalmente colapsar a finales de diciembre de ese año. Mi familia decidió que pronto nos iríamos a Estados Unidos. Tenían la sensación de que era ahora o nunca.  

[Gabi]: Me acuerdo que como nos vimos en el parque. Me empezaste a contar que, bueno, el por qué la decisión de tu familia de volverse a Estados Unidos y demás. También una de las cosas que me dijiste es que como: sí te tenía súper triste el como… el no ver a tus abuelas, me acuerdo como que te tenía angustiada el tema de que como se iban, pero tus abuelos se quedaban. No sé si como me sorprendió, pero sí me angustió mucho, sí como fue como súper angustiante… la idea de la soledad, de cómo no va a quedar nadie, como: “No voy a tener a nadie”.

[Jasmine]: Había un dicho que escuché varias veces en esa época: «el último en salir, apague la luz». Pero la historia de la inmigracion casi siempre la cuenta el que se fue, no el que se queda. Y la mayoría de los argentinos se quedaron. 

En los días y semanas después de irme, Gabi cuenta que vio cómo uno tras otro de sus amigos se iban. 

[Gabi]: Me frustraba. Me sentía como que quedaba anclado en como… en el mismo lugar. Tipo que la mayoría podía como elegir irse a donde quisiese. A vos no, vos te tenés que quedar acá.

[Jasmine]:  Él soñaba con estudiar Bellas Artes, o moda y convertirse en diseñador. Pero el día de su graduación, su mamá se sentó con él y le dijo que la universidad no estaba en las cartas. No por ahora, no con la crisis del país.

Su familia necesitaba que saliera a trabajar. Así que empezó como mesero. Las propinas eran escasas. Y dice que, en su rutina diaria, pensaba en mí y en esa nueva vida en Estados Unidos.  

[Gabi]: Donde como… tenías la oportunidad de como de volver a empezar. Como a vivir esta gran aventura. Y yo como, de alguna manera, como me quedaba acá. Nada. Viviendo la vida que siempre como… que ya venía teniendo. 

[Jasmine]:  En su mente, al llegar a Estados Unidos, yo me uniría al elenco de alguna de las películas mal dobladas, las que veíamos de chicos, durante los días de lluvia. 

[Gabi]: Imaginaba tipo tu vida como cualquier película norteamericana, que ibas así como a ir a una universidad, en la cual como que ibas a tener un novio, ibas tal vez entrar a alguna fraternidad, ibas a conseguir un trabajo de medio tiempo. Esos dramas de vida que siempre como terminan bien, donde, como, de alguna manera, como todos tus esfuerzos y como se ven, se ven reflejados al final cuando terminas teniendo una gran carrera y terminas teniendo tipo tu gran novio y demás. 

[Jasmine]:  Pero en Estados Unidos mi realidad era muy distinta. 

Mis padres habían vivido en California hacía mucho tiempo durante la dictadura argentina, en los ‘70s. Se hicieron ciudadanos y yo nací allá. Al poco tiempo volvieron a la Argentina. Mi abuela solía decirme: “Vos naciste ahí sin querer. Vos sos de acá, vos sos argentina.” Nunca supe si era un chiste, un recordatorio, o un deseo. El caso es que yo realmente no recordaba casi nada de Estados Unidos.  

Tener la ciudadanía y amigos allá ayudó enormemente a la hora de irnos, pero de todos modos, no fue fácil. Llegamos a vivir en un motel en el sur de California, mientras mi viejo empezaba a trabajar y buscábamos dónde vivir.  Era el 2002 y el motel estaba repleto de marinos que iban camino a la guerra en Afganistán. Yo los miraba de reojo mientras desayunaba huevos revueltos con café en el comedor. Por las mañanas yo trabajaba en una panadería. Por las tardes en el supermercado. Los fines de semana, vendía botas vaqueras en una tienda. 

En las noches, volviendo del trabajo, siempre trataba de comprarme unas tarjetitas de llamadas internacionales que vendían en las bodegas. Quería llamar a Gabi y contarle sobre mi día. Le hablaba sobre el chico que me gustaba. Gabi me describía los pantalones que había diseñado y confeccionado para sí mismo. Pero en el trasfondo de todas esas conversaciones, siempre estaba mi promesa de regresar. Distante pero presente, como el rugido del mar. 

Cada vez que yo tenía un mal día, cada vez que el pervertido de mi jefe me daba un masaje en el cuello cuando pasaba detrás mío, o algún cliente me trataba mal, yo lo llamaba a Gabi y le decía: «Este lugar es una mierda. Qué suerte que voy a volver pronto». 

Cada vez que Gabi tenía un mal día, cuando discutía con su familia o su jefe le hacía una pataleta, suspiraba y me decía: «No veo la hora de que vuelvas».

Pero volver, en ese momento, era imposible. Yo no podía ni siquiera pagar un boleto para ir a visitar, mucho menos mudarme de vuelta.

Lo que nosotros necesitábamos, pensaba yo, era tiempo. Yo necesitaba tiempo. Dos años más. Tal vez tres.

Tres como máximo.

Empecé a ganar plata. No mucha, pero mucha más de lo que estaba acostumbrada. Comenzaba a lograr una independencia de mi familia que yo siempre había deseado, pero que nunca hubiera podido imaginar en mi país.

Sin embargo, la Argentina siempre estaba en mi espejo retrovisor. Hermosa y viva, resistente… incluso en su desesperación. Gabi me contaba de todas las cosas nuevas que estaba haciendo con su vida. Lecturas de poesía, marchas de protesta, fines de semana en el campo. Todos la estaban pasando mal, sí, pero se las arreglaban. Siempre buscaban una manera de disfrutar la vida. Mientras tanto lo más cercano que tenía yo a un amigo, a una vida social, eran los 15 minutos de descanso que me tomaba en el lote del estacionamiento del trabajo, cuando compartía un cigarrillo con un compañero pedorro que aprovechaba para contarme su repertorio de chistes misóginos. Definitivamente esta no era la vida que me había prometido la televisión gringa. 

Igual nada me importaba demasiado, porque yo tenía un plan de escape. Algún día, muy pronto, daría una vuelta en U. Me regresaría. Y cuando lo hiciera, me uniría a Gabi en sus nuevas aventuras. Toda mi vida volvería a tener sentido una vez más.

Gabi y yo siempre terminábamos nuestras llamadas telefónicas de la misma manera. Yo le decía: «Nos vemos pronto». Y él me contestaba:

[Gabi]: Te quiero hasta el cielo y de vuelta.

[Jasmine]: Volví a visitar Argentina en el 2011. Hacía años que no regresaba.

No se lo dije a nadie. Ni siquiera a Gabi. Pensé que sería una sorpresa maravillosa, simplemente aparecer un día, así como si nada, sin avisar.

Esa noche, llegué a la ciudad, me fui a casa de mi tía, comí algo y me dormí.

Aún era de noche cuando sonó el teléfono, y con la modorra del viaje, me costaba absorber lo que me decía la voz del otro lado. Habían encontrado a mi abuela Iaia al pie de la escalera del geriátrico, inconsciente. Se había fracturado el cráneo y la habían llevado al hospital. 

En mis recuerdos, estoy corriendo debajo del agua. Demasiado lento para llegar a tiempo.

Cuando llegué al hospital, la policía ya estaba ahí. Me dieron la noticia de que  había muerto. Me explicaron que las circunstancias eran confusas. Que podía tratarse de un acto de violencia. Que ahora era una investigación oficial. No me dejaron entrar.

Aturdida, salí y busqué un teléfono público. Solo había una persona a la que quería llamar. Era un sábado. Él estaba durmiendo. «Llegué», le dije. “Necesito que vengas al hospital». 

Cuando Gabi llegó, me desmoroné en sus brazos.

Poco días después, fuimos a la policía a presionarlos para que me devolvieran el cuerpo de mi abuela. 

[Gabi]: Qué comisaría más fea no nos podría haber tocado. Esperamos un montón de tiempo.

[Jasmine]: La espera, más que por razones burocráticas, era porque en ese momento estaban transmitiendo un partido entre Argentina y Uruguay.  Argentina se estaba quedando afuera de la Copa América, y el oficial a cargo estaba con los demás, gritándole a un televisor al fondo del pasillo. 

En mi nostalgia, se me había olvidado esta parte de América Latina: lo devastadoramente cruel que puede ser su disfunción.

Pasaron los días. Por las noches, Gabi se metía en la cama conmigo. Nos abrazábamos. Yo lloraba y él me susurraba al oído: «Jazmina. Vos sabes cómo son las cosas acá con la policía».

Pero en su consuelo, yo percibía una sutil acusación.  Estados Unidos te hizo débil. Ese país te volvió quisquillosa, delicada.   

Por primera vez en mi vida, tuve la sensación aterradora de querer irme corriendo de mi país. Nunca había sentido eso antes. Pero no podía contárselo a Gabriel. Me preocupaba que fuera demasiado doloroso para él. Incluso ofensivo. Así que se lo oculté. Creo que fue la primera vez en mi vida que le escondí algo.

Él se quedaba dormido y yo despierta durante horas.

Unos días después, la policía llamó. Tenía que identificar el cuerpo de Iaia en la morgue de la ciudad.

Gabi fue conmigo. Cuando la sacaron, vio que me ahogaba. Encontró mi mano y susurró: «Jas, cerrá los ojos».

Al identificar su cuerpo, Gabi me dió uno de los regalos más importantes que he recibido en mi vida. El poder recordar a mi abuela como la última vez que la vi, ese día en que me fui de mi país y ella, temblando, me agarró la cara y me dijo al oído: «Jazmín, no te olvides de nosotros».

[Daniel]: Una pausa y volvemos

[Daniel]: Estamos de vuelta en Radio Ambulante. Jasmine Garsd nos sigue contando. 

[Jasmine]: Después de la muerte de mi abuela Iaia, sentí que había fracasado. No había logrado estar presente para las personas que más amé, no había podido mantenerme lo suficientemente conectada, ni siquiera había logrado regresar a mi casa a tiempo para decirle a mi abuela: «¿Cómo me voy a olvidar de vos?» “¿Cómo podría yo, olvidarme de vos?” “Gracias por todo lo que me diste”.

Me abrumaba la culpa.

Al volver a Estados Unidos, Gabi y yo seguimos hablando todos los días. Pero cada vez que surgía el tema de que yo volviese, aunque fuera a visitar,  las excusas me salían casi involuntariamente.

«Están muy caros los boletos. No tengo suficientes días de vacaciones. Ando con demasiado trabajo».

Hasta el verano del 2022. 

Mi trabajo como periodista me envió a la Argentina para cubrir la Copa Mundial de la FIFA.

Y fue ahí cuando sucedió. Finalmente Gabi y yo hablamos de lo que estaba prohibido hablar. Sobre cómo, hace más de 20 años, nos sentamos en mi cocina y yo le hice una promesa que nunca cumplí.

Cuando me bajé del taxi y lo vi por primera vez después de tanto tiempo, me emocioné. Gabi tenía puesta una mascarilla.

[Jasmine]: ¡Gabi! Holaaa.

[Gabi]: Qué onda, Jasmina.

[Jasmine]: ¡Estás igual! Bueno, no sé, no veo la mitad de tu cara. Tal vez has envejecido terrible…

Caminamos al parque. 

[Jasmine]: Pará, yo me acuerdo. Este era un terreno baldío.

[Gabi]: Claro.

[Jasmine]: Pero completamente baldío.

[Gabi]: Siguió siendo un terreno baldío hasta hace un año, dos años… 

[Jasmine]: En el camino, nos encontramos con un amigo de la infancia, que no me reconoció. 

[Gabi]: Eh, Valmir, ¿todo bien?

[Jasmine]: ¡Hola!

[Vladimir]: Hola, ¿qué tal? Un gusto.

[Jasmine]: Un gusto… como si fuera la primera vez que me viera en su vida. Me sentí  como un fantasma en mi propio pueblo.

Este parque está igual. Creo que pintaron los jueguitos.

[Gabi]: No, los mejoraron un montón. Y los que son nuevos… 

[Jasmine]: Tuve una sensación de desorientación, de familiaridad y distancia. Caminar por estas calles se sentía como visitar el set de una película que había visto hacía mucho tiempo. Este había sido mi mundo, era un mundo tan chico, era el único que conocía yo en esa época. Era tan distinta en ese entonces. ¿Quién había sido yo en este lugar? 

Al llegar al parque, inmediatamente volvimos a nuestra rutina. Encendimos un cigarrillo, y empezamos a ponernos al día con los chismes del barrio: quién se había casado, quién se había separado, quién estaba peleado con quién.

A Gabi lo vi muy bien ese día. Mejor que nunca. Feliz. Es agente de modelos y le encanta; está de novio con un hombre muy dulce que lo obliga a comer saludable. 

Se sintió tan bien estar juntos otra vez. Como en los viejos tiempos. Como si nada hubiese cambiado. Se sintió tan bien, que surgió en mí la pregunta que siempre me atormenta: «¿Será hora de volver?»

Y como una compulsión, como un tic nervioso, repetí la promesa, y de inmediato la excusa. «Yo voy a regresar, pero por mi trabajo no puedo. No en este momento».

Fue entonces que noté cómo me miraba Gabi, con el labio inferior fruncido. Y fue entonces, que finalmente me dijo lo que realmente sentía.

Él recuerda el momento tan claramente como yo.

[Gabi]: Fue como tipo: “Boluda, deja de chamuyarme. Tipo como: “Basta”. Tipo, saltemos este, este loop que tenemos hace años donde tipo: “Voy a volver o quiero volver”. Y es como, tipo como no va a pasar, tipo: como, ya está, como pasamos esto. 

[Jasmine]: Esto era nuevo para mí. Gabriel se estaba desahogando. Finalmente. 

¿Hubo momentos en los que te sentiste como irritado, como boluda, ya no tenés que decir eso? Está todo bien.

[Gabi]: Obvio. Desde el momento en que lo entendí, tipo todas las veces en el que me lo has dicho me sentí irritado, pero así tipo como ok, para que pare, que pare de decirme tipo esto porque como está el pedo, para qué me lo dice. Tipo no sé cómo pues sentía que como que me lo decías a mí, para dejarme tranquilo ¿entendés? Y finalmente era como no… 

[Jasmine]: Mirando hacia atrás, Gabi tiene razón. Muchas veces le repetí la promesa porque yo sentía una culpa inmensa. Por eso le hablaba de lo difícil que era mi vida en Estados Unidos. Un intento torpe de suavizar nuestra realidad. Según él, eso lo hacía sentir aún peor. 

[Gabi]: Era como escucharte quejarte de algo donde yo en ningún momento tuve la posibilidad de hacer, ¿no? 

[Jasmine]: Gabi no quería escuchar mis quejas, no en una época en la cual apenas alcanzaba a llegar a fin de mes.

Él dice que el momento en el que se dio cuenta de que yo nunca iba a volver, fue hace años, cuando murió mi abuela Iaia. Supongo que fue el mismo momento en que me quedó claro a mí. Ese en el que también decidí guardar silencio.

[Gabi]: Ahí fue cuando entendí como fue como: “Ok, Jazmín, no va a volver”. Y ahí como automáticamente como me cayó esa ficha donde como digo como ya no tenías como ya nada que te arraigue.  

[Jasmine]: Pero vos estabas.

[Gabi]: Sí, pero como amigo tampoco como hubiese querido que vuelvas por mí. No ahora, en otro momento, si me lo decías cuando teníamos 23 años, me hubiese encantado la idea de que pudieses volver por mí. ¿Entendés?

[Jasmine]: Todo eso lo entiendo. Pero la verdad es que yo no repetía la promesa sólo por él. También lo hacía por mí. Porque estaba aterrorizada. Aterrorizada de que me estaba alejando cada vez más. Necesitaba creer que todavía tenía un lugar donde yo encajaba perfectamente. 

Todavía quiero creer eso.

[Jasmine]: ¿Pensás que todavía soy argentina?

Todo mi cuerpo se tensó cuando le hice esta pregunta.

[Gabi]: Eh… No quiero que te lo tomes a mal, pero no.

[Jasmine]: Wow.

[Gabi]: Creo que como… sos relatina. Pero no sé si como, no sé tipo como si, hoy por hoy… como no te presento como una amiga argentina, eso como también me doy cuenta hace tiempo. Sos mi amiga tipo norteamericana tiene una parte reargenta y todo, pero que se trata. Pero es como mi amiga de de Estados Unidos. No, es mi amiga argentina que está viviendo en Estados Unidos.

[Jasmine]: Wow.

No estoy de acuerdo con Gabi. No en esto. Creo que uno es de donde es, por más de que se vaya por mucho tiempo, incluso para siempre. Que lo que me dio el Argentina, no me lo quita nadie. Pero hay otra posibilidad, esa frase tan cursi, que a mí en realidad me parece aterradora: tal vez ya no soy de aquí, pero definitivamente tampoco soy de allá. Tal vez ya no soy de ningún lado.  

No me enoja lo que dice Gabriel. No es la primera vez que escucho algo así. Toda mi vida, he oído a los latinoamericanos hablar de los latinos de Estados Unidos de esta forma. Bajan la voz cuando dicen: «Sí, fulanita es colombiana, pero… de Estados Unidos». Como si se tratara de una enfermedad grave.

Lo que nunca me di cuenta es que ahora yo vivo en ese susurro.

Gabriel dice que todavía me quiere. Que sigo siendo como una hermana para él. Y que, de alguna manera, ganamos. Desafiamos las leyes de la física. Le ganamos a la distancia. De esto hablamos en ese 2022 cuando caminábamos por Buenos Aires… 

[Gabi]: Como nosotros hicimos mierda a la distancia. La cagamos a piñas a la distancia.

[Jasmine]: Y hasta me hizo un chiste para alivianar el tema. 

[Gabi]: Pero, entendé que como fuiste una burguesa que te fuiste como Messi, yo me quedé acá con el pueblo, como Maradona. 

[Jasmine]: No soy como Messi. O tal vez sí, pero vos no sos Maradona.

[Gabi]: O tal vez sí.

[Jasmine]: Otro argentino más que piensa que es Maradona…

[Gabi]: Te fuiste a jugar para otro país.

[Jasmine]: Yo soy Messi, el argentino que se tuvo que ir, y al que le fue bien, pero siempre añoró su país, siempre pensó en regresar, pero hasta ahora nunca lo hizo, no del todo. Y Gabi es Maradona, el pibe de barrio que llegó lejos, pero sin jamás abandonar el barco. 

Y está bien, me dice. Porque los dos son partes esenciales de ese país. 

Así nomás, como de un solo golpe, Gabriel me libera de mi promesa adolescente.

[Gabi]: Está bien que no vuelvas. Me parece bien. Es como… Me parece hasta sano que puedas entender que no hace falta que vuelvas. 

[Jasmine]: Lo cual debería producirme un gran alivio. Pero, honestamente, me hace sentir más atrapada que antes.

Incluso mientras digo esto, en el fondo lo sigo pensando. Esperáme. Tal vez  me mude de vuelta en unos años más. Tal vez cuando sea mayor. No quiero que me liberes de mi promesa. 

Cada vez que pienso en mi relación con Gabi, cada vez que me pregunto, cuál es el pegamento misterioso que nos mantiene unidos a pesar de la distancia y el tiempo, vuelvo a un recuerdo en particular.

Ocurrió cuando éramos chicos, en ese primer día en que nos conocimos en el parque. Esa tarde, se desató una tormenta de verano. Todos nuestros amigos corrieron a casa. Solo quedamos él y yo. 

Nos reímos mientras corrimos hacia un techito, para evitar la lluvia. Yo no quería volver a casa, en ese entonces nunca quería volver. No tenía que explicárselo a él. Simplemente nos entendíamos. Profundamente. Desde el primer momento. 

Me sonrió, empapado, con los ojos color café iluminados y me dijo: «¿Querés quedarte acá un rato más?»

Sentí la emoción de alguien a quien acaban de hablar por primera vez en la vida. Alguien a quien le tiran un salvavidas.

«Sí», le respondí.

Y nos quedamos juntos, bajo el techo, hasta el anochecer, observando cómo el mundo a nuestro alrededor se iba deshaciendo.

[Daniel]: Una versión en inglés de esta historia se publicó en This American Life, con el título Pinky Promise. Jasmine Garsd es periodista y vive en Nueva York. Actualmente trabaja como corresponsal de inmigración para NPR. También produjo el podcast “La Última Copa”, disponible en español y en inglés. Está escribiendo un libro de cuentos cortos. 

Esta historia fue editada por Camila Segura. Bruno Scelza hizo el factchecking. El diseño de sonido es de Andrés Azpiri, con música de Ana Tuirán.

El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paola Alean, Lisette Arévalo, Pablo Argüelles, Adriana Bernal, Aneris Casassus, Diego Corzo, Emilia Erbetta, Rémy Lozano, Selene Mazón, Juan David Naranjo, Ana Pais, Melisa Rabanales, Natalia Ramírez, Natalia Sánchez Loayza, Barbara Sawhill, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Luis Fernando Vargas. 

Carolina Guerrero es la CEO. 

Radio Ambulante es un podcast de Radio Ambulante Estudios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg PRO.

Radio Ambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

 

Créditos

PRODUCCIÓN
Jasmine Garsd


EDICIÓN
Camila Segura


VERIFICACIÓN DE DATOS 
Bruno Scelza


DISEÑO DE SONIDO 
Andrés Azpiri 


MÚSICA
Ana Tuirán


ILUSTRACIÓN
Laura Jean


PAÍS
Argentina y Estados Unidos


TEMPORADA 13
Episodio 22


PUBLICADO EL
03/12/2024

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